A mi pen

pen drive osgonso

Tiene gracia que uno de los términos para denominar a uno de mis objetos más importantes sea el de «memoria portátil». Más que nada porque yo no tengo memoria ni para recordar cómo llegó a mí.

Sé que fue un regalo. Al menos, si se puede considerar regalo a la entrega de un producto promocional. De no tener en el lateral el símbolo de aquel máster ya olvidado, tal vez ni podría recordar de dónde vino. Pero, en fin: tampoco recuerdo de dónde vinieron más de la mitad de mis amigos.

Y es que este amigo es un amigo íntimo.

Por haberme acompañado durante más de un lustro que para mí es siglo. Por llevar de él no solo todos esos relatos que de mí son legado, sino mis sueños, mis recuerdos, quién fui y quién quise ser.

Este pen es mi amigo por ser testigo de mi mundo, mis ambiciones, mis éxitos y fracasos más simples y profundos.

Y sí, puede que lo que él lleve dentro sea guardado a buen cobijo cada cierto tiempo. Sí, puede que no sea más que un USB de plástico que cualquier día me dirá adiós en un mar de «No se reconoce el dispositivo».

Sin embargo, los amigos a veces también dejan de reconocerte. Como tú a tus relatos, a tus pasados, a tus sueños, y no por ello su recuerdo pierde todos aquellos matices, todas aquellas sonrisas, todas aquellas verdades y todos aquellos olvidos.

Aquellos que un día fueron vida.

Aquellos que, un día, fueron memoria.

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Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

Hasta que la pierdes

Dicen que no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. El viernes pasado, perdí mi cartera.

Soy una persona bastante descuidada con mis objetos personales, de eso no hay duda. Soy de esas que dejan el móvil en silencio apoyado en cualquier lugar absurdo y se van a dar una vuelta. De las que hallan llaves de casa en inhóspitos recovecos de sofá. De las que meten unos cascos en el bolsillo de una cazadora y no los encuentra hasta que, tras todo un heterosexual invierno, la chaqueta sale del armario.

Sin embargo, soy un tipo afortunado y las cosas siempre aparecen.

¿Que la tarjeta del bus no está? Pues meses después surge bajo un mantel que lleva años sin moverse. ¿Que no sé qué ha sido del pen con pelis que Hari me regaló por el otro cumpleaños? Pues resulta que está junto al monitor en el que me he pasado escribiendo mis últimos 10 años.

En mi mundo, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Quizás por eso, entrando en casa después de la realidad de la pérdida, no dejaba de mirar una y otra vez a los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba.

Eso fue antes de preguntar a los colegas si la habían visto, y de volver al trabajo a descubrir que no estaba en ninguna parte de la oficina. Eso, antes de pasar por Información en el semiabandonado centro comercial de abajo y llevarme el pésame tras la negativa a mi obvia pregunta, tras llegar de la calle cuya acera revisé piedra a piedra tanto antes como después, de vuelta a una casa donde no podría dejar de mirar una y otra vez los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba, ni entonces, ni nunca.

Lo ocurrido me retorcía el alma. Recordaba haberla cambiado de bolsillo antes de salir de casa con ella, ocho menos cinco de la mañana, sueño y frío; la bolsa de clementinas por la que la moví cayendo pocos metros después de salir del portal, del bolsillo de donde antes estaba ella; y a mí recogiéndola para —por el gesto— hacer caer el boli, que también recogí. Porque en mi mundo, recordaba, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Yo escuché caer cada una de las demás. Pero no caí en oírla caer a ella.

Y, sin previo aviso, mi mundo no era el mismo: era un niño en viernes tarde, en una ciudad ajena, sin un duro, ni forma de acceder a él hasta tres días después, quién sabe cómo sin documentación que acreditase mi identidad. Era alguien sin carné para conducir hasta casa seguro, sin tarjeta sanitaria para una urgencia y también alguien sin poder comprar cualquier tipo de sonrisa envuelta en papel de regalo que dar a sus sobrinas el día siguiente diciendo que habían sido tres señores con camellos y coronas. Sin previo aviso, era alguien que no era nadie. Por haber perdido una cartera.

Que alguien me explique cómo algo tan pequeño, a día de hoy, puede hacer tanto daño, más allá del objeto.

Y es que, conmigo, el refrán no era del todo universal: yo si sabía lo que tenía antes de que me dijese adiós. Porque ella, pese a mi torpeza y mi descuido innato, siempre aparecía y yo, por todo lo perdido y vivido a su lado, la quería casi como un amuleto. Quería el céntimo de la suerte de Estef en su monedero. Quería la entrada a las piscinas de Baños de cuando fui con una chica muchos años atrás. Quería la tarjeta con mi número de teléfono que nunca llegué a entregar a aquella chica del autobús hace siete años, cuando era algo que ni reconozco. Pero bien es cierto que no por querer cada parte de ella supe cuidarla, y que de pronto, tras tenerla conmigo casi una década, ya no estaba.

