Líderes de opinión silenciada (La muerte del conocimiento personal no certificado IV)

Antes de alcanzar el definitivo, llegamos al penúltimo post sobre cómo la sociedad silencia a quien no piensa lo mismo que ella.

Hemos hablado de cómo la conectividad deslegitima la opinión original de quienes queremos. Hemos tratado cómo los pecados y limitaciones de lo académico no le dejan llegar a tratar cada pequeña idea de estos. Pasamos, por obvio, de cómo los intereses de los medios de comunicación van contra el pensamiento divergente. Y llegamos por último a este, los poderes y líderes de opinión. Aunque no la tengan.

Producto de admiración

Si bien en el pasado, era el poder, la experiencia o los éxitos quienes otorgaban a ciertas personas cierta aura de sabiduría que nos hacía creer en ellos, el mayor número de líderes de opinión de los últimos tiempos obtienen su poder del entretenimiento.

Si bien esta tendencia no es novedosa (solo hay que pensar en el mundo del corazón, el deporte y la música a lo largo en el siglo XX), el liderazgo de opinión ha experimentado una nueva explosión por la aparición del fenómeno más importante en cuanto a relaciones humanas de seguramente toda la Historia: las redes.

El entretenimiento se ha diversificado hacia la personalización y, si bien en décadas anteriores la popularidad estaba en la mano de un número de personas grande pero limitado, ahora existe una cantidad de líderes de opinión vasta e inabarcable. Más allá del público altamente generalista —poco dado a profundizar y descubrir, marcado por las principales figuras pop en sentido amplio—, una y otra gente han encumbrado a numerosas personas a partir de sus propios gustos profundos, dando paso a toda una marea de líderes de opinión de menor grado: gente con un número de likes y seguidores relevante que, unida, permiten llegar a una buena cantidad de población interesada en un tema específico.

Esto tiene ventajas para la diversidad, sin ningún tipo de duda. En primer lugar, se ha dado alas a la posibilidad de customizar el entretenimiento hasta el punto de que difícilmente dos personas adultas y amigas de nueva generación van a compartir fuentes de entretenimiento ni al cien ni al ochenta por ciento. Además, se ha bajado mucho el listón en cuanto a alcanzar cierta popularidad, permitiendo acceso a ella a personas antaño desterradas, así como se han abierto grandes oportunidades a gente o grupos antes marginados que —por poder llegar su mensaje muy lejos y por la protección que les ofrecen las pantallas en cuanto a no silenciarlas— han alcanzado poco menos que una edad dorada.

Sin embargo, si nos acercamos al bello cuadro de la diversidad en redes, es posible apreciar una serie de grietas que, sean lo suficientemente grandes o no, hacen que la obra se vea ligeramente deformada.

El ciclo de vida de la red social

Puede que muchos popus nieguen lo siguiente; me quedo con que cualquier persona con pensamiento crítico que haya vivido el crecimiento de ciertos perfiles sabe que es una verdad como un puño: cualquier red social y sus emblemas experimentan una evolución hacia el ovejismo tan dura como común a lo largo de los años.

Las redes sociales nacen, crecen y mueren de un modo muy parecido al clásico ciclo de vida de un producto en marketing:

Ciclo de vida del producto y las RRSS

  • En primer lugar, no son muchos los que entran, por las alternativas de entretenimiento: solo una serie de pioneros innovadores lo hacen. Habitualmente, se trata de gente productora de contenido, que aporta a la red y la enriquece. Por su parte, hay un cierto rechazo social por parte del público general, un “yo no me voy a hacer esa cosa, estoy muy contento con mi Facebook”.
  • Si la red no se muere, se suele producir el crecimiento y cada vez entra más y más gente. Los primeros líderes de opinión, los innovadores tempranos, habrán alcanzado ya una cierta popularidad y poder por el tiempo dentro: dispondrán de un número de seguidores aceptable, realizarán un contenido más elaborado, tendrán buen rollo con la gente que estaba y en general será una comunidad feliz. De hecho, lo que les hace destacarse entre los innovadores es que los líderes tienden a ser gente con una opinión fresca, que aporta, que le pone horas también, gente diferente y atractiva ante un público también innovador.
  • Llega entonces la adopción por parte de una mayoría. Conforme los líderes de otras entran en la nueva, van reclamando la atención. Empiezan a atraer a sus ejércitos de seguidores y a “enfrentarse” por la que acumulan aquellos que llegaron antes. He ahí cuando se produce el gran desastre para las nuevas corrientes que aporta una red social: las consecuencias del duelo, la homogeneización. Los líderes pioneros de la red se ven abocados a ser considerados viejas glorias, a llamar la atención con mensajes de odio al nuevo modelo —volviéndose unos haters—, a parecerse cada vez más al modelo popu —recibiendo las iras de sus seguidores clásicos o transformándolos— o incluso a la desaparición y búsqueda de nuevas redes. Los líderes populares llegados de las otras tratan por lo general de imponer sus tendencias, adoptando eso sí, algunos de los hábitos más populares en la nueva app. Todo un ejemplo de lo que la política de colonias y la invasión de nuevos territorios sería de ser llevada al modelo digital.
  • Lo siguiente es la madurez del producto. Ese periodo cada vez más triste en el que la app se va pareciendo cada vez más y más a lo de siempre, entran rezagados que dijeron que nunca se lo harían y no producen contenido —solo observan, no aportan—. Los primeros innovadores no populares o venidos abajo tenderán a salir de ella y “buscar nuevas tierras”, mientras los popus gobernarán de nuevo con mano de hierro con contenidos manidos y buscalikes.
  • Obviamente, la red muere con la decadencia y el adiós de grandes cuentas por irse a nuevas redes sociales, dejando atrás muy pocos usuarios que están por pura rutina, por mantenimiento de relaciones o porque la red va evolucionando hacia algo minoritario que les gusta.

