Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Es increíble cómo la teoría popular, la hipocresía social y otros factores de pensamiento colectivo han hecho que algunas ideas sean consideradas una locura cuya posibilidad de éxito ni siquiera se deba plantear por el seguro fracaso que, parece ser, siempre supone su aplicación. La variedad es tremenda: desde volver con un ex a pensar que tu jefe es un buen tío, pasando por confiar en desconocidos agradables o tirar por una vocación que no tiene salida laboral, el descalabro que supone cometer cualquiera de estas acciones prohibidas por el pensamiento social es traducible a merecer una somanta de “te lo dije” (o incluso palos), siendo conceptos como el dar una oportunidad, seguir tus sueños o incluso buscar ser feliz motivos totalmente insuficientes para el supuesto riesgo que implica cometer alguno de estos aparentes atentados contra la cordura.

Hoy vamos a analizar uno de los supuestos errores más grandes y, a la vez, una de las acciones más naturales y liberadoras para una persona, el cual es tan lapidado por la sociedad como alabado por los evidentes beneficios que supone. Solo hace falta leer el título para saber que nos referimos al perdón.

Mil perdones

El perdón es un elemento universal en las diferentes culturas. Básicamente y como todos sabemos, se basa en renunciar a los efectos de una falta en cuanto al “derecho” de venganza, rencor o castigo que se podría ejercer justificadamente con mayor o menor comprensión por parte de quien comprende la situación.

Si bien en otras épocas la venganza y el castigo se llevaban bastante, la principal consecuencia de una falta contra una persona a día de hoy suele ser el rencor de la persona afectada por ella, manteniéndose la relación. De hecho, aunque se ejerza un castigo o una venganza, el rencor sigue ahí habitualmente. Si lo pensamos un poco, los motivos parecen ser instintivos: ponerse el escudo en base a evitar la posible repetición del daño. A nivel sociedad humana, sin embargo, es más complicado, ya que el mantenimiento de relaciones en las que el rencor permanece suele generar múltiples problemas en estas que en el reino animal habitual suelen ser más difíciles de ver.

El perdón surge aquí como uno de los escasos mecanismos para la restitución del momento previo, si es que no es el único. De hecho, el perdón se traduce habitualmente como el dejar de tener rencor. Pero, en cualquier caso, vamos por partes con algunas situaciones de perdón típicas.

Perdón, te perdono, lo siento, no

La sucesión típica de hechos de falta y perdón suele ser la siguiente:

  1. Alguien comete la falta que afecta a otra persona.
  2. Periodo de tiempo entre el momento de daño y el momento en que quien la ha cometido se da cuenta de ello. Durante él, en la mente del dañado aparece la necesidad de queja, que se traduce en rencor de alargarse en el tiempo.
  3. La persona que ha cometido la falta descubre que lo ha hecho. Aquí, su mente decidirá si le genera sentimientos como la culpa o no. Este momento puede no llegar nunca, dejando en la fase previa al dañado. En caso de venganza o castigo —que pueden llegar en esta fase o las siguientes según si descubre el error mediante ellos (por ejemplo, multa de tráfico) o no—, le será más fácil percibirlo que con el rencor de la otra persona, aunque también es más posible que se escude en que es una víctima por considerar el castigo excesivo.
  4. La persona que ha cometido la falta decide disculparse o no. Se supone que, de haber recibido castigo o venganza, no habría necesidad, pero la realidad es que, tal y como en la anterior fase la venganza o el castigo suelen ser considerados comportamientos excesivos a día de hoy, también está extendida cierta creencia de que el pedir perdón no cuesta nada y es imprescindible para que se conceda.
  5. La persona dañada en un principio decide conceder el perdón o no. Teóricamente, ese perdón debería suponer la ausencia de posterior rencor, pero como ya hemos tratado, parece no ser tan habitual como debería.

Este último punto seguramente sea la clave del post y de la propia pregunta que le sirve como título.

La disculpa efectiva

Obviamente, la situación más habitual de disculpa y perdón obedece a temas nimios y tiene una gran abundancia en el día a día de las personas: alguien comete un pequeño fallo inconsciente que causa molestia a otra persona, se da cuenta, pide disculpas por ello, el dañado acepta las disculpas por saber que no tiene mayor importancia y voluntad y la relación se mantiene tal cual.

Cuando el error es más grande por hacer daño a la víctima de él (en lo físico o, más habitualmente, en lo mental), la cosa puede ser más complicada, porque para que el perdón sea sincero, la persona dañada tiene que sentir que la otra tiene bien claro cómo se siente y qué tiene de importante el error, así como darle esa importancia como infractor.

Esto no es habitualmente tan fácil, principalmente, porque el sistema no funciona con la facilidad práctica de un “ojo por ojo”, ni mucho menos: al tratarse de un tema subjetivo, la diferencia de valores entre las dos personas hace necesaria una gran empatía o comunicación para comprender qué significaría el fallo para él, y como todos sabemos esto no es muy frecuente.

Por ejemplo, pensemos en la rotura de un objeto con valor sentimental pero no general, pongamos un jarrón. Quien lo ha roto sentirá en un primer lugar el error como el haber roto un jarrón, mientras que la víctima sentirá en ese primer momento que se ha roto algo importante para ella. La persona que lo ha roto, para un disculpa sincera, no debe hacerla nacer por el haber roto un jarrón, sino por el haber roto algo importante para la otra.

En ciertas ocasiones, traducir el error a lo que la otra persona siente es muy complicado de interiorizar. En especial, lo es en casos o personas en los cuales no hay empatía, en que cuesta entender el error como importante, en que la otra persona no le importa, en que no se tiene información de lo relevante que es para la otra el hecho.

Un caso curioso, muy útil para entender que lo importante es lo que supone para el otro, es precisamente la situación opuesta: cuando alguien comete un error que, de sufrirlo él, le dolería bastante, pero que para la otra persona no es importante. Cuando nos pasa eso, nos esforzamos un montón por compensar a la otra persona; sin embargo, esta no para de insistirnos en que no fue nada y no le hacemos caso.

En resumen: lo importante para que un error no deje rencor es que la disculpa se base en la empatía y en el entender qué ha molestado a la otra persona, no en qué nos molesta a nosotros del error que hemos cometido. De sentirlo así, es mucho más fácil no solo el que el perdón sea honesto, sino que desaparezca el germen del rencor, el verdadero problema y que analizaremos en el apartado final.

Por qué no hay que pedirse perdón por perdonar

Por mucho que seamos maestros de cómo sentir nuestros errores y disculparnos por ellos, lo más habitual es que la gente no se sepa disculpar por lo tratado arriba: por falta de empatía con lo mal que nos sentimos.

¿Qué supone que esto ocurra? Rencor. Si alguien nos hace daño y, al disculparse, no entiende bien la importancia de su acto, nuestra cabecita nos va a dejar con la mosca tras la oreja aceptemos las disculpas o no. Ya no es cuestión de que sea un perdón honesto y completo, perfectamente puedes querer perdonarle: el problema está en que tu mente sabe que esa persona no ha entendido el fallo y le ha dado la importancia que para ti supone. Esto hace entender a nuestra mente que podría volver a cometerlo en cualquier momento, ya que —de ser la disculpa sincera, pero sobre algo equivocado—, intentará cambiar o evitar algo que no es lo que nos ha hecho daño en realidad. Nuestro cerebro no será tonto e imaginará que, de verse en una situación similar, nuestra persona querida volverá a caer en el error y nos provocará de nuevo el daño, guardando ese escudo, ese rencor hacia ella, como protección por si acaso, por mucho que intentemos convencerlo de que el otro se ha disculpado lo suficiente.

