La satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda

Hoy cumple años una de mis personas favoritas.

A mediados del anterior agosto, descubrí que lo había olvidado. Y me sentí extraño. En realidad, no cambió nada: ella no quiere que la felicite, ni por respeto a sus deseos yo pensaba hacerlo. Pero me sentí extraño.

Hubo una época en que nunca olvidaba un cumpleaños. Ni apuntarlos me hacía falta. Era como un reloj interno que me llevaba a acordarme ya días antes. Preparaba un mensaje en condiciones, recordaba los buenos momentos, felicitaba y esperaba las sonrisas, el “Muchas gracias” y la miniconversación posterior.

De pronto, me encontré con Insta y sus +1, Facebook y sus notificaciones y empezaron a pasárseme. Todo un problema cuando la mitad de la gente de la que me importa sus aniversarios lo usa aún menos que yo o, directamente, ni siquiera nos tenemos de amigos. Empecé a ver que “el lunes fue aquel aniversario”, que “no recuerdo si era en marzo o noviembre”. Sentí que una de las partes bonitas de mí se había despedido.

Hay que ver cómo el cuerpo se acostumbra a que seas un gilipollas. Le das algo hecho y pierde funcionalidades. Tenía un amigo que, de tanto usar el reloj digital, olvidó saber qué hora era mirando a uno de agujas. Muchos, que no se saben su propio número de teléfono o de identidad, porque pueden buscarlos en la agenda del móvil o la cartera cuando quieren darlos.

No sé cómo llamar a esto. Adoro los avances, detesto las incapacidades. Al final no sé si somos mejores, más hábiles y ágiles, o simplemente unos dependientes a los que si se nos quita alguna de las ventajas que se nos han dado, nos vemos sumidos en una desorientación e inutilidad ante la que los que llamáis “paletos” nos darían un repaso. Pero qué más da. Al fin y al cabo, nunca nos van a poner al mismo nivel que aquellos que con su pasividad, apoyo u otros actos nos han dejado vivir en ese escalón que consideramos superior. Nunca nos vamos a tener que “rebajar” a ellos, ¿no?

Sea como sea, sin Facebook, ni +1, ni verla en años y años, hoy me he acordado del cumple de María y he sonreído. No sabéis cuando espero poder seguir haciéndolo con el tiempo, por muy lejos que estemos o por muy inútil que sea hacerlo.

Al fin y al cabo, son ese tipo de cosas las que hacen que, dentro de nosotros, podamos seguir notando que —en ciertos momentos— el sentir algo porque sientes, y no porque te favorece, te da una satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda.

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

1 de feliciembre

(A Balb)

Suelo comentarlo con cierta frecuencia. Para mí hay un día en el año en que salgo a la calle y algo ha cambiado, para mejor. O para perfecto.

Salgo a la calle y el cielo es azul. Pero no azul por no haber nubes: azul de verdad, del que se siente más azul porque lo de abajo es más verde y la luz de arriba más amarilla. Me acaricia. Hay un día en el año en que el sol deja de ser frío y te da la caricia más positivista que vas a recibir en todo el año. Yo lo miro con los ojos cerrados, y su beso me cubre los párpados mientras me pellizca las mejillas. Yo sonrío, y aparto el rostro a la calle. Que ha olvidado sus fifty shades of grey para ser de nuevo brillante, como un filtro de Instagram de los que solo se usan en invierno. Se acabaron la dependencia, el sado y las sombras: cuando ese día llega, las sensaciones recuerdan a Lázaro.

Yo avanzo por la calle aún con la ropa de abrigo que por instinto aún llevo. Pienso el clásico “estar encerrado con este día es un pecado” y agradezco la casualidad de que esté fuera. Firmaría tener que salir antes del trabajo, faltar a una clase o dejar el estudio por volver a vivirlo una vez más, pero es que ese día no es predecible, ese día no lo encuentras tú: te encuentra. Aunque tú seas quien lo descubre, fascinado. Es primavera.

No una primavera de calendario, ni hierba, ni arcoíris. Es primavera del alma, esa sensación de que tu pecho amanece de una hibernación que nadie percibió por ser tiempo de silencio. Entonces sabes que estabas triste, que las cosas no están todo lo bien que podían. Pero eso ahora ya pasó, y sonríes porque lo que estás viviendo en ese rayo de estrella que cae en el mundo desde tu alma es suficiente para dejar atrás cualquier miseria: en ese día, los que lo sentimos somos la luz del universo y las calles brillan por nuestros pasos de resplandores.