Las redes y el pensamiento divergente

Las redes y la opinión van altamente vinculadas. De hecho, no ha habido nunca momento de tal difusión de la opinión como el que estas han generado. Sin embargo, ¿qué papel juega la opinión diferente en el modelo de redes?

Obviamente, la opinión original tiene su mejor momento con los pioneros. El pionero en una red social tiene la opción de dar su opinión de forma bastante más libre que una vez la red esté más avanzada. El público es pequeño con respecto a los posteriores, por supuesto, pero en general la opinión es escuchada, de media, por mayor número de gente, ya que la poca presencia de contenido evita que el resto lo ahogue y la apertura mental del innovador va a ser habitualmente mucho más elevada que la de aquellos que lleguen en etapas posteriores siguiendo como ovejas al rebaño.

Obviamente, los afortunados que pasen a ser líderes de opinión en fases posteriores van a ver su voz proyectada a muchísimos más. Por lógica, esto debería suponer grandes noticias, ya que tienes una voz innovadora llegando a grandes masas por la popularidad adquirida. La realidad, sin embargo, es más dolorosa.

Entre las causas está el que el número de líderes de opinión es muchísimo menor que el de productores de contenido, siendo el ascenso de la popularidad por innovación de pensamiento muy, muy poco frecuente. Claro que a todos se nos vienen grandes modelos de crecimiento con contenido original que han llegado a la cima; sin embargo, si lo ponemos en una balanza con los que lo producen y no llegan, o en otra con los que llegan por medios muy diferentes como el dinero o los comentarios buscalikes, el que una voz original llegue a las multitudes y se mantenga es un rara avis. De hecho, más aún si tenemos en cuenta la triste realidad: el condicionamiento del público.

Creo que todos lo hemos oído de un modo; si no, le daré forma a un lema de la realidad de las redes: al principio, uno publica lo que quiere; con el tiempo, uno publica lo que quieren. Esto se debe principalmente a dos razones.

Una es el que según se avanza en el perfil, se desnaturaliza y aparta poquito a poco de la persona para pasar a ser un ente ajeno a la verdad de la propia: llega un punto en que el instinto te invita a no poner ciertas cosas por considerarlas irrelevantes para la cuenta, siendo las más personales unas de las más típicas.

La otra gran razón es la crueldad de redes. Si bien lo políticamente incorrecto puede ser aceptado en algunas cuentas, siendo la principal fuente de aprecio para muchas, el que se haga comentarios que no vayan en línea con el discurso previo suele provocar graves daños en las cuentas, tanto en forma de rechazo por parte de los seguidores como de ataques por parte de desconocidos, competidores o la propia red.

Por ejemplo, a un perfecto ateo puede gustarle la Navidad por ser una tradición muy típica de aquí, más vinculada a lo familiar y los días de vacaciones que a un componente religioso. Sin embargo, difícilmente un ferviente defensor del ateísmo en redes colgaría una imagen disfrutando de ella, ya que lo más probable es que la crueldad de redes le atizase y desprestigiase, cuando es la nostalgia y demás valores los que le hacen sentirse a gusto en la festividad, con independencia de la religión. Es decir, el perfil ateísta de este ejemplo ocultará parte de la realidad y de la creación original de contenido por las consecuencias “injustas” que le puedan suponer, ya que para ella seguirá siendo una persona perfectamente atea a la que le gusta la Navidad, pero a su público no, que es el que importa en redes.

La antinaturalidad de lo social

En comportamientos como ese último por parte de las redes se juntan dos componentes de análisis muy querido para mí durante los últimos años: el cómo los grupos de gente desnaturalizan el comportamiento natural de los individuos y cómo la gente no perdona la pérdida de identidad.

La red social es una máquina de destrucción del pensamiento original público por combinar a la vez la alta visibilidad de la pérdida de coherencia en comportamiento con la alta presencia de haters y gente a la que salta para poder quitar prestigio a otra.

Si ya de por sí el ser humano tiene incoherencias de comportamiento, el ser humano original, directamente no es coherente. Porque es precisamente esa incoherencia la que le hace ser original.

