Cicatrices de la falta de tiempo

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Con el nuevo trabajo, apenas escribo y eso duele. Supongo que son cicatrices de la falta de tiempo.

Trabajar es bonito, que no me jodan. Comprendo que partirse la espalda como en algunos casos no es lo más agradable, pero —cuando te dedicas a lo que te gusta— cotizar está bastante mejor que pasar horas muertas sintiéndote un desperdicio, pensando qué será de ti el día que el dinero o los padres digan adiós. Sin embargo, es cierto que salir de casa temprano y llegar a final de tarde hace que el ahora poco tiempo que dedicabas a hacer esas cosas que te realizaban y ya no tienes te duela y corte y haga entender por qué en los trabajos te pagan.

Con 8-10 horas menos de día, tu tiempo sí vale dinero.

Y es cierto que las noches pueden ser aprovechadas, y los finales de tarde y eso. Lo que pasa es que, cuando llegas, estás sangrando.

Yo me paso mis 8 horas de jornada sentado ante el ordenador, y sí, me gusta y sé que mucha juventud y no tanto se las pasaría por su propia iniciativa. Porque en él tiene gran parte de su vida y Twitter y causa de engordamiento de trasero. Pero yo ya estoy mayor con veintipico, y me canso. Al salir, con ojos de daño, me apetece dar un paseo. Y ver gente. Y mirar con la picardía de siempre a chicas que ya no me miran con la picardía de antaño porque ahora soy un hombre, no un chico con el que el otro día cruzaban miradas de picardía. Ahí cuando aún no había encontrado un trabajo y no me había hecho mayor para ellas. Ahí cuando no tenía la cara y el cuerpo llenos de marcas.

Oh, cicatrices de la falta de tiempo.

Esas que a cambio de verlas te permiten elegir si gastar o no, y a las que respondes pensando en momentos en que las olvides y puedas seguir sin ellas. Unos les llaman vacaciones; otros, findes; algunos, paro. Ya paro: sabéis de qué hablo y no quiero hablar pues duele escucharlo.

Esa triste ausencia de cicatrices. Triste ausencia de horas que apuntas en un papel y prefieres no contar por verlas traducidas en novelas que podrías haber escrito y no has escrito porque sin cicatrices eras imbécil y solo los cortes te recuerdan que eran tuyas.

Oh, cicatrices. Oh, cicatrices.

Excusas baratas que en tu alma chillan que serías mejor sin tenerlas, aun cuando sabes que teniéndolas eres mejor, solo que no puedes serlo, por tenerlas.

Cicatrices.

Ojalá algún día se vayan; no sé si eso es un buen deseo. Tal vez olvidaría que una vez estuvieron y, una vez más, sería peor de lo que fui una vez las tuve. Que es hoy, que lo haría todo ayer. Ayer que pude hacerlo, quise hacerlo y no lo hice por no querer. ¿Qué le quieres? Qué miseria.

Una vez más, las veo en mis brazos al teclado de casa y pienso en si volveré a poder escribir en él la ficción que una vez pude crear y dejé a medias por las teclas del de la oficina. Miro las costuras de mi vientre con los indicios de una curvita de la felicidad que no lo es y pienso si podré tener tiempo libre para evitarla. Miro los cortes de mi cara hechos ojeras y pienso en si volverán a aclararse por más cielos soleados que el del fondo de mi escritorio de Windows.

Sé que algún día volveré a ser libre de crear con libertad, preso del desempleo y la impotencia de sentirme un desperdicio en casa, pensando qué será de mí el día que el dinero o mis padres digan adiós. No quiero que llegue, quiero trabajar; quiero que llegue, quiero crear. Quiero que el tiempo vuelva, pero seguir trabajando; que los cortes se vayan, pero me queden las ganas; tiempo eterno, ¡mil tambores de trabajo al compás de mundos nuevos creados tras salir a la calle y sonreír a chicas que vuelvan a sonreír!

Sueño.

Sueño.

Sigo soñando con ello.

Pero, un día más, el despertador sonará antes de las ocho y volveré a montarme en el coche para verlas en el reflejo del retrovisor que he regulado para poder hacerlo.

Las cicatrices de la falta del tiempo que tiré cuando lo creía eterno.

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Más vale nada

Más vale.

Prevenir que curar. Pájaro en mano que ciento volando. Una imagen que mil palabras.

Vale.

Más.

Loco que necio. Tuerto que ciego. Cabeza de ratón que cola de león.

Si el refranero lo dice…

Más vale pobre hombre que hombre pobre. Vieja sola que mil mozas. Ser un mal realizador que un magnífico ideador.

No sé yo… No: prefiero ser pobre que un pobre hombre; mil jóvenes que una anciana; tener ideas grandes que ser un pobre amargado.

Supongo a veces más vale ir contra corriente que dejarse llevar por mareas de aprobación popular. Estar solo que mal acompañado. Perder que fracasar.

Más vale.

Y puede ser que para algunos, lo haga más poco que nada, un hoy que diez mañanas o el que hablen mal que el que no hablen, pero ¿qué queréis que os diga?

No pienso daros post de mierda no teniendo tiempo para currármelos. No pienso rebozaros de tonterías vacuas por poner uno cada siete días justos. No pienso haceros eso.

Porque más vale poco bueno que mucho malo.

Que lo bueno llegue tarde, que el que nunca llegue.

Y nada.

A esos que leéis esto, os invito a que no dejéis que nadie os robe tiempo con basura hecha letras. Hay mucho donde elegir: si no sonreís o crecéis con ello, no desangréis vuestra vida cortándoos con contenidos sin sangre.

Y, por favor, compañeros creadores a los que vuestro trabajo se os reconoce: no publiquéis cuchillas para quienes os siguen. No habrá refrán para esto, pero ni ellos, ni vosotros, ni nadie merece la mediocridad.

Más vale nada.

El V concurso de relato de Sttorybox y el humano ante la falta de ética

Tras el portentoso éxito de público del IV concurso de Sttorybox, la red social para escritores aficionados regalaba a sus usuarios y su propia página la oportunidad de un nuevo espectáculo literario popular con un V certamen lanzado en los albores de la Navidad, prometiendo —gracias al tiempo libre típico de las épocas festivas— la más encarnizada lucha de talentos aficionados en la historia de su web, aun con las ausencias de estrellas como Malori, mariarodar o Tritio.

Hoy, ofrecemos un primer epílogo a 21 días en un concurso de voto público con el resumen de las fases eliminatorias de este espectacular quinto concurso de Sttorybox, así como una escalofriante reflexión final sobre su extrapolación al comportamiento humano general ante la falta de ética.

