Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

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Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

Recuerdos de música rota (What about us)

Iba a ponerme a escribir cuando un correo entró a mi vieja cuenta de Hotmail.

Recuerdo cuando Hotmail era una especie de página del señor X llena de mujeres desnudas en lugar de Jesucristos y tostadoras aladas. Según Wikipedia, eso nunca fue así, o sea que tal vez nunca haya hecho allí o en Latinmail mi primera cuenta de correo electrónico, en una clase extraescolar de informática con menos de una cifra en mi edad. Dando lo mismo esto último, se me vino a la cabeza lo que cambia el mundo para que pases de ser un correo en una especie de página de contactos a ser una marca de época en lo que a mails se refiere. Y, dando también igual lo entre los últimos dos puntos, abrí mi vieja cuenta de Hotmail para ver el correo sobre una supuesta vulnerabilidad en mi otra cuenta, de Google.

La bandeja de entrada se hallaba saturada de mensajes de Twitter con origen en una cuenta que hace tiempo dejé atrás. Motivado por un orden que en mí cuesta reconocer, me dispuse a borrar a lo bomba atómica cuando la vocecita tras mi nuca me pidió que recordase que una vez ese fue mi correo principal. Pasé pues a limpiar de forma escalonada, sin demasiados parones en mi andadura de destrucción. Hasta que al fin llegué allí.

El nombre de aquella chica me impactó como una hostia en la cara. De modo tal que ni siquiera percibí los demás mensajes tratando de poner nubes de tormenta a su resplandeciente presencia. ¿Qué hacía allí aquel nombre…?

La gente odia. Muchas veces es por el mero hecho de ser imbéciles, pero normalmente también por miedos, daños o vergüenzas pasadas. Aquella chica hoy me odia, o me ha olvidado; al menos, no me quiere. Ni romántica ni “comopersona”mente. Tal vez.

¿Cuántos años han pasado desde la última que hablamos? ¿3? ¿4? Recuerdo dejarla junto con su amiga en la puerta de una tienda de tejidos, riéndonos con o sin ironía del que me tuviese bloqueado, cual si fuese una niñería el haberlo hecho, aunque no por ello motivo de desbloqueo. En ocasiones, la gente quitamos hierro al daño. Es una lástima ver que todo el óxido que nos cubre sea precisamente eso: manchas sangrantes de un pasado en el que fuimos mejores y más brillantes. Y estábamos juntos. Y éramos jodidamente felices por el simple hecho de poder estarlo un rato. Juntos, digo.

Pero la gente odia. Muchas veces, por el mero hecho de llevar el asco en las venas, pero también para olvidar que una vez nos supimos amor incondicional a otra persona. Si del amor al odio hay un paso, lo da el dolor de amar de forma injusta. Y esta injusticia es precisamente lo único que queda de este amor cuando se vuelve odio, tristeza profunda, miseria de corazones y música rota.

Creo que así sentí abrir ese correo (Felicitación…). De felicidad nada: música rota.

Leí como perdido en algún lugar en el que lo pude ver todo sin poder hacer nada.

Ella llegaba tarde, había estado ocupada y —desde el tono de quien no sabe que exteriorizar a partir de la inocencia de no querer aceptar realidades es una parodia al propio sentimiento— me deseaba un feliz vigesimosegundo cumpleaños, con la pureza de quien ya tiene las cicatrices cerradas pero aún no quiere mirarles a la cara.

Hasta volver a ver el correo, no recordaba ese momento. En realidad tampoco haber recibido el correo, o contestado. Sí lo hice. Creo. No quiero mirar qué contesté, pero estoy convencido de que lo he hecho. Tal vez fuese la penúltima vez que hablamos por escrita. La siguiente o no, discutimos porque las heridas no estaban en realidad cerradas y, al revelarse descosidas, la sangre de seguir siendo parte del otro nos cegó lejos de ver el placer de llorar de alegría por ello: nuestro tiempo ya había sido, “pasado” si lo preferís. Como poco no era momento de volver. No lo ha sido desde entonces.