En su conjunto, la red social es un ente que busca la coherencia de comportamiento de lo seguido (incluso en la irreverencia) y que busca reducir lo que se sale de ella, en un claro instinto de grupo. La enorme cantidad de gente que forma esa masa social hace que siempre haya alguien que vaya a atacar con un argumento de supuesta coherencia de comportamiento a lo que se salga de la norma y la propia masa no será capaz de quitarle la razón porque en el fondo, socialmente, son súbditos del poder grupal.

Y entonces… ¿qué son los grandes líderes de opinión?

Coherencia pura con su perfil. Porque la naturalidad original va contra la naturaleza de la masa grupal que los hace nacer.

Los líderes de opinión son gente que gana seguidores y atención cuanto más coherencia interna tenga su perfil. Si es un perfil de bromas, cuanto más bromas haga; si es un perfil de maquillaje pijo, cuanto más maquillaje pijo haga; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuanto más al día esté con las cosas nuevas; si es un perfil político, cuando suelte una frase manida sobre su oposición; si es una persona honesta, cuando diga lo que nosotros pensamos.

Mientras que los líderes de opinión son gente que pierde seguidores y atención cuanto más se salte la coherencia de su perfil. Si es un perfil de bromas, cuando cada cierto tiempo haga comentarios serios y sin ningún tipo de ironía; si es un perfil de maquillaje pijo, cuando se ponga a hacer maquillaje choni; si es un perfil de probar cosas nuevas, cuando se estanque en las de un patrocinador; si es un perfil político, cuando diga que el partido opuesto ha tenido mucha razón en cierto comentario; si es una persona honesta, cuando diga algo con lo que no estamos de acuerdo.

Entonces, ¿los líderes de opinión tienen una opinión confiable? Tienen una opinión coherente con lo que mucha gente espera que hagan, nunca una opinión fuera de su norma, ya que si no son nuestros líderes, no creeremos en ella, y si lo son, les atacaremos y despreciaremos por salirse del camino que la red social, su gente, su partido, sus fans, su masa, le ha marcado.

Liderazgo de opinión y el pensamiento divergente: enemigos íntimos

¿A alguien le extraña esta afirmación? Lo cierto es que es bastante obvia.

Cuando hablamos de líderes de opinión, hablamos de personas con mucha gente detrás: ¿cómo alguien puede llevar a tantos detrás con un pensamiento fuera de norma? Con un pensamiento dentro de una norma más pequeña de la que apreciamos, pero lo suficientemente grande como para aglutinar a muchos, en general, no visibilizados. Vuelve a no haber creatividad de pensamiento.

¿Significa eso que la persona no tiene pensamiento divergente? No tiene ni mucho menos por qué. En el caso de personas que llegaron a ser lo que son a partir de una innovación de pensamiento, lo más probable es que encuentres a grandes pensadoras, y con recursos. Pero a solas. El gran problema está en que en los modos que tomamos su pensamiento, estas personas están condicionadas por la visibilidad y el gran control (o Hermano) que es su público, el cual (entendido como ente plural y no como individuos) tiene como naturaleza ir en contra de que aporte pensamiento divergente.

Así pues, no esperemos la innovación pura y la naturalidad de pensamiento en quien está atado a una presión social de tal calibre. Quien es líder de muchos debe su epíteto a quienes lidera. Así que el poder nunca será de su persona, sino de la masa —fría, inhumana y correcta— que le impide la natural incoherencia.

Aquella que aparece al hablar a solas con cualquier persona querida, aunque no sea omnisciente.

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Ante todo, gracias por llegar aquí y leerme: estoy bastante satisfecho con este y me hace feliz saber que realmente he podido compartir mi opinión con alguien. Si quieres puedes compartirlo, darle Me gusta y demás familia. Como de líder de opinión no llego ni a la ele, falta que le hace para que no se pierda en el olvido.

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Tras la máscara de la bibliografía (La muerte del conocimiento personal no certificado III)

Quiero llegar al capítulo final, a La mordaza a lo divergente. De hecho, con esos “tres palitos” después de “certificado” iba a poner fin a la saga de post sobre cómo se está limitando la opinión no reflejada en una pantalla. Sin embargo, parece que —con este— dos escalones más han de llegar para poder dar un final útil, digerible y conciso.

Cuatro grandes fantasmas se ciernen sobre que se acepte la opinión de alguien. El primero es la facilidad de uso del buscador. El segundo, los medios de comunicación; todo un estandarte en lo de que la gente crea ciegamente lo que organizaciones con determinados intereses propios dicen y que ni tocaré por creer que el tema ha sido bastante tratado en otros posts y vida en general como para que todos sepamos de sobra que la objetividad no vive bien en las redacciones de televisión, prensa o radio. El interesante cuarto y futuro “palito uve”, los líderes y poderes de opinión. Hoy le llega el turno al conocimiento académico.

El saber de quien trabaja el saber

Tras milenios de titularidad por parte de los ancianos o las grandes bibliotecas, ¿a quiénes se le ha dado la etiqueta de guardianes del conocimiento y la sabiduría en los dos últimos siglos? Principalmente, a las universidades.

