Inconexo desconectado

Me siento desconectado. ¿O tal vez me sienta inconexo?

No sé cómo pronunciar esta sensación de volver a las teclas tras más de quince días sin usar un ordenador por puro ocio y no echarlo de menos ni por un instante. ¿Estoy desconectado o más bien inconexo?

Para saberlo, tal vez haga falta decir que tampoco he mirado apenas el móvil. Me lo olvido en Modo avión; se me apaga y no me importa, y sí: aunque roce redundancia y oxímoron, no: no lo he echado de menos.

Tengo el Insta desatendido. Pierdo en los Fantasy. A Facebook ya ni le miro porque me recuerda a cuánto lo odié hasta fingir ser su amigo un rato. En algún lugar del WhatsApp que solo he abierto para sonreír dos veces al día, su sombra me observa echándome en cara el rechazo. Pero no: no he echado de menos nada.

Quizás alguien pregunte por la tele… ¿aún queda alguno? Vi un par de pelis el sábado, un capítulo de algo hace nueve días y, vale: ayer y hace una semana, un cacho de OT con mi compañera de piso. Sin embargo… ¿la he echado de menos? ¿Esas tardes de mirarla con mis padres, “evenings” de tenerla de fondo, noches del partido en abierto un lunes o viernes según a Gol le coincida? Nah, lo siento: supongo que estoy inconexo. O desconectado, no sé.

Lo que sí sé es que debe de ser duro. Digo, para aquella gente que vive de la coletilla de que, para los jóvenes, la pantalla es nuestra vida. Ver cómo alguien de esta edad la pierde entre paseos, viajes, trabajos, deporte, cafés, charlas interminables, jam sessions y otros trastornos debe de escocer horrores bajo la nariz retorcida de perenne disgusto.

Pero lo cierto es que sí: aunque a algunos les pueda resultar increíble, la juventud puede vivir tanto o más fuera de nuestros dispositivos. Los jóvenes no estamos muertos, no, y solo a veces de parranda. No es que no sepamos vivir, valorar las cosas, sentirlo todo, sino que sabemos adaptarnos a estar siempre latiendo por algo. Porque —al contrario que ellos, odiadores (que no haters)— sabemos vivir fuera y dentro del mundo tras nuestras pantallas.

En ellas, latimos. Descubrimos. Aprendemos. Crecemos. Escribimos. Ligamos. Fracasamos. Triunfamos. Nos emocionamos.

Y fuera también.

Conectados. Desconectados. Conexos. Inconexos. Desconexos. Inconectados.

Humanos.

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Ignorante

Creo que ha llegado el momento de ser sincero. O al menos —ya que sincero he intentado serlo siempre— de mostrar una pizca del agujero que en realidad llevan las entradas de este blog. Estáis ante un ignorante.

Durante todos estos años, me he esforzado en transmitir algo de lo que llevo dentro. Mucha gente ha confiado en mis palabras; mucha, me ha hecho llegar buenas apreciaciones con respecto a mi trabajo en estas páginas digitales; mucha (porque con que hubiese sido una persona sería ya mucha gente) me ha dado las gracias por haber escrito algo que le ha ayudado en determinado momento. Me hace muy feliz haber vivido cada una de estas pequeñas situaciones. Alguna especialmente la recordaré durante muchos años.

Sin embargo, hoy me gustaría decir a aquellos que confiaron en mí en algún momento, que no se dejen llevar al engaño de creer que lo que digo se graba en piedra, porque lo que ante vosotros tenéis delante no es otra cosa sino un perfecto ignorante.

A lo largo del tiempo aquí, he hablado de temas en los que no me he formado en ninguna clase certificada. He teorizado sobre realidades sin tener un corpus académico que avale mis apreciaciones. He comentado situaciones sin leerme antes amplia bibliografía del tema y he hecho sentir a quien confió en mi palabra que ciertas percepciones son poco menos que verdad absoluta, cuando en realidad no soy más que un chico en una habitación, abriendo su mente corta de omnisciencia a un público al que no veo la cara. Un ignorante.