Este post va en parte como homenaje a ella, en parte como invitación a dar aprecio a los objetos (y, por qué no, las personas) que nos salvan día a día, pero también para quien encuentre una cartera por la calle.

Si eres un asqueroso, quédate con la pasta, pero busca devolverla o dejarla a la vista de quien tenga dos dedos de frente para hacerlo.

Es muy triste llegar a la Policía a denunciar la pérdida, te digan que si confías esperes unos días por si aparece (previa desactivación de tarjetas) y no lo haga. Es muy triste llegar a Objetos perdidos tras esos días y ver la cara del agente al anunciarte que entre todos esos DNIs extraviados no está el tuyo. Es muy triste pensar que donde ha caído la ha tenido que ver alguien y nadie ha tenido la honestidad de entregarla cuando solo el dinero dentro sirve para alguien más que quien la ha perdido. Y sí, alguno pensará «que se jodan» y que el hombre es un lobo para el hombre. Pero a ese le aseguro que, si lo han vivido alguna vez y se lo hace a otra persona, tiene de hombre o de humano lo que una garrapata. Y eso también es muy triste.

Ayer, volví a comisaría una última vez para darla por perdida. Mi nombre apareció de último en el listado de documentación encontrada y, al cabo de unos minutos —no sin cierta incertidumbre final—, mi cartera se presentaba ante mí en un sobre, mucho más delgada. Ya no tenía el céntimo de la suerte de Estef. Ya no la entrada a las piscinas de aquella tarde con aquella chica. Todo papel y moneda se había volatilizado, pero yo, fui muy feliz.

Porque vuelvo a tener un nombre. Carné de conducir. Acceso a la sanidad pública. Y también a poder comprar a mis sobrinas algo que, supongo les diré, han dejado en Vigo unos señores con coronas y camellos.

Por lo que duele, no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. Pero, por lo que alegra, tampoco se sabe lo que tienes hasta que lo encuentras.

Inconexo desconectado

Me siento desconectado. ¿O tal vez me sienta inconexo?

No sé cómo pronunciar esta sensación de volver a las teclas tras más de quince días sin usar un ordenador por puro ocio y no echarlo de menos ni por un instante. ¿Estoy desconectado o más bien inconexo?

Para saberlo, tal vez haga falta decir que tampoco he mirado apenas el móvil. Me lo olvido en Modo avión; se me apaga y no me importa, y sí: aunque roce redundancia y oxímoron, no: no lo he echado de menos.

Tengo el Insta desatendido. Pierdo en los Fantasy. A Facebook ya ni le miro porque me recuerda a cuánto lo odié hasta fingir ser su amigo un rato. En algún lugar del WhatsApp que solo he abierto para sonreír dos veces al día, su sombra me observa echándome en cara el rechazo. Pero no: no he echado de menos nada.

Quizás alguien pregunte por la tele… ¿aún queda alguno? Vi un par de pelis el sábado, un capítulo de algo hace nueve días y, vale: ayer y hace una semana, un cacho de OT con mi compañera de piso. Sin embargo… ¿la he echado de menos? ¿Esas tardes de mirarla con mis padres, “evenings” de tenerla de fondo, noches del partido en abierto un lunes o viernes según a Gol le coincida? Nah, lo siento: supongo que estoy inconexo. O desconectado, no sé.

Lo que sí sé es que debe de ser duro. Digo, para aquella gente que vive de la coletilla de que, para los jóvenes, la pantalla es nuestra vida. Ver cómo alguien de esta edad la pierde entre paseos, viajes, trabajos, deporte, cafés, charlas interminables, jam sessions y otros trastornos debe de escocer horrores bajo la nariz retorcida de perenne disgusto.

Pero lo cierto es que sí: aunque a algunos les pueda resultar increíble, la juventud puede vivir tanto o más fuera de nuestros dispositivos. Los jóvenes no estamos muertos, no, y solo a veces de parranda. No es que no sepamos vivir, valorar las cosas, sentirlo todo, sino que sabemos adaptarnos a estar siempre latiendo por algo. Porque —al contrario que ellos, odiadores (que no haters)— sabemos vivir fuera y dentro del mundo tras nuestras pantallas.

En ellas, latimos. Descubrimos. Aprendemos. Crecemos. Escribimos. Ligamos. Fracasamos. Triunfamos. Nos emocionamos.

Y fuera también.

Conectados. Desconectados. Conexos. Inconexos. Desconexos. Inconectados.

Humanos.

Ignorante

Creo que ha llegado el momento de ser sincero. O al menos —ya que sincero he intentado serlo siempre— de mostrar una pizca del agujero que en realidad llevan las entradas de este blog. Estáis ante un ignorante.