Si bien con la crisis económica ha perdido algo de idolatría con respecto a que “es lo que cualquiera que quiera éxito vital tiene que hacer”, se trata de un modelo que reúne (o reunía) el conocimiento mediante la acumulación de expertos de varias temáticas que forman (o formaban) a otros para que algunos lleguen (o llegasen) también a ser expertos.

Sin embargo, y aunque lo tomamos como algo de lo más normal, es bastante preocupante que muchísimos alumnos no tienen la sensación de salir bien formados de su etapa universitaria. De hecho, tantos o más tienen la sensación de no haber sido formados por expertos una vez esta se acaba.

Ya de por sí esto es bastante preocupante. Sin embargo, hay otras realidades más relacionadas con nuestro tema dentro. Como la producción de supuesto conocimiento.

TFM: trabajos sin fin de mejorar

Si bien antiguamente los estudios universitarios eran catedraciales ¿que no existe? ¿Catedráticos? Pero eso es el que habla, no el adjetivo. ¿Catedralicios? ¡Eso es relativo a las catedrales, no a la cátedra! ¡FUNDEU AYÚDAMEEEE!, el principal cambio en las últimas décadas se llevó ampliando las horas de práctica, la interacción con el profesor y la frecuencia de los trabajos. Los más carismáticos de estos últimos son, sin duda, los de fin de proyecto (grado, máster, etcétera): trabajos de enormes dimensiones que, a priori, deberían ser el reflejo de lo aprendido con los años. Ja.

La realidad es que, habitualmente, los trabajos de fin de proyecto son documentos de aparente investigación sobre un tema o situación específicos que, como es obvio:

– No tocan ni un cuarto de las temáticas recibidas como asignaturas.

– No buscan explotar en absoluto las virtudes adquiridas por el alumno, en base a coartar el trabajo introduciéndolo bajo unos moldes cuanto más estrechos mejor.

Moldes capitaneados por uno de los grandes términos de lo académico en la actualidad.

La bibliografía: sendero de confort

Si hay un principio claro que cualquier estudiante debe seguir de cara a un trabajo final de proyecto es que es un perfecto ignorante (como yo, cuña publicitaria sea).

El documento va a aportar solo dos pruebas de que quien hay detrás no es un robot durante decenas de páginas: la elección e interrelación de los contenidos y una hojita de conclusiones. El resto, son solo repeticiones de lo que otra gente ha dicho o descubierto, siendo en verdad el trabajo una especie de alabanza a lo que otros han escrito.

Además, el alumnado suele contar con un tutor normalmente especialista que se encarga de que no se salga del camino hacia el descubrimiento: que le indica a que se centre en lo específico elegido y, sobre todo, a que utilice muchas referencias —pudiendo ser de publicaciones académicas y no de webs—, que ofrezcan largas páginas de bibliografía al final del documento.

La demostración del conocimiento del alumno, su aportación a la perpetuación de lo académico, será pues una página de conclusiones que no solo no tienen por qué ser originales o útiles para ser valoradas, sino que de hecho tendrán en la originalidad un cierto riesgo. Página que, por supuesto, desaparecerá en el olvido en más del 90 por ciento de los casos apenas tiempo después, no siendo utilizada nunca en la práctica totalidad de ocasiones y sorprendiéndome a mí que el alumno llegase a enterarse en el caso de que alguien lo haga.

Pero entonces… ¿quién gana con este tipo de trabajos? ¡Pues quién va a ganar!

El elitismo académico

Disculpad que no tenga datos —aunque a final de post tampoco creo que os extrañe que no los tenga—, pero me atrevo a asegurar que de coger una bibliografía cualquiera de un trabajo de fin de proyecto, más del cincuenta por ciento de publicaciones referenciadas en la bibliografía pertenecerían a miembros del propio gremio universitario. De hecho, me atrevería a decir que ni un cinco por ciento pertenecería a publicaciones universitarias por debajo de la revista especializada o la tesis doctoral.

¿Tiene sentido útil? Sin duda: se presume que quienes hacen esos tipos de publicaciones son los verdaderos expertos y merecen atención. Pero si algo está claro es que los trabajos a nivel fin de proyecto nunca van a tirar con éxito por senderos fuera de lo ya tratado por el gremio.

—¿Y qué problema tiene esto? ¡Se supone que es lo más fundamentado, lo que más útil hace un trabajo.

—Ya, pero resulta que arriba hemos visto que los trabajos de fin de proyecto de los alumnos de a pie, en general, no se aprovechan. ¿Por qué entonces no les permitimos abrir áreas? ¿Por qué no les dejamos recopilar información sobre temas no ampliamente tratados por la comunidad universitaria y les dejamos avanzar por las consideraciones medias que encuentren para alcanzar conclusiones que van a ser igualmente poco utilizadas y de tan aparentemente poca validez práctica como las que se consiguen normalmente?

—Porque estaríamos formando seudoexpertos en temas en los que no hay apenas expertos.

—¿Y por qué no son expertos de verdad?