El sol cae en la cara de mi sonrisa, todo a mi alrededor me acompaña a 1 de feliciembre. Tal vez porque ellos también lo sienten. Las chaquetas, que van bajo el brazo y los abrigos, que no entienden por qué han salido hoy del perchero. Deja de haber lugares que nunca ven la luz, escondidos entre los callejones que cada vez se estrechan más a los lados y sumideros que no tienen ya a agua que tragar. No hay lluvia, ni en la ropa, ni en las caras, ni en los ojos. Los dramas han dejado paso a las comedias románticas: Hudsons y MacConaugheys sonríen por todas partes. Y no porque cada belleza que te cruces sea perfecta dentadura con buen cuerpo, labia y corazón. Es que ahora que los brazos vuelven a notar la luz, cualquier persona vuelve a ser bella. Joder: yo soy feliz entre tanta belleza.

Me recuerda que un día fui más joven, que un día fui perfecto; young and beautiful como una canción de Lana del Rey limpiada del regusto amargo. Sé que ese día también era uno de estos, y siento que lo vuelvo a ser por un momento, siéndolo.

Y ahí sigo, ciudad adelante, viendo el mundo nacer de mí y a mí nacer del mundo, para bajo el sol que va cayendo muy muy lento, aunque nunca ya de mi recuerdo de la existencia de este sueño hecho tarde de marzo.

En la que sabes que todo irá bien. En la que sabes que ya no hay nada que temer. En que la gente es preciosa, y el amor solo una decisión a poder tomar cuando tú quieras.

En el alma, como en un anuncio de El Corte Inglés, ya es primavera.

La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Sonrisas de un San Valentín solo

El sonido del tráfico cruza la calle. Ha atardecido, pero aún no hay luces amarillas arriba. Todo tiene ese azul pálido que desata tristezas y recuerdos salpicados de agua salada y brisa invernal. Los daños, junto con el recuerdo de ser catorce de febrero, me hacen mirar atrás.

A cuando quise. A cuando quise, perdí, quise, perdí, quise, perdí y volví a querer. Verano, sol, pantalones cortos y sonrisas a la sombra de un árbol quizás ya no visitado.

Te echa de menos, no sé si lo sabes…

Je. Yo también lo echo de menos. Pero ahora miro al frente.

No hay tiempo para ser aquel. Hace tiempo que no lo soy. Que no lo eres.

Y por ello sigo.

Esquivo olas de gente en dirección al lugar que me pertenece por derecho a ser de nuevo yo. Cuento historias de verdades que ya no mienten: ya no sé mentir a los ojos de quien sueño. Eso se quedó en la playa de mis decepciones y, ahora, mar adentro, ya no la veo. Ya no hay faros apagados por días trece. Hoy, solo respiro luces que yo mismo hago brillar, a base de verme iluminado por soles más grandes que mis sueños rotos.

Y el cielo se prende.

Las luces amarillas empiezan a encenderse sobre mis pasos vibrantes de ilusiones nuevas. El miedo no nos engañará de nuevo. Ya no. Recuerdo cada redacción de amor verdadero, cada espera para verla tres minutos, cada palmera y piruleta de corazón, cada “¿puede haber algo más bonito?”. Cada imagen, cada latido, hace feliz a mi pecho, y no: no dejaré de escucharlos. ¿Quién sería tan estúpido cómo para no quedarse a escuchar un Te quiero? Lo quiero. Los quiero todos.

Y el mundo brilla.

Lo sé sin verlo ni necesitarlo. Porque mis ojos no son más que los suyos, los del niño que amó y ama, se ama y amará por no poder hacer otra cosa. ¿Quién soy yo para prohibírselo? He de dejarlo querer, sentir y vivir. He de dejarlo quererse, sentirse y vivirse. Porque solo con él puedo ser quien quiere, siente y vive la verdad que protagoniza su vida.

Que vive quien quiere. Quien quiere vivir. Quien quiere sentir.

Más allá de velas. Más allá de pétalos.

Más allá de pelis. Más allá de besos.

Más allá de fotos en Insta. Más allá de textos en Facebook.

Más allá de todas las líneas que suenan a versos, en catorce de febrero, en quince de mayo, en veinte de enero, vive quien quiere. Vive quien ama.