Hoy no sé qué es de ella. Hace cuatro días, han pasado cinco años de ese correo. De vez en cuando, Instagram me la hace aparecer en Sugerencias. No entro, no sé ni si lo tiene privado: una vez quise recuperarla, una vez hice daño; ya no más. La querré siempre. Una parte de mí, siempre la esperará por hacerlo.

Pero, cerrando el mensaje de música rota, pensé en qué fue de nosotros. Ella, la chica del mail, ya no era la que yo recuerdo fue, ni por seguro ahora es. Y yo, yo pienso en ese niño que recibió el correo y solo sé que fue feliz. Lo siento, siento su emoción muy dentro, más allá de mis ojos y mis borrados te echo tanto en falta. Cómo quería a esa chica cuando recibió ese mensaje de cumpleaños atrasado. Cómo la quiso cuando se besaron —lejos del mundo— en aquel castillo. Y —en medio de él— en la tarde de las dos lunas, de aquella cafetería, rodeados de amigos cotillas y nadie.

Dios…: qué poco, queriéndola (distinto, sí, pero queriéndola), me parezco a ese chico. No lo reconozco, no lo siento, ni sé sentir algo por él. Pero, ay: qué feliz sé que fue recibiendo ese correo.

Mientras sobre el correo de amor perdido de quien un día se fue por los daños se cernían las nubes de otros mensajes que querían atacar al chico, cerré la cuenta y volví a la realidad de su ausencia enmascarada en su heredero y odiador de su ayer.

La gente odia. Por momentos, a sí misma.

Pero también sonríe recordando que, una vez, estuvo felizmente equivocado.

D-años

Esta semana fue mi cumple. Creo que no es por eso por lo que me siento tan deshecho. No tengo tiempo, fuerzas, ni boli para firmar al fondo que por eso no es.

Llevo sin escribir más de una semana, mis propios mensajes de bronca revientan la bandeja de entrada de mi nuca. Luego recuerdo que también está a desbordar la de mi mail, en el que ni a la mitad de notificaciones de felicitaciones cumpleañeras he podido mirar a la cara. Que ni en casa ni en el trabajo internet me funcione, que haya acabado ya la tarifa de este mes en el móvil por ello y escribir posts y leer mensajes se lleve mejor con teclados de los que hacen click-clack cuando los estresas puede ser excusa para alguna de estas situaciones. Pero mi realidad está oculta por los daños.

Me duele la espalda. Son 3 horas en coche diarias desde que empecé en Vigo el día de mi cumpleaños. Soy feliz. Entre otras cosas porque tengo formación y trabajo asegurados para seis meses por mucho que intente morderme el salario. También tengo una nueva experiencia lejos de unas paredes que hace ya días me pedían un tiempo para salvar nuestra relación. He conocido a nueva gente que parece gente y promete más de lo que quizás el entorno prometa al prometer cosas que a veces dudo pueda cumplir aun con mi fe en él. Además, es la semana de mi cumpleaños, hace sol, brilla en mis espejos, y yo también: de amor por seguir viviendo y pudiendo sentir, escribir, crecer, ser yo un poco más. Quiero ser más, siempre lo he querido, no sé qué he conseguido hasta ahora. Solo sé que ya no sangro tanto y, oye, mi corazón sigue ahí, al ritmo de creer que puedo conseguir algo.

Pero ay los daños. Daños hay, también, pero “ay los daños”.

A veces creo que el daño es una pertenencia única de aquellos que han sentido su ausencia. A veces estoy convencido de ello toda mi vida.

Quizás por eso, a base de crecer y ver los años engordar, las capacidades, posesiones y habilidades también lo hacen y, a más de ellas, más ausencias de no daños que se traducen en daños que no dejas de sentir si los miras y recuerdas.