—Porque no tendrían rigor, no, valor académico, ya que no son académicos: son alumnos, aprendices de una materia. La opinión que tiene valor es la de quienes sí son académicos, quienes se forman con una tesis, los doctores, los profesores.

—Pero… ¿y qué hay de los expertos que dan clase? ¿Y los doctores honoris causa y estas cosas? No han hecho una tesis, ¿cómo están ahí?

Está claro que al defensor no le gusta que estén ahí, pero hay que decir lo que hay que decir:

—Bueno, porque han aportado cosas nuevas y relevantes. Porque su experiencia es importante en el sector. Porque han dado innovaciones. Porque han sido referentes.

—Ah, pero resulta que a quienes buscan hacer cosas nuevas les estás diciendo que el tema no está trabajado y no pueden meterse por ahí. A quienes quieren innovar en las temáticas, que no hay suficiente material académico. A quienes están verdaderamente interesados en crecer más en lo universitario les estás obligando a cernirse a las temáticas de tesis que gente con más poder ha fijado. ¿Y qué proyectos ha fijado la gente con poder? ¿Ha fijado proyectos suficientes como para satisfacer las curiosidades de cada uno de los alumnos interesados en crecer? ¿Ha fijado proyectos específicos del conocimiento particular que quiere el alumno explotar? No: ha fijado unos muy pocos proyectos superespecíficos sobre un tema no tratado y de relevancia no mayor a la que esos alumnos quisiesen tratar o proyectos que buscan satisfacer un interés común de muchos.

¿Y a qué nos lleva esto?

En primer lugar, a la realidad de que al ámbito académico le incomoda la generación de conocimiento no nacida del propio seno universitario o formativo, bien sea por el desprestigio que parece suponerles que gente que no se va a dedicar a ello aporte, bien porque el tratar en trabajos como los de fin de proyecto temas que ellos han tratado les infla más la popularidad de su trabajo y su aceptación dentro del propio ámbito universitario.

Y en segundo y más relevante para nuestra temática de la opinión silenciada, a que el pensamiento divergente —una opinión distinta formada a lo largo de los años a partir de la experiencia y la investigación y crecimiento individuales y privados que puede tener una persona— va a ser en muchos casos muy difícil de justificar con una bibliografía o un artículo académico. Ya no digamos en comparación con lo que puede costar encontrar uno sobre sus partes no relacionadas y de posible diferente comportamiento en solitario.

“Valideces”

Obviamente, lo académico va a tener toda la validez que se le quiera dar con merecimiento por todas las horas de trabajo que lleva consigo y, sin duda y en cuanto a opinión se refiere, el área científica tiene un seguro de vida que, entre tanta crítica, me gustaría ensalzar: habrá quien no tenga principios, pero creo que una enorme parte del conocimiento científico y experimental consigue unos grados de adecuación a la realidad altísimos e intachables que no merecen ser puestos en duda por opinadores ajenos como yo.

Por otro lado, difícilmente las publicaciones en cierto tipo de temas del ámbito social y humanístico, comportamiento humano y demás tendrán una precisión tan sólida en temas tan específicos como puedan ser los que en una conversación profunda llegan a aparecer, ya que los casos en los que se llega a tener un grado de divergencia entre dos personas tan grande son tan específicos (entorno, cultura, situación particular…) que lo más probable es que nunca se haya hecho un estudio con una precisión tan ajustada a ellos, siendo testados los relacionados —en muchos casos— en condiciones distintas a las que nos referimos en ese momento, más si cabe con el precoz avance de la sociedad y la incapacidad de realizar estudios sin demasiado sesgo cada tan cortos plazos por razones de falta de medios, presupuesto e interés.

Así pues (e insisto, fuera de lo científicamente demostrado), habría que pensar si compensa negarse a escuchar a alguien que piensa algo superespecífico que domina más que nosotros solo porque tenemos la posibilidad del “Lo ha dicho tal experto” o “tal estudio de la Universidad de Masaalcuadrado”.

La persona enfrente puede equivocarse, lo que dice puede no ser la verdad en una utopía de perfecta sabiduría y verdades absolutas en cuanto a opinión. Pero si estamos compartiendo tiempo y conversación con él, tiene todo el derecho a que su opinión tenga la validez de la nuestra sin tener que tirar de un universitario estudio social en condiciones distintas a las que estamos tratando. Si tanta importancia por encima de su opinión le damos, comprobémoslo en casa. No será por tiempo a solas con nuestros smartphones.

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Supongo que ya sabes lo que voy a decir: si te ha gustado, emegea, sigue, comparte y esas cosas. No tengo valor académico como para aparecer en un TFM, pero algo de qué hablar fijo que consigo.

Por quien hacemos callar a quien queremos (La muerte del conocimiento personal no certificado II)

En la primera parte, Injustificado, tocamos el tema de cómo la credibilidad antes intocable, la de las personas queridas, se está viendo apaleada por la precoz introducción de la información móvil y la creencia de la omnisciencia e imparcialidad de internet a la hora de dar la razón o quitársela a la persona con la que se charla.