Y por ello, aunque al final de esta calle con luces de mil colores saliendo de cada baldosa no haya nadie y vuelva solo a casa sin alguien a quien acompañar a su portal, no estaré triste.

Porque esté o no esperando, sentada en su banco bajo el árbol de un verano que no olvidaré nunca, siempre lo estará dentro de mí. Allí donde vive cada pequeño momento en el que fui feliz solo por tenerla a mi lado.

En cada vuelta en el coche. En cada cafetería. En cada foto mala. En cada ida de olla por WhatsApp. En cada sueño. En cada día.

¿Cómo no voy a sonreír por San Valentín, por muy sin ella pareja que esté, por muy comercial que sea? Por mucho que lo hayan atado las muñecas con mil lazos de regalos sin sentimiento, por mucho que lo hayan sepultado entre miles de pétalos de rosas secas por la obligación, por mucho que lo hayan encerrado en mil habitaciones de hotel sin estrellas en los ojos, el catorce de febrero es el día de los que aman.

Y yo no he sabido dejar de hacerlo ni por el más pequeño instante.

Carmen Aranda

Bueno, ha llegado el momento de hacerle un post a Carmen Aranda. No: no hace falta que busquéis en Google quién es Carmen Aranda, porque la Carmen Aranda de este post al parecer no existe. Independientemente de ello, seguramente os resulte conocida.

Todos tenemos muchas Carmen Aranda en nuestras vidas.

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Cualquiera de estos podría ser Carmen Aranda

En primer lugar está la Carmen Aranda capaz. No: esta Carmen no es de esas capaces pedantes de las que de destilar tanta corrección hacen que el espíritu del montón nos invite a querer trocearlas para potaje o ensalada. Carmen Aranda no tiene nada de ultracorrección: solo cumple con lo que se espera de ella. Y lo hace bien.

Luego está la Carmen Aranda empática. Cuando tienes un problema, se pone en tu lugar y sufre por ti. Cuando estás contento, es la primera en unirse a tu felicidad. Lo siente, lo vive. Te vive, que no es poco.

También puede ser que conozcas a la Carmen Aranda incansable. De esas personas que están horas y horas dándolo todo y llegan a la cena con espíritu de maremoto. De las que te hacen sentir vital al tiempo que acabado por no poder competir siendo aún joven.

Otra de las Carmen Aranda a destacar es la Carmen Aranda auxiliadora. Esa Carmen que se preocupa por tus necesidades y trata de ayudarte. Sean sus métodos más o menos apropiados o adecuados a la situación, ahí está para apoyarte solo con que haya entrevisto tu dificultad.

Y bueno, luego está la Carmen Aranda simpática. Su humor puede ser o no universal, o mejor dicho, no es universal, no, no lo es, pero —de querer disfrutarlo— en ella lo vas a encontrar y te vas a echar las risas. De las que no dudará en contagiarse, claro.

En definitiva, Carmen Aranda, de un modo u otro, es un personaje con un montón de características de las tiene que sentirse muy orgullosa.

Pero la característica que hace que sea motivo del post de un tío con mi espíritu de justicia es, precisamente, la que debería de dar vergüenza a cada una de las Carmen Aranda de este mundo, y que procedo a denunciar por deshonesto, por desconsiderado y por destodo.

Carmen Aranda es ese tipo de persona que no se valora una mierda. Y eso me parece una falta de respeto terrible a quienes cada día tenemos al lado, al otro o dentro a una Carmen Aranda.

Porque, Carmen Aranda, todos queremos ser capaces.

Porque, Carmen Aranda, todos necesitamos que nos comprendan.

Porque todos necesitamos terremotos que nos sacudan, y quien nos ayude cuando estamos en el fondo de una grieta de nuestro alma.

Y todos necesitamos risas que no sean enlatadas.

Y no, Carmen Aranda puede no ser nuestra persona favorita en el mundo. Pero estoy convencido de que si el propio mundo pudiese levantar la voz no pediría más Osgonsos, ni más sabios, ni más atletas, ni más modelos, ni más carismáticos. El mundo pediría más Carmen Aranda que se quieran un poco.

Porque más Carmen Aranda es lo que hace falta. Y porque Carmen Aranda nunca sobran.

Resultado de imagen de carmen aranda teranga Post dedicado a Carmen Aranda

La felicidad que se mide en siempres

Mi trabajo me ofrece alicientes de los más variopintos. Esta mañana, sin ir más lejos, me topé con el tema del post grabando vídeos y tomando fotos en un taller de empleo impartido por dos compañeros.