Alguien que normalmente prefiere emocionarse con una novela de ficción a leerse un tratado de economía primermundista. Alguien que elige irse a dar un paseo por su ciudad a solas a ver la serie que por cultura general debería conocer de cabo a rabo. Alguien que se sienta en el sofá junto a sus padres o escucha a amigos y colegas por las noches en lugar de informarse de las cosas de las que al día siguiente va a hablar en el blog con su nombre. Transmitiendo su ignorancia a todos los que —al día, a la semana siguiente, cuando quiera que lean ese post perdido entre la maraña de internet— confían en su palabra.

Es por eso que hoy quiero no pedir perdón a todas aquellas personas que en algún momento habéis creído en mí y lo que aquí os he dicho, sino reconocer ante vosotros una verdad que tal vez un día di por hecha que sabíais y desde entonces ya siempre olvidé recordar aquí: soy un ignorante.

Y sí, a veces me esfuerzo por crecer. Sí, a veces, tal vez suena la flauta y resulto dar en el clavo con mi maza de falta de verdad del tamaño del Empire State. Sí que es verdad que soy alguien que a menudo encuentra gente que sabe más que él e intenta aprender un poco porque es un ignorante. Sí que soy una persona que escucha la opinión distinta, sí alguien que quiere ser mejor alguien.

Pero, ay: quien lee esto tiene que saber que soy un ignorante.

Cuando queráis o quieras verdades, vete a una biblioteca técnica. Léete tesis doctorales. Busca datos recopilados por organismos oficiales. Haz másters, cítate con condecorados estudiosos del tema.

Aquí no vas a encontrar verdades absolutas. Seguramente, nunca incluya un listado de bibliografía ni unos resultados de investigación en mil personas. Mi experiencia no es ley: todo lo que he vivido no es más que una individualidad que para nada debe ser extrapolable a algo más que entretenerse o sacar una sonrisa momentánea. No, no me hagas caso si digo algo, porque no soy nadie para que se me haga caso: soy solo una persona, en un mundo muy grande en que la verdad la hacen las masas, no los individuos que podemos tener corazón, sentimientos, experiencias, vidas y sueños, pero al parecer no verdad.

No creas en mí nunca, porque mi ignorancia te hará peor y acabarás como yo, ignorante.

Eso sí, que sepas que estaré aquí. Y que, si en mi mano está, seguiré intentando que mi vida no muera, que mis experiencias no se pierdan, que lo que soy se quede un poquito más aunque sea por puro egoísmo y ganas de emocionar.

Puede que yo nunca tenga la verdad, pero sí tengo emoción.

Y yo creo que la emoción es algo que no se puede robar. Ya sabes: soy un ignorante.

Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

D-años

Esta semana fue mi cumple. Creo que no es por eso por lo que me siento tan deshecho. No tengo tiempo, fuerzas, ni boli para firmar al fondo que por eso no es.

Llevo sin escribir más de una semana, mis propios mensajes de bronca revientan la bandeja de entrada de mi nuca. Luego recuerdo que también está a desbordar la de mi mail, en el que ni a la mitad de notificaciones de felicitaciones cumpleañeras he podido mirar a la cara. Que ni en casa ni en el trabajo internet me funcione, que haya acabado ya la tarifa de este mes en el móvil por ello y escribir posts y leer mensajes se lleve mejor con teclados de los que hacen click-clack cuando los estresas puede ser excusa para alguna de estas situaciones. Pero mi realidad está oculta por los daños.

Me duele la espalda. Son 3 horas en coche diarias desde que empecé en Vigo el día de mi cumpleaños. Soy feliz. Entre otras cosas porque tengo formación y trabajo asegurados para seis meses por mucho que intente morderme el salario. También tengo una nueva experiencia lejos de unas paredes que hace ya días me pedían un tiempo para salvar nuestra relación. He conocido a nueva gente que parece gente y promete más de lo que quizás el entorno prometa al prometer cosas que a veces dudo pueda cumplir aun con mi fe en él. Además, es la semana de mi cumpleaños, hace sol, brilla en mis espejos, y yo también: de amor por seguir viviendo y pudiendo sentir, escribir, crecer, ser yo un poco más. Quiero ser más, siempre lo he querido, no sé qué he conseguido hasta ahora. Solo sé que ya no sangro tanto y, oye, mi corazón sigue ahí, al ritmo de creer que puedo conseguir algo.