Entonces, ¿qué podemos hacer? ¿No perdonar a quien no es capaz de ponerse en nuestro lugar? No diría tanto: nos quedaríamos solo con personas muy empáticas o que nunca cometen errores, con lo que dada su poca abundancia y que tampoco es que eso lo sea todo en el mundo, quizás sea mejor abrir un poco la mano.

Diría que una clave es la comunicación de por qué nos duele tanto. Si bien nuestras personas más queridas deberían saber lo que nos importa, no está de más intentar hacerles entender el daño como es debido.

La otra quizás sea entender que el rencor no tiene efectos tan positivos como se le presumen a nivel instintivo.

El rencor nació para ser un mecanismo de defensa ante cosas mucho más simples que las que las personas sufrimos a día de hoy: saber que tal animal te puede robar la comida o que ese otro ha matado al abuelo y puede hacer lo mismo con nosotros. Con cosas como jarrones que se rompen funciona igual, pero como es obvio, la persona que ha roto el jarrón no debería romper jarrones a menudo, siendo la complejidad de los actos de daño algo que, si bien pueden ser categorizados, quizás sean demasiado específicos como para el daño que produce el rencor.

Y es que, el gran problema que produce el guardar rencor es a quién afecta de verdad. La sociedad nos dice que ante un daño personal de cierta importancia no debemos perdonar: castigo y rencor. Sin embargo, el perdón tiene dos personas: el que debe ser perdonado y el que perdona.

Si tú no perdonas, el daño es casi siempre para ambos: para esa persona, que se ve privada de ti, y para ti, que te ves privado del resto de cosas que da y encima guardas rencor. Pero lo peor es que esa persona no tiene por qué cambiar, ya que aquella con la que ha sufrido por su error ya no está y no tiene por qué tener el miedo a una segunda vez.

Si alguien rompe jarrones metafóricos a menudo, obviamente, no hay por qué perdonarle y seguir como si nada. Pero lo inteligente no es guardar rencor, sino apartar de tu vida a esa persona. En cualquier caso y aunque lo parezca, apartar a una persona no va en la línea del perdón y el rencor: alguien puede no guardar rencor pero elegir no continuar con la relación que le une a otro, al igual que alguien puede no perdonar y guardar rencor a alguien con quien comparte entorno.

Así pues… ¿alguien se equivoca no guardando rencor? Tal vez nunca. Se equivocará manteniendo relación con gente que no merece, se equivocará no sabiendo hacer entender a una persona el motivo del daño, se equivocará pensando que esa persona no es así y no volvería a hacer. Pero al intentar no tener rencor puede que nadie se equivoque, ya que no guardar rencor libera a uno mismo de un error que no ha cometido.

___________________________________________

Todos tenemos nuestro pequeño departamento de rencor en la mente. Sin embargo, ¿nunca te ha pasado que ha alguien a quien te dicen que deberías tenérselo ya no se lo tienes? ¿Que has encontrado “la paz”? No te digo que nos cuentes tu experiencia, pero no dudes en comentar qué opinas del post, así como en darle Me gusta y compartirlo con esa gente a la que buena falta le hace. 

Anuncios

La importancia de llamarse Ernesto con mayúscula

Siempre me ha sorprendido la polémica y las modas que desata el lenguaje y la ortografía.

En un universo tan sin grises como el que estamos viviendo, cualquiera diría que la opinión sobre escribir correctamente tendría dos bandos claros: los que creen que siempre debe ser así y los que dan prioridad a que se entienda el mensaje con independencia de su corrección de escrita. Sin embargo, habitualmente nos encontramos con disputas de lo más tuiteras y multitudinarias en torno a decisiones de la Real Academia Española (RAE), como si se podía escribir “iros” por “idos”, o si había que acentuar cosas como los solos de solamente o los pronombres demostrativos. Duelos de tradición, modernidad y libertad de escritura que hacer correr ríos de tinta, que no de sangre. Qué bonito cuando los debates no provocan más daño que al blanco del papel y de la pantalla.

El origen de este post es, sin embargo, una curiosa situación vivida meses atrás que tocó especialmente mi fibra sensible ortográfica. Firme creyente de que, de los bandos generales, quienes están más en contacto con la constante lectura o escrita son quienes defienden más una ortografía que quien no lo hace no suele valorar tanto, me encontré en la situación de escuchar en un entorno pequeño cómo alguien, profesional de lo editorial, proclamaba que la ortografía era innecesaria y que estaba sobrevalorada, siendo un medio de control del acceso creativo.

Dado que esta persona en un ámbito de poder de opinión tomó la iniciativa de soltar semejante bomba hacia un trabajo que siempre dice adorar, me dispongo a replicar su postura en mi entorno de poder, este maravilloso salón de sillas vacías y cero comentarios. ¿Por qué es tan importante la ortografía para quienes leemos y escribimos mucho?

teclado predictivo

Es curioso cómo el lenguaje escrito por mensajería instantánea ha cambiado. Durante una época se scribia tal q asi y, sin embargo, en cuanto se encontró un medio en el que escribir bien, de forma rápida y cómoda (y criticada) se dejó atrás el jeroglífico.

Algunas profundidades del lenguaje

Una de las razones por las que escribo (sobre todo en cuanto a ficción se refiere) es por ser uno de esos románticos de nueva era que cree que la palabra crea realidad. Obviamente, la nueva realidad tiene niveles de más o menos complejidad según las profundidades del lenguaje. Por ejemplo:

– “Las Torres Gemelas sufrieron un atentado en 2001” sería una afirmación informativa. No diría que tiene mucha complejidad en cuanto a sentido creador, ya que de ser vox pópuli no es más que un recordatorio de una realidad que quien lo lee ya conoce.

– “Ahí va un cerdo volando” haría nacer en la mente del lector una idea nueva que seguramente nunca se haya planteado en la situación que vive en ese momento: la de estar sentado ante una pantalla e imaginarse al cerdo más allá de la ventana o en algún lugar al fondo de la sala. Seguramente funcione de modo similar a como lo haría descubrir aquel 11 de septiembre que las torres habían sido atacadas.

– Caso similar es el de los términos subjetivos. Si uno pone la palabra “amor” en un texto, en la mente del lector despiertan numerosas ideas según lo que en su vida haya experimentado en torno a ella. Por aquí estarían también casos como el de la metáfora elaborada y demás. Son procesos mentales en los que el receptor del mensaje tiene que implicarse para que le transmita, siendo habitual que la realidad que nazca en cada uno sea bastante distinta de la intención del emisor, creando realidad única en cada persona. Es por eso por lo que un mantra típico de los escritores de ficción es que una vez nuestro relato se publica dejamos de tener control sobre él: es el lector el que tiene que construir la realidad y esa será tan válida como la que nosotros imaginamos escribiéndolo.

– Y llegamos, por no complejizar más, al punto en que de verdad cobra importancia la ortografía en cuanto a creación de realidad se refiere: el juego ortográfico.

El juego ortográfico

scrabble

Una idea muy típica en quienes profundizamos en el lenguaje, la escritura y la literatura es que un salto de calidad en las obras se produce en el momento en que esta aparece más allá de lo que cuenta que pasa, llegando a tener presencia en la belleza del uso del lenguaje. La obra de calidad llegaría a tener unos juegos, unos guiños en la escrita que enriquecerían al lector y que harían no solo que fuese capaz de imaginarse las situaciones que presenta, sino que les sacarían la satisfacción de la propia lectura desde el lenguaje.

