Los prisioneros del mal que creamos

—¡No puedes hacer eso!

—¡¿Por qué no?! 

—¡Porque está mal!

—¿Quién lo dice?

—¡Todos! ¡Todo el mundo dice que está mal!

—Pero en **** se puede hacer, ¡todo el mundo lo hace!

—Ya, pero aquí no, ¡aquí es algo malo!

 

El mal.

Una de los grandes conceptos de la vida humana. Junto con el bien, forma una de las grandes dualidades de nuestra existencia: el blanco y el negro, el frío y el calor, la luz y la oscuridad. Es como si nuestra especie tuviésemos que discernir siempre entre lo que está bien o lo que está mal. Objetivamente. Hubo quien supo aprovecharse de ello.

La utilización de los límites de las realidades humanas (muerte, hechos inexplicables…) y su enlace con lo que interesaba hacer bueno o malo era una magnífica opción para llevar a todo un pueblo detrás. Por ejemplo, durante siglos, los egipcios creyeron a sus faraones hijos del dios Ra vueltos, tras su muerte, dioses inmortales. Practicar el buen karma (hacer el bien) te lleva a una buena reencarnación; ser un buen cristiano, musulmán y otras, al Paraíso. Y en todos los casos, lo que está bien y lo que está mal está perfectamente delimitado para favorecer al correcto devenir de la propia religión y modelo de autoridad. Así era fácil controlar a los creyentes.

La religiosidad en sociedades occidentales se vio sin embargo condenada a una debacle por las lagunas de coherencia en sus argumentos. La practicidad y la ciencia evidenciaron la falta de pruebas de los profetas y la posibilidad de la inexistencia de los dioses humanos, sufriendo los diferentes dogmas un descalabro del que muchos difícilmente se levantarán por mucho tiempo que pase.

Los fanatismos de sociedades enteras parecieron entrar en horas bajas.

 

En otro orden de cosas…

 

Entre los atributos que me caracterizan están el ser una persona con afán de crecimiento y mente abierta, para sorpresa del niño correcto y cerrado de no hace tantos años.

Si bien no me autolesiono metiéndome en escenarios que me hacen daño, en los últimos tiempos me he movido en situaciones en las que poner a prueba los conceptos más aceptados por la sociedad y los diferentes grupos de personas con pensamiento similar para tratar de encontrar dónde acaba la verdad probada en ellos, dónde están los límites de lo que soportan sus oídos y ojos sin dejar de mostrar cosas reales y sin extremismos. Nada de escandalosas situaciones improbables que de vez en cuando ocurren y algunos aprovechan como bandera para atacar a otros, no: solo con palabras y hechos corrientes que saben reales. Lo que he encontrado es fascinante.

Y terrible.

Más allá de la gente ya de por sí cerrada, la práctica totalidad de la sociedad converge en negarse a aceptar situaciones de lo más comunes consideradas como fuera de la norma. Aunque tengan una explicación perfectamente definida, probada y defendible; aunque sean inofensivas a nivel práctico.

Me he encontrado con que, en algún momento, alguien ha “blindado” ciertos temas y los ha hecho intocables. Muchos estarán pensando en situaciones del estilo regímenes autoritarios que destruyen cualquier atisbo de oposición, pero en absoluto me refiero a eso. De lo que hablo es de escenarios que estamos viendo cada día. Que cualquiera puede entender y practicar si se viese en el caso sin hacer daño. Y que todo el mundo niega taxativamente, renegando de la posibilidad de su existencia o práctica, produciendo poco menos que sarpullidos su sola mención.

Porque en ella, ven el mal.

 

Y aquí es donde las dos historias se juntan.

 

En cierto momento, creímos haber huido del mundo en el que nos imponían lo que estaba bien y lo que estaba mal. Del mundo en el que los supuestos elegidos de dioses que nunca habíamos visto nos dictaban cómo dirigir nuestras vidas y actos. Del mundo en el que cada dios hacía la cultura.

De lo que no nos dimos cuenta es que, con independencia de haber otros o no, los dioses que crearon no existieron nunca. No fueron sus dioses los que crearon la cultura: su dios era cultura enmascarada, y a día de hoy, muchos creyeron haber escapado. Creyeron que con llamarse ateos, agnósticos y demás habían huido de los dioses en el que su cultura les había encerrado, que eran libres. La realidad que ahora me golpea es mucho más perversa de lo que tanto dogma falso sugería.