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Las nuevas bases

Tras la extravagante victoria de un La factoría desconocido para la mayor parte del público y con claros errores gramaticales desde la primera línea, la nueva edición arrancaba con un claro compromiso por parte de la administración por hacer que los errores pasados se subsanasen, refrendado en unas nuevas bases centradas en acabar con el principal problema del anterior concurso: el voto falso.

Spam en comentarios, uso de cuentas clones, creación de relatos de autopromoción y demás familia habían conseguido aupar a los primeros puestos del ránking relatos infumables que —una vez fueron puestos en vereda con la llegada del unicornio— ya tenían suficientes votos como para mantenerse salvados durante las cuatro fases del concurso.

La joven administración de Sttorybox demostró una voluntad de limpieza mayúscula, innecesaria para sus intereses personales, dejando patente una atención por sus usuarios que —en mi opinión— en ningún momento se ha valorado como se merece. Todos los anteriores supuestos fueron prohibidos bajo pena de baneo de cuenta (medida que, eso sí, no se ha aplicado hasta ese extremo cuando tal vez debería), llevándose a cabo una política de investigación de las cuentas denunciadas en la que la constatación de alguno de estos hechos suponía la pérdida de los MG falsos.

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Además, las numerosas quejas por la preselección final de la anterior fueron escuchadas. Tras pasar de unos 200 a 25, algunos de los relatos estrella quedaron fuera, mientras extraños finalistas de talento dudoso aparecieron en el listado, generando indignación en el colectivo de participantes. Ante esto, se eliminó el acceso a la siguiente ronda por porcentaje a solo los 50 relatos más votados por el público, lo cual permitiría una elección de finalistas más minuciosa, trabajada y justa.

Por último, los votos no serían acumulativos, solo contando los de la última caja en cada una de las ahora cuatro rondas, en para mí la mejor medida para asegurar el que el trabajo en el concurso fuese estable a lo largo de sus dos meses.

Con todo ello, el concurso experimentaba una sustancial mejora de condiciones para el participante, la ya citada demostración del trabajo de la gente de SB por mejorar más y más sus prestaciones y su capacidad para escuchar las propuestas de mejora.

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Miriam, principal cara visible de Sttorybox, sobre su unicornio

El récord y las tres primeras rondas

Como ya he comentado, la Navidad hacía prever una importante subida en el nivel de participación del concurso, aun cuando en anteriores ediciones este había ido aumentando casi exponencialmente.

Lo de esta fue abismal.

A cierre de primera ronda o periodo de inscripción y pese a que en este caso solo se podía poner un texto por participante, más de 3000 relatos tomaban parte en el juego, aumentando a un ritmo galopante y generando, por el modelo de concurso, una desaparición de participantes en un mar de rivales. En otras palabras, una vez el relato entraba a concurso, o interactuaba o desaparecía bajo el peso del resto de concursantes sin ser leído más que por una o dos personas. Esto fomentó muchísimo la citada interacción entre concursantes, así como la lectura de otros relatos al haberse vetado el comentario fácil (“Me encanta” “Qué guay” “Maravilloso”).

Esta primera fase fue seguramente la más caótica y divertida de la historia del concurso (con permiso de la ronda final), dando un verdadero espectáculo.

La segunda ronda fue recibida con la sorpresa de que los MG no fuesen acumulativos. Muchos habían querido guardarse un buen colchón de corazoncitos para luego tumbarse a la bartola, pero esta vez no iba a funcionar. Tanto esta como la tercera pasaron sin mayores contratiempos ni sorpresas, con apenas una o dos caídas renombradas por episodio, así como algún inesperado abandono.

La principal novedad de formato de esta edición fue tener que elegir inicio entre ganadores de miniconcurso previo

La ronda final

Ya con la caída a 125, se había visto alguna minipráctica deshonesta en aras de superar la ronda. Tal vez por ello, la cuarta ronda prometía un espectáculo inético de dimensiones bíblicas, que narro en este caso sobre mi propio ejemplo como participante de relato con capacidad objetiva de final y sin peticiones de MG fuera de la página.

En un primer momento, traté de seguir con mi limpia política: leerme lo de los demás, dar corazoncitos y comentar a los que me guste. Con lentitud asombrosa, tardé en torno a un día en caer en la cuenta de que: A. Leerse cuatro cajas seguidas cuando la gente no sabe medir tamaño lleva un laaaargo rato; y B. al contrario que antaño, por mucho que me matase a leer y comentar, los esfuerzos y MG no volvían de vuelta.

Ahí me di cuenta de que —pese a haber estado todo el concurso por encima del 40— no iba a pasar a la final de los 50 primeros: dado que prácticamente nadie se leía enteros los relatos, la principal ventaja de los de calidad se venía abajo, imponiéndose la de los llamados “populares”, la de aquellos que tienen recursos para movilizar gente y hacerles dar Me Gusta a los relatos por amistad y no por calidad.

Ese momento es duro para alguien competitivo y que ha trabajado bien los dos meses: los pensamientos oscuros te llegan a la cabeza. “Haz trampa, qué más da”, escuchas en tu mente. De hecho, gente ahora en la final me invitaba sutilmente en comentarios a hacerlas. Sin embargo, el “milagro” ocurrió y, a base de defender el jugar limpiamente, surgió una suerte de colectivo interno en favor de ayudar a los pazguatos incapaces de subir puestos por no tener cara para pedirle a amigos antiliteratura que te voten en un concurso literario.

Así pues, gente como monjedelapaz remontó una barbaridad pese a estar condenada, y pese a que yo me esforzaba porque los votos me llegasen por mi esfuerzo y método limpio (salvo los dos que tenía claro que iba a pedir a dos de mis mejores amigos en caso de verme mal), los únicos que recibía venían de estas almas caritativas, que llegaron a auparme por encima de la línea de corte, donde me correspondía entrar, pero de forma injusta para otros en mi situación que, mereciéndolo tanto como yo, esperaban la muerte muy lejos de la frontera de los 50.

El caso es que tanto daba: en cuanto mi relato pisaba campos de salvación, los que caían por debajo de ella recibían de pronto 10 MG salidos de quién sabe dónde, mandándome de nuevo al infierno. Tengo muy claro que de haber obtenido 1000, la línea de corte hubiese estado en 1001. ¿De dónde los sacaban? Eso es cosa de la administración.

El jueves noche —día del cierre—, tras pasar la tarde lejos de internet entre examen, clases y nacimiento de mi nueva sobrina (gracias, gracias 😉 ), llegué a casa y vi cómo el puesto 60 me cobijaba a 8 MG de la final. Sttorybox había quitado falsos en algunas cuentas (que no echado los relatos, tal y como ponía en las bases), mientras que el corte había subido de golpe y equilibrádose más allá, siendo la distancia entre 30 puestos de los clasificados de solo 10 MG.