Pongamos un ejemplo. Uno de los juegos de lenguaje más carismáticos de uno de mis relatos más queridos es la utilización tras varios otros juegos de la expresión “estar solo solo”. El lector profano pensaría seguramente “Quería decir que está solo: ha repetido la palabra, error de calidad”. Sin embargo, el que ama el lenguaje seguramente vea algo más. Y es que la variedad de interpretaciones de “estar solo solo” abarca, entre otras, que la persona está sola de verdad, que lo único que tiene (solamente) es estar solo, que se siente solo y está a solas en el espacio que está, o también podría ser que lo único que le pasa en ese momento es que está solo. Y más.

Simple life

Llegamos entonces a la relación con lo inicial: ¿qué tiene de importante la ortografía para alguien que lee y escribe mucho? La posibilidad de ver lo que de verdad pone cuando lo que hay escrito dice más de lo que parece.

Ejemplo 1:

—Stas x la tard?

—No. Voi a trabajr.

—Vale anims.

Ejemplo 2:

—Estas x l tarde

—No estan en el pueblo

—No que si estas tu x la tard

—No voi a trabajar

—Pues kdamos

—No q voy a trabajar

Ejemplo 3:

—¿Estás por la tarde?

—No, voy a trabajar.

—Vale, anims.

Como podemos ver, en el primer caso, lo que parece ocurrir es que una persona le pregunta a otra si está por la tarde, esta le responde que trabaja y la otra le da ánimos. Aparentemente, se produce una perfecta interacción sin equívocos entre dos personas que no usan la ortografía.

En el ejemplo 2, vemos múltiples malentendidos por la falta de acentuación y puntuación: uno cree que se refiere a “quedar con estas por la tarde” y el otro no entiende que no puede quedar porque va a trabajar.

En el ejemplo 3, sin embargo y llegando adonde interesa, se produce de nuevo el completo entendimiento. Pero con algo más.

En el ejemplo 3, hay aparentemente un error de escritura, el “Anims”. Sin embargo, la persona está diciendo exactamente eso, “Anims”, usando el típico término catalán y para algunos culé, en un gesto claro de confianza y colegueo con la otra persona. Si el lector da por hecho que la otra persona suele escribir correctamente, leerá “Anims” y no “Ánimo”. ¿De veras alguien se cree que el lector del ejemplo 1, que no usa la ortografía va a entender “Anims” en algún momento? Ni de palo se va a fijar que de la eme a la o hay demasiado espacio de teclado como para haber querido escribir “ánimo”. Cualquiera entendería que esto lo que quiso escribir en la práctica totalidad de los casos.

Tanto el ejemplo 1 como el 2 lo son de pérdidas del sentido del mensaje por problemas en el código. Evidentemente, hablamos de un ejemplo simple y que obviamente no va a afectar en gran medida a la transmisión de la información. Pero es evidente que, para aquellos que usan juegos, chascarillos, detalles técnicos y demás elementos de alto lenguaje, el estilo adivinatorio que supone el traducir un código sin ortografía es tanto un incordio, como un nido de malentendidos, como una reducción de las posibilidades de intercambio de información. Una disminución de la capacidad comunicativa, de expresión y, en otro nivel, de crear realidad.

Conclusiones de quien ama la creación con el lenguaje

amor libro

La libertad de expresión es un derecho que, aunque limitado a veces por quienes dicen ser superabiertos, no pienso poner en duda en este post: que cada cual escriba como quiera y le vaya bien, que cada cual exponga sus opiniones sobre la importancia de la ortografía o no en su trabajo y vida personal y de ocio. Aquí simplemente he de decir que, con los años, el uso de unas normas generales con mis propias licencias para jugar y equivocarme con mi modo de escribir me ha hecho sentir muy rico en pensamiento y creación de ficción y realidad.

Para quien no lee más que información plana, sin profundidad, no va el consejo de final de párrafo, al menos directamente: espero que disfrute con lo que tiene e invierta en cosas que le hagan feliz el tiempo que le deja no profundizar. Para quien quiera sentir la libertad de poder entrever los límites de lo que puede o no construir su realidad humana y de pensamiento, mi consejo es que no menosprecie el hacer que se le entienda bien y el leer lo que realmente ponen las cosas sin pasar a común lo que no necesita traducción.

Una vez ahí, los solos podrán llevar acento o no, los estes serán demostrativos, orientes y personas y la vida será un poco más grande. O al menos más abierta en cuanto a no atrapar las palabras en lo que se espera que signifiquen.

_____________________________________

¿Y tú qué opinas? ¿Ves innecesario escribir correctamente si el otro “entiende”? ¿O tal vez lo que ves innecesario es escribir mal cuando de hacerlo bien siempre acabas interiorizando el cómo? Comenta, comparte ya que estás y dale like si te ha gustado. No cuesta dinero.

Amigos no leídos o el entretenimiento según WhatsApp

Creo que a nadie extrañará el comentario de que vivimos en una de las épocas doradas del entretenimiento.

La capacidad de personalización del contenido a consumir nunca ha tenido un nivel como el actual, habiéndose además multiplicado la cantidad de horas al día dedicadas a él tanto por la omnipresencia de la tecnología móvil conectada como por la democratización del contenido de corta duración (publicación de Instagram con respecto a la de Facebook, duración media de un capítulo de serie hace diez años con respecto a la actual…).

Un gran polémica surge de cómo esta presencia de constante entretenimiento ha afectado a la utilización de ciertos actos antaño más considerados como de relevancia, como podría ser considerado la respuesta a un wasap.

numerosos iconos de la app de Whatsapp, acumulados

Si bien en determinado momento, las conversaciones por WhatsApp u otra mensajería instantánea venían a ser poco menos que charlas en persona —con sus correspondientes límites de plazos de respuesta y los habituales desencuentros cuando estos se excedían—, la realidad actual es la dejadez de la rápida respuesta, sin que ello suponga mayor desencanto por parte de la otra persona en la práctica totalidad de los casos.

No hay que ser un genio para entender que el motivo más lógico para que algo tan mal visto en el pasado pase a ser ahora aceptado sea la no tan precoz transformación de la mensajería instantánea en un nuevo entretenimiento.

Los antecedentes de esta situación llevan mucho tiempo con nosotros, aunque algunas personas no los hayamos trabajado. Hablamos, por ejemplo, de la clásica estampa de dos adolescentes hablando durante largos periodos de tiempo por el teléfono fijo de casa, asociación que con el tiempo acabó derivando seguramente en el uso de medios como Skype o Messenger. Está claro que el motivo no era tanto la propia comunicación como el entretenimiento; sin embargo, nos encontramos una vez más con un entorno de otra era en él, de “consumos” de larga duración, sin posibilidad de una interrupción cómoda por el medio. Colgar y volver a llamar, o salir de una videollamada y volver a realizarla es incómodo en mayor o menor medida. La actualidad nos lo hace más fácil.

Si bien en un primer momento, WhatsApp ya nos ofrecía la posibilidad de la distracción intermedia, seguíamos teniendo como una especie de necesidad de atención de cierta constancia, seguramente derivada del medio clásico o la imposibilidad de consumir un entretenimiento sólido entre los periodos de respuesta. La innovación en entretenimiento nos puso en la situación de que perfectamente podíamos practicar modelos enteros de entretenimiento efímero entre dos WhatsApp, como ver y dar like a 5 o 10 publicaciones de Instagram en segundos o leer otros tantos tuits. El modelo llegó ahora a la estabilización al pasar a ser mutua la situación en la conversación: mientras la otra persona no contesta, puedes consumir entretenimiento efímero, y ella va a hacer lo mismo mientras eres tú quien no responde.

Las excepciones las encontramos, como consideraréis obvio, en las conversaciones de necesidad de respuesta rápida, así como en esa gente que no utiliza el entretenimiento entre respuestas. Un ejemplo de lo primero podría ser el haber quedado con alguien en determinado lugar y que, estando hablando con ella, deje de contestar sin explicar una posible tardanza. Uno de lo segundo, y que yo uso mucho, es el de ese mensaje de tu madre cuando sabes que ella no lo utiliza contigo por entretenimiento, sino porque necesita algo.