Nunca hemos rezado a un dios del que podemos ser ateos. Lo que hemos hecho durante todo este tiempo es rezar a una cultura de la que no queremos serlo.

 

—¡No puedes hacer eso!

—¡¿Por qué no?! 

—¡Porque está mal!

—¿Quién lo dice?

—¡Todos! ¡Todo el mundo dice que está mal!

—¡Pero si se puede hacer! No hace daño. Ayuda. ¡Todo el mundo lo hace!

—No, no es verdad… ¡es algo malo! ¡Es algo malo!

—¡Tú lo haces!

—¡No! —dijo indignado.

Al tiempo que se recordaba haciéndolo.

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La película, el libro y el disfraz

Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió un rumor tan bien construido que tejió la realidad del universo humano por siglos. Alguien dio a entender que la espiritualidad era un concepto ajeno a lo cotidiano, una idea nacida a partir de lo intangible, a la que solo la teoría de libros antiguos y religiones nos podía acercar. Un día, por un motivo u otro, alguien encerró la magia tras paredes de templos y falsos ídolos; dejamos de creer en varitas mágicas, y tiramos la llave tras habernos apretado de más las esposas. Érase una vez en que creímos que lo mítico era mitológico y que este post, solo por mencionar esos tres adjetivos del tweet, iba a ser un evangelio sectario. En que cerramos los ojos por miedo.

Ver una gran película. Releer una novela de mi adolescencia. Ponerme un sombrero y una peluca.

No he necesitado más ingredientes para encontrarme ante la semana más mística, mágica y espiritual de toda mi vida.

La película

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Dicen que cuando te haces muchas ilusiones, las cosas defraudan; es lo que tiene el no cumplir con las expectativas. Supongo que lo que a mí me pasó es que en las 4 o 5 semanas que esperé con ansia poder ir a verla nunca la imaginé capaz de desgarrarme el alma tanto.

No haré spoilers en las siguientes líneas, no hace falta que imitéis mis actuaciones huyendo despavoridos. Lo que sé es que aunque dos o tres pelis por año me hagan soltar la lagrimita, solo tres en mi vida han logrado abrirme en dos. Ninguna de las cuatro fue por tristeza. Fue, simplemente, porque me habían hecho vivir.

Una vez leí que cuando el cerebro de alguien cae en la suspensión de incredulidad de una película, cuando se mete en la historia hasta el punto de —por un momento— desconectar del estar sentado en un sofá, una butaca, una silla de ordenador, vive la película. Y no “vive” en cursiva, entre comillas u otras excusas. Vive de vivir. De sentir esa realidad como suya.

Yo he vivido muchas veces realidades que no me pertenecen. Bancos con cajas de bombones, parlamentos explotando y casas volando impulsadas por globos. Pero si algo agradezco al cine, han sido esas películas que me han hecho vivir mis sueños.

Eso no hay religión que me lo dé. Ninguna me deja subir al cielo en vida.

Y yo, el pasado sábado, lo he vuelto a hacer.

El libro

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Dicen que releer libros es una pérdida de tiempo. Incluso yo lo digo a veces. En el mundo, hay infinidad de lecturas deseosas de darte una nueva realidad por vivir. ¿Para qué volver a leer algo que ya has leído, que ya conoces, sabiendo lo que va a pasar?

Quizás por ello y por mi mala costumbre de no poder leer por no poder parar de leer, hacía mucho que no leía un libro por segunda vez. Desde el primer momento, las páginas de La sombra del viento me hicieron saber que no me había equivocado al volver a ellas.

La lectura fue muy distinta de la primera, allí cuando, adolescente, engullía. En esta ocasión, las preciosas páginas, escenas, personajes y figuras me atrapaban, pero podía dejarlo y tirarme dos semanas sin verlo sin ningún problema.

Este lunes para mí festivo y con aspecto de sábado, sin embargo, volví a vivir algo que hacía años que no sentía. Me tumbé sobre mi cama a las 2 de la tarde, abrí el libro a ciento cincuenta páginas del final y no lo cerré hasta colocarle la solapa trasera contra la tapa posterior del libro. Dando por finalizada una lectura preciosa.

No sé si fueron los restos de mi alma aún en gajos por la película; no sé si fue por sí sola la novela. Lo que sé es que fue la primera vez en años que un libro me volvió a meter en su mundo, haciéndome vivir su cenicienta, hermosa y romántica (en sentido clásico) realidad durante dos horas que en el libro fueron años.

Ninguno de vosotros, profetas, me dais eso. Ninguna fe de sinagoga me hace vivir en mundos ajenos sin morirme antes.