Durante todos estos años, me he esforzado en transmitir algo de lo que llevo dentro. Mucha gente ha confiado en mis palabras; mucha, me ha hecho llegar buenas apreciaciones con respecto a mi trabajo en estas páginas digitales; mucha (porque con que hubiese sido una persona sería ya mucha gente) me ha dado las gracias por haber escrito algo que le ha ayudado en determinado momento. Me hace muy feliz haber vivido cada una de estas pequeñas situaciones. Alguna especialmente la recordaré durante muchos años.

Sin embargo, hoy me gustaría decir a aquellos que confiaron en mí en algún momento, que no se dejen llevar al engaño de creer que lo que digo se graba en piedra, porque lo que ante vosotros tenéis delante no es otra cosa sino un perfecto ignorante.

A lo largo del tiempo aquí, he hablado de temas en los que no me he formado en ninguna clase certificada. He teorizado sobre realidades sin tener un corpus académico que avale mis apreciaciones. He comentado situaciones sin leerme antes amplia bibliografía del tema y he hecho sentir a quien confió en mi palabra que ciertas percepciones son poco menos que verdad absoluta, cuando en realidad no soy más que un chico en una habitación, abriendo su mente corta de omnisciencia a un público al que no veo la cara. Un ignorante.

Alguien que normalmente prefiere emocionarse con una novela de ficción a leerse un tratado de economía primermundista. Alguien que elige irse a dar un paseo por su ciudad a solas a ver la serie que por cultura general debería conocer de cabo a rabo. Alguien que se sienta en el sofá junto a sus padres o escucha a amigos y colegas por las noches en lugar de informarse de las cosas de las que al día siguiente va a hablar en el blog con su nombre. Transmitiendo su ignorancia a todos los que —al día, a la semana siguiente, cuando quiera que lean ese post perdido entre la maraña de internet— confían en su palabra.

Es por eso que hoy quiero no pedir perdón a todas aquellas personas que en algún momento habéis creído en mí y lo que aquí os he dicho, sino reconocer ante vosotros una verdad que tal vez un día di por hecha que sabíais y desde entonces ya siempre olvidé recordar aquí: soy un ignorante.

Y sí, a veces me esfuerzo por crecer. Sí, a veces, tal vez suena la flauta y resulto dar en el clavo con mi maza de falta de verdad del tamaño del Empire State. Sí que es verdad que soy alguien que a menudo encuentra gente que sabe más que él e intenta aprender un poco porque es un ignorante. Sí que soy una persona que escucha la opinión distinta, sí alguien que quiere ser mejor alguien.

Pero, ay: quien lee esto tiene que saber que soy un ignorante.

Cuando queráis o quieras verdades, vete a una biblioteca técnica. Léete tesis doctorales. Busca datos recopilados por organismos oficiales. Haz másters, cítate con condecorados estudiosos del tema.

Aquí no vas a encontrar verdades absolutas. Seguramente, nunca incluya un listado de bibliografía ni unos resultados de investigación en mil personas. Mi experiencia no es ley: todo lo que he vivido no es más que una individualidad que para nada debe ser extrapolable a algo más que entretenerse o sacar una sonrisa momentánea. No, no me hagas caso si digo algo, porque no soy nadie para que se me haga caso: soy solo una persona, en un mundo muy grande en que la verdad la hacen las masas, no los individuos que podemos tener corazón, sentimientos, experiencias, vidas y sueños, pero al parecer no verdad.

No creas en mí nunca, porque mi ignorancia te hará peor y acabarás como yo, ignorante.

Eso sí, que sepas que estaré aquí. Y que, si en mi mano está, seguiré intentando que mi vida no muera, que mis experiencias no se pierdan, que lo que soy se quede un poquito más aunque sea por puro egoísmo y ganas de emocionar.

Puede que yo nunca tenga la verdad, pero sí tengo emoción.

Y yo creo que la emoción es algo que no se puede robar. Ya sabes: soy un ignorante.

Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

Recuerdos de música rota (What about us)

Iba a ponerme a escribir cuando un correo entró a mi vieja cuenta de Hotmail.

Recuerdo cuando Hotmail era una especie de página del señor X llena de mujeres desnudas en lugar de Jesucristos y tostadoras aladas. Según Wikipedia, eso nunca fue así, o sea que tal vez nunca haya hecho allí o en Latinmail mi primera cuenta de correo electrónico, en una clase extraescolar de informática con menos de una cifra en mi edad. Dando lo mismo esto último, se me vino a la cabeza lo que cambia el mundo para que pases de ser un correo en una especie de página de contactos a ser una marca de época en lo que a mails se refiere. Y, dando también igual lo entre los últimos dos puntos, abrí mi vieja cuenta de Hotmail para ver el correo sobre una supuesta vulnerabilidad en mi otra cuenta, de Google.