Hoy vamos a profundizar más en los dilemas que está suponiendo la falta de control de este implacable juez disfrazado de herramienta de apoyo.

Memorias del ceño fruncido

Recordemos el supuesto bien conocido. Charlas con un amigo, pareja, familiar, persona allegada y/o querida en general y le cuentas algo que has visto o conoces. La otra persona frunce el ceño (siempre fruncen el ceño), tira de móvil y te dice que eso no es verdad a partir del primer o segundo resultado que le aparece en Google a partir de un par de palabras clave. En la mayor parte de casos aceptarás la información—te habrás equivocado, a saber—, pero habrá en otros que no porque, narices, has visto cómo si le echas agua al fuego lo apagas, por mucho que diga internet. Y la otra persona, si te pones ciertamente irritado o incluso amenazante, tal vez te dé la razón con el ceño fruncido que indica que como a los tontos, porque lo que tiene en su mano es verdad con mayúscula.

Pero… ¿quién narices hace que eso sea verdad en mayúsculas?

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Verdades del juez plural

El funcionamiento básico de un buscador es conocido por casi cualquier usuario: introduces las palabras que consideras y busca el resultado más relevante para esas palabras.

“¿Relevante por qué?”, claro. Eso ya es más complicado.

Como todos sabemos, los parámetros de configuración de búsqueda de Google y similares, están sometidos a una serie de variaciones según nuestro historial y preferencia definidas de un modo u otro, pero —más allá de ello— la variable que siempre ha resultado más importante ha sido el posicionamiento del término buscado, bien sea pagando (SEM) o, sobre todo, por propia adecuación del contenido a lo que el famoso algoritmo de Google busca (SEO).

Al algoritmo, si tratamos de compactar en un término sus partes (como las referencias en otras páginas, la calidad del contenido, accesibilidad y demás), lo que más le importa para que aparezca un contenido es la aceptación del público de ese material. Viene a sumar la parte más “subjetiva” —que la gente lo comparta o lo mencione en otros lados, que esté enlazado— con la fácilmente medible para un motor así: el que el contenido sea original (no esté repetido por ahí adelante), la web entre en los códigos típicos de accesibilidad, sea responsive, etcétera. Además de (por supuesto) que las palabras que buscas y clave estén en ese contenido.

Pero vamos, que —en definitiva— el no tonto buscador va a intentar que salga el contenido más potencialmente aceptado por el que lo busca para que la satisfacción que dé le haga repetir. Y la maximización de esa aceptación en búsquedas de términos aleatorios que pueden surgir en una conversación casual con una persona cercana sobre algo que el que busca no domina del todo (por eso tiene que buscarlo) se realiza ofreciendo en primer lugar resultados que sean capaces de satisfacer a una gran cantidad de población que busque eso. Es decir, contenidos que basan su credibilidad no en su veracidad, sino en la cantidad de gente que los ve, puede ver o comparte. Gente que, en la práctica totalidad de casos, no podrían ser productores de esa información, sino que son simples espectadores de ella, simples consumidores de ella, simples aceptadores de ella, como quien está buscándola. Ese que, recordemos, busca porque no sabe la respuesta a lo que está buscando.

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Por quien hacemos callar a quien queremos

¿Es entonces veraz el contenido que se está ofreciendo? O mejor dicho: ¿es veraz el contenido que se está usando para deslegitimar la palabra de la persona allegada? Pues dependerá del productor del contenido, no del resultado en Google.

Porque a la posición y relevancia del resultado que lees lo que le da la legitimidad y posición en la búsqueda son dos cosas:

A: la gente que comparte, visita o enlaza el contenido indicado por el resultado.

O B: un responsable de SEO eficiente. Uno que sepa o acierte cómo configurar su web y contenidos para que ante esa búsqueda de resultados su página aparezca primero.

Ignorando la orwelliana creencia de que Google pueda llegar a ofrecerte el contenido que le interese por sus propios fines, esos dos de arriba son los jueces de verdad que utilizamos para deslegitimar la verdad de las personas que nos rodean tirando de móvil: masas de desconocidos —cuya opinión imagino que te importa porque son muchos y no porque sean personas queridas— o unos especialistas del SEO.

Obviamente, si alguien nació en 1984, difícilmente el resultado de búsqueda te va a decir que nació en el 87 por fastidiar. Pero, por favor, un poco de cabeza a la hora de decidir si nos compensa estar dudando constantemente de la palabra de la persona con la que nos estamos tomando algo.

Si estás en tu tiempo libre con alguien y aunque luego te informes si te deja la espinita, tal vez debería importarte un poco más su opinión que la de una montaña de datos de desconocidos en Google. Si no es así, mejor vete a casa y aprovecha el tiempo con aquello que de verdad quieres: puede que no sean personas, pero tienen las respuestas que amas más que estas.

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Si estás hasta las narices de que se dude de tu palabra móvil en mano, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. ¡Nunca se sabe cuándo podrías utilizarme para contradecir a la gente con la que tomes algo!