Sin embargo, fuera de estas excepciones, es muy interesante ver cómo realmente —al menos por comportamiento— hemos aceptado la evidencia de que, en realidad, las conversaciones sin un gran componente personal que tenemos con gente que apreciamos —las de pasar “por pasar el rato”— son, precisamente, puro entretenimiento.

Apps con notificaciones de contenido sin leer, como Facebook o WhatsApp

Por alguna extraña razón, en algún momento creímos que era malo considerar las charlas con otra gente como tal, ya que veíamos en ellas una especie de pureza humana relacionada con el vínculo que le daba una importancia superior. La realidad actual, si nos dejamos de hipocresías, habla de que las conversaciones habituales con la gente por Whatsapp y herramientas de este tipo son contenido de producción instantánea que consumimos. La realidad de no darle mayor importancia a la presencia de conversaciones sin abrir es una auténtica demostración de esto.

Cabe abrir debate de si la negación a este tipo de verdades tuvo su eco o problemas en el pasado, o si las tendrá en el futuro. Por ejemplo, ¿las antes mencionadas conversaciones por teléfono de largas horas entre adolescentes acabaron por desvirtuar la diferencia entre entretenimiento y relaciones personales? ¿Puede ser que la falta de conciencia de esta diferenciación haga que alguna gente no diferencie lo que es entretenimiento en una relación de amistad y lo que realmente es importante para la otra persona?

El tiempo y la ciencia seguramente nos resuelvan estas dudas. Por lo pronto, mi recomendación es no tomarse a mal que la gente pase de contestar cosas sin mayor importancia, así como no pasar de alguien sin motivos cuando se note que para la otra sí lo es. Las personas tenemos nuestra parte de entretenimiento y nuestra parte de corazoncito.

La mordaza a lo divergente (La muerte del conocimiento personal no certificado – Final)

Y llegamos al cierre de esta minisaga de posts.

Si todos los entes de poder censuran el pensamiento diferente, novedoso y fuera de norma, ¿queda alguna posibilidad de que alguien fuera de ellos aporte algo nuevo?

La gravedad de la masa al cuadrado

Para estos post, el buscador, la justificación de experto, los medios de comunicación y los líderes de opinión son cuatro de los grandes jinetes del apocalipsis del punto de vista novedoso. Aquellos aparentes titulares del conocimiento a día de hoy, de la razón que podemos usar para desprestigiar la de cualquier otra persona.

Aun así, a gusto del lector catastrofista o cuñado del pensamiento conspirador, se le pueden sumar fácilmente términos como los gobiernos, la economía y demás familia. ¿Por qué no? ¡Dejémoslos ahí si queremos, quitemos los que no nos interesen, hagamos lo que nos salga en un acto de rebeldía ante la constante búsqueda de la precisión absoluta! Porque la cantidad de entes que metamos en el saco es indiferente.

Lo relevante de este post es aquello que los une y que, por muy de forma diferente que elijamos, siempre va a acabar por coincidir: son entes colectivos, no personas.

Entes que se forman a partir de la conjunción de múltiples interacciones y actuaciones sociales y no tanto. Actuaciones que, como ya sabemos, no se mueven por el pensamiento individual y humano de sus miembros, sino por una conciencia de tira y afloja, de poder de unos sobre otros, de mayorías o autoritarismos y de dependencia de cualquiera de sus partes y términos del grupo, de esa coherencia sin alma de la que hablamos en el post de los líderes de opinión.

Son entes colectivos, sin pensamiento propio, raciocinio. Entes que saben que de la no presencia de realidades rompedoras depende su supervivencia.

Y entes que no son pocos.

El silencio absoluto

A lo largo de los anteriores post —desde aquel móvil salido del bolsillo para quitar credibilidad a la palabra de la persona con la que se toma algo—, hemos extraído múltiples conclusiones de cómo el pensamiento fuera de norma puede ser silenciado.

No es que la situación sea nueva. Universalmente conocidos son casos como el de la Tierra girando alrededor del Sol o el bosón de Higgs, realidades actuales tomadas por locuras censurables en su momento.

Sin embargo, analicemos pues a partir de algunos de los métodos de silenciado de la actualidad cómo prácticamente cualquier tipo de verdad nueva puede ser anulada con estas premisas y veamos adónde nos lleva esto:

  • Solo lo publicado y visible tiene validez. Si no se expone en libro o web, no tienes credibilidad.
  • Solo la palabra de quienes tienen poder de opinión o de grandes poderes tiene validez. Si quien sabe mucho del tema dijo en algún momento algo que se oponga, aun en situaciones bien distintas, no tienes credibilidad.
  • Solo lo que los medios de comunicación dicen ha ocurrido. Si dices haber visto algo que la prensa publicaría al momento pero no lo ha hecho, no tienes credibilidad.
  • Solo lo aceptado por masas tiene validez. Si vas en contra de lo que la opinión pública defiende en redes, no tienes credibilidad. Si no tienes público de redes por detrás, tampoco tienes credibilidad.

Básicamente, estos puntos nos indican lo difícil que será que una persona anónima aporte conocimiento a la sociedad, y lo prácticamente imposible que será que lo aporte fuera de norma. Porque:

  1. El pensamiento gris no es escuchado por las masas.
  2. El pensamiento gris es silenciado por la cultura de masas.

Entonces, y más allá de la mordaza, ¿qué le queda al pensamiento divergente?

Las palabras más allá de la mordaza

No puedo evitar ver la masa generalista como un planeta flotando sobre una ciudad desierta en busca de los últimos brotes de pensamiento nuevo para absorberlos y hacerlos desaparecer entre sus nubes de tormenta y datos.

A lo largo de los siglos, el pensamiento se ha renovado habitualmente con los grandes cambios y la ausencia de memoria. Sin embargo, lo digital ha dado una precocidad de implantación de tecnologías que vuelve el cambio casi cotidiano, así como imposibles el olvido y el recuerdo en base a la recopilación sin fin de datos: ha generado un ecosistema retroalimentado muy difícil de alterar en multitud de aspectos, y cuyos cambios más lentos —o menos rápidos, mejor dicho— parecen poco menos que inexorables.

De la polarización de opiniones hablaré pronto, por encantarme y apasionarme, pero hoy me quedo —introduciendo el resumen con las conclusiones— con que la mordaza al pensamiento divergente más puro y poco corriente es una de las grandes tendencias más tapadas por la amada sociedad del conocimiento.

Con eso, y con otra cosa.

Con que, por lógica y volviendo a donde empezamos, hay algo que siempre debemos aprovechar. Algo que siempre ha estado ahí, que antaño fue importante y ahora existe pero ya no se ve, como una mancha y su recuerdo en la pared. Me quedo con que existe ese lugar en el que, quizás, tengamos la oportunidad de ver nacer algo nuevo una vez más.

Un lugar donde no hay cámaras o micrófonos de medios grabando. Uno donde sus mayores expertos y sabios seguramente nunca habrán publicado nada. Uno donde los móviles se quedan en los bolsillos o sobre la mesa, boca abajo, y no hay MG a los grandes comentarios, ni retuits a los pensamientos más originales.

Ese lugar es cualquiera de las conversaciones a solas con la gente de nuestra confianza. Tan profundas y tan poco como queramos. Tan superfluas y tan intensas como nos dejemos. Tan abiertas como nos permitamos, tan prohibidas como otros quieran.

Tan libres como nunca en la vida lo será un tuit, un artículo o una búsqueda de Google.