Una de ellos —Saray, psicóloga— exponía ante la audiencia uno de los conceptos típicos de la motivación para la búsqueda de empleo: la felicidad en el proceso. Presto a intervenir, uno de los asistentes se arrancaba en una defensa a ultranza de que la felicidad no es algo que puedas alcanzar con ese tipo de cosas. Que la felicidad es un algo solo adquirible a través de lo espiritual y que —si bien se puede estar feliz en momentos puntuales— su mantenimiento a través de un periodo es imposible.

En el episodio de hoy: “soy feliz”.

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Más que una de estas

Tal y como la que el alumno tan bien defendía, existe una creencia muy extendida de que la felicidad no puede ser un estado.

Estamos viendo esa película que tanto nos gusta y parece que la chica de clase alta va a encontrar el amor y la libertad en el pobre pero intenso joven que se ha ganado unos billetes para el trasatlántico en una partida de cartas. ¡Qué felicidad cuando lo ves subidos a la proa del barco con los brazos en cruz con sus figuras para besarse con una partitura de James Horner de fondo! ¡Qué calentón cuando ves esa mano pegarse en el cristal empañado del coche de época!

Pero no: vivimos en un mundo de momentos y… ¡zasca!: iceberg. Y… ¡zasca!: Cerca de ti, señor. Y… ¡zasca!: flotante y gigantesco cabecero de cama en el que no caben dos personas del amor tan grande que se tienen.

La felicidad, como el amor entre Jack y Rose, es efímera. Sales del cine encantado, llorando pero feliz porque “qué peliculón”, porque “qué bonito”, porque te han dado ganas de que saquen una película de El diario de Noa, pero nada, porque ya estás en casa y hay que dormir, que hay que madrugar para ir al trabajo, mientras una voz rancia te persigue en la almohada:

«Cabían los dos perfectamente…»

ron

Yo he sido un chico tristón en ciertas etapas de mi vida (por fortuna para una parte de mí, ya no queda nadie que lo recuerde ;)), pero, no sé, llegó un momento en que me di cuenta de que era gilipollas. En que supe que no iba a morirme, como en mi mundo de fantasía adolescente seguramente quería, y en el que me percaté de que tenía dos opciones: estar jodido o estar jodiendo intentar estar bien.

Y, valga la redundancia y la zafiedad, ¡joder!: me hice experto.

Porque si algo tengo que decirle a la gente que asola a quien la rodea con límites autoimpuestos sacados de un nuevo libro de Masterchef titulado Las mil recetas amargas del buen cuñado es que practique la escucha activa o se largue.

Claro que no podemos ser felices constantemente. Claro que a veces nos fastidian, no apetece, estamos cansados. Pero vamos, ¿me va a decir alguien que no puedo ir feliz por la vida y convertirlo en hábito?

¡Qué poca apertura mental!

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O qué pedazo de venda en los ojos

Mirad: yo no sé si es fe o engaño. No sé si es truco o magia. Si es ilusión o simple falta de dos dedos de frente.

Lo único que sé es lo bien se está aquí.

Aquí donde el trabajo es hacer equipo con el de al lado, aunque cada uno esté a lo suyo. Aquí donde uno va a comer y resulta que todo está de muerte. Aquí donde el coche hasta casa no es atasco, sino canciones a grito pelado. Aquí donde los lunes implican revivir el domingo con los colegas.

Aquí, donde hace frío, pero al menos no llueve; o donde llueve, pero al menos no hace frío. Aquí donde no es que la peli sea mala: es que es malísima, y me parto. Solo o con los amigos, que son los mejores, porque son los míos. Aquí donde no hay amores no logrados, sino epopeyas hacia un sueño que siempre ha valido la pena.

Y entonces, ¿me va a decir alguien que la felicidad no puede ser un estado, cuando el no serlo solo son cuatro baches en mi camino?

Pues que haga cálculos. Que ponga electrodos. Que grabe vídeos y vuelva a usar grabadoras para darle más retintín. Que me muestre sus evidencias. En Powerpoint. Y que acabe determinando que lo mío es solo optimismo, positividad, estupidez o concatenación de breves instantes de felicidad.

Adelante, que lo haga, a ver si eso le da su felicidad medida en segundos a cronómetro.

Yo me he deshecho de ese reloj hace mucho, mucho tiempo.

En mí, la felicidad es lo único que sigue contando.