Pero yo el lunes viví en esa Barcelona que siempre y nunca ha existido.

El disfraz

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Si bien la palabra viene de “quitar la carne”, más de uno se empeña en que viene de “adiós a la carne”. Otros, con menos ciencia, de ser la festividad de “Don Carnal”. Sea como sea, dicen que es una de las fiestas más pecaminosas a lo largo del mundo. No me extraña que le tengan miedo.

Desde hace un tiempo, adoro el Carnaval. El que la gente esté contenta de por sí, y no por las miradas que haya captado o las copas que lleve dentro. Las calles llenas. La creatividad de los vestuarios. Los días festivos. Los lugares por los que normalmente no sales. La oportunidad de cruzarte con gente que llevas mucho, mucho sin ver.

Pero si hay algo que adoro de los carnavales, con toda el alma, es mirarme en el espejo y ver la melena rubia caerme sobre los hombros. Me encanta llevar bastón, espada o micrófono en la mano. Me hace sentir que puedo ser distinto por un día.

Y no: no es que no me sienta bien conmigo mismo. No, no es que quiera llevar chistera a diario. Es, sin más, que a veces me gusta recordar que esta vida no es una cárcel en la que solo puedes ser quien has sido, quien cuentan tus historias y quien quienes te rodean creen que eres.

No hay predicador que defienda tu libertad para ser más que tú fuera de esta vida.  Te dicen “Muérete si quieres ser otro”. En un cielo en el que no mueras, reencarnado en otra cosa, como sea. Pero muérete antes.

No: yo me niego a morir para vivir más vidas.

Yo el sábado fui un señor de traje y el lunes un rubio sacado de época.

La magia que no necesita muertes

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Hace tiempo, mucho más que mucho, se corrió el rumor de que necesitábamos de dioses, credos, religiones, reencarnaciones, pactos, sacrificios, martirios y muertes —sobre todo muertes— para poder vivir otra cosa. Ya veis.

Un libro para caminar por mundos distintos. Un disfraz para ser otro. Una película para tocar el cielo.

Que no os mientan: sigo vivo.

Los límites de esta vida nos los ponemos nosotros mismos.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Lo que da miedo al miedo

Fuego-Apostol quema fachada catedral santiago

El domingo voy a ir a Santiago.

Parece una afirmación cualquiera, intrascendente. Sin embargo, un par de elementos hacen que tenga interés suficiente para que alguien lea esto.

El primero es que se celebra el Día de Galicia, representado por la figura del cristiano apóstol que da nombre a la capital, dando por segura una afluencia masiva que tornará complicado el encontrar aparcamiento por la ciudad, así como posterior sitio en una abarrotada Plaza del Obradoiro. El segundo es la serie de atentados a eventos y ciudades perpetrados en torno al (malamente) denominado Estado Islámico o ISIS.

Son varias ya las voces que oigo hablar sobre la evidencia de la posibilidad de algo así la noche del 24. Hablamos de un evento multitudinario ante la catedral católica de un personaje apodado “Matamoros”. De un país que los radicales árabes prometen reconquistar cada dos por tres, en aras de devolverle el apelativo de Al-Andalus. De un entorno de alerta evidente tras sucesos como los de Niza, el #jesuisParis y el #jesuisBruxelles.

Sin embargo, el domingo yo iré a Santiago.

¿Es que soy un desconsiderado con la probabilidad de que algo ocurra? ¿Es que voy cada año, y he de ir por imperdible tradición? ¿Es que mis ansias de fiesta embriagan sin alcohol mi sentido de la autoprotección?

Me temo que no.

No escribo párrafos amenazadores en vano. Solo he ido una vez en mi vida a la festividad del apóstol. No hay razones para creer que me lo vaya a pasar mejor que aquí entre gente aprovechando para beber hasta reventar. Me temo que no.

Voy a ir —y he convencido para ir— porque creo que el mayor poder de los amantes de la violencia y la muerte es el miedo. Voy a ir porque pienso que el terror que da nombre al término terrorismo es el que lo hace nacer, y lo que hay que combatir. Voy a ir porque pienso que esos que se llaman mártires no son más que ovejas negras de una cultura que ya los desprecia por hacer que sin razón se les desprecie a todos ellos que ni son violentos, ni les interesan ejércitos que se ponen el nombre de su religión para darse unas ínfulas religiosas que se quedan en máscara.

Sé que el domingo por la noche no voy a morir allí: es una cuestión de realismo. Pero, oye, si en algún momento, en algún lugar del mundo, mi vida acaba por la voluntad de generar miedo de otros, os pido que no lo tengáis.

Os pido que no me compadezcáis ni por un absoluto segundo. Os pido que no miréis mal a alguien por compartir lengua o color de piel con quien no debería tenerlos. Os pido que vayáis cada año a Santiago, a la Eurocopa, a los desfiles de Niza y a cada uno de esos eventos que amáis y ellos, falsos profetas, se creen capaces de robaros.

Porque yo no vivo con miedo injusto ni por un momento.

Y eso es lo que da miedo al miedo.

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En este caso no voy a llenar esto de preguntas retóricas invitando a compartir. Creo que es evidente por qué hay que hacerlo o no. No más miedo injusto.

Pray for Paris. Sing for Peace

Noche de viernes 13. París entra en caos por una serie de tiroteos y ataques terroristas en su centro. Los medios de comunicación saltan de sus butacas ante una de las noticias del año. En la calle, brotan lágrimas. Una masacre se produce en una discoteca, sala de conciertos o de fiestas, si prefieres odiar la paradoja. Gritos con tintes religiosos azotan las calamidades. La “ciudad de la luz” llora y tiembla, Europa y el mundo occidental la abrazan. De fondo, suena La Marsellesa.

Creo que a nadie extraña el tema del post de esta semana.

PARIS de luto

Miserias de dioses avergonzados

“Alá es grande”, decían. Luego mataban.

Tiene que volverse duro ser musulmán cuando ves a sádicos izando tus creencias como bandera de muerte. Y es que, como bien dije el otro día en Twitter, Alá es grande, pero esta gente no lo representa; ni a él, ni a ningún dios.

Curioso cómo esta panda de asesinos siguen tratando de enmascarar sus actos de misiones divinas, cuando cada día son más evidentes los intereses tras ellos. La fama egoísta. El miedo. El dinero que este mueve. El afán de poder. La sed de acción. El martirio en algunos casos, que les hará famosos para siempre.

Que no nos vengan de santos, ni a nosotros ni a los que suponen de su misma fe. Los musulmanes no creen en ellos. Su dios siente vergüenza.

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Miserias de mundos sin miedo

Un sentimiento de tristeza invade lo occidental; las redes sociales brillan azules, blancas y rojas. Estamos tristes. Nos sentimos tristes.

A alguien se le ocurre la maravillosamente mainstream idea de decir que esto pasa cada día en Oriente Próximo y a nadie nos importa. Qué bien queda quien lo dice, cuánto aplauso el que recibe: enhorabuena.

Y ahora que su sed de corrección política está saciado, vamos en serio, ¿no ve la diferencia?

Pongamos que en España, Brasil o Australia, un brazo radical de su país o creencias mata a 200 personas. Jamás vamos a ver banderita de Facebook. Pongamos ahora que unos cristianos radicales españoles, brasileños o australianos —valga la imaginación— acaban con 200 personas en  las calles Egipto. Seguramente veamos la banderita.

Lo que duele de este atentado, no es el número de muertos, ni el lugar: lo que realmente molesta es que muera gente por creencias que no comparte o sociedades en las que no vive. ¿Qué culpa tienen 200 en París —en buena parte, inmigrantes temporales o de paso— de que un grupo terrorista siegue sus sueños gritando hacerlo por un dios que no comparten? Eso es lo que molesta de verdad.

Si tu país tiene un conflicto bélico o social grande, si vives en lugares de poco desarrollo o sin una protección internacional ante las guerras, que tus vecinos mueran sin merecerlo entra dentro de lo que llaman la “inestabilidad” de la zona, una realidad que duele, que es intolerable y que hay que luchar por detener, pero que tu mente llega a entender entre malas caras. En un caso como este de París, hablamos de mundos en los que la legislación ante la violencia es muy restrictiva, en los que las cosas se discuten en hemiciclos hechos de papeletas y no con armas, salvo con quienes las llevan en la mano. Ninguno de los de Bataclan mató nunca ha nadie. Ninguno de los de Bataclan mandó bombas a Siria. Que vengan unos que no comparten tus ideas y maten a gente que no cree en ellas sin mediar más palabra que un falso grito religioso es inconcebible y triste, por eso la gente se pone mala.

Mirad este ejemplo.

Imaginemos que somos unos chiquillos jugando a la pelota. Viene un abusón y se pone a meter balonazos, haciendo daño a los pequeños. Le decimos que “no vale tirar fuerte”, pero él sigue haciéndolo y si le decimos que no juegue, no se va. Eso nos pone muy tristes.

Eso es el París del #PrayForParis.

Una tristeza muy grande.

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Miserias de ricos malcriados

En los dos últimos días, Francia ha bombardeado Raqqa, la conocida como capital del Estado Islámico en Siria. Los antimainstream se frotan las manos ante la noticia: “los del IS atacan Europa porque ellos le atacan, tan malos son unos como los otros”. Yo me entristezco, porque dan motivos para pensar eso, pese a que la diferencia sigue siendo tremendamente evidente. Y para explicarla os presento a estas cuatro personas:

  • François Molins. Coartífice de la matanza de Bataclan. Asesino, pues, de cerca de un centenar de personas que, espero, nunca llegue a completarse.
  • Abu Bakr al-Baghdadi. Líder del IS o Daesh, así como de Molins, por si alguien considera a este un pobre infeliz con el cerebro lavado, lo cual yo no haré nunca.
  • Tenemos también aquí a —por ejemplo— François Hollande, al que por su posición como presidente de la república francesa podríamos dar como representante del ataque contra el IS en respuesta a lo de París.
  • Por último, Nohemí González, en un programa de intercambio para estudiar diseño, 23 años, fallecida en el concierto.

Pienso que si en esta lista no se es capaz de diferenciar entre inocentes y posibles artífices de muertes injustas es que algo se está haciendo muy mal.

Que el gobierno de un país responda a un “acto de guerra” —como Hollande lo llamó— lanzando un bombardeo contra la presumible base del grupo terrorista culpable del #PrayForParis es debatible. Puede haber quien crea que es un modo de decirles que si no se detienen serán exterminados. Puede haber quien piense que entre los muertos de ese bombardeo cabría haber civiles tan víctimas como los de París. Puede haber quien vea un duelo entre ricos por discernir quién la tiene más grande, a costa de vidas humanas.

Pero que a nadie, A NADIE, se le ocurra decirme ni a mí ni a ningún otro que Nohemí es tan culpable de la posible muerte de inocentes en Siria como puedan serlo Bakr al-Bahgdadi, Hollande o Molins.

Nohemí solo fue culpable de querer pasar una buena noche en Bataclan, y ahora está muerta por los juegos de mayores de unos niños malcriados.

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Y de fondo, La Marsellesa

De fondo, se oye a gente cantar el himno nacional. Y no por los colores, no por el sentimiento de país.

Por las calles de París, ante fotos de injustos muertos o saliendo de estadios para volver a una realidad nunca igual, se oye a la gente cantar el himno nacional porque todos se lo saben. Porque, cantando junto a otros, las personas nos hacemos una ante el miedo, ante el terror, ante la incomprensión, ante lo injusto.

Ante todo este absurdo que nunca debiese haber ocurrido, la gente canta La Marsellesa.

Solo espero que algún día un himno de paz suene tan fuerte como para que el mundo entero lo escuche. Y se ponga a cantar.

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¿Qué opinas tú? ¿Qué es lo que más duele de todo esto? ¿Algo que decir al mundo? Comenta, comunica, comparte: estás a un par de clicks.

La Pasión

Como ya comenté en Ramos, no soy lo que se dice un ejemplo de católico, sino más bien un perfecto prófugo de algo que considero obsoleto. Por otro lado, he de reconocer que el otro día pasé un buen rato con la lectura de la Pasión de Cristo en mi anual visita a misa por el domingo de llevar la ramita de laurel.

Y es que vaya relatazo la Pasión…: ¡qué obra cumbre! Qué cénit para un libro, qué maestría de desenlace. Lo comentaba el otro día con un amigo: estoy convencido de que, más allá del dar pan gratis, cotillear y poder cantar delante de gente, las historias que se marcan de vez en cuando los evangelios eran uno de los grandes motivos para ir a la iglesia en sociedades analfabetas. Vale: a día de hoy no son lo que se dice novelas vanguardistas; pero, madre mía, ¡lo tienen todo! Empezando por su carismático protagonista.

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Jesús tras sufrir martirio

Jesucristo: rey de los judíos, y del mambo

Qué fenómeno el Jesucristo evangélico. Qué derroche. Capaz de lavar pies y resucitar cadáveres, “la piedra que desecharon los arquitectos” es, a mi entender, la piedra angular de esta enorme historia. Ya durante las primeras fases de los libros le habíamos visto marcarse algunos tantos de calidad. Cuando solo era un zagal, el tío se iba al templo a sacar de quicio a los oradores, desarmó a veinte hombres con un “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” e incluso se había gustado dándose un paseo sobre el agua de un conocido lago —multiplicando peces como postre—. Sin embargo, es en la Pasión cuando alcanza la madurez del espectáculo para el lector con un auténtico arsenal de recursos técnicos. “Uno de vosotros me va a entregar”, ahí, la primera en la frente, con el Judas mojando en el mismo plato: qué descaro. “Yo no te negaré señor”, decía Pedro; “tú calla, que antes de que el gallo cante dos veces ya llevarás tres negativas”. Zasca: el gallo se pone a hacer un bis en cuanto suelta el tercer “No sé de qué me hablas”, ahí queda eso. Pero bueno, tampoco fue para tanto cuando, horas antes, le atacan para arrestarlo, un apóstol le corta la oreja a un soldado y va el tío, coge la oreja y se la pone ahí, sin puntos ni nada. Solo le faltó marcarse un “Te me relajas”.

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                          (Dramatización)

Un relato intemporal

Sí, sin duda Jesucristo es un protagonista con fama por méritos propios, pero la historia también tiene miga como clásico intemporal, tocando temas de lo más actuales, como la justicia corrupta:

—¿Queréis que suelte a Jesús, rey de los judíos, o preferís que suelte a Barrabás, que se ha cargado a tres?
—¡¡¡A Barrabás!!!
—Pero… ¡pero si el otro no ha hecho nada, y además es majete…!
—¡¡¡A Barrabás!!!
—¿Y qué hago con el otro?
—¡¡¡A la cruz!!!
—En fin, voy a lavarme las manos…

Sí: es muy bonito acusar a Pilatos de higiénico y desgraciado, pero… ¿¡acaso hay mayor argumento que una muchedumbre enfervorecida sin argumentos?! El que metió a la Pantoja en la cárcel aún se despierta empapado por las noches. Otro ejemplo de su actualidad: en el mismo momento en que era detenido, Jesús realizaba las siguientes declaraciones: “Hoy me atizáis, pero el otro día en el templo bien que aplaudíais mis palabras”. Difícil no ver en él al clásico futbolista de Barça o Madrid tras pinchar en Getafe. En cuanto a los tres días de espera para resucitar, no puedo más que remitir a las sabias enseñanzas del también desaparecido Barney Stinson.

La mejor pasión desde la de Gavilanes

En definitiva, La Pasión de Cristo aúna un héroe carismático y mordaz con un argumento con tintes de aventura y épica clásica; un relato fantástico —valga la polisemia— con múltiples referencias a la cultura cristiana (Ronalda). No malgastes tus ojos descargándotela en el Kindle: el próximo domingo, la versión íntegra a tres narradores solo en las mejores iglesias.

Masas agolpadas para ver  50 Sombras de Grey la lectura de La Pasión

Ramos

Este domingo me toca ir a misa. Será que es Domingo de Ramos.

Hace ya tiempo que no soy católico, supongo que es lo que tiene el tener imaginación, tiempo y pensamiento individual. De pequeño te dicen qué debes creer y —ya sea por la confianza en tus padres o por no tener respuestas— crees. En mantos de colores, en cielos e infiernos, en tener que contar qué haces mal a cambio de poder optar a ir o no ir a ellos. No deja de ser curioso el cómo la desconfianza que tan bien aprendemos, la que tanto daño hace a nuestras sociedades, no desmonta todo ello en un instante. Pero en fin, supongo que eso mismo se preguntan anarquistas, víctimas de terrorismos o descendientes de nazis.

Y sin embargo este domingo me toca ir a misa, y no, no por obligación, ni por decencia, ni por miedo a infiernos, demonios o miedos. Voy porque es Domingo de Ramos.

Por ver a toda esa gente junta como no se atreven a estar en más lugares. Por los reencuentros, por los abrazos, por la nostalgia de saber que, durante años, fui inocente. No, no voy por fe, podéis llamar a vuestro diablo inventado: voy por sentirme niño de nuevo, por llevar el ramo de laurel en la mano y creerme un pequeño héroe de verde espada. Voy porque, a veces, solo en este tipo de momentos nos sentimos un grupo, y no solo entes aislados buscando ser mejor que otros.

Dice la canción, “parece increíble el que las cosas más grandes puedan nacer de algunas terribles mentiras”.

Firmo debajo.