Con la absurda esperanza de que alguno de los traidores a la justicia de la calidad hubiese aprovechado el estrés de los administradores para hacerse cuentas clones que les repercutiesen en una futura eliminación al comprobar que los 50 clasificados lo estuviesen limpiamente, pedí los dos MG antes citados a mis dos amigos y caí eliminado en el 58º llegadas las doce de la noche, fuera de la salvación que la mayor parte de finalistas saben que merecía, bien por conocerme, bien por saber la suya injusta. Y como yo, tantos.

Mientras, en la final, unos 30 relatos sin capacidad para aspirar a nada cuentan las horas para ser eliminados por el jurado y refunfuñar contra la capacidad objetiva de este. Aún encima, habrá que darles la enhorabuena y aceptar que son mejores que nosotros por estar más arriba.

Pero yo hoy, no lo haré.

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Extracto de NO ME IMPORTÓ PORQUE YO YA ESTABA MUERTO, actual número 4 del ránking.

Para los que echan la culpa a Sttorybox

Si queréis un monólogo antispam y contra este tipo de participantes, tenéis uno precioso en el final de la segunda parte de 21 días. Aquí va una crítica no solo al modelo de injusticia que supone atacar a quienes dan la oportunidad de participar en un concurso de desarrollo abierto, sino a aquellos que consideran que la culpa de los delitos cometidos en una sociedad la tienen los jueces o legisladores.

En el pasado IV concurso (y como en todos), SB batió récord de participación. De hecho, la distribución del pase de ronda por porcentaje hizo llegar a la final unos 300 relatos cuando —según lo visto en este— se esperaban unos 50. Esto nos permite más o menos calcular que pretendían conseguir unos 200 participantes:

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Al cierre del plazo de presentación participaban, creo recordar, 1300 relatos, por no hablar del número de usuarios que pudieron llegar a registrarse para dar votos falsos. Una auténtica animalada de éxito.

Sin embargo, y cuando pudieron tumbarse a la bartola a esperar el nuevo récord en el quinto (en época navideña), esta gente fijó unas reglas mucho más estrictas, en base a escuchar y aceptar las críticas de quienes los habíamos puesto a caldo. Esto presumía una eminente bajada de porcentaje de participantes, ya que suponía que muchos de los que habían hecho trampas fáciles no participarían ante la imposibilidad de hacerlas (menos aún con la reducción de plazas finalistas).

Algunos de aquí pensarán que los certámenes se hacen por amor al arte, pero cualquiera con mínimos conocimientos en marketing actual sabe que el concurso es una estrategia de expansión de imagen de marca, llamada a nuevos usuarios e interacción de los ya fidelizados. Limitando la apertura de actos en el certamen endureciendo las bases, ¡los administradores se estaban tirando piedras a su propio tejado! ¡Estaban yendo en contra del objetivo de cualquier empresa!

Y sin embargo, ahí está la recompensa al buen trabajo: 3300 relatos a concurso. De seguir con el método antiguo, tal vez llegasen a 5000.

Además, durante, han trabajado en la plataforma (Sttorypics, concurso Instagram, diseño), restado MG falsos, escuchado quejas y rebosado una amabilidad a mi punto inmerecida por gran parte de críticos que han llegado a tildarlos de apelativos indignos. ¿Ataques recibidos por qué? Porque en la final tenemos un porcentaje descomunal de relatos de presencia inmerecida.

Estos señores y señoras han conseguido entrar en base a aprovechar los ya escasos puntos débiles de las bases: la imposibilidad de vetar la entrada de nuevos usuarios parciales y solo nacidos para votar relatos de amigos y la de hacer publicidad exagerada en soportes ajenos a la propia plataforma.

Cada opción para limitarlo es peor que la anterior. Si bien Sttorybox tendría opción a restringir los votos a los de los propios concursantes, eso le supondría un atentado a la libertad de expresión de los fieles que no participen en el concurso; si priva de poder hacer publicidad en otras plataformas, pierde sentido la realización del concurso; un número de MG limitado por usuario supone que los verdaderos lectores dejen de leer una vez acabados.

Solo el filtro ortográfico bajo denuncia o el voto ponderado según prestigio del usuario, propuestos en los comentarios de la primera caja de mi última historia-protesta, pintan como soluciones factibles para limpiar un poco el concurso, suponiendo de nuevo un apaleamiento a las aspiraciones de nuevos usuarios de la directiva de la página, en aras de hacer un certamen más limpio.

Y seguirán recibiendo críticas. ¿Por qué? Porque habrá quien vuelva a encontrar modos de saltarse la limpieza y estar en la final.

Entonces, queridos lectores, queridas lectoras, viendo que los esfuerzos de la administración son completamente demostrables, ¿por qué narices se los sigue atacando, desmotivando y dándoles razones para dejar de hacer esfuerzos y concursos cuando es evidente que el verdadero cáncer de sus concursos y origen de TODAS (si os fijáis, TODAS) las críticas no son ellos, sino la pandilla de ladrones de esperanzas que roban la posibilidad de estar en la final a relatos de calidad con obras que solo un ciego literario podría considerar como aspirantes a ganar algo?

Esta chusma despreciable (ellos saben quiénes son, siéntase identificado quien sabe que no está ahí con justicia y posibilidades) son todo aquello que indigna a participantes, desprestigia el certamen y genera el malestar y la vergüenza en las rondas definitorias. Y de ellos se pasa olímpicamente. ¿Por qué?

Porque nos hemos metido en la cabeza de que los tramposos, los injustos y los trileros forman parte de nuestra sociedad y hay que aceptarlos.

Lo cual es preocupante. Porque da muestras de lo que tiene que estar pasando a diario en la calle. Si no somos capaces de reprocharle por comentario a un relato malo su presencia en una ronda superior a su nivel, siendo la mayor parte de cuentas de la plataforma anónimas, ¿qué se hace cuando una injusticia nos pasa delante en nuestras vidas, en las que tenemos cara?

¿Separaríamos a dos personas que se liasen a ostias delante nuestra? ¿Reprocharíamos a los estafadores su comportamiento? O lo que es peor: ¿amenazaríamos, denunciaríamos y escupiríamos a maltratadores al primer síntoma? ¿O nos vamos a quedar en casa diciéndole al Telediario “Otra más. Qué hijos de puta. A estos los jueces tenían que colgarlos”?

Eso es precisamente lo que estamos viendo en Sttorybox: el que se ataque a los jueces por no ser capaces de parar las faltas de ética en lugar de ir a por estos cabrones, denunciar lo que están haciendo y avergonzarlos hasta hacerlos desistir. Y por no hacerlo estamos como estamos.

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En las dos últimas rondas, un relato de la cabeza desapareció por acción popular

Un último canto contra las aspirinas del alma

Me gustaría acabar con un último canto a la justicia más allá de cualquier concurso o pequeño juego menor.