La bandeja de entrada se hallaba saturada de mensajes de Twitter con origen en una cuenta que hace tiempo dejé atrás. Motivado por un orden que en mí cuesta reconocer, me dispuse a borrar a lo bomba atómica cuando la vocecita tras mi nuca me pidió que recordase que una vez ese fue mi correo principal. Pasé pues a limpiar de forma escalonada, sin demasiados parones en mi andadura de destrucción. Hasta que al fin llegué allí.

El nombre de aquella chica me impactó como una hostia en la cara. De modo tal que ni siquiera percibí los demás mensajes tratando de poner nubes de tormenta a su resplandeciente presencia. ¿Qué hacía allí aquel nombre…?

La gente odia. Muchas veces es por el mero hecho de ser imbéciles, pero normalmente también por miedos, daños o vergüenzas pasadas. Aquella chica hoy me odia, o me ha olvidado; al menos, no me quiere. Ni romántica ni “comopersona”mente. Tal vez.

¿Cuántos años han pasado desde la última que hablamos? ¿3? ¿4? Recuerdo dejarla junto con su amiga en la puerta de una tienda de tejidos, riéndonos con o sin ironía del que me tuviese bloqueado, cual si fuese una niñería el haberlo hecho, aunque no por ello motivo de desbloqueo. En ocasiones, la gente quitamos hierro al daño. Es una lástima ver que todo el óxido que nos cubre sea precisamente eso: manchas sangrantes de un pasado en el que fuimos mejores y más brillantes. Y estábamos juntos. Y éramos jodidamente felices por el simple hecho de poder estarlo un rato. Juntos, digo.

Pero la gente odia. Muchas veces, por el mero hecho de llevar el asco en las venas, pero también para olvidar que una vez nos supimos amor incondicional a otra persona. Si del amor al odio hay un paso, lo da el dolor de amar de forma injusta. Y esta injusticia es precisamente lo único que queda de este amor cuando se vuelve odio, tristeza profunda, miseria de corazones y música rota.

Creo que así sentí abrir ese correo (Felicitación…). De felicidad nada: música rota.

Leí como perdido en algún lugar en el que lo pude ver todo sin poder hacer nada.

Ella llegaba tarde, había estado ocupada y —desde el tono de quien no sabe que exteriorizar a partir de la inocencia de no querer aceptar realidades es una parodia al propio sentimiento— me deseaba un feliz vigesimosegundo cumpleaños, con la pureza de quien ya tiene las cicatrices cerradas pero aún no quiere mirarles a la cara.

Hasta volver a ver el correo, no recordaba ese momento. En realidad tampoco haber recibido el correo, o contestado. Sí lo hice. Creo. No quiero mirar qué contesté, pero estoy convencido de que lo he hecho. Tal vez fuese la penúltima vez que hablamos por escrita. La siguiente o no, discutimos porque las heridas no estaban en realidad cerradas y, al revelarse descosidas, la sangre de seguir siendo parte del otro nos cegó lejos de ver el placer de llorar de alegría por ello: nuestro tiempo ya había sido, “pasado” si lo preferís. Como poco no era momento de volver. No lo ha sido desde entonces.

Hoy no sé qué es de ella. Hace cuatro días, han pasado cinco años de ese correo. De vez en cuando, Instagram me la hace aparecer en Sugerencias. No entro, no sé ni si lo tiene privado: una vez quise recuperarla, una vez hice daño; ya no más. La querré siempre. Una parte de mí, siempre la esperará por hacerlo.

Pero, cerrando el mensaje de música rota, pensé en qué fue de nosotros. Ella, la chica del mail, ya no era la que yo recuerdo fue, ni por seguro ahora es. Y yo, yo pienso en ese niño que recibió el correo y solo sé que fue feliz. Lo siento, siento su emoción muy dentro, más allá de mis ojos y mis borrados te echo tanto en falta. Cómo quería a esa chica cuando recibió ese mensaje de cumpleaños atrasado. Cómo la quiso cuando se besaron —lejos del mundo— en aquel castillo. Y —en medio de él— en la tarde de las dos lunas, de aquella cafetería, rodeados de amigos cotillas y nadie.

Dios…: qué poco, queriéndola (distinto, sí, pero queriéndola), me parezco a ese chico. No lo reconozco, no lo siento, ni sé sentir algo por él. Pero, ay: qué feliz sé que fue recibiendo ese correo.

Mientras sobre el correo de amor perdido de quien un día se fue por los daños se cernían las nubes de otros mensajes que querían atacar al chico, cerré la cuenta y volví a la realidad de su ausencia enmascarada en su heredero y odiador de su ayer.

La gente odia. Por momentos, a sí misma.

Pero también sonríe recordando que, una vez, estuvo felizmente equivocado.