Pero ay los daños. Daños hay, también, pero “ay los daños”.

A veces creo que el daño es una pertenencia única de aquellos que han sentido su ausencia. A veces estoy convencido de ello toda mi vida.

Quizás por eso, a base de crecer y ver los años engordar, las capacidades, posesiones y habilidades también lo hacen y, a más de ellas, más ausencias de no daños que se traducen en daños que no dejas de sentir si los miras y recuerdas.

En cuanto a mí, recuerdo haberme vuelto un puntual gestor de tiempo; ahora, veo la espalda a relojes que huyen de mí, vueltos daños. Recuerdo ser un multitasker por poder vivir en menos más; ahora que veo horas despedirse en barras de búsqueda que no cargan, muero, con ellas vueltas daño. Veo mis días acabar a las 11 de la noche porque las 6 y media esperan en episodios que más que vida es odisea, camino a ciento cinco kilómetros de combate entre gladiadores del volante, radares que azuzan al atasco, groserías automovilísticas que te hacen ver pasar tu vida por delante de tus ojos entre dos o tres veces por semana. Me gusta conducir, cual campaña de BMW. Pero… ¡ay los daños!

Lejos, recuerdo haberme vuelto el termómetro de mi hogar, en cuya ausencia soy daño para él y él mío en consecuencia. Hay quien dice que favorezco el buen clima; debe de ser por el sol que tanto ansío y a cuya cara azul ahora miro frente a mi ventana. Pero no os imagináis lo frío que es todo, incluso en mí, cuando me aparto de ella. La tristeza en los regresos, los I miss you que no se pronuncian porque, a lo Voldemort, no deben ser nombrados. Creces. Y si quieres seguir haciéndolo tienes que hacerlo lejos, aun cerca. Pero, cuando quien dejas atrás ya no crece, ¡ay los daños!

Recuerdo también eso de querer ser mejor. Al final, es lo que debo recordar. Pero a veces el mundo se atasca como el internet aquí y allí toda la semana y tu tiempo es oro y tu oro nada ante el tiempo que no tienes, ¿y qué eres? ¿Un traidor a tu concepto de la responsabilidad? ¿Un vendido al conformismo del “virgensita que me quede como estoy”? No: sigues siendo tú; yo —al menos— yo. No soy traidor ni vendido ni falso a mis sueños de ser lo que quise siempre ser. Y de luchar. Y de perseguir y narrar en la biografía de mi recuerdo y no de Facebook.

Algo que no es eso de ser traidor, vendido, falso hace que eso sea cuando quiero más y no quiero perder. Cuando quiero crecer y no dejar atrás. Cuando quiero soñar y despertar al sueño. Cuando quiero tenerlo todo desde la falta de ambición cruda y desde la más alta de ambición de ser mejor como persona.

Supongo que eso soy, por muchos más años, kilómetros, habitaciones, miedos, esperas, páginas que no cargan, atascos, decepciones, distancias, ciudades, sablazos, futuros y celebraciones que esperen.

Supongo que lo que no dejo de ser es persona, y sigo creyendo en ello.

Tanto como que soy lo que tuve y ya no, tendré y ahora no tengo porque está su ausencia. Supongo que soy, fui y seré eso.

Persona. Ausencia. Y daños.

Ay los daños…

La satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda

Hoy cumple años una de mis personas favoritas.

A mediados del anterior agosto, descubrí que lo había olvidado. Y me sentí extraño. En realidad, no cambió nada: ella no quiere que la felicite, ni por respeto a sus deseos yo pensaba hacerlo. Pero me sentí extraño.

Hubo una época en que nunca olvidaba un cumpleaños. Ni apuntarlos me hacía falta. Era como un reloj interno que me llevaba a acordarme ya días antes. Preparaba un mensaje en condiciones, recordaba los buenos momentos, felicitaba y esperaba las sonrisas, el “Muchas gracias” y la miniconversación posterior.

De pronto, me encontré con Insta y sus +1, Facebook y sus notificaciones y empezaron a pasárseme. Todo un problema cuando la mitad de la gente de la que me importa sus aniversarios lo usa aún menos que yo o, directamente, ni siquiera nos tenemos de amigos. Empecé a ver que “el lunes fue aquel aniversario”, que “no recuerdo si era en marzo o noviembre”. Sentí que una de las partes bonitas de mí se había despedido.