Y es que ahí, en los espacios pequeños, en la interacción entre dos personas y no entre una masa uniforme de líderes dependientes y esclavos de la coherencia, es donde nace la creatividad, la originalidad y la realidad nueva.

Porque la creatividad pura solo surge en el desconocimiento.

Y porque el conocimiento verdaderamente nuevo solo puede nacer de lo que aún no conocemos.

_____________________________________

Bueno, esta saga de post ha sido un regreso por mi parte de lo más enriquecedor, espero que os hayan gustado. A mí particularmente me producen tanto inquietud, como preguntas de adónde ha podido llevar esto en el pasado, como las satisfacción de saber que mientras queden dos personas a solas y el mismo lenguaje habrá cosas que no nos podrá quitar nadie, humano o seudohumano.

Si te ha gustado y crees que a alguien más sí, no dudes en compartirlo por redes, emegearlo y demás. Gracias por llegar hasta aquí y espero que lo hayas disfrutado tanto como yo ^^

Líderes de opinión silenciada (La muerte del conocimiento personal no certificado IV)

Antes de alcanzar el definitivo, llegamos al penúltimo post sobre cómo la sociedad silencia a quien no piensa lo mismo que ella.

Hemos hablado de cómo la conectividad deslegitima la opinión original de quienes queremos. Hemos tratado cómo los pecados y limitaciones de lo académico no le dejan llegar a tratar cada pequeña idea de estos. Pasamos, por obvio, de cómo los intereses de los medios de comunicación van contra el pensamiento divergente. Y llegamos por último a este, los poderes y líderes de opinión. Aunque no la tengan.

Producto de admiración

Si bien en el pasado, era el poder, la experiencia o los éxitos quienes otorgaban a ciertas personas cierta aura de sabiduría que nos hacía creer en ellos, el mayor número de líderes de opinión de los últimos tiempos obtienen su poder del entretenimiento.

Si bien esta tendencia no es novedosa (solo hay que pensar en el mundo del corazón, el deporte y la música a lo largo en el siglo XX), el liderazgo de opinión ha experimentado una nueva explosión por la aparición del fenómeno más importante en cuanto a relaciones humanas de seguramente toda la Historia: las redes.

El entretenimiento se ha diversificado hacia la personalización y, si bien en décadas anteriores la popularidad estaba en la mano de un número de personas grande pero limitado, ahora existe una cantidad de líderes de opinión vasta e inabarcable. Más allá del público altamente generalista —poco dado a profundizar y descubrir, marcado por las principales figuras pop en sentido amplio—, una y otra gente han encumbrado a numerosas personas a partir de sus propios gustos profundos, dando paso a toda una marea de líderes de opinión de menor grado: gente con un número de likes y seguidores relevante que, unida, permiten llegar a una buena cantidad de población interesada en un tema específico.

Esto tiene ventajas para la diversidad, sin ningún tipo de duda. En primer lugar, se ha dado alas a la posibilidad de customizar el entretenimiento hasta el punto de que difícilmente dos personas adultas y amigas de nueva generación van a compartir fuentes de entretenimiento ni al cien ni al ochenta por ciento. Además, se ha bajado mucho el listón en cuanto a alcanzar cierta popularidad, permitiendo acceso a ella a personas antaño desterradas, así como se han abierto grandes oportunidades a gente o grupos antes marginados que —por poder llegar su mensaje muy lejos y por la protección que les ofrecen las pantallas en cuanto a no silenciarlas— han alcanzado poco menos que una edad dorada.

Sin embargo, si nos acercamos al bello cuadro de la diversidad en redes, es posible apreciar una serie de grietas que, sean lo suficientemente grandes o no, hacen que la obra se vea ligeramente deformada.

El ciclo de vida de la red social

Puede que muchos popus nieguen lo siguiente; me quedo con que cualquier persona con pensamiento crítico que haya vivido el crecimiento de ciertos perfiles sabe que es una verdad como un puño: cualquier red social y sus emblemas experimentan una evolución hacia el ovejismo tan dura como común a lo largo de los años.

Las redes sociales nacen, crecen y mueren de un modo muy parecido al clásico ciclo de vida de un producto en marketing:

Ciclo de vida del producto y las RRSS

  • En primer lugar, no son muchos los que entran, por las alternativas de entretenimiento: solo una serie de pioneros innovadores lo hacen. Habitualmente, se trata de gente productora de contenido, que aporta a la red y la enriquece. Por su parte, hay un cierto rechazo social por parte del público general, un “yo no me voy a hacer esa cosa, estoy muy contento con mi Facebook”.
  • Si la red no se muere, se suele producir el crecimiento y cada vez entra más y más gente. Los primeros líderes de opinión, los innovadores tempranos, habrán alcanzado ya una cierta popularidad y poder por el tiempo dentro: dispondrán de un número de seguidores aceptable, realizarán un contenido más elaborado, tendrán buen rollo con la gente que estaba y en general será una comunidad feliz. De hecho, lo que les hace destacarse entre los innovadores es que los líderes tienden a ser gente con una opinión fresca, que aporta, que le pone horas también, gente diferente y atractiva ante un público también innovador.
  • Llega entonces la adopción por parte de una mayoría. Conforme los líderes de otras entran en la nueva, van reclamando la atención. Empiezan a atraer a sus ejércitos de seguidores y a “enfrentarse” por la que acumulan aquellos que llegaron antes. He ahí cuando se produce el gran desastre para las nuevas corrientes que aporta una red social: las consecuencias del duelo, la homogeneización. Los líderes pioneros de la red se ven abocados a ser considerados viejas glorias, a llamar la atención con mensajes de odio al nuevo modelo —volviéndose unos haters—, a parecerse cada vez más al modelo popu —recibiendo las iras de sus seguidores clásicos o transformándolos— o incluso a la desaparición y búsqueda de nuevas redes. Los líderes populares llegados de las otras tratan por lo general de imponer sus tendencias, adoptando eso sí, algunos de los hábitos más populares en la nueva app. Todo un ejemplo de lo que la política de colonias y la invasión de nuevos territorios sería de ser llevada al modelo digital.
  • Lo siguiente es la madurez del producto. Ese periodo cada vez más triste en el que la app se va pareciendo cada vez más y más a lo de siempre, entran rezagados que dijeron que nunca se lo harían y no producen contenido —solo observan, no aportan—. Los primeros innovadores no populares o venidos abajo tenderán a salir de ella y “buscar nuevas tierras”, mientras los popus gobernarán de nuevo con mano de hierro con contenidos manidos y buscalikes.
  • Obviamente, la red muere con la decadencia y el adiós de grandes cuentas por irse a nuevas redes sociales, dejando atrás muy pocos usuarios que están por pura rutina, por mantenimiento de relaciones o porque la red va evolucionando hacia algo minoritario que les gusta.

Las redes y el pensamiento divergente

Las redes y la opinión van altamente vinculadas. De hecho, no ha habido nunca momento de tal difusión de la opinión como el que estas han generado. Sin embargo, ¿qué papel juega la opinión diferente en el modelo de redes?

Obviamente, la opinión original tiene su mejor momento con los pioneros. El pionero en una red social tiene la opción de dar su opinión de forma bastante más libre que una vez la red esté más avanzada. El público es pequeño con respecto a los posteriores, por supuesto, pero en general la opinión es escuchada, de media, por mayor número de gente, ya que la poca presencia de contenido evita que el resto lo ahogue y la apertura mental del innovador va a ser habitualmente mucho más elevada que la de aquellos que lleguen en etapas posteriores siguiendo como ovejas al rebaño.

Obviamente, los afortunados que pasen a ser líderes de opinión en fases posteriores van a ver su voz proyectada a muchísimos más. Por lógica, esto debería suponer grandes noticias, ya que tienes una voz innovadora llegando a grandes masas por la popularidad adquirida. La realidad, sin embargo, es más dolorosa.