Injustificado (La muerte del conocimiento personal no certificado I)

¿Cuánto hace que no publico? ¿Un año, tal vez? En cierto modo, me molesta. Me pica en la parte de detrás de la cabeza: que soy bueno, que no desaproveche. En cierto modo, tuve toda la razón del mundo y ninguna: no las hay para hacerlo.

Este post me viene muy bien para exponer porqués y al mismo tiempo tratar un tema que me daña tanto como me lleva apasionando durante todo este año de vacío: la muerte del conocimiento personal no certificado. Creo que me dará para varios.

Recuerdos del ignorante

En Ignorante  —uno de los últimos antes de la sequía de publicación, que no de pensamiento—, ya empezaba a notar cómo cierta hemorragia me iba a acabar por dejar bastante silente y amordazado. En él defendía mi libertad para equivocarme en mis opiniones, aunque en el fondo —no de forma tan transparente— también hablaba de cómo sentía que dijese lo que dijese era cuestionado, obviándome cualquier tipo de conocimiento. Una herida bastante sangrante en mis últimos tiempos.

Lo hablaba recientemente con un amigo: tengo y tenemos la sensación o realidad de que el papel del amigo que aporta opinión a tener en cuenta fuera de lo personal está pasando a la extinción. Porque para poder dar a día de hoy un razonamiento que se tenga en cuenta sobre algo no personal —sin tirar de discurso buscalikes, diplomacia, autoritarismo y demás daños— necesitas poco menos que un certificado.

La justificación sin justificación

La tecnología móvil y la conectividad son un auténtico regalo para el conocimiento. La capacidad de estar conectados a una fuente de datos de tal calibre como internet en la palma de la mano en cualquier momento del día nos vuelve poco menos que androides plenos de información. A priori, esto es un don, no algo negativo. Sin embargo, como con tantas otras cosas, la precocidad de su implantación está dejando víctimas a nivel pensamiento que uno duda que deban serlo. Y si no, contemplemos esta anécdota no basada en un hecho real pero que seguramente todos hayamos vivido en algún momento.

Estás hablando con alguien y, ante un comentario suyo, aportas algo que conoces del tema. Tu acompañante te dice «¿Sí?» con el ceño fruncido y tú «Sí, lo vi el otro día», no sabiendo muy bien qué día lo viste, pero sabiendo que lo has visto. La otra persona saca el móvil y se pone a escribir. «Pues aquí no pone nada». Y tú, que sabes que es así, le dices que bueno, que no lo pondrá, pero que así es, a lo que el otro asiente con la boca cerrada con firmeza y el entrecejo todavía arrugado. No hace falta ser muy empático para percibir que no te cree.

¿De veras es necesario tener que entregar una bibliografía con sus correspondientes enlaces de interés cada vez que uno aporta una información a alguien? Por momentos, parece que la nueva era lo presupone. Pero entonces…

La credibilidad que la red robó a la confianza

Cuando uno piensa en valores (no en valores de currículum, ni valores de principios), hay varios que siempre saltan a la palestra: amistad, amor, fraternidad, familia, equipo… Unidos a cada uno de estos van la escucha y la credibilidad.

¿A quién le hacemos caso desde siempre? A los amigos. A las parejas. A la familia. A nuestros padres. A la gente que queremos, vamos. ¿Y por qué? Porque tiene nuestra credibilidad.

Obviamente, la credibilidad clásica temblaba cuando de un tema nosotros teníamos más conocimientos: si un amigo que siempre restaba dos puntos en los exámenes por no acentuar nos venía diciendo que patata llevaba acento en la segunda a, podíamos no llegar a creerle o contradecirlo, pero era más bien residual, porque en general la gente teníamos mucho respeto a la opinión de nuestros allegados o personas de confianza. Podíamos creer que se equivocaban, pero en ningún caso dudábamos de que la credibilidad de lo que nos decían, de que lo decían creyéndolo.

La nueva realidad es un puñal para este modelo.

Aun creyendo que se estabilizará en algún momento y que es la precocidad de la adopción de la nueva conectividad lo que ha derivado en esta situación, lo que estamos viendo a día de hoy se enmarca en dos o tres términos de lo más impactantes para lo que vinimos viviendo durante toda la existencia humana: hay incredulidad ante la palabra de quien apreciamos, hay desconfianza ante lo que cree el compañero y hay una soberbia y sentimiento de egolatría y de “yo lo sé todo con esto que tengo en la mano” cada vez más extendidos y dolorosos.

Porque hacen que quienes creemos tener cosas que aportar propias, originales y formadas por nuestra experiencia nos veamos coartados por el tener que justificarlas con un medio ajeno, cuando durante siempre hemos tenido nuestra palabra y nuestros méritos como justificante válido.

Y el problema no está solo en que nuestros más o menos allegados se crean con derecho a desconfiar de nosotros en nuestra cara o se escuden en la supuesta imparcialidad de internet (qué gracia) para dudar de lo que les estamos contando. El problema gordo está en que:

A: el dato que se saca en primer término de una web es el de una persona desconocida legitimada por quién sabe cuántos desconocidos que, parece ser, solo con ser muchos tienen razón.

Y B: a ti se te quitan las ganas de aportar. Porque cuando tú no pones en duda la verdad personal en la palabra de quien te rodea, tampoco tienes por qué aguantar que quienes están a tu alrededor lo hagan de la tuya, cuando si les estás aportando es precisamente para que podáis aprender del otro y crecer juntos.

Y no, no digo que tengas por qué creerle. Digo que no tienes por qué dudar de que esa persona sí lo cree.

Injustificado

Con esto pongo punto y final a la primera parte de esta serie: básicamente, una breve exposición del seguramente gran motivo para no publicar este tiempo.

No pido que se me escuche, ni exijo que se me crea. Es tan solo que me da asco sentir que por no tener el respaldo de unas masas ovejiles y poco menos que sectarias detrás no merezco credibilidad. Si no la tengo, ¿para qué pierdes el tiempo escuchándome?

Espero poder ofrecer pronto una mayor explicación de cómo el nuevo perfil conectado desarticula el poder del pensamiento diferente al ovejil, acabando por hacer que no publiquemos nada nuevo en años, así como la naturaleza de esa verdad web que aceptamos como principio absoluto.

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Si te ha gustado y tal, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. Piensa que podrías tener que usarme como contradicción a lo que alguien está diciendo mientras charláis 😉

Motivos de una ausencia

Hace meses que no cuelgo nada. Supongo que hay motivos para ello más allá de la supuesta dejadez que por momentos me ha acompañado en el pasado: no creo que este sea el caso. Aun así, adelanto disculpas a aquellos que confiaron en mi pronto regreso, sometidos a la correspondiente decepción. A veces, uno necesita desconectar hasta de sí mismo.

Ese seguramente sea el primer motivo. Mi nueva aventura lejos del escritorio que hoy reencuentro con nostalgia me ha hecho querer verme un poco lejos de ese pasado de rutina solitaria que llevé durante meses y años. Puede parecer que un post se produce en media horita, poco más, pero la realidad es que su construcción —cuando quieres algo completo y de cierta incidencia—suma vida que, por momentos, no he visto compensada. Ya no por parte de quienes leéis mis publicaciones, con los que todas gracias son pocas, sino más allá, no sé cuánto.

Siendo una persona de poco interés por el hacerme notar socialmente, más allá de lo que obligue un camino hacia el cumplir algunos de mis sueños, no me es fácil ser constante en la escritura hacia el vacío del espacio de internet: si cada post me permitiese una tarde de café, paseo o juego con cada lector, me pensaría el dedicarme a ello a tiempo completo; lo que encuentro en cada publicación suele ser un mensaje en una botella lanzada a un mar que, siento, acaba en una montaña enorme de botellas varadas sin nada en su interior. Es en esas ocasiones cuando a uno le cuesta seguir haciendo sangrar el dedo por tener la tinta agotada ya tiempo atrás.

Tengo la esperanza de volver pronto. A ver si, poco a poco, consigo trasladar de nuevo el ánimo que inunda mi vida a estos lugares. Pero antes quiero pedir disculpas a esa gente que confía en mí y me da fuerzas para seguir adelante sin necesidad de decir nada, solo con su simple presencia casi fantasma: por mucho que esté o no esté, mi agradecimiento a cada apoyo es inabarcable con los brazos o un pabellón de baloncesto.

Espero veros pronto. Espero ser persona además de recuerdo.

A mi pen

pen drive osgonso

Tiene gracia que uno de los términos para denominar a uno de mis objetos más importantes sea el de «memoria portátil». Más que nada porque yo no tengo memoria ni para recordar cómo llegó a mí.

Sé que fue un regalo. Al menos, si se puede considerar regalo a la entrega de un producto promocional. De no tener en el lateral el símbolo de aquel máster ya olvidado, tal vez ni podría recordar de dónde vino. Pero, en fin: tampoco recuerdo de dónde vinieron más de la mitad de mis amigos.

Y es que este amigo es un amigo íntimo.

Por haberme acompañado durante más de un lustro que para mí es siglo. Por llevar de él no solo todos esos relatos que de mí son legado, sino mis sueños, mis recuerdos, quién fui y quién quise ser.

Este pen es mi amigo por ser testigo de mi mundo, mis ambiciones, mis éxitos y fracasos más simples y profundos.

Y sí, puede que lo que él lleve dentro sea guardado a buen cobijo cada cierto tiempo. Sí, puede que no sea más que un USB de plástico que cualquier día me dirá adiós en un mar de «No se reconoce el dispositivo».

Sin embargo, los amigos a veces también dejan de reconocerte. Como tú a tus relatos, a tus pasados, a tus sueños, y no por ello su recuerdo pierde todos aquellos matices, todas aquellas sonrisas, todas aquellas verdades y todos aquellos olvidos.

Aquellos que un día fueron vida.

Aquellos que, un día, fueron memoria.

Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.