Hay que ver cómo el cuerpo se acostumbra a que seas un gilipollas. Le das algo hecho y pierde funcionalidades. Tenía un amigo que, de tanto usar el reloj digital, olvidó saber qué hora era mirando a uno de agujas. Muchos, que no se saben su propio número de teléfono o de identidad, porque pueden buscarlos en la agenda del móvil o la cartera cuando quieren darlos.

No sé cómo llamar a esto. Adoro los avances, detesto las incapacidades. Al final no sé si somos mejores, más hábiles y ágiles, o simplemente unos dependientes a los que si se nos quita alguna de las ventajas que se nos han dado, nos vemos sumidos en una desorientación e inutilidad ante la que los que llamáis “paletos” nos darían un repaso. Pero qué más da. Al fin y al cabo, nunca nos van a poner al mismo nivel que aquellos que con su pasividad, apoyo u otros actos nos han dejado vivir en ese escalón que consideramos superior. Nunca nos vamos a tener que “rebajar” a ellos, ¿no?

Sea como sea, sin Facebook, ni +1, ni verla en años y años, hoy me he acordado del cumple de María y he sonreído. No sabéis cuando espero poder seguir haciéndolo con el tiempo, por muy lejos que estemos o por muy inútil que sea hacerlo.

Al fin y al cabo, son ese tipo de cosas las que hacen que, dentro de nosotros, podamos seguir notando que —en ciertos momentos— el sentir algo porque sientes, y no porque te favorece, te da una satisfacción que la comodidad del olvido ya no recuerda.

Cosas de amar incorrectamente

Si algo soy es alguien que ama. Supongo que —por la felicidad que me da, por el sueño que no me roba, por los latidos que me impulsa— querer es una de las razones de mi existencia. Quizás por ello y lo no correspondido, me hice un máster en amores fuera del cuento de hadas, en metas inalcanzables que dan de comer sin pan. Algunos dicen que tóxicos. Otros, que no es amor. Que digan lo que quieran: no saben nada.

Dicen que el amor de verdad es correspondido. Eso es que ninguno de ellos ha visto desaparecer mi estómago al verla llegar con sus pantaloncitos cortos y su sonrisa al verme. Si eso no es amor de verdad, que se mueran los científicos. Porque solo con esa imagen mis sueños brillan de mil colores.

Dicen que amor de verdad solo hay uno. Si solo hay un amor de verdad, ese amor no es alguien, sino el propio amor, eterno. El que hace que ilusiones se acaben y otras empiecen, y muertas renazcan, y odies, quieras, descubras, pierdas, recuperes y vuelvas a querer de nuevo, a la misma, a la otra, a la nueva, a la ex, a todas, a ninguna, solo a ella. Que amor de verdad solo hay uno, dicen. Doy gracias por haber amado tanto a tantas personas.

Dicen que el amor de verdad no duele. Qué sabrán ellos lo que es el dolor que te hace sentir vivo. Hay cicatrices que curan más que vacunas. Hay dolores que hacen más grande que mil hormonas de crecimiento. Ir al fisio duele, salir a hacer ejercicio cansa. Querer mata, pero querer sana.

Porque el amor de verdad no te pega. El amor de verdad no es una persona. Nunca. El amor de verdad no te maltrata, no abusa de ti, no te hace sentir una mierda. Eso no es amor: solo son monstruos disfrazados de ello, lobos a cazar, vestidos de cordero de ilusiones. El amor de verdad está dentro. El amor de verdad te baja, pero te sube. Es una montaña rusa de miedos y sensaciones. Un trampolín al mar del sentimiento que en sí es.

Y si hay que pagar un daño por las mil sonrisas que su agua salada saca, que me robe la cartera. Que me la robe cuantas veces quiera mientras me deje el carné de mi identidad amante. Aquel que hace que nunca deje de querer sentir mientras otros viven en muerte.

Dicen que el amor de verdad te entiende. ¿Cómo si no se entiende a sí mismo? ¿Cómo, si cada amor es único, si cada querer distinto, si cada sueño una realidad en un universo diferente? Claro que puede entenderte, pero si no te comprende, ¿no te ama? Matan lo bonito de querer por el mero hecho de querer que sea telepático, cuando el amor no tiene nada que entender. Por algo no hay quien lo entienda.

Dicen que el amor de verdad espera. El amor de verdad no se para. El amor de verdad, recuerda, perdona, sonríe y sigue adelante. Porque el amor que vive de sueños rotos, no es amor, sino tristeza. Y el amor nace, muere y crece sin orden ni paradas. No, el amor de verdad no aguarda, simplemente, a veces llamas a su puerta y lo encuentras en casa. Que te invite a cenar y a ver vuestras viejas fotos juntos, sentados en el sofá de aquella vez en que todo era perfecto, es tema aparte.

Dicen que el amor de verdad es perfecto. Lo único perfecto en este mundo es ella cuando estás enamorado. No, el amor no es perfecto. Son sus imperfecciones las que te tocan la fibra, las que te acarician el alma.

Dicen que el amor de verdad existe. No sé si existe. No sé si alguna vez lo he visto, lo he sentido o lo he tenido. Solo sé que una vez soñé con él. Y que desde entonces vivo soñando.

2 años!

Soy una persona de casualidades. El otro día el blog cumplía cien entradas, y ahora se cumplen 2 años desde que publicase mi primera en el blog con mi nombre. Tal y como hicimos en el pasado, hoy dedicaremos el post a un repaso de lo mejor de los últimos 365 días de uno de los proyectos personales con los que más constante he sido.

Como dije entonces, si llegas nuevo, este es tu post; si ya eres un habitual, pasarás un buen rato recordando.

visitantes 2016-2017

Más allá del agradecimiento a mis compatriotas por la enorme cantidad de visitas con respecto al resto, he de destacar especialmente las numerosas llegadas de los States y muy, muy cerca, México, así como que casi toda Latinoamérica se haya pasado en algún momento de este año. El blog ya puede morir tranquilo: tenemos tres visitas de Canadá.

Los grandes triunfadores

Si bien en el pasado año los post relacionados con mi polémica opinión sobre lo ocurrido en el cuarto y quinto concurso literario de Sttorybox abusaron en visitas y se salieron de las escalas, la trayectoria del blog durante el último año se ha caracterizado por la estabilidad. Los diagramas marcan una tendencia al equilibrio que solo el compartir que nunca nadie hace altera ligeramente, dándonos los post con más visitas este año.

En el tercer puesto nos encontramos Caranchoa, un análisis teórico de uno de los episodios más sangrientos y blackmirronianos de la actual sociedad digital española: un YouTuber denuncia a un desconocido por darle una bofetada, tras haberlo él insultado repetidamente en un supuesto experimento de cámara oculta. Está claro que lo morboso sigue dando visitas.

En el puesto número dos, nos encontramos Rolidades, reciente post en el que se analiza la naturaleza del perfil anónimo en redes, así como los límites entre realidad y personaje que supone, sobre todo, en el momento de su abandono. Más allá de las visitas en este post, agradezco que un ídolo para mí en lo que a este tema se refiere me pidiese permiso para compartirlo.

Aquí le daré una mención de honor a La decadencia de la opinión original en redes sociales, quinto puesto en cuanto a visitas que define gran parte de mi año en cuanto a opinión generalista se refiere.

En cuanto al gran triunfador de este año, creo que no podía ser otro. Por universal,por alma, por sensaciones, sentimientos y también por quienes lo compartieron y comentaron conmigo, más allá de lo público, Amor se lleva el título de post más visitado del segundo año de esta página porque —aunque pueda no ser el mejor— la gente aún siente. Por mucho que nos hayan convencido de que no, el mundo aún siente.

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Lo social y lo sentimental

La etiqueta #social vuelve a ser la estrella de un periodo en el que la práctica totalidad de los post se han pintado sobre lienzos de comportamiento humano y emociones. Con respecto al anterior, el contenido personal ha aumentado de forma notable, mientras que ahí ha seguido el habitual análisis de comportamientos en redes sociales, así como las sucesivas críticas a la hipocresía moral o la ovejización de pensamiento, principal motivo de rabia para mí este año.

En cuanto a cambios, destaco la disminución de relatospost de humor (muy a mi pesar, sin apenas representación este año), así como el asentamiento de temas de cierta profundidad, como los de post relacionados con la multirrealidad. Mucho amor y felicidad, reflejo de las sensaciones que ha protagonizado la práctica totalidad de una buena época para mí en el plano personal.

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Gracias a todos los que habéis estado ahí este año, tenga foto con vosotros o no

Lo hecho y lo por hacer

Dado que al final no he hablado ni de Telecinco ni de otras cosas que pronostiqué el pasado año, lo único que para este año prometo hacer de seguir aquí es un blog que siga siendo coherente con el nombre que lo encabeza. No puedo prometer que un día una patata frita se me atragante, una burbuja de aire se me suba al cerebro y me vuelva una oveja más, pero si algo estoy seguro de que haré es seguir teniendo un blog que sea coherente con lo que mi corazón me pide en ese momento, ya sea hablando de tonterías, dando ensayos sobre la naturaleza humana o poniendo corazones en forma de letra.

Eso he intentado hacer siempre y con eso me quedo. Y, por ello, me gustaría acabar recordando al menos los títulos de las 41 entradas que este año me han acompañado y que, hayan tenido visitas, MG, comentarios o no, merecen que las mencione, por contar cada una una realidad de la persona que he sido durante estos nuevos 365 días. A ellas doy gracias, y a todos los que habéis estado en este camino. En especial, a aquellos a los que no os puedo ver en persona y decíroslo a la cara.

A Dreamx, que a veces parece ser el único que sabe decir algo. Gracias por tu confianza durante todo este tiempo.

Y —sobre todo y ante todo(s)— a Hari.

Tú, Hari, que no has pasado un día sin apoyarme y creer en mí aun cuando yo solo soy un desastre que solo sé tropezar, querer a quien no me quiere y no dar nada a cambio de tanto amor, paciencia y ánimo como tú me has dado durante todo este tiempo. No hay gracias suficientes para toda la devoción que te debo y nunca podré devolverte. Eres más de lo que puedo pedir.

Sin más, he aquí las 41 entradas de este año. Gracias a cada uno de los que confiasteis en mí a la hora de ponerse a leer alguna de ellas =)

1 de feliciembre

La película, el libro y el disfraz

Sonrisas de un San Valentín solo

Sí pero no: lo que dijimos que seríamos pero no pudimos ser

Carmen Aranda

Diario del no WhatsApp

La felicidad que se mide en siempres

Los límites de la realidad creada con palabras

Adiós 2016

Un blog de mierda

Rolidades

Cara Anchoa (o caranchoa, o cara-anchoa, o como sea)

Hipócritas endiosados

La realidad que no aparece en Google

Algunas vergonzosas razones de la victoria de Trump

Cicatrices de la falta de tiempo

Reflexión de un imbécil inculto en sábado de Ronaldo y fuegos de artificio

Lo jodido de trabajar a la siesta

Malditas lenguas

Actualizaciones de tiempo perdido

Los contracorrientistas ante el desequilibrio de la balanza física y mental

Las cicatrices de lo que me queda de vosotras

El mundo tras el cristal del volver a empezar

Decadencia y muerte de las First Dates

El mal funcionamiento de lo penal (1): El castigo inadecuado y la reinserción injusta

Cuando el problema perfecto chocó contra el humano desesperado

Por qué las personas buenas no tienen derecho a días malos

In albis

Por qué eres imbécil si proteges a gente tóxica

Amor

Lo que da miedo al miedo

Amor de verano (o algo parecido)

RIP Christina Grimmie

La decadencia de la opinión original en las redes sociales

Cara a cara Iglesias-Rivera o cómo la nueva política mató al Tío Cuco para hacerse mayor

Máscaras de graduaciones con tortillas de patatas

Las lágrimas perdidas del niño que no dejaba de llorar

El misterio tras el estadístico infiltrado

La verdad tras el arrepentimiento por lo nunca hecho y otras palabras compuestas

La rotación de amistades y el menudo imbécil

Más vale nada

Cuando la multirrealidad se une al universo infinito