No seáis cobardes a la hora de denunciar, atacar y afrontar las injusticias y actos delictivos.

Es muy fácil criticar a quienes están en despachos, pero la verdadera justicia no se hace en cámaras estatales u órganos de poder. Se hace a diario y en pequeños actos.

La hace la gente. La hace el pobre y la hace rico, el obrero y el jefazo, el político y el votante.

No os mintáis. No le deis aspirinas contra la culpa a vuestras almas.

Luchad por las de todos.

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Y ahora que has llegado hasta aquí, no me fastidies: comenta, comparte, haz lo que tengas que hacer, pero muestra tu opinión al respecto. Hayas participado o no, difícilmente no tendrás opinión acerca de como mínimo el apartado social. Desde el respeto, deja que se te escuche.

Epílogo (fallo del V concurso de relato de Sttorybox)

  • Sttorybox comentó uno por uno los 50 relatos finalistas. Comportamiento enorme.
  • La práctica totalidad de mis favoritos por capacidad objetiva (por no decir todos) fueron finalistas o recibieron la mención de honor.
  • Todos los faltos de corrección gramatical y ortográfica se quedaron fuera con independencia de su posición.
  • ChufiJim se llevó el título a mejor relato con uno de mis favoritos en cuanto a calidad objetiva.
  • El jurado fue justo.

Realismos y fantasías: los tres grandes géneros, la importancia del realismo interno y la nueva definición del terror

Hoy vamos a dejar la opinión a un lado para tocar un par de conceptos básicos en cualquier obra artística: los dos realismos (general e interno). A partir del análisis del segundo, acabaremos por ver como su alteración afecta a la realidad actual del género de terror, así como con impactantes imágenes de un cruce entre tiburón y pulpo gallego.

Pero antes, vamos con los tres principales géneros de obras según su nivel de realidad.

El realismo externo o general: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía

El realismo general o externo es el grado de adecuación de los elementos de una historia a la realidad humana general, siendo dividido tradicionalmente en tres géneros según su mayor o menos nivel: lo realista, lo fantástico y lo de fantasía.

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Si bien pienso que el concepto de obra realista —protagonistas humanos sin capacidades fuera de la física en escenarios con características comunes a lo pensado de su época— no merece mayor explicación para cualquier graduado en enseñanza obligatoria, me gustaría empezar con una idea que veo imprescindible a la hora de hablar del título de este apartado y que —de forma incomprensible en países en los que se dan años y años de clases de literatura en los institutos y colegios— es poco menos que desconocida para la gente ajena al trabajo artístico: la diferencia entre obra fantástica y de fantasía.

Cuando hablamos (por citar una disciplina) de relato fantástico, lo hacemos de un cuento ubicado en un mundo de características similares o iguales al real, en el que —en determinado momento de su desarrollo— aparece algo puntual considerado imposible en este universo. La diferencia con relato de fantasía es marcada si decimos que este último tipo de obras se desarrollan en mundos con unas algunas características netamente diferentes al nuestro, como la muy diferente geografía, la existencia bien conocida de seres fantásticos y mitológicos —como elfos, dragones o sirenas— o la extendida capacidad para practicar magia, chupar sangre o volar sin alas, por ejemplo.

Si bien hay casos en el que la frontera se diluye (Big Fish, para mí fantástico; para mucha otra gente, de fantasía), la diferencia entre obras como Origen y El señor de los anillos suele ser de fácil comprensión. La facilidad de integración en las historias (para el espectador medio, no hablo de fans) suele ser mayor en lo fantástico que en la fantasía por el hecho de compartir universo, mientras que el efecto que lo incomprensible crea, suele tener —por puro instinto— más probabilidad de sacudirlo que lo realista, eso sí, de conseguir un buen grado de realismo interno.

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Grado de realismo interno

Clave en cualquier tipo de obra, el realismo interno es la principal base de la suspensión de incredulidad, una especie de pacto entre el espectador o lector con la obra en el que se determina hasta qué punto el primero se va a creer los hechos del segundo.

No hay que confundirlo con el realismo general que pueda tener una historia: un seguidor de la fantasía difícilmente pondrá pegas a que el humano protagonista de la historia pueda volar (Krillin en Dragon Ball Z), mientras que si alguien paga una entrada de cine para ver una obra histórica como Los Miserables y de pronto uno de los protagonistas empieza a lanzar rayos con la punta de los dedos, lo más probable es que la decepción y el enfado acuda a la sala.

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El realismo interno se basa en la coherencia, en el no traicionar los principios físicos y ambientales de una obra, y he aquí un par de ejemplos de la independencia entre ambos realismos:

  • Obviamente, el Gladiator de Ridley Scott (frente a la posibilidad de ser fantástico o de fantasía) es de género realista pese a no basarse en un hecho real, tal y como lo pueden ser Skyfall o A todo gas. Dentro de la cinta hemos visto alguna que otra aberración a la Historia, como por ejemplo la presencia de panfletos repartidos por las calles anunciando los Juegos en el Coliseo mil años antes de la imprenta, pero eso (para la mayor parte del público) no rompe el realismo interno de una historia en la que se permiten este tipo de licencias para dejar fluir la de Máximo Décimo Meridio. El Imperio Romano no es aquí más que un escenario.
  • En el otro lado, tenemos el final de la serie de televisión Los Serrano, la cual presentó un universo realista y costumbrista de la clase media española de principios del XXI, para acabar su octava y última temporada diciendo que todo había sido un sueño del cuarentón protagonista, embutiendo a los actores (cinco años después) en las ropas de la primera temporada. Si bien lo de que todo haya sido un sueño puede ser más de género realista que el que haya flyers en la antigua Roma, el realismo interno de la historia se fue al garete y —como se puede ver— hasta los no fans nos acordamos de la traición al espectador siete años más tarde.
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Caso aparte son los gazapos, de los que Gladiator está llena

El nuevo terror o lo que pasa cuando el espectador acepta la rotura de realismo interno

A priori, y como acabamos de ver en el caso de Los Serrano, el mantenimiento del realismo interno es imprescindible para no romper la suspensión de incredulidad, el que una persona se meta en una obra literaria, cinematográfica o de otras disciplinas artísticas (un emoticón en medio de un Van Gogh durante una exposición sobre el impresionismo indignaría a más de uno).

Sin embargo, existe en la actualidad una nueva tendencia por el gusto de ver resquebrajado ese realismo interno y destrozada la integración del espectador con la obra, sobre todo, en uno de los géneros en los que antes era clave: el terror.

Y es que la rotura de realismo interno y unión con la obra supone dos efectos bien diferentes según la persona. A aquella que lo que busca es la citada integración con ella —el meterse en lo que está viendo hasta el punto de sentirse dentro—, le produce una fuerte indignación, frustración o decepción. A aquella que en ningún momento busca entrar, sino ver desde fuera y a salvo de sus emociones lo que pasa, la falta de realismo interno le supone una fuerte e incontenible carcajada.

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Sharknado, obra maestra del cine de terror ridículo

Una de las tendencias cinematográficas más crecientes de la actualidad es el ver el género de terror para pasar un buen rato. Al no intentar sentir como real la cinta y estar perfectamente a salvo, las cada día más curiosas muertes y sanguinolentas explosiones se unen a los atractivos protagonistas para hacer de la obra de serie B un fulgurante entretenimiento palomitero. Si además le sumamos el estar cómodamente sentado en casa con colegas con los que comentar en alto la película y doblar las voces de los actores con un guion muy diferente, la explosión de una cabeza es capaz de divertir a niveles de The Big Bang Theory.

Destino final: la carcajada

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Sharktopus. Esto… sin comentarios

He ahí la aparición de una divergencia en el género de terror de los últimos años. Si bien el terror de calidad ha pasado a verse representado por la búsqueda del miedo clásico y psicológico por encima de lo visto en los últimos años, esta triunfal tendencia al gore de las primeras entregas de sagas como Scream o Destino Final ha ido deformándose en una merma de la calidad de los guiones, de los actores elegidos y del propio realismo interno, dando lugar a muertes que hacen que cualquiera que realmente intente meterse en la película acabe con la sensación de frustración y cabreo antes tratada. Los que hacen dinero con estas cintas tienen muy claro que, a menor calidad y mayor ruptura de realismo interno, más carcajada para el público, más comentario, más hype (como ahora se da en denominar al que se hable de ello) y más, si no taquilla, sí proporción ingresos/gastos.

Con el caché de un ganador de Oscar, puedes pagarte a diez cameos a los que este nuevo público va a adorar ver decapitados, así como un par de protagonistas desconocidos con atributos sexuales bien proporcionados —y desproporcionados—. Y he ahí que, de elegir al azar una cualquiera de las listas que nos salen al buscar en Google “mejores películas de terror de los últimos años”, difícilmente lleguen a sonarnos más que unas cuantas de las cintas escogidas.

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Pirañaconda ha quedado fuera de la selección. ¿Por qué será?

El grupo y el realismo interno

Me gustaría acabar con una reflexión sobre cómo el grupo y el entorno afecta a la suspensión de incredulidad de una historia, ya que es evidente que la proporción de lectores que escogen un libro de terror para echarse unas risas es muchísimo menor que la de espectadores acompañados ante una película.

Esto se debe al hecho de que el adentrarse en la obra es mucho más factible si los sentidos del usuario están centrados en ella. En el caso de las obras de terror es especialmente reconocible la diferencia. Si pensamos en viejos tópicos sobre cómo hay que ver una película de terror, dos se nos han de presentar al momento: la falta de luz en la sala y el no verla en completa soledad para no “irse por la patilla”.

Este mayor efecto se debe a que al privar de distracciones sensoriales (como el que alguien esté al lado hablando o la luz genere sensación de seguridad por el lugar conocido) la suspensión de incredulidad funciona mucho mejor, generando esa inseguridad en el espectador.

En el caso de medios como la lectura, la fuerte sensación de inmersión que produce tener que generar las imágenes en lugar de dárnoslas ya masticadas y el no poder compartirlo al completo salvo en caso de lectura a viva voz, hace que difícilmente podamos usar al compañero para generarnos la tranquilidad que nos permite echarnos las risas, lo cual se traduce en lo antes nombrado: que —salvo en el caso de relatos paródicos o de calidad y realismo interno pésimo— difícilmente vamos a encontrar usuarios de novelas de terror que se carcajeen ante ellas, mientras que no resultará complicado que charlatanes grupos o gente con el móvil lo hagan con obras como El resplandor o Pesadilla en Elm Street.

It da más miedo leída que en medio de un artículo como este

Así pues, a la hora de ver una película de terror de una forma eficaz, determina antes el tipo de visionado que buscas. Si lo que quieres es pasar un rato de miedo, escoge una de verdadero terror y no una cutrada, apaga las luces, silencia el móvil y (si la ves acompañado) pide no hablar durante ella. Si por el contrario quieres un rato de reírte de la cinta, ve la película acompañado o con el móvil, comentando y con una buena iluminación: como la peli sea malilla, te reirás a carcajadas.

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21 días en un concurso de relato público (3): el fallo polisémico y el fantasma de las navidades pasadas

Anteriormente en 21 días

Osgonso entra en competición en el IV concurso de relato corto de Sttorybox, certamen de voto público con 3 fases eliminatorias y una final ante jurado de expertos, ubicado en la plataforma literaria con tintes de red social. Tras superar una primera ronda infectada de spamers, falsos Me Gusta y supuestos perros muertos, la administración de la página hace aparición en forma de unicornio en aras de limitar el terrible spam y voto de amigo a los que la competición está siendo sometida, reduciendo este en un cierto grado —quien sabe si demasiado tarde— y originando un monólogo antispam como fin del anterior post.

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Las otras rondas

Como era de esperar por la duración del concurso, la privación de spam, la eliminación de competidores y los amplios colchones de MG ganados en la primera fase, la segunda y tercera ronda del concurso se decantaron de forma mucho más calmada. Si bien algún que otro buen relato se quedaba atrás, en su práctica totalidad era por falta de interacción de su escritor con la red social, generando pues escaso revuelo ciertas marchas que, por calidad, pudiesen ser algo más sonadas.

El caso es que los primeros puestos se habían asentado bien y —aunque los “profundos” y los antiguos propietarios de perros muertos en comentarios caían plazas— poca opción habría de quedar fuera para los top 100, habiéndose situado el final punto de corte de la tercera fase en una lejana línea cerca de los 300 más votados.

La selección de relatos finalistas, pues, quedó determinada sin efemérides, momento en el cual algunos aprovecharon para poner más o menos cajas según convenía, generando (al tener más) mayor posibilidad para subir el número de MG, ya inocuos, teniendo en cuenta que la posición no iba a ser relevante para alcanzar a los expertos.

Así pues se cerró al fin el plazo y llegó la espera hasta el 30 de noviembre, donde se fijó la fecha del fallo final del jurado.

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El fallo del IV concurso de relatos de Sttorybox

Había nervios. No ya por la posibilidad de resultar finalista, sino porque ya llevábamos tiempo dentro y también quería ponerle la tercera y final parte a esta serie de posts sobre los concursos de voto público.

La incertidumbre era grande, y cuando por fin se desveló la hora de la publicación de la decisión, pasada la una del mediodía, algunos de los más activos durante el certamen nos mostramos inquietos y con muchas ganas, ya no solo por nuestro relato (95%), sino también por ver si algún colega estaba con nosotros en la selección.

El golpe fue demoledor.

Y progresivo.

Mi no inclusión entre los 25 mejores no despertó en demasía mi atención: llevo años participando en concursos, quedando finalista con relatos de calidad media y viéndome fuera con los de quilates, así que felicité con deportividad y corazón a los finalistas que conocía (aprovecho aquí para hacerlo también con Emilio y Rurba, dignos seleccionados que se me han pasado). Que el ganador no me sonase de nada, pues tampoco me impactó: habría leído unos 100 de los 300 aspirantes.

Con lo que me quedé alucinado fue con el hecho de que de unos cinco relatos que consideraba seguros en la final por su superior calidad (más allá de la segura presencia del líder del ránking) solo dos, tres quizás, estaban en la lista de 25.

El para mí mejor relato a concurso (no es el mío, ni daré nombres, por respeto al resto) estaba fuera de la final, así como algunos de creatividad y capacidad de escrita y argumental muy notable. Ni la presencia entre los 25 de mi relato más querido (que no mejor escrito), podía hacerme sentir satisfecho con el resultado. Así que me dije que tocaba leer a los vencedores para poder formarme una opinión amplia.

Fue entonces, justo antes de hacerlo, cuando me enteré del cambio en el proceso: si bien las bases daban a entender que los trescientos irían a parar a manos del jurado de escritores, ¡resulta que solo esos veinticinco seleccionados lo hicieron! Se hizo una preselección que acabó dejando solo dos docenas de cuentos en manos de gente como Sara Búho o Abel Amutxategi, que —con cinco votos cada uno en la pública votación— dejaron sin ninguno a algunos relatos de calidad sorprendentemente baja para la competencia general que había.

E, insisto: no hablo de mi más o menos bueno relato. Hablo de cuentos premiados con primeros párrafos titulares de fallos gramaticales. Hablo de finalistas con problemas en la acentuación de la palabra “qué”. De ganadores que no saben escribir “siquiera”.

No me preocupa el fallar en el concurso, porque creo que los que participamos activamente nos divertimos, conocimos gente y vimos nuestros egos inflados y nuestras sonrisas agrandadas. Lo que me inquieta es que, en un certamen al que me presenté para criticar el voto público y condicionado, haya tenido que aparecer una vez más el fantasma del gran problema de los concursos literarios a los que me enfrento constantemente.

El fantasma de las subjetividades pasadas

Hagamos un ejercicio práctico y comparemos estos dos fragmentos de relatos a concurso:

Texto 1: En un rincón de la descarnada pared de la sala, Hanna descubrió la frase garabateada en inglés por el dolor de algún soldado aliado. Decenas de personas esperaban turno para identificar los escasos efectos personales que las tropas americanas habían encontrado peinando las ruinas del campo de concentración. Las ventanas abiertas apenas dulcificaban la atmósfera de emoción contenida mezclada con el indefinible y lejano hedor de la guerra.”

Texto 2: “No tenía la menor idea, en aquel tiempo, de a qué se dedicaba a producir la Factoría, no le estaba permitido saberlo. Eso le entusiasmaba y divertía. Al pasar la prueba meses después, lo descubrió y todo se torció.”

Me aburre la literatura histórica. Brrr… No, no me va. Sin embargo, el primer fragmento es elegante. Puede caer en algún lugar común, como “escasos efectos personales” o incluso el nombre de la chica —teniendo en cuenta la temática nazi—, pero es fino, unas líneas que bien podríamos encontrar en cualquier novela sobre la Segunda Guerra Mundial.

En cuanto al segundo texto, vemos también lugares comunes, como el “todo se torció”, así como un claro error gramatical (sería o “no tenía ni idea de a qué se dedicaba la Factoría” o “no tenía ni idea de qué se dedicaba a producir la Factoría”).

Pues bien, el primer texto, Crucigrama de Lázaro Clemente, no está entre los 25 mejores, mientras que el segundo, La Factoría. de BukowskiRulesAndShutUp, es el ganador del IV concurso de relatos de Sttorybox.

No deis en ver aquí un ataque a nuestro flagrante relato campeón —tras el fallo, en el puesto 228 del ránking de MG públicos (que ahora, y de pronto, suben y suben)—. A mí quienes me preocupan son los relatos de compañeros que se quedan fuera de la final con una calidad literaria sobradamente superior a la de alguno de los veintipico finalistas.

Pero claro, nos dirán lo de siempre. “¿Qué es un buen o mal relato? Es subjetivo.” Y qué razón tienen. No hay una lista oficial de cosas que conviertan a un relato en una buena obra.

Un garrafallo de combinación de tiempos verbales en el primer párrafo de un cuento para mí puede ser determinante, mientras que para otros la inclusión de crítica a la política y al mundo empresarial en tiempo de crisis puede ser motivo más que suficiente para superar a relatos de creatividad, corrección y belleza estética muy superior.

Pero nadie puede decir quién tiene razón, pues es subjetiva.

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Votación a relato ganador entre los 25 finalistas preseleccionados

El “Mucho ánimo”

Esto no va para aquellos que escriben sin acentos, que no saben poner comas y que —como los protagonistas de la secuela parodia que hice de mi relato a concurso—seguramente estén pensando en lo malvados que son los jueces en lugar de mirar dentro. Esto va para aquellos que —ya no solo en Sttorybox, sino en cualquiera— veis vuestros relatos caer concurso tras concurso literario a manos de obras que consideráis de argumento pobre, de ilegibilidad notable o incluso con falta de corrección ortográfica y gramatical.

Mucho ánimo.

Y a trabajar.

Porque nosotros no podemos hacer que los jurados piensen como nosotros, vean lo que nosotros y sientan lo que nosotros. No podemos estar atentos a cómo leen el relato mientras desayunan para decirles “¡Ey! No cojas el teléfono y préstame atención, que me ha llevado horas de trabajo”. No podemos.

Lo único que podemos hacer es mejorar.

Revisar. Leer. Editar. Leer más. Escribir.

Y ser mejores y mejores hasta que la suerte y el esfuerzo hagan que un día el excelentísimo miembro del jurado deje enfriar su café porque lo que lee es una pasada incontestable.

¿Qué hacer cuando ves tu relato fuera? Seguir participando.

Los buenos relatos no ganan concursos literarios. Los ganan los buenos relatos que no dejan de intentarlo.

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Algunos de mis intentos fallidos en los últimos años

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Comparte tu experiencia en concursos, danos a los que andamos por aquí tu opinión. ¿Has participado en el de Sttorybox? ¿Qué te ha parecido? ¿Has ganado alguno tiempo atrás? ¿Has sido jurado y quieres vengarte por este post? Sea cual sea tu realidad, comenta, sigue al blog, al Twitter, critica, comparte y lleva nuestra experiencia hasta donde haga que valga la pena.

21 días en un concurso de voto público (2): el unicornio y la mirada al espejo del spamer caído

Anteriormente en 21 días

Osgonso se introduce en el IV Concurso de relato de Sttorybox para demostrarle a una buena amiga que en los concursos de voto público impera la injusticia. Esta no tarda en aparecer con comportamientos poco éticos por parte de algunos miembros de la comunidad, como el spam de piropos en comentarios o el uso de mascotas fallecidas (sí, flipa), con el fin de ganar los MG necesarios para los pases de ronda mediante un buen puesto en el ranking del concurso, pese a baja calidad de relato. Indignado ante una realidad que debería haber imaginado, nuestro narrador se decide —a horas de tener que publicar su segunda parte o caja— variar el futuro relato hacia la crítica más pura, con una segunda parte ácida cual limón verde bañado en polvos pica-pica.

Pero entonces aparece el unicornio.

Miriam y el unicornio que salvó el concurso

La competencia estaba consiguiendo que el spam, más que extenderse, se hiciese poco menos que religión entre los participantes. De hecho, los últimos relatos colgados, fácilmente accesibles para los spamers, se estaban cebando de MG y comentarios de “! Muy bueno!!! Sígueme y te sigo mami” con independencia de su maestría. El caos spámico se extendía carnívoro en los dos días de reflexión para dar la oportunidad de recibir MG a estos relatos de última hora, y ya poco espacio quedaba para la justicia.

Pero he ahí que, de forma ya inesperada, apareció el salvador:

unicornio miriam salvador

Miriam, guardia forestal de ese parque natural —aquella que te ayudaba cuando empezabas en Sttorybox, la que te mandaba un único y aplaudible correo pidiéndote que por favor le comentases lo que quisieses y te prometía responder—, se había subido a su unicornio y nos ofrecía a los participantes un mensaje universal que combinaba a la perfección lo amenazador con la dulzura más tierna. No sé si fue por lo justo que me pareció siendo un idiota o por lo precioso que era el animalillo mitológico de la última viñeta, pero casi me emociono.

Supongo que a la mayor parte de spamers le asustó bastante más el que pudiesen echarlos del concurso o, tal vez, el que ya hubiesen conseguido votos más que suficientes para la prácticamente asegurada final, pero el caso es que de pronto —y ya con la llegada de la llamada primera ronda— la práctica totalidad del nuevo spam barato se esfumó, los comentarios de los modelos italianos desaparecieron sin más (dejándonos solo las capturas) y, lo que es mejor, la gente empezó a poner verdaderos comentarios, de esos que demuestran que de veras se lo han leído, de esos que o le levantan el ánimo a uno o le dan críticas constructivas para mejorar.

Sí, algún disimulado que otro, diciendo a todo el mundo que lo que más le gustaba de su relato era su profundidad, permaneció en él, pero el concurso adquirió un momento de relativa pureza refrendado en los comentarios de mi relato, donde más de uno se declaró antiguo spamer espantado por el unicornio, comentando ahora de corazón la segunda parte, en el que la crítica a su antiguo comportamiento era muy evidente.

Y ahora, con vuestro permiso, un supuesto.

A ti, que haces posible esta lacra

Entras en un concurso de voto público y te crees libre competidor. Piensas que el hecho de que los participantes sean en su práctica totalidad desconocidos entre ellos y, también entre ellos, tenga lugar la mayor parte de votaciones hará que los mejores estén arriba y los peores al fondo.

En ese momento ves que un relato sin acentos te adelanta por la derecha y, habiendo sido lanzado cinco minutos antes que el tuyo, te dobla en MG. Buscas respuestas al motivo de tu incredulidad, pero lo achacas a la mala suerte. De pronto, paseando por algunos de los demás relatos, ves que tu vecino de traje italiano ha estado comentando la misma tontería seguida de petición de leer su relato a todos, recibiendo constantes agradecimientos y aceptaciones a la petición. Y entonces piensas que tal vez sea la salida.

Vas por cada uno de los relatos leyendo y comentando brevemente, pero claro, tu modus operandi es lento y, donde tú obtienes cinco corazoncitos, tu vecino ya lleva veinte. Entonces decides ir más rápido. Escribes un comentario —con menos de comentario que de piropo generalista— en un relato cualquiera que ni has leído, seleccionas lo mecanografiado y le das a Control + C antes de publicarlo. Luego abres otro relato y lo pegas. Y otro, y lo pegas. Y otro, en el que lo pegas también.

Al fin, subes en la tabla de posiciones hasta colocarte a salvo del corte, pero no te llega, no, ya que tu vecino es ahora top 20 y tú quieres estar delante de él, porque su relato es una mierda, y el tuyo es mejor, y es de justicia que estés donde te mereces y él por debajo, que es donde también merece estar, y al fin eres Top 10 cuando él es top 5, y al fin él cae un par de puestos porque se va a dormir y tú lo alcanzas.

Satisfacción.

Qué satisfacción.

Enhorabuena: has hecho justicia.

Y entonces, tal vez, alguien se ponga a leer agradecimientos que le llegan como respuesta a su copia y pega. Y se encuentre uno de esos de “muchas gracias por los ánimos, nunca había participado por vergüenza, y ver que lo que escribo gusta a la gente es muy importante para mí. Gracias de corazón por leerme, un abrazo”. Tal vez lea entonces alguno de estos relatos y en uno diga “joder, es bueno, ¿en qué puesto va? ¿984º? ¿Pero cómo es posible? ¡Es bueno!”. Tal vez a alguien se le caiga la cara de vergüenza viendo el suyo, claramente peor, en el número 6, o en el 5, o en el 15 incluso.

Pero no, ese seguramente no serás tú.

Porque el que sigue, da Me Gustas y lanza piropos sin ni siquiera ver lo que piropea no tiene el valor, ni el corazón, ni la conciencia suficiente para enfrentarse a la realidad que sus primeras plazas dejan tras ellas.

Y ahí, en ese paso de ser uno más y pasarlas canutas a ser un estafador, un traidor a tus ideales, un MIERDAS, ahí, en ese paso, es donde haces que nuevos usuarios tengan que mendigar MG para poder hacer justicia y competir contigo. Donde muere aquella por la que tú dijiste hacer spam en un principio.

Hipócrita.

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Continuará

21 días en un concurso de voto público (1): la llegada a Sttorybox y el perro muerto

Hace un par de semanas, una buena amiga me invitaba a participar en el IV certamen de relatos de Sttorybox, una conocida plataforma con tintes de red social, en la que los escritores aficionados pueden colgar sus historias por partes de límite de caracteres creciente (“cajas”) y recibir Me Gusta y comentarios que le permitirán recibir ánimos, críticas y la posibilidad de seguir escribiendo.