En cuanto a mí, recuerdo haberme vuelto un puntual gestor de tiempo; ahora, veo la espalda a relojes que huyen de mí, vueltos daños. Recuerdo ser un multitasker por poder vivir en menos más; ahora que veo horas despedirse en barras de búsqueda que no cargan, muero, con ellas vueltas daño. Veo mis días acabar a las 11 de la noche porque las 6 y media esperan en episodios que más que vida es odisea, camino a ciento cinco kilómetros de combate entre gladiadores del volante, radares que azuzan al atasco, groserías automovilísticas que te hacen ver pasar tu vida por delante de tus ojos entre dos o tres veces por semana. Me gusta conducir, cual campaña de BMW. Pero… ¡ay los daños!

Lejos, recuerdo haberme vuelto el termómetro de mi hogar, en cuya ausencia soy daño para él y él mío en consecuencia. Hay quien dice que favorezco el buen clima; debe de ser por el sol que tanto ansío y a cuya cara azul ahora miro frente a mi ventana. Pero no os imagináis lo frío que es todo, incluso en mí, cuando me aparto de ella. La tristeza en los regresos, los I miss you que no se pronuncian porque, a lo Voldemort, no deben ser nombrados. Creces. Y si quieres seguir haciéndolo tienes que hacerlo lejos, aun cerca. Pero, cuando quien dejas atrás ya no crece, ¡ay los daños!

Recuerdo también eso de querer ser mejor. Al final, es lo que debo recordar. Pero a veces el mundo se atasca como el internet aquí y allí toda la semana y tu tiempo es oro y tu oro nada ante el tiempo que no tienes, ¿y qué eres? ¿Un traidor a tu concepto de la responsabilidad? ¿Un vendido al conformismo del “virgensita que me quede como estoy”? No: sigues siendo tú; yo —al menos— yo. No soy traidor ni vendido ni falso a mis sueños de ser lo que quise siempre ser. Y de luchar. Y de perseguir y narrar en la biografía de mi recuerdo y no de Facebook.

Algo que no es eso de ser traidor, vendido, falso hace que eso sea cuando quiero más y no quiero perder. Cuando quiero crecer y no dejar atrás. Cuando quiero soñar y despertar al sueño. Cuando quiero tenerlo todo desde la falta de ambición cruda y desde la más alta de ambición de ser mejor como persona.

Supongo que eso soy, por muchos más años, kilómetros, habitaciones, miedos, esperas, páginas que no cargan, atascos, decepciones, distancias, ciudades, sablazos, futuros y celebraciones que esperen.

Supongo que lo que no dejo de ser es persona, y sigo creyendo en ello.

Tanto como que soy lo que tuve y ya no, tendré y ahora no tengo porque está su ausencia. Supongo que soy, fui y seré eso.

Persona. Ausencia. Y daños.

Ay los daños…

Las excusas que han hecho arder Galicia (#queimanGalicia)

Te levantas, te estiras, abres la persiana y piensas “Vaya niebla”. Luego abres la ventana y recuerdas que no, que lo que pasa es que en tu tierra hay mucho gilipollas.

queiman galicia efe

(Foto: EFE)

Muchos creen que Galicia es una tierra de nubes y lluvia; los de aquí sabemos que Galicia es una especie de paraíso natural. Hace calor, pero no suele agobiar. Tiende a llover, pero podemos tirarnos meses sin que caiga una gota. Tenemos algunas de las mejores playas del mundo; un interior variopinto, con montañas, valles y llanuras; preciosas ciudades de piedra. Y, por supuesto, tenemos vegetación.

Espléndidos bosques caducifolios inacabables. Carballos inmensos. Paisajes de postal a cada paso de las cuatro provincias, en las que de la ciudad a la naturaleza apenas necesitas cinco minutos en coche o diez andando.

Pero si algo también tenemos en Galicia son imbéciles. Imbéciles que, a cada cierto tiempo, intentan acabar con todo ello.

incendios galicia octubre 2017

(Foto: El País)

La práctica totalidad de los incendios en Galicia son provocados.

Nunca he visto a una ardilla autóctona prenderle fuego a una pila de madera seca. Nunca, a un gato llevar un bidón de gasolina. La práctica totalidad de los incendios en mi tierra de verde, agua y caminos son provocados por cuatro anormales con muchas excusas.

Puede que algunos de los artífices de tales masacres sean pirómanos trastornados que disfrutan del simple hecho de ver arder, pero buena parte (lo sabemos todos aquí) son señores que lo hacen por razones tales como “por joder”, o como haberse acabado su trabajo y la temporada de incendios con la llegada de octubre, o como poder convertirse en uno de los héroes que ayudó a apagarlo con la precaria ayuda de la gente del lugar temiendo por la integridad de sus casas.

Quizás por ello, podría dedicar el post a dejar quedar mal a todos esos imbéciles que creen que cualquiera de estas es una buena excusa para hacer arder Galicia y dejar en el día de ayer tres cuatro víctimas mortales. Podría, porque creo que ni su “heroísmo”, ni su mes más de trabajo estacional, ni su piromanía son motivos para acabar con la vida de nadie. Podría, porque creo que el que vengan diciendo que no querían matar no es excusa para ir con la moto y el bidón cual organización criminal en película de Jason Statham. Podría, porque esta gente merece el ataque, el rechazo, el insulto y poco menos que el linchamiento social por parte de muchas, muchas personas que han visto morir su tierra, sus casas o sus familiares. Pero eso, hoy, lo va a hacer gente de sobra.

Hoy, me gustaría hablar a otras personas. A otras personas que abundan aquí. Porque en Galicia tenemos bosques, carballos y paisajes de postal, sí, pero si algo tenemos aquí son cómplices.

faro de vigo incendios galicia octubre 2017

(Foto: Faro de Vigo)

Si algo tiene Galicia es que nada pasa sin que el de al lado lo sepa, sin que la voz se corra y el silencio se guarde.

Esto va para vosotros, los que sabéis perfectamente quién está detrás y os escudáis en cosas como que “es que es mi amigo” o “vaya disgusto para la familia” con el fin de evitar reconocer la realidad tras vuestro silencio de cobardes.

Sois cómplices.

Da igual que hayáis estado en casa mientras la gasolina corría entre los pinos. Da igual que hayáis llevado calderos de agua a apagar el incendio que otros provocaron. Da igual que vuestro incendio no haya sido el que haya matado a esas tres personas y deshecho esas familias.

Sois cómplices. En vuestro callar, en vuestro no decir a quien puede meter a estos señores en la cárcel, sois cómplices. Cuando veis a los culpables y no les decís nada, cuando os creéis sus tonterías para no cumplir vuestro deber, sois cómplices.

Y —mientras no hagáis algo de verdad, algo útil— esa culpabilidad os perseguirá siempre.

Porque sois cómplices de matar a tres cuatro personas. Porque sois cómplices de acabar con quién sabe cuántos ecosistemas. Porque sois cómplices de haber incendiado casas, de haber destrozado lo más bonito de nuestra tierra y de que por la mañana, cuando abráis las ventanas y las abramos en Ourense, en Lugo, en Santiago y por supuesto en Vigo y Pontevedra, nos traguemos vuestro humo con los restos de vuestra humanidad.

Si sabes algo, denúncialo.

Galicia no arde. Las excusas han matado a tres cuatro personas.

Las excusas han hecho arder Galicia.

3 estrategias del pelota eficaz en redes sociales (y un apunte para la gente honesta)

Ayer comentaba con una amiga lo mal que se me da el tema redes sociales en lo personal, pese a ser un tío con bastante experiencia y formación en el tema. Y es que, para quien aún no lo sepa, una de las bases de las redes sociales es la cara y el hacer la pelota.

No estoy criticando a quien lo hace: es hipócrita y cuñado venir con pancartas de “Odio eterno a los lameculos” cuando nuestra sociedad se lleva moviendo en estos fueros desde tiempos de Poniente y la Tierra Media. Simplemente hay gente que sabe y gente que no. Pelotas inteligentes y halagadores retrasados, como yo mismo.

Analicemos 3 grandes diferencias entre el funcionamiento del pelota exitoso y el fracasado en redes sociales.

Diferentes Pelotas

Receptor y circunstancias del halago

El pelota retrasado halaga cuando ve algo digno de halago y critica cuando tiene confianza con la otra persona o se le pide. Ambas cosas no dependen del número de seguidores o popularidad que el otro tenga. Mal.

El pelota inteligente halaga a quien tiene seguidores y halagos, y lo hace cuando ve que hay algo que halagar o, directamente, es un buen momento. A quien no tiene poder, seguidores o más halagos, como mucho, le da like, aunque el contenido o el motivo de halago le parezca evidente.

muchos likes

Utilidad y cantidad del halago

El pelota retrasado no interviene cuando no puede aportar nada. Normalmente, participa cuando ve que su opinión tiene una utilidad, y una vez la da, suele recibir la respuesta con un MG de “Leído” sin seguir dando coba.

El pelota inteligente, por su parte, comenta por comentar en publicaciones que saben que otros ven. Realiza una labor extensiva (comenta a la mínima y a quien sea sin que le importe su interés en el contenido o su calidad), normalmente con comentarios genéricos que poco ofrecen. Además, hay quienes no dudan en introducir spam para recibir visitas. Peticiones de follow, de leer esto —“que tiene mucho que ver”—, y demás familia.

spam en comentarios

El tipo de follow

Fuera de posibles followbacks, el pelota inteligente sigue a popus y a conocidos. Fuera de posibles followbacks, el pelota retrasado sigue a gente cuyo contenido le interesa, con independencia del número de follows o relación.

En el caso del pelota inteligente, los conocidos facilitan la inclusión en conversaciones en las que participen y la obtención de MG. Comentarios, menciones y demás pasan pues a sucederse, con el considerable crecimiento y acercamiento a cuentas de más seguidores. El que se mueve con gente con muchos followers vuelve exponenciales sus apariciones en muros y tweetlines de otros —lo que en marketing digital llamamos impresiones—, multiplicando la posibilidad de nuevos follows y crecimiento de la cuenta, normalmente apoyada en una sucesión de RT o respectivo “Compartir” según la plataforma que se suceden con frecuencia cada vez menor.

El pelota retrasado, por su parte, comentará mucho menos, se llevará muchos menos MG por la tradicional costumbre de las redes de no dar likes a publicaciones que aún no tienen muchos y perderá seguidores útiles, ya que al seguir a lo que algunos llaman “pocosfollowers”, con mucha menor participación, producción de contenido e interacción que el público objetivo del pelota inteligente.

patos follow

En resumen: 3 consejos para un pelota eficaz

  • Sigue a tus conocidos y a las cuentas populares, para poder hacer comentarios cuñados sobre ellas y los trending topic y llevarte RT y “Compartir” varios.
  • No pierdas el tiempo con cosas que te interesen y tengan poca repercusión. Ya lo harás cuando seas popular y retuiteen cualquier cosa por este hecho, dejándote además como bohemio o alternativo.
  • No te mates en hacer un halago útil. Puede llegar más a la otra persona, pero en general no llegan a ella si tiene bastantes followers y el comentario cuñado público hace que muchas más lo apoyen, generándote followers en torno a esa persona que te acercarán más a que pueda llegar a leerte en algún momento.

Apunte para la gente honesta

Gracias.

Por ser honestos con vuestros sentimientos. Por creer en la calidad del contenido por encima del envoltorio de los followers. Por los comentarios que no os van a dar follows útiles pero si hacer recibir sonrisas sinceras.

Gracias por trabajar con ilusión en un mundo de trepas y deshonestos. Gracias por inspirar historias de superación desde la pureza de comportamiento. Por ser grandes desde lo pequeño. Por creer en la gente que no cree en nada.

Seguramente no tengáis, no tengamos, seguidores acordes a nuestro contenido. Nuestro nombre no sea reconocido y nuestros actos reputados.

Pero, joder, qué orgulloso me hacéis sentir.

Cambiéis, cambiemos o no; crezcáis, crezcan nuestras cuentas o no, gracias por ello.

respect

El conflicto y la determinación de prioridades (Caso referéndum independencia Cataluña)

Seamos breves y vayamos al grano. La siguiente exposición es tan sencilla de entender que no es necesario más que prestar un mínimo de atención y no estar razonando cómo contestar. No hay mucho que contestar: esto es un post, no una conversación, y dado que nadie comenta nunca, no veo por qué ahora vas a estar pensando una posible respuesta.

Cuando dos personas están enfrentadas es, normalmente, porque tienen intereses distintos. Parecido a lo que dijimos en el post sobre la ruptura de principios a la hora de hablar de personas cuyos valores chocan, entre las estrategias más comunes en estos casos están la huida, el “habla cucurucho que no te escucho”, la rotura de relación, el enfrentamiento hasta someter al otro o lo que entonces llamamos “traducción” (adaptar momentáneamente algún principio por ser más importantes otros).

La base de elección de un método u otro es el fijar prioridades.

Por ejemplo, si dos niños en el parque se pelean y al día siguiente juegan juntos ante la estupefacción de sus padres es porque dan prioridad a la diversión (su objetivo) frente al rencor. En el caso que veíamos en el otro post, el personaje protagonista del ejemplo tenía que romper, frustrarse o mentir para solucionar su problema con su pareja, teniendo que elegir (respectivamente) dar prioridad a ser sincero, la felicidad de su pareja a cambio de la suya o sus ganas de descubrir cosas nuevas.

Parece simplista, pero —por lo general— la vida funciona así, y cuando nos encontramos con esa confrontación de opiniones el desenlace es tan simple como que las partes tomen unas prioridades.

Ejemplo de hoy: crisis del referéndum sobre la independencia de Cataluña

El ejemplo ineludible a día de hoy es la situación política en la confrontación entre los gobiernos español y catalán en torno a la independencia de la nación histórica al noreste de la península ibérica.

El gobierno catalán anuncia un referéndum para que los ciudadanos voten si su comunidad se va del país ibérico o no, votación fuera de los cauces legales de España. La Fiscalía de este país decide tomar medidas contra la multitudinaria ilegalidad según su Constitución, mientras que el Govern prosigue con ella, bajo la premisa de que una votación democrática no puede ser ilegal. Todo esto termina con numerosos enfrentamientos entre algunos de quienes acuden a votar y algunos de quienes por ley están obligados a impedirlo, generando un fuerte odio entre partidarios de la legalidad y de la votación, de nacionalistas catalanes y “nacionalistas españoles”, y otros tantos bandos, bajo la atenta mirada de unos medios frotándose las manos ante los aumentos de audiencia en horas bajas, unos partidos políticos secundarios inútiles e inutilizados y numerosos ciudadanos sin bando, viendo con preocupación las cargas policiales a defensores de la votación y los sillazos a agentes enviados a evitarla.

Aplicación del supuesto

Según lo visto arriba, lo que tenemos podría ser simplificado cual ecuación, teniendo en cuenta que los que pueden poner fin a esta situación son, principalmente, dos entes: el gobierno español y Govern catalán.

Así pues, ¿cuáles están siendo las prioridades de cada uno?

La del Gobierno español, la legalidad por encima del bienestar del ciudadano.

La del Govern catalán, la votación por encima del bienestar del ciudadano.

¿Queréis más?

La prioridad de los medios, la audiencia. La prioridad de los demás partidos, el ganar votos. La prioridad de los ciudadanos no polarizados tras uno de los otros entes, el bienestar ciudadano, en general.

Qué diferente todo, ¡cuántos intereses!, diréis algunos.

Pero la realidad es que todos los miembros de este puzle, en alguna parte de sus seