Las expectativas en las historias o un porqué (sin spoilers) del cabreo con el final de Juego de tronos

Que no se preocupe quien no haya visto o acabado la serie: no va a haber el más mínimo spoiler más allá de que haya mucho indignado. Lo cual no debería sorprender a nadie teniendo en cuenta los antecedentes de grandes series de culto.

¿A qué se debe el enfado en redes? La miniencuesta en mi deshojado Twitter considera los 3 factores que yo encuentro como más frecuentes para este tipo de enfados, a los que sumo un “Para no perder la costumbre” más cínico que otra cosa.

– Malos finales.

– Que la gente se cabree porque cabrearse parezca ser siempre una buena opción.

– El no cumplimiento de expectativas.

Los resultados (pese a la baja participación, dentro de los esperados) apoyan hasta el momento que el cabreo se debe a unas expectativas de final que no se cumplen o, como bien apunta mi colega Amarga para quien no lo vea dentro de esto, a que no acabe como la persona esperaba (55%).

Analicemos pues cómo la expectativa afecta a una obra de ficción y cómo se originan.

Las expectativas generadas

Al consumir una obra, en el lector o espectador se genera, de forma voluntaria o no, una especie de predicción de acontecimientos o sensaciones sobre lo que va a pasar.

Cualquier artista de ficción argumental debe tener muy clara la importancia de la generación de expectativas en su obra. El trabajarlas y valorar su eficacia antes de lanzarlas es parte clave del éxito posterior. De ahí que, en los buenos trabajos, la mayor parte de expectativas sean creadas por el consumidor, pero generadas por la propia narración.

Por ejemplo, si antes de que el personaje doble una esquina ciega ponemos una melodía de tensión, al espectador le surge la expectativa de que algo va a aparecer al doblarla. Evidentemente, es la mente del espectador quien la crea, pero la expectativa está muy buscada.

La expectativa trabajada en guion y relato tiene dos funciones principales: enganchar y satisfacer.

La primera función se basa en atrapar al lector o espectador. Mecanismos como los cabos sueltos o los elementos o personajes sin sentido claro a primera parte de obra tienden a que nos hagamos preguntas sobre qué hacen ahí. Preguntas que, de ser las dudas de buena calidad, nos harán querer seguir en el relato para descubrir qué hay detrás.

La segunda función es la satisfacción por la resolución de estas. Este es el punto más complicado y el que suele ocasionar reacciones como las que vemos en finales históricamente odiados.

Explicar por qué es tan difícil es, paradójicamente, tan fácil de explicar como exponer dos realidades contradictorias del mundo de la ficción:

– Que las expectativas del lector o espectador se cumplan le da satisfacción.

– Lo previsible genera desencanto y sensación de argumento poco profundo.

Existe la creencia de que una trama de calidad suele tener giros imprevisibles para el consumidor del contenido. Sin embargo, que no ocurra lo que el consumidor en el fondo de su corazoncito espera que suceda le sienta muy mal. Más si cabe en producciones tan largas como la propia GOT.

¿Cómo se acomete entonces esto en producciones muy largas?

Veamos tres de las estrategias más comunes de resolución de expectativas: el inesperado desenlace predicho, el final inesperado y el desenlace obvio.

Una tendencia muy común es la de que al principio tengamos claro el desenlace, pero el asunto se enrevese tanto que al final, cuando se cumple nuestra primera idea, nos parece hasta sorprendente.

Esta estrategia hace que, al menos, una expectativa interna se cumpla. Esto hace que no nos resulte incoherente, pero a la vez da sensación de inesperado.

¿Inteligente? Parece que sí. ¿Funciona? De vez en cuando. Y es que, cuando se ha usado esta estrategia típica de grandes historias románticas o comedias que a muchos se le vendrán a la cabeza, el rechazo en redes tampoco ha faltado a la cita.

La segunda opción clara es el final para nadie esperado. Obviamente, como digo siempre, la historia siempre tiene que entrar dentro de la coherencia argumental y el realismo interno de la historia, pero los finales inesperados suelen ser un recurso habitual, por alimentar esa parte del espectador que quiere ver algo que no espera.

El problema gordo de esta estrategia se encuentra, precisamente, en el caso de producciones muy largas. Cuanto más corta es la historia, más tolerancia hay al final inesperado. En el caso de historias de amplia duración, este tipo de desenlaces también tienden al desprecio mediático. Esto se debe a que el trabajo de generación de expectativas, las charlas durante las temporadas, las tertulias, los comentarios, todo ese universo social que se genera en torno a la serie hace que el cumplimiento de la satisfacción por expectativa cumplida se vuelva más necesario e irracional. En las obras grandes, el espectador tiende a sentirse engañado, cuando en las pequeñas lo ve como un agudo y travieso juego con su mente.

La última opción es la más típica de todas: lo predecible. Cuando uno va a ver una obra ligera, en general, busca que todo acabe como se espera. Las expectativas se cumplen, la satisfacción fácil te cubre y la misión está cumplida, ya que no se esperaba más. De hecho, la gente se suele tomar bastante a mal que la cosa no sea así.

Su principal crítica es, obviamente, la falta de innovación y profundidad, así como que las tramas raramente buscan la complejidad del primero de estos tres modelos.

El espectador guionista

Tuiteaba esta semana Gómez-Jurado que GoT le ha hecho descubrir que, más allá del consabido entrenador de fútbol y político, cada espectador lleva dentro un guionista. Tengo la sensación de que es una hipérbole con respecto a Juego de Tronos y cuándo lo ha descubierto, porque —como autor— sabe de sobra y desde hace mucho que así es.

El que consume muchas horas de un tipo de espectáculo tiende a esta idea de creerse superdotado en la elección de recursos que los profesionales han tomado de forma diferente. En parte, ahí está la magia y el genio de un verdadero guionista o escritor de ficción: en el tener la capacidad de demostrar que se es capaz de ser mejor que esos intrusos a los que en realidad se debe. En la responsabilidad que se lleva encima en hacer algo grande y con lo que estar satisfecho.

Fuera de ello, el espectador siempre va a tener la última palabra, y siempre va a haber bocazas que te digan que algo no es tan bueno como se esperaba de ti. Más que nada porque opinar es gratis y vivimos en una época en que hay gente que solo vive para dañar.

El que a alguien no le guste el trabajo que para ti es bueno, por desgracia, es la única expectativa que siempre se cumple.

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Como soy muy antispoilers, no voy a invitar a poner ejemplos sobre obras cuyos desenlaces te hayan marcado por las expectativas. Sin embargo, no dudes en hacer lo que te salga de dentro en la cajita por ahí abajo, que nadie aquí muerde.

Gracias de nuevo por leerme y no dudes en compartir, dar like, seguir y demás familia. ¡Nos vemos en el próximo! 😀 😀 😀

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La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

Amigos no leídos o el entretenimiento según WhatsApp

Creo que a nadie extrañará el comentario de que vivimos en una de las épocas doradas del entretenimiento.

La capacidad de personalización del contenido a consumir nunca ha tenido un nivel como el actual, habiéndose además multiplicado la cantidad de horas al día dedicadas a él tanto por la omnipresencia de la tecnología móvil conectada como por la democratización del contenido de corta duración (publicación de Instagram con respecto a la de Facebook, duración media de un capítulo de serie hace diez años con respecto a la actual…).

Un gran polémica surge de cómo esta presencia de constante entretenimiento ha afectado a la utilización de ciertos actos antaño más considerados como de relevancia, como podría ser considerado la respuesta a un wasap.

numerosos iconos de la app de Whatsapp, acumulados

Si bien en determinado momento, las conversaciones por WhatsApp u otra mensajería instantánea venían a ser poco menos que charlas en persona —con sus correspondientes límites de plazos de respuesta y los habituales desencuentros cuando estos se excedían—, la realidad actual es la dejadez de la rápida respuesta, sin que ello suponga mayor desencanto por parte de la otra persona en la práctica totalidad de los casos.

No hay que ser un genio para entender que el motivo más lógico para que algo tan mal visto en el pasado pase a ser ahora aceptado sea la no tan precoz transformación de la mensajería instantánea en un nuevo entretenimiento.

Los antecedentes de esta situación llevan mucho tiempo con nosotros, aunque algunas personas no los hayamos trabajado. Hablamos, por ejemplo, de la clásica estampa de dos adolescentes hablando durante largos periodos de tiempo por el teléfono fijo de casa, asociación que con el tiempo acabó derivando seguramente en el uso de medios como Skype o Messenger. Está claro que el motivo no era tanto la propia comunicación como el entretenimiento; sin embargo, nos encontramos una vez más con un entorno de otra era en él, de “consumos” de larga duración, sin posibilidad de una interrupción cómoda por el medio. Colgar y volver a llamar, o salir de una videollamada y volver a realizarla es incómodo en mayor o menor medida. La actualidad nos lo hace más fácil.

Si bien en un primer momento, WhatsApp ya nos ofrecía la posibilidad de la distracción intermedia, seguíamos teniendo como una especie de necesidad de atención de cierta constancia, seguramente derivada del medio clásico o la imposibilidad de consumir un entretenimiento sólido entre los periodos de respuesta. La innovación en entretenimiento nos puso en la situación de que perfectamente podíamos practicar modelos enteros de entretenimiento efímero entre dos WhatsApp, como ver y dar like a 5 o 10 publicaciones de Instagram en segundos o leer otros tantos tuits. El modelo llegó ahora a la estabilización al pasar a ser mutua la situación en la conversación: mientras la otra persona no contesta, puedes consumir entretenimiento efímero, y ella va a hacer lo mismo mientras eres tú quien no responde.

Las excepciones las encontramos, como consideraréis obvio, en las conversaciones de necesidad de respuesta rápida, así como en esa gente que no utiliza el entretenimiento entre respuestas. Un ejemplo de lo primero podría ser el haber quedado con alguien en determinado lugar y que, estando hablando con ella, deje de contestar sin explicar una posible tardanza. Uno de lo segundo, y que yo uso mucho, es el de ese mensaje de tu madre cuando sabes que ella no lo utiliza contigo por entretenimiento, sino porque necesita algo.

Sin embargo, fuera de estas excepciones, es muy interesante ver cómo realmente —al menos por comportamiento— hemos aceptado la evidencia de que, en realidad, las conversaciones sin un gran componente personal que tenemos con gente que apreciamos —las de pasar “por pasar el rato”— son, precisamente, puro entretenimiento.

Apps con notificaciones de contenido sin leer, como Facebook o WhatsApp

Por alguna extraña razón, en algún momento creímos que era malo considerar las charlas con otra gente como tal, ya que veíamos en ellas una especie de pureza humana relacionada con el vínculo que le daba una importancia superior. La realidad actual, si nos dejamos de hipocresías, habla de que las conversaciones habituales con la gente por Whatsapp y herramientas de este tipo son contenido de producción instantánea que consumimos. La realidad de no darle mayor importancia a la presencia de conversaciones sin abrir es una auténtica demostración de esto.

Cabe abrir debate de si la negación a este tipo de verdades tuvo su eco o problemas en el pasado, o si las tendrá en el futuro. Por ejemplo, ¿las antes mencionadas conversaciones por teléfono de largas horas entre adolescentes acabaron por desvirtuar la diferencia entre entretenimiento y relaciones personales? ¿Puede ser que la falta de conciencia de esta diferenciación haga que alguna gente no diferencie lo que es entretenimiento en una relación de amistad y lo que realmente es importante para la otra persona?

El tiempo y la ciencia seguramente nos resuelvan estas dudas. Por lo pronto, mi recomendación es no tomarse a mal que la gente pase de contestar cosas sin mayor importancia, así como no pasar de alguien sin motivos cuando se note que para la otra sí lo es. Las personas tenemos nuestra parte de entretenimiento y nuestra parte de corazoncito.

La mordaza a lo divergente (La muerte del conocimiento personal no certificado – Final)

Y llegamos al cierre de esta minisaga de posts.

Si todos los entes de poder censuran el pensamiento diferente, novedoso y fuera de norma, ¿queda alguna posibilidad de que alguien fuera de ellos aporte algo nuevo?

La gravedad de la masa al cuadrado

Para estos post, el buscador, la justificación de experto, los medios de comunicación y los líderes de opinión son cuatro de los grandes jinetes del apocalipsis del punto de vista novedoso. Aquellos aparentes titulares del conocimiento a día de hoy, de la razón que podemos usar para desprestigiar la de cualquier otra persona.

Aun así, a gusto del lector catastrofista o cuñado del pensamiento conspirador, se le pueden sumar fácilmente términos como los gobiernos, la economía y demás familia. ¿Por qué no? ¡Dejémoslos ahí si queremos, quitemos los que no nos interesen, hagamos lo que nos salga en un acto de rebeldía ante la constante búsqueda de la precisión absoluta! Porque la cantidad de entes que metamos en el saco es indiferente.

Lo relevante de este post es aquello que los une y que, por muy de forma diferente que elijamos, siempre va a acabar por coincidir: son entes colectivos, no personas.

Entes que se forman a partir de la conjunción de múltiples interacciones y actuaciones sociales y no tanto. Actuaciones que, como ya sabemos, no se mueven por el pensamiento individual y humano de sus miembros, sino por una conciencia de tira y afloja, de poder de unos sobre otros, de mayorías o autoritarismos y de dependencia de cualquiera de sus partes y términos del grupo, de esa coherencia sin alma de la que hablamos en el post de los líderes de opinión.

Son entes colectivos, sin pensamiento propio, raciocinio. Entes que saben que de la no presencia de realidades rompedoras depende su supervivencia.

Y entes que no son pocos.

El silencio absoluto

A lo largo de los anteriores post —desde aquel móvil salido del bolsillo para quitar credibilidad a la palabra de la persona con la que se toma algo—, hemos extraído múltiples conclusiones de cómo el pensamiento fuera de norma puede ser silenciado.

No es que la situación sea nueva. Universalmente conocidos son casos como el de la Tierra girando alrededor del Sol o el bosón de Higgs, realidades actuales tomadas por locuras censurables en su momento.

Sin embargo, analicemos pues a partir de algunos de los métodos de silenciado de la actualidad cómo prácticamente cualquier tipo de verdad nueva puede ser anulada con estas premisas y veamos adónde nos lleva esto:

  • Solo lo publicado y visible tiene validez. Si no se expone en libro o web, no tienes credibilidad.
  • Solo la palabra de quienes tienen poder de opinión o de grandes poderes tiene validez. Si quien sabe mucho del tema dijo en algún momento algo que se oponga, aun en situaciones bien distintas, no tienes credibilidad.
  • Solo lo que los medios de comunicación dicen ha ocurrido. Si dices haber visto algo que la prensa publicaría al momento pero no lo ha hecho, no tienes credibilidad.
  • Solo lo aceptado por masas tiene validez. Si vas en contra de lo que la opinión pública defiende en redes, no tienes credibilidad. Si no tienes público de redes por detrás, tampoco tienes credibilidad.

Básicamente, estos puntos nos indican lo difícil que será que una persona anónima aporte conocimiento a la sociedad, y lo prácticamente imposible que será que lo aporte fuera de norma. Porque:

  1. El pensamiento gris no es escuchado por las masas.
  2. El pensamiento gris es silenciado por la cultura de masas.

Entonces, y más allá de la mordaza, ¿qué le queda al pensamiento divergente?

Las palabras más allá de la mordaza

No puedo evitar ver la masa generalista como un planeta flotando sobre una ciudad desierta en busca de los últimos brotes de pensamiento nuevo para absorberlos y hacerlos desaparecer entre sus nubes de tormenta y datos.

A lo largo de los siglos, el pensamiento se ha renovado habitualmente con los grandes cambios y la ausencia de memoria. Sin embargo, lo digital ha dado una precocidad de implantación de tecnologías que vuelve el cambio casi cotidiano, así como imposibles el olvido y el recuerdo en base a la recopilación sin fin de datos: ha generado un ecosistema retroalimentado muy difícil de alterar en multitud de aspectos, y cuyos cambios más lentos —o menos rápidos, mejor dicho— parecen poco menos que inexorables.

De la polarización de opiniones hablaré pronto, por encantarme y apasionarme, pero hoy me quedo —introduciendo el resumen con las conclusiones— con que la mordaza al pensamiento divergente más puro y poco corriente es una de las grandes tendencias más tapadas por la amada sociedad del conocimiento.

Con eso, y con otra cosa.

Con que, por lógica y volviendo a donde empezamos, hay algo que siempre debemos aprovechar. Algo que siempre ha estado ahí, que antaño fue importante y ahora existe pero ya no se ve, como una mancha y su recuerdo en la pared. Me quedo con que existe ese lugar en el que, quizás, tengamos la oportunidad de ver nacer algo nuevo una vez más.

Un lugar donde no hay cámaras o micrófonos de medios grabando. Uno donde sus mayores expertos y sabios seguramente nunca habrán publicado nada. Uno donde los móviles se quedan en los bolsillos o sobre la mesa, boca abajo, y no hay MG a los grandes comentarios, ni retuits a los pensamientos más originales.

Ese lugar es cualquiera de las conversaciones a solas con la gente de nuestra confianza. Tan profundas y tan poco como queramos. Tan superfluas y tan intensas como nos dejemos. Tan abiertas como nos permitamos, tan prohibidas como otros quieran.

Tan libres como nunca en la vida lo será un tuit, un artículo o una búsqueda de Google.

Y es que ahí, en los espacios pequeños, en la interacción entre dos personas y no entre una masa uniforme de líderes dependientes y esclavos de la coherencia, es donde nace la creatividad, la originalidad y la realidad nueva.

Porque la creatividad pura solo surge en el desconocimiento.

Y porque el conocimiento verdaderamente nuevo solo puede nacer de lo que aún no conocemos.

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Bueno, esta saga de post ha sido un regreso por mi parte de lo más enriquecedor, espero que os hayan gustado. A mí particularmente me producen tanto inquietud, como preguntas de adónde ha podido llevar esto en el pasado, como las satisfacción de saber que mientras queden dos personas a solas y el mismo lenguaje habrá cosas que no nos podrá quitar nadie, humano o seudohumano.

Si te ha gustado y crees que a alguien más sí, no dudes en compartirlo por redes, emegearlo y demás. Gracias por llegar hasta aquí y espero que lo hayas disfrutado tanto como yo ^^

Líderes de opinión silenciada (La muerte del conocimiento personal no certificado IV)

Antes de alcanzar el definitivo, llegamos al penúltimo post sobre cómo la sociedad silencia a quien no piensa lo mismo que ella.

Hemos hablado de cómo la conectividad deslegitima la opinión original de quienes queremos. Hemos tratado cómo los pecados y limitaciones de lo académico no le dejan llegar a tratar cada pequeña idea de estos. Pasamos, por obvio, de cómo los intereses de los medios de comunicación van contra el pensamiento divergente. Y llegamos por último a este, los poderes y líderes de opinión. Aunque no la tengan.

Producto de admiración

Si bien en el pasado, era el poder, la experiencia o los éxitos quienes otorgaban a ciertas personas cierta aura de sabiduría que nos hacía creer en ellos, el mayor número de líderes de opinión de los últimos tiempos obtienen su poder del entretenimiento.

Si bien esta tendencia no es novedosa (solo hay que pensar en el mundo del corazón, el deporte y la música a lo largo en el siglo XX), el liderazgo de opinión ha experimentado una nueva explosión por la aparición del fenómeno más importante en cuanto a relaciones humanas de seguramente toda la Historia: las redes.

El entretenimiento se ha diversificado hacia la personalización y, si bien en décadas anteriores la popularidad estaba en la mano de un número de personas grande pero limitado, ahora existe una cantidad de líderes de opinión vasta e inabarcable. Más allá del público altamente generalista —poco dado a profundizar y descubrir, marcado por las principales figuras pop en sentido amplio—, una y otra gente han encumbrado a numerosas personas a partir de sus propios gustos profundos, dando paso a toda una marea de líderes de opinión de menor grado: gente con un número de likes y seguidores relevante que, unida, permiten llegar a una buena cantidad de población interesada en un tema específico.

Esto tiene ventajas para la diversidad, sin ningún tipo de duda. En primer lugar, se ha dado alas a la posibilidad de customizar el entretenimiento hasta el punto de que difícilmente dos personas adultas y amigas de nueva generación van a compartir fuentes de entretenimiento ni al cien ni al ochenta por ciento. Además, se ha bajado mucho el listón en cuanto a alcanzar cierta popularidad, permitiendo acceso a ella a personas antaño desterradas, así como se han abierto grandes oportunidades a gente o grupos antes marginados que —por poder llegar su mensaje muy lejos y por la protección que les ofrecen las pantallas en cuanto a no silenciarlas— han alcanzado poco menos que una edad dorada.

Sin embargo, si nos acercamos al bello cuadro de la diversidad en redes, es posible apreciar una serie de grietas que, sean lo suficientemente grandes o no, hacen que la obra se vea ligeramente deformada.

El ciclo de vida de la red social

Puede que muchos popus nieguen lo siguiente; me quedo con que cualquier persona con pensamiento crítico que haya vivido el crecimiento de ciertos perfiles sabe que es una verdad como un puño: cualquier red social y sus emblemas experimentan una evolución hacia el ovejismo tan dura como común a lo largo de los años.

Las redes sociales nacen, crecen y mueren de un modo muy parecido al clásico ciclo de vida de un producto en marketing:

Ciclo de vida del producto y las RRSS

  • En primer lugar, no son muchos los que entran, por las alternativas de entretenimiento: solo una serie de pioneros innovadores lo hacen. Habitualmente, se trata de gente productora de contenido, que aporta a la red y la enriquece. Por su parte, hay un cierto rechazo social por parte del público general, un “yo no me voy a hacer esa cosa, estoy muy contento con mi Facebook”.
  • Si la red no se muere, se suele producir el crecimiento y cada vez entra más y más gente. Los primeros líderes de opinión, los innovadores tempranos, habrán alcanzado ya una cierta popularidad y poder por el tiempo dentro: dispondrán de un número de seguidores aceptable, realizarán un contenido más elaborado, tendrán buen rollo con la gente que estaba y en general será una comunidad feliz. De hecho, lo que les hace destacarse entre los innovadores es que los líderes tienden a ser gente con una opinión fresca, que aporta, que le pone horas también, gente diferente y atractiva ante un público también innovador.
  • Llega entonces la adopción por parte de una mayoría. Conforme los líderes de otras entran en la nueva, van reclamando la atención. Empiezan a atraer a sus ejércitos de seguidores y a “enfrentarse” por la que acumulan aquellos que llegaron antes. He ahí cuando se produce el gran desastre para las nuevas corrientes que aporta una red social: las consecuencias del duelo, la homogeneización. Los líderes pioneros de la red se ven abocados a ser considerados viejas glorias, a llamar la atención con mensajes de odio al nuevo modelo —volviéndose unos haters—, a parecerse cada vez más al modelo popu —recibiendo las iras de sus seguidores clásicos o transformándolos— o incluso a la desaparición y búsqueda de nuevas redes. Los líderes populares llegados de las otras tratan por lo general de imponer sus tendencias, adoptando eso sí, algunos de los hábitos más populares en la nueva app. Todo un ejemplo de lo que la política de colonias y la invasión de nuevos territorios sería de ser llevada al modelo digital.
  • Lo siguiente es la madurez del producto. Ese periodo cada vez más triste en el que la app se va pareciendo cada vez más y más a lo de siempre, entran rezagados que dijeron que nunca se lo harían y no producen contenido —solo observan, no aportan—. Los primeros innovadores no populares o venidos abajo tenderán a salir de ella y “buscar nuevas tierras”, mientras los popus gobernarán de nuevo con mano de hierro con contenidos manidos y buscalikes.
  • Obviamente, la red muere con la decadencia y el adiós de grandes cuentas por irse a nuevas redes sociales, dejando atrás muy pocos usuarios que están por pura rutina, por mantenimiento de relaciones o porque la red va evolucionando hacia algo minoritario que les gusta.

Las redes y el pensamiento divergente

Las redes y la opinión van altamente vinculadas. De hecho, no ha habido nunca momento de tal difusión de la opinión como el que estas han generado. Sin embargo, ¿qué papel juega la opinión diferente en el modelo de redes?

Obviamente, la opinión original tiene su mejor momento con los pioneros. El pionero en una red social tiene la opción de dar su opinión de forma bastante más libre que una vez la red esté más avanzada. El público es pequeño con respecto a los posteriores, por supuesto, pero en general la opinión es escuchada, de media, por mayor número de gente, ya que la poca presencia de contenido evita que el resto lo ahogue y la apertura mental del innovador va a ser habitualmente mucho más elevada que la de aquellos que lleguen en etapas posteriores siguiendo como ovejas al rebaño.

Obviamente, los afortunados que pasen a ser líderes de opinión en fases posteriores van a ver su voz proyectada a muchísimos más. Por lógica, esto debería suponer grandes noticias, ya que tienes una voz innovadora llegando a grandes masas por la popularidad adquirida. La realidad, sin embargo, es más dolorosa.

Entre las causas está el que el número de líderes de opinión es muchísimo menor que el de productores de contenido, siendo el ascenso de la popularidad por innovación de pensamiento muy, muy poco frecuente. Claro que a todos se nos vienen grandes modelos de crecimiento con contenido original que han llegado a la cima; sin embargo, si lo ponemos en una balanza con los que lo producen y no llegan, o en otra con los que llegan por medios muy diferentes como el dinero o los comentarios buscalikes, el que una voz original llegue a las multitudes y se mantenga es un rara avis. De hecho, más aún si tenemos en cuenta la triste realidad: el condicionamiento del público.

Creo que todos lo hemos oído de un modo; si no, le daré forma a un lema de la realidad de las redes: al principio, uno publica lo que quiere; con el tiempo, uno publica lo que quieren. Esto se debe principalmente a dos razones.

Una es el que según se avanza en el perfil, se desnaturaliza y aparta poquito a poco de la persona para pasar a ser un ente ajeno a la verdad de la propia: llega un punto en que el instinto te invita a no poner ciertas cosas por considerarlas irrelevantes para la cuenta, siendo las más personales unas de las más típicas.

La otra gran razón es la crueldad de redes. Si bien lo políticamente incorrecto puede ser aceptado en algunas cuentas, siendo la principal fuente de aprecio para muchas, el que se haga comentarios que no vayan en línea con el discurso previo suele provocar graves daños en las cuentas, tanto en forma de rechazo por parte de los seguidores como de ataques por parte de desconocidos, competidores o la propia red.

Por ejemplo, a un perfecto ateo puede gustarle la Navidad por ser una tradición muy típica de aquí, más vinculada a lo familiar y los días de vacaciones que a un componente religioso. Sin embargo, difícilmente un ferviente defensor del ateísmo en redes colgaría una imagen disfrutando de ella, ya que lo más probable es que la crueldad de redes le atizase y desprestigiase, cuando es la nostalgia y demás valores los que le hacen sentirse a gusto en la festividad, con independencia de la religión. Es decir, el perfil ateísta de este ejemplo ocultará parte de la realidad y de la creación original de contenido por las consecuencias “injustas” que le puedan suponer, ya que para ella seguirá siendo una persona perfectamente atea a la que le gusta la Navidad, pero a su público no, que es el que importa en redes.

La antinaturalidad de lo social

En comportamientos como ese último por parte de las redes se juntan dos componentes de análisis muy querido para mí durante los últimos años: el cómo los grupos de gente desnaturalizan el comportamiento natural de los individuos y cómo la gente no perdona la pérdida de identidad.

La red social es una máquina de destrucción del pensamiento original público por combinar a la vez la alta visibilidad de la pérdida de coherencia en comportamiento con la alta presencia de haters y gente a la que salta para poder quitar prestigio a otra.

Si ya de por sí el ser humano tiene incoherencias de comportamiento, el ser humano original, directamente no es coherente. Porque es precisamente esa incoherencia la que le hace ser original.

En su conjunto, la red social es un ente que busca la coherencia de comportamiento de lo seguido (incluso en la irreverencia) y que busca reducir lo que se sale de ella, en un claro instinto de grupo. La enorme cantidad de gente que forma esa masa social hace que siempre haya alguien que vaya a atacar con un argumento de supuesta coherencia de comportamiento a lo que se salga de la norma y la propia masa no será capaz de quitarle la razón porque en el fondo, socialmente, son súbditos del poder grupal.

Y entonces… ¿qué son los grandes líderes de opinión?

Coherencia pura con su perfil. Porque la naturalidad original va contra la naturaleza de la masa grupal que los hace nacer.

Los líderes de opinión son gente que gana seguidores y atención cuanto más coherencia interna tenga su perfil. Si es un perfil de bromas, cuanto más bromas haga; si es un perfil de maquillaje pijo, cuanto más maquillaje pijo haga; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuanto más al día esté con las cosas nuevas; si es un perfil político, cuando suelte una frase manida sobre su oposición; si es una persona honesta, cuando diga lo que nosotros pensamos.

Mientras que los líderes de opinión son gente que pierde seguidores y atención cuanto más se salte la coherencia de su perfil. Si es un perfil de bromas, cuando cada cierto tiempo haga comentarios serios y sin ningún tipo de ironía; si es un perfil de maquillaje pijo, cuando se ponga a hacer maquillaje choni; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuando se estanque en las de un patrocinador; si es un perfil político, cuando diga que el partido opuesto ha tenido mucha razón en cierto comentario; si es una persona honesta, cuando diga algo con lo que no estamos de acuerdo.

Entonces, ¿los líderes de opinión tienen una opinión confiable? Tienen una opinión coherente con lo que mucha gente espera que hagan, nunca una opinión fuera de su norma, ya que si no son nuestros líderes, no creeremos en ella, y si lo son, les atacaremos y despreciaremos por salirse del camino que la red social, su gente, su partido, sus fans, su masa, le ha marcado.

Liderazgo de opinión y el pensamiento divergente: enemigos íntimos

¿A alguien le extraña esta afirmación? Lo cierto es que es bastante obvia.

Cuando hablamos de líderes de opinión, hablamos de personas con mucha gente detrás: ¿cómo alguien puede llevar a tantos detrás con un pensamiento fuera de norma? Con un pensamiento dentro de una norma más pequeña de la que apreciamos, pero lo suficientemente grande como para aglutinar a muchos, en general, no visibilizados. Vuelve a no haber creatividad de pensamiento.

¿Significa eso que la persona no tiene pensamiento divergente? No tiene ni mucho menos por qué. En el caso de personas que llegaron a ser lo que son a partir de una innovación de pensamiento, lo más probable es que encuentres a grandes pensadoras, y con recursos. Pero a solas. El gran problema está en que en los modos que tomamos su pensamiento, estas personas están condicionadas por la visibilidad y el gran control (o Hermano) que es su público, el cual (entendido como ente plural y no como individuos) tiene como naturaleza ir en contra de que aporte pensamiento divergente.

Así pues, no esperemos la innovación pura y la naturalidad de pensamiento en quien está atado a una presión social de tal calibre. Quien es líder de muchos debe su epíteto a quienes lidera. Así que el poder nunca será de su persona, sino de la masa —fría, inhumana y correcta— que le impide la natural incoherencia.

Aquella que aparece al hablar a solas con cualquier persona querida, aunque no sea omnisciente.

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Ante todo, gracias por llegar aquí y leerme: estoy bastante satisfecho con este y me hace feliz saber que realmente he podido compartir mi opinión con alguien. Si quieres puedes compartirlo, darle Me gusta y demás familia. Como de líder de opinión no llego ni a la ele, falta que le hace para que no se pierda en el olvido.

Por quien hacemos callar a quien queremos (La muerte del conocimiento personal no certificado II)

En la primera parte, Injustificado, tocamos el tema de cómo la credibilidad antes intocable, la de las personas queridas, se está viendo apaleada por la precoz introducción de la información móvil y la creencia de la omnisciencia e imparcialidad de internet a la hora de dar la razón o quitársela a la persona con la que se charla.

Hoy vamos a profundizar más en los dilemas que está suponiendo la falta de control de este implacable juez disfrazado de herramienta de apoyo.

Memorias del ceño fruncido

Recordemos el supuesto bien conocido. Charlas con un amigo, pareja, familiar, persona allegada y/o querida en general y le cuentas algo que has visto o conoces. La otra persona frunce el ceño (siempre fruncen el ceño), tira de móvil y te dice que eso no es verdad a partir del primer o segundo resultado que le aparece en Google a partir de un par de palabras clave. En la mayor parte de casos aceptarás la información—te habrás equivocado, a saber—, pero habrá en otros que no porque, narices, has visto cómo si le echas agua al fuego lo apagas, por mucho que diga internet. Y la otra persona, si te pones ciertamente irritado o incluso amenazante, tal vez te dé la razón con el ceño fruncido que indica que como a los tontos, porque lo que tiene en su mano es verdad con mayúscula.

Pero… ¿quién narices hace que eso sea verdad en mayúsculas?

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Verdades del juez plural

El funcionamiento básico de un buscador es conocido por casi cualquier usuario: introduces las palabras que consideras y busca el resultado más relevante para esas palabras.

“¿Relevante por qué?”, claro. Eso ya es más complicado.

Como todos sabemos, los parámetros de configuración de búsqueda de Google y similares, están sometidos a una serie de variaciones según nuestro historial y preferencia definidas de un modo u otro, pero —más allá de ello— la variable que siempre ha resultado más importante ha sido el posicionamiento del término buscado, bien sea pagando (SEM) o, sobre todo, por propia adecuación del contenido a lo que el famoso algoritmo de Google busca (SEO).

Al algoritmo, si tratamos de compactar en un término sus partes (como las referencias en otras páginas, la calidad del contenido, accesibilidad y demás), lo que más le importa para que aparezca un contenido es la aceptación del público de ese material. Viene a sumar la parte más “subjetiva” —que la gente lo comparta o lo mencione en otros lados, que esté enlazado— con la fácilmente medible para un motor así: el que el contenido sea original (no esté repetido por ahí adelante), la web entre en los códigos típicos de accesibilidad, sea responsive, etcétera. Además de (por supuesto) que las palabras que buscas y clave estén en ese contenido.

Pero vamos, que —en definitiva— el no tonto buscador va a intentar que salga el contenido más potencialmente aceptado por el que lo busca para que la satisfacción que dé le haga repetir. Y la maximización de esa aceptación en búsquedas de términos aleatorios que pueden surgir en una conversación casual con una persona cercana sobre algo que el que busca no domina del todo (por eso tiene que buscarlo) se realiza ofreciendo en primer lugar resultados que sean capaces de satisfacer a una gran cantidad de población que busque eso. Es decir, contenidos que basan su credibilidad no en su veracidad, sino en la cantidad de gente que los ve, puede ver o comparte. Gente que, en la práctica totalidad de casos, no podrían ser productores de esa información, sino que son simples espectadores de ella, simples consumidores de ella, simples aceptadores de ella, como quien está buscándola. Ese que, recordemos, busca porque no sabe la respuesta a lo que está buscando.

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Por quien hacemos callar a quien queremos

¿Es entonces veraz el contenido que se está ofreciendo? O mejor dicho: ¿es veraz el contenido que se está usando para deslegitimar la palabra de la persona allegada? Pues dependerá del productor del contenido, no del resultado en Google.

Porque a la posición y relevancia del resultado que lees lo que le da la legitimidad y posición en la búsqueda son dos cosas:

A: la gente que comparte, visita o enlaza el contenido indicado por el resultado.

O B: un responsable de SEO eficiente. Uno que sepa o acierte cómo configurar su web y contenidos para que ante esa búsqueda de resultados su página aparezca primero.

Ignorando la orwelliana creencia de que Google pueda llegar a ofrecerte el contenido que le interese por sus propios fines, esos dos de arriba son los jueces de verdad que utilizamos para deslegitimar la verdad de las personas que nos rodean tirando de móvil: masas de desconocidos —cuya opinión imagino que te importa porque son muchos y no porque sean personas queridas— o unos especialistas del SEO.

Obviamente, si alguien nació en 1984, difícilmente el resultado de búsqueda te va a decir que nació en el 87 por fastidiar. Pero, por favor, un poco de cabeza a la hora de decidir si nos compensa estar dudando constantemente de la palabra de la persona con la que nos estamos tomando algo.

Si estás en tu tiempo libre con alguien y aunque luego te informes si te deja la espinita, tal vez debería importarte un poco más su opinión que la de una montaña de datos de desconocidos en Google. Si no es así, mejor vete a casa y aprovecha el tiempo con aquello que de verdad quieres: puede que no sean personas, pero tienen las respuestas que amas más que estas.

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Si estás hasta las narices de que se dude de tu palabra móvil en mano, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. ¡Nunca se sabe cuándo podrías utilizarme para contradecir a la gente con la que tomes algo!

Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.