El certamen tiene una estructura característica y entretenida, a base de eliminatorias y el uso de las citadas cajas. Si bien en la final será un jurado —integrado por personalidades con reconocido prestigio en el mundo literario— el que determine la decena de vencedores, en un primer momento son los MG de los usuarios quienes deciden: de la primera a la segunda ronda se pasa estando entre el 75% de relatos más votados, abriendo posibilidad de colgar una nueva parte; ídem con la segunda ronda, para en la tercera ya solo pasar el 50% de los relatos restantes. Cada ronda dura aproximadamente una media de una semana.

Si bien, en un primer momento, mi negativa a la participación en un concurso de voto público fue clara, me decidí a tomar parte para demostrar a mi colega la realidad tras ellos. He aquí la primera parte de mis conclusiones, a dos días del pase a tercera ronda.

sttorybox

Clásica vista principal de Sttorybox. Para mí, web muy recomendable para el escritor aficionado.

La ronda preliminar, la frase para el recuerdo y el ranking de falso apoyo

Si bien mi primera idea era colgar un relato de cierta calidad literaria y ver cómo era eliminado en primera ronda por la aparición del voto de amigos (del que pronto hablaré), lo cierto es que la mecánica del concurso me atrapó al momento.

Escribí un relato elegante y de lenguaje elaborado ligeramente pedante basado en la participación en concursos literarios, me puse un título llamativo, una foto mía de hace un siglo, una de fondo medianamente representativa y a esperar su debacle. Sin embargo, comenzaron a llegar los MG y comentarios y con ellos el responder y decidirme a leer otros participantes.

El resultado, en un primer momento, fue abrasivo para mis ojos: el escritor aficionado medio en español tiene verdaderos problemas con la ortografía. Con parada cardiorrespiratoria en ciernes, descubrí que, grosso modo, apenas uno de cada 15 relatos estaba correctamente escrito, sin ningún tipo de error de acentuación, puntuación o expresión. Un dato, a mi entender, desgarrador. Más aún —y no entiendo por qué, dado que casi no participo por ello—, lo fue descubrir las prácticas que pronto aparecieron ante mis ojos.

Me aficioné a comentar los relatos bien escritos (o casi bien) que iba encontrando, mientras despreciaba sin remisión cada uno con un par de garrafallos en la escrita. El caso es que me iba topando en los comentarios con las mismas personas, a los cuales en un primer momento —durante 15 segundos—, consideré participantes entregados a la lectura. Tras él, me di cuenta de que algo ocurría con ese tipo de piropos.

Entrase en el perfil que entrase y por malo que fuese el relato, me encontraba con que tenía los mismos seguidores y el mismo comentario vacío del tipo “Me gusta lo profundo que es. Pásate por mi relato”.

sttorybox spam

Ejemplo de comentarios en primera fase. Buena parte de ellos fueron eliminados por sus dueños con la aparición del salvador.

Spam. Copia-y-pega barato hecho de piropos sin concretar, introducido uno por uno en todos los perfiles con independencia de su calidad, con Me gusta y follow incluidos en la mayor parte de casos. Lo más doloroso era ver las animadas respuestas de aquellos que, cándidos, no se percataban del engaño, dando “gracias” y “luego lo leo” al ver reconocido su trabajo.

Mi indignación fue tal que cuando el, para mí, mayor referente del fraude se pasó por mi perfil no pude evitar echárselo en cara, recibiendo como respuesta una frase que bien podría permanecer por siempre en la historia de Sttorybox:

No es spam es mecanografía

“No es spam, es mecanografía.” Sexy Lover, alias “el mecanógrafo”

Cuál sería mi sorpresa cuando, un par de días más tarde, se me ocurrió la terrible idea de pasarme por el ranking para ver cómo iba la cosa. Los, pongamos, 25 primeros puestos, se hallaban plagados de toda esa gente de la que yo veía comentarios repetidos en todos los relatos, pero no solo eso: la calidad general de algunos de los que abrí por curiosidad —salvo contadas excepciones que espero se den por aludidos en este inciso— era la misma que la de cualquier otro relato a concurso; in other words, ¡faltas de ortografía, de expresión, incluso de criterio, por doquier! ¡Si es que hasta había una sinopsis en el top 5!

Pasé entonces a llevar a cabo una minúscula y absurda aunque satisfactoria campaña antispam en mis comentarios, mofándome de los poco éticos comportamientos de algunos de los participantes, y llevándome un apoyo aplastante por parte de mis lectores.

Fue entonces cuando vi al perro muerto.

El perro muerto y la aparición del salvador

Como de sobra es conocido por los lectores de mi WordPress, soy una persona con una inextinguible sed de justicia. Quizás por ello, me había decidido a no dar apoyo a los principales spameadores ni siquiera leyendo sus relatos. Sin embargo, en cierto momento mi amigo “el mecanógrafo” empezó a subir como la espuma hasta colocarse en segunda plaza con un relato con hasta el título mal escrito, haciendo que la curiosidad por ver cómo sacaba tantos Me Gusta me pudiese. Esa fue la manera de llegar a ver algo que nunca había creído posible.

sexylover in memoriam

Puede que no muchos recordéis la última frase, bajo una foto, de mi post sobre lo malo que es tener un nombre que mucha gente tiene, pero para eso están los enlaces.

Esa misma semana, mi gato Osito (tócate las narices con la puntería del tío para elegir apelativo) había sido atropellado por el todoterreno de mi hermana, tras la infausta idea de echarse una siesta sobre una de las amplias ruedas de atrás. Por fortuna para él, solo le pilló de lleno una de las patas traseras, presumiblemente rozándolo por un lado o algo así, porque el caso es que el gato se mantuvo con vida en una suerte de moribundia a base de estertores que nos hacía temer lo peor.

Sí: aunque parezca increíble es Santas Pascuas (Osito ¬¬) con dos meses y un atropello más de vida

El caso es que este señor trajeado, con una descripción de perfil tal que así, no solo estaba usando el spam de forma descarada, sino la memoria de su perro, casualmente muerto el mismo día, para obtener votos en un relato con acentos al revés y puntos seguidos separados por espacio.

Pero lo peor para mí, si cabe, no era eso. Y es que solo hay que observar sus reacciones cuando la pobre gente se compadece de él:

He ahí un hombre que muere de puro dolor por el recuerdo de su animal fallecido hace escasas horas.

Definitivamente, mi paciencia había estallado, y creé una segunda parte de relato perfectamente definida para criticar a la gente como este modelo de ropa italiana, ya al filo del cierre de ronda y con unos 1300 relatos registrados.

Fue entonces cuando apareció el unicornio.

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Continuará… (pero tú vete comentando y compartiendo y eso, no hace falta que esperes 😉 )