Entre las causas está el que el número de líderes de opinión es muchísimo menor que el de productores de contenido, siendo el ascenso de la popularidad por innovación de pensamiento muy, muy poco frecuente. Claro que a todos se nos vienen grandes modelos de crecimiento con contenido original que han llegado a la cima; sin embargo, si lo ponemos en una balanza con los que lo producen y no llegan, o en otra con los que llegan por medios muy diferentes como el dinero o los comentarios buscalikes, el que una voz original llegue a las multitudes y se mantenga es un rara avis. De hecho, más aún si tenemos en cuenta la triste realidad: el condicionamiento del público.

Creo que todos lo hemos oído de un modo; si no, le daré forma a un lema de la realidad de las redes: al principio, uno publica lo que quiere; con el tiempo, uno publica lo que quieren. Esto se debe principalmente a dos razones.

Una es el que según se avanza en el perfil, se desnaturaliza y aparta poquito a poco de la persona para pasar a ser un ente ajeno a la verdad de la propia: llega un punto en que el instinto te invita a no poner ciertas cosas por considerarlas irrelevantes para la cuenta, siendo las más personales unas de las más típicas.

La otra gran razón es la crueldad de redes. Si bien lo políticamente incorrecto puede ser aceptado en algunas cuentas, siendo la principal fuente de aprecio para muchas, el que se haga comentarios que no vayan en línea con el discurso previo suele provocar graves daños en las cuentas, tanto en forma de rechazo por parte de los seguidores como de ataques por parte de desconocidos, competidores o la propia red.

Por ejemplo, a un perfecto ateo puede gustarle la Navidad por ser una tradición muy típica de aquí, más vinculada a lo familiar y los días de vacaciones que a un componente religioso. Sin embargo, difícilmente un ferviente defensor del ateísmo en redes colgaría una imagen disfrutando de ella, ya que lo más probable es que la crueldad de redes le atizase y desprestigiase, cuando es la nostalgia y demás valores los que le hacen sentirse a gusto en la festividad, con independencia de la religión. Es decir, el perfil ateísta de este ejemplo ocultará parte de la realidad y de la creación original de contenido por las consecuencias “injustas” que le puedan suponer, ya que para ella seguirá siendo una persona perfectamente atea a la que le gusta la Navidad, pero a su público no, que es el que importa en redes.

La antinaturalidad de lo social

En comportamientos como ese último por parte de las redes se juntan dos componentes de análisis muy querido para mí durante los últimos años: el cómo los grupos de gente desnaturalizan el comportamiento natural de los individuos y cómo la gente no perdona la pérdida de identidad.

La red social es una máquina de destrucción del pensamiento original público por combinar a la vez la alta visibilidad de la pérdida de coherencia en comportamiento con la alta presencia de haters y gente a la que salta para poder quitar prestigio a otra.

Si ya de por sí el ser humano tiene incoherencias de comportamiento, el ser humano original, directamente no es coherente. Porque es precisamente esa incoherencia la que le hace ser original.

En su conjunto, la red social es un ente que busca la coherencia de comportamiento de lo seguido (incluso en la irreverencia) y que busca reducir lo que se sale de ella, en un claro instinto de grupo. La enorme cantidad de gente que forma esa masa social hace que siempre haya alguien que vaya a atacar con un argumento de supuesta coherencia de comportamiento a lo que se salga de la norma y la propia masa no será capaz de quitarle la razón porque en el fondo, socialmente, son súbditos del poder grupal.

Y entonces… ¿qué son los grandes líderes de opinión?

Coherencia pura con su perfil. Porque la naturalidad original va contra la naturaleza de la masa grupal que los hace nacer.

Los líderes de opinión son gente que gana seguidores y atención cuanto más coherencia interna tenga su perfil. Si es un perfil de bromas, cuanto más bromas haga; si es un perfil de maquillaje pijo, cuanto más maquillaje pijo haga; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuanto más al día esté con las cosas nuevas; si es un perfil político, cuando suelte una frase manida sobre su oposición; si es una persona honesta, cuando diga lo que nosotros pensamos.

Mientras que los líderes de opinión son gente que pierde seguidores y atención cuanto más se salte la coherencia de su perfil. Si es un perfil de bromas, cuando cada cierto tiempo haga comentarios serios y sin ningún tipo de ironía; si es un perfil de maquillaje pijo, cuando se ponga a hacer maquillaje choni; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuando se estanque en las de un patrocinador; si es un perfil político, cuando diga que el partido opuesto ha tenido mucha razón en cierto comentario; si es una persona honesta, cuando diga algo con lo que no estamos de acuerdo.

Entonces, ¿los líderes de opinión tienen una opinión confiable? Tienen una opinión coherente con lo que mucha gente espera que hagan, nunca una opinión fuera de su norma, ya que si no son nuestros líderes, no creeremos en ella, y si lo son, les atacaremos y despreciaremos por salirse del camino que la red social, su gente, su partido, sus fans, su masa, le ha marcado.

Liderazgo de opinión y el pensamiento divergente: enemigos íntimos

¿A alguien le extraña esta afirmación? Lo cierto es que es bastante obvia.

Cuando hablamos de líderes de opinión, hablamos de personas con mucha gente detrás: ¿cómo alguien puede llevar a tantos detrás con un pensamiento fuera de norma? Con un pensamiento dentro de una norma más pequeña de la que apreciamos, pero lo suficientemente grande como para aglutinar a muchos, en general, no visibilizados. Vuelve a no haber creatividad de pensamiento.

¿Significa eso que la persona no tiene pensamiento divergente? No tiene ni mucho menos por qué. En el caso de personas que llegaron a ser lo que son a partir de una innovación de pensamiento, lo más probable es que encuentres a grandes pensadoras, y con recursos. Pero a solas. El gran problema está en que en los modos que tomamos su pensamiento, estas personas están condicionadas por la visibilidad y el gran control (o Hermano) que es su público, el cual (entendido como ente plural y no como individuos) tiene como naturaleza ir en contra de que aporte pensamiento divergente.

Así pues, no esperemos la innovación pura y la naturalidad de pensamiento en quien está atado a una presión social de tal calibre. Quien es líder de muchos debe su epíteto a quienes lidera. Así que el poder nunca será de su persona, sino de la masa —fría, inhumana y correcta— que le impide la natural incoherencia.

Aquella que aparece al hablar a solas con cualquier persona querida, aunque no sea omnisciente.

________________________________________________

Ante todo, gracias por llegar aquí y leerme: estoy bastante satisfecho con este y me hace feliz saber que realmente he podido compartir mi opinión con alguien. Si quieres puedes compartirlo, darle Me gusta y demás familia. Como de líder de opinión no llego ni a la ele, falta que le hace para que no se pierda en el olvido.

Tras la máscara de la bibliografía (La muerte del conocimiento personal no certificado III)

Quiero llegar al capítulo final, a La mordaza a lo divergente. De hecho, con esos “tres palitos” después de “certificado” iba a poner fin a la saga de post sobre cómo se está limitando la opinión no reflejada en una pantalla. Sin embargo, parece que —con este— dos escalones más han de llegar para poder dar un final útil, digerible y conciso.

Cuatro grandes fantasmas se ciernen sobre que se acepte la opinión de alguien. El primero es la facilidad de uso del buscador. El segundo, los medios de comunicación; todo un estandarte en lo de que la gente crea ciegamente lo que organizaciones con determinados intereses propios dicen y que ni tocaré por creer que el tema ha sido bastante tratado en otros posts y vida en general como para que todos sepamos de sobra que la objetividad no vive bien en las redacciones de televisión, prensa o radio. El interesante cuarto y futuro “palito uve”, los líderes y poderes de opinión. Hoy le llega el turno al conocimiento académico.

El saber de quien trabaja el saber

Tras milenios de titularidad por parte de los ancianos o las grandes bibliotecas, ¿a quiénes se le ha dado la etiqueta de guardianes del conocimiento y la sabiduría en los dos últimos siglos? Principalmente, a las universidades.

Si bien con la crisis económica ha perdido algo de idolatría con respecto a que “es lo que cualquiera que quiera éxito vital tiene que hacer”, se trata de un modelo que reúne (o reunía) el conocimiento mediante la acumulación de expertos de varias temáticas que forman (o formaban) a otros para que algunos lleguen (o llegasen) también a ser expertos.

Sin embargo, y aunque lo tomamos como algo de lo más normal, es bastante preocupante que muchísimos alumnos no tienen la sensación de salir bien formados de su etapa universitaria. De hecho, tantos o más tienen la sensación de no haber sido formados por expertos una vez esta se acaba.

Ya de por sí esto es bastante preocupante. Sin embargo, hay otras realidades más relacionadas con nuestro tema dentro. Como la producción de supuesto conocimiento.

TFM: trabajos sin fin de mejorar

Si bien antiguamente los estudios universitarios eran catedraciales ¿que no existe? ¿Catedráticos? Pero eso es el que habla, no el adjetivo. ¿Catedralicios? ¡Eso es relativo a las catedrales, no a la cátedra! ¡FUNDEU AYÚDAMEEEE!, el principal cambio en las últimas décadas se llevó ampliando las horas de práctica, la interacción con el profesor y la frecuencia de los trabajos. Los más carismáticos de estos últimos son, sin duda, los de fin de proyecto (grado, máster, etcétera): trabajos de enormes dimensiones que, a priori, deberían ser el reflejo de lo aprendido con los años. Ja.

La realidad es que, habitualmente, los trabajos de fin de proyecto son documentos de aparente investigación sobre un tema o situación específicos que, como es obvio:

– No tocan ni un cuarto de las temáticas recibidas como asignaturas.

– No buscan explotar en absoluto las virtudes adquiridas por el alumno, en base a coartar el trabajo introduciéndolo bajo unos moldes cuanto más estrechos mejor.

Moldes capitaneados por uno de los grandes términos de lo académico en la actualidad.

La bibliografía: sendero de confort

Si hay un principio claro que cualquier estudiante debe seguir de cara a un trabajo final de proyecto es que es un perfecto ignorante (como yo, cuña publicitaria sea).

El documento va a aportar solo dos pruebas de que quien hay detrás no es un robot durante decenas de páginas: la elección e interrelación de los contenidos y una hojita de conclusiones. El resto, son solo repeticiones de lo que otra gente ha dicho o descubierto, siendo en verdad el trabajo una especie de alabanza a lo que otros han escrito.

Además, el alumnado suele contar con un tutor normalmente especialista que se encarga de que no se salga del camino hacia el descubrimiento: que le indica a que se centre en lo específico elegido y, sobre todo, a que utilice muchas referencias —pudiendo ser de publicaciones académicas y no de webs—, que ofrezcan largas páginas de bibliografía al final del documento.

La demostración del conocimiento del alumno, su aportación a la perpetuación de lo académico, será pues una página de conclusiones que no solo no tienen por qué ser originales o útiles para ser valoradas, sino que de hecho tendrán en la originalidad un cierto riesgo. Página que, por supuesto, desaparecerá en el olvido en más del 90 por ciento de los casos apenas tiempo después, no siendo utilizada nunca en la práctica totalidad de ocasiones y sorprendiéndome a mí que el alumno llegase a enterarse en el caso de que alguien lo haga.

Pero entonces… ¿quién gana con este tipo de trabajos? ¡Pues quién va a ganar!

El elitismo académico

Disculpad que no tenga datos —aunque a final de post tampoco creo que os extrañe que no los tenga—, pero me atrevo a asegurar que de coger una bibliografía cualquiera de un trabajo de fin de proyecto, más del cincuenta por ciento de publicaciones referenciadas en la bibliografía pertenecerían a miembros del propio gremio universitario. De hecho, me atrevería a decir que ni un cinco por ciento pertenecería a publicaciones universitarias por debajo de la revista especializada o la tesis doctoral.

¿Tiene sentido útil? Sin duda: se presume que quienes hacen esos tipos de publicaciones son los verdaderos expertos y merecen atención. Pero si algo está claro es que los trabajos a nivel fin de proyecto nunca van a tirar con éxito por senderos fuera de lo ya tratado por el gremio.

—¿Y qué problema tiene esto? ¡Se supone que es lo más fundamentado, lo que más útil hace un trabajo.

—Ya, pero resulta que arriba hemos visto que los trabajos de fin de proyecto de los alumnos de a pie, en general, no se aprovechan. ¿Por qué entonces no les permitimos abrir áreas? ¿Por qué no les dejamos recopilar información sobre temas no ampliamente tratados por la comunidad universitaria y les dejamos avanzar por las consideraciones medias que encuentren para alcanzar conclusiones que van a ser igualmente poco utilizadas y de tan aparentemente poca validez práctica como las que se consiguen normalmente?

—Porque estaríamos formando seudoexpertos en temas en los que no hay apenas expertos.

—¿Y por qué no son expertos de verdad?

—Porque no tendrían rigor, no, valor académico, ya que no son académicos: son alumnos, aprendices de una materia. La opinión que tiene valor es la de quienes sí son académicos, quienes se forman con una tesis, los doctores, los profesores.

—Pero… ¿y qué hay de los expertos que dan clase? ¿Y los doctores honoris causa y estas cosas? No han hecho una tesis, ¿cómo están ahí?

Está claro que al defensor no le gusta que estén ahí, pero hay que decir lo que hay que decir:

—Bueno, porque han aportado cosas nuevas y relevantes. Porque su experiencia es importante en el sector. Porque han dado innovaciones. Porque han sido referentes.

—Ah, pero resulta que a quienes buscan hacer cosas nuevas les estás diciendo que el tema no está trabajado y no pueden meterse por ahí. A quienes quieren innovar en las temáticas, que no hay suficiente material académico. A quienes están verdaderamente interesados en crecer más en lo universitario les estás obligando a cernirse a las temáticas de tesis que gente con más poder ha fijado. ¿Y qué proyectos ha fijado la gente con poder? ¿Ha fijado proyectos suficientes como para satisfacer las curiosidades de cada uno de los alumnos interesados en crecer? ¿Ha fijado proyectos específicos del conocimiento particular que quiere el alumno explotar? No: ha fijado unos muy pocos proyectos superespecíficos sobre un tema no tratado y de relevancia no mayor a la que esos alumnos quisiesen tratar o proyectos que buscan satisfacer un interés común de muchos.

¿Y a qué nos lleva esto?

En primer lugar, a la realidad de que al ámbito académico le incomoda la generación de conocimiento no nacida del propio seno universitario o formativo, bien sea por el desprestigio que parece suponerles que gente que no se va a dedicar a ello aporte, bien porque el tratar en trabajos como los de fin de proyecto temas que ellos han tratado les infla más la popularidad de su trabajo y su aceptación dentro del propio ámbito universitario.

Y en segundo y más relevante para nuestra temática de la opinión silenciada, a que el pensamiento divergente —una opinión distinta formada a lo largo de los años a partir de la experiencia y la investigación y crecimiento individuales y privados que puede tener una persona— va a ser en muchos casos muy difícil de justificar con una bibliografía o un artículo académico. Ya no digamos en comparación con lo que puede costar encontrar uno sobre sus partes no relacionadas y de posible diferente comportamiento en solitario.

“Valideces”

Obviamente, lo académico va a tener toda la validez que se le quiera dar con merecimiento por todas las horas de trabajo que lleva consigo y, sin duda y en cuanto a opinión se refiere, el área científica tiene un seguro de vida que, entre tanta crítica, me gustaría ensalzar: habrá quien no tenga principios, pero creo que una enorme parte del conocimiento científico y experimental consigue unos grados de adecuación a la realidad altísimos e intachables que no merecen ser puestos en duda por opinadores ajenos como yo.

Por otro lado, difícilmente las publicaciones en cierto tipo de temas del ámbito social y humanístico, comportamiento humano y demás tendrán una precisión tan sólida en temas tan específicos como puedan ser los que en una conversación profunda llegan a aparecer, ya que los casos en los que se llega a tener un grado de divergencia entre dos personas tan grande son tan específicos (entorno, cultura, situación particular…) que lo más probable es que nunca se haya hecho un estudio con una precisión tan ajustada a ellos, siendo testados los relacionados —en muchos casos— en condiciones distintas a las que nos referimos en ese momento, más si cabe con el precoz avance de la sociedad y la incapacidad de realizar estudios sin demasiado sesgo cada tan cortos plazos por razones de falta de medios, presupuesto e interés.

Así pues (e insisto, fuera de lo científicamente demostrado), habría que pensar si compensa negarse a escuchar a alguien que piensa algo superespecífico que domina más que nosotros solo porque tenemos la posibilidad del “Lo ha dicho tal experto” o “tal estudio de la Universidad de Masaalcuadrado”.

La persona enfrente puede equivocarse, lo que dice puede no ser la verdad en una utopía de perfecta sabiduría y verdades absolutas en cuanto a opinión. Pero si estamos compartiendo tiempo y conversación con él, tiene todo el derecho a que su opinión tenga la validez de la nuestra sin tener que tirar de un universitario estudio social en condiciones distintas a las que estamos tratando. Si tanta importancia por encima de su opinión le damos, comprobémoslo en casa. No será por tiempo a solas con nuestros smartphones.

________________________________

Supongo que ya sabes lo que voy a decir: si te ha gustado, emegea, sigue, comparte y esas cosas. No tengo valor académico como para aparecer en un TFM, pero algo de qué hablar fijo que consigo.

Por quien hacemos callar a quien queremos (La muerte del conocimiento personal no certificado II)

En la primera parte, Injustificado, tocamos el tema de cómo la credibilidad antes intocable, la de las personas queridas, se está viendo apaleada por la precoz introducción de la información móvil y la creencia de la omnisciencia e imparcialidad de internet a la hora de dar la razón o quitársela a la persona con la que se charla.

Hoy vamos a profundizar más en los dilemas que está suponiendo la falta de control de este implacable juez disfrazado de herramienta de apoyo.

Memorias del ceño fruncido

Recordemos el supuesto bien conocido. Charlas con un amigo, pareja, familiar, persona allegada y/o querida en general y le cuentas algo que has visto o conoces. La otra persona frunce el ceño (siempre fruncen el ceño), tira de móvil y te dice que eso no es verdad a partir del primer o segundo resultado que le aparece en Google a partir de un par de palabras clave. En la mayor parte de casos aceptarás la información—te habrás equivocado, a saber—, pero habrá en otros que no porque, narices, has visto cómo si le echas agua al fuego lo apagas, por mucho que diga internet. Y la otra persona, si te pones ciertamente irritado o incluso amenazante, tal vez te dé la razón con el ceño fruncido que indica que como a los tontos, porque lo que tiene en su mano es verdad con mayúscula.

Pero… ¿quién narices hace que eso sea verdad en mayúsculas?

woman-828888_960_720.jpg

Verdades del juez plural

El funcionamiento básico de un buscador es conocido por casi cualquier usuario: introduces las palabras que consideras y busca el resultado más relevante para esas palabras.

“¿Relevante por qué?”, claro. Eso ya es más complicado.

Como todos sabemos, los parámetros de configuración de búsqueda de Google y similares, están sometidos a una serie de variaciones según nuestro historial y preferencia definidas de un modo u otro, pero —más allá de ello— la variable que siempre ha resultado más importante ha sido el posicionamiento del término buscado, bien sea pagando (SEM) o, sobre todo, por propia adecuación del contenido a lo que el famoso algoritmo de Google busca (SEO).

Al algoritmo, si tratamos de compactar en un término sus partes (como las referencias en otras páginas, la calidad del contenido, accesibilidad y demás), lo que más le importa para que aparezca un contenido es la aceptación del público de ese material. Viene a sumar la parte más “subjetiva” —que la gente lo comparta o lo mencione en otros lados, que esté enlazado— con la fácilmente medible para un motor así: el que el contenido sea original (no esté repetido por ahí adelante), la web entre en los códigos típicos de accesibilidad, sea responsive, etcétera. Además de (por supuesto) que las palabras que buscas y clave estén en ese contenido.

Pero vamos, que —en definitiva— el no tonto buscador va a intentar que salga el contenido más potencialmente aceptado por el que lo busca para que la satisfacción que dé le haga repetir. Y la maximización de esa aceptación en búsquedas de términos aleatorios que pueden surgir en una conversación casual con una persona cercana sobre algo que el que busca no domina del todo (por eso tiene que buscarlo) se realiza ofreciendo en primer lugar resultados que sean capaces de satisfacer a una gran cantidad de población que busque eso. Es decir, contenidos que basan su credibilidad no en su veracidad, sino en la cantidad de gente que los ve, puede ver o comparte. Gente que, en la práctica totalidad de casos, no podrían ser productores de esa información, sino que son simples espectadores de ella, simples consumidores de ella, simples aceptadores de ella, como quien está buscándola. Ese que, recordemos, busca porque no sabe la respuesta a lo que está buscando.

ignorante-en-google.png

Por quien hacemos callar a quien queremos

¿Es entonces veraz el contenido que se está ofreciendo? O mejor dicho: ¿es veraz el contenido que se está usando para deslegitimar la palabra de la persona allegada? Pues dependerá del productor del contenido, no del resultado en Google.

Porque a la posición y relevancia del resultado que lees lo que le da la legitimidad y posición en la búsqueda son dos cosas:

A: la gente que comparte, visita o enlaza el contenido indicado por el resultado.

O B: un responsable de SEO eficiente. Uno que sepa o acierte cómo configurar su web y contenidos para que ante esa búsqueda de resultados su página aparezca primero.

Ignorando la orwelliana creencia de que Google pueda llegar a ofrecerte el contenido que le interese por sus propios fines, esos dos de arriba son los jueces de verdad que utilizamos para deslegitimar la verdad de las personas que nos rodean tirando de móvil: masas de desconocidos —cuya opinión imagino que te importa porque son muchos y no porque sean personas queridas— o unos especialistas del SEO.

Obviamente, si alguien nació en 1984, difícilmente el resultado de búsqueda te va a decir que nació en el 87 por fastidiar. Pero, por favor, un poco de cabeza a la hora de decidir si nos compensa estar dudando constantemente de la palabra de la persona con la que nos estamos tomando algo.

Si estás en tu tiempo libre con alguien y aunque luego te informes si te deja la espinita, tal vez debería importarte un poco más su opinión que la de una montaña de datos de desconocidos en Google. Si no es así, mejor vete a casa y aprovecha el tiempo con aquello que de verdad quieres: puede que no sean personas, pero tienen las respuestas que amas más que estas.

___________________________________________

Si estás hasta las narices de que se dude de tu palabra móvil en mano, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. ¡Nunca se sabe cuándo podrías utilizarme para contradecir a la gente con la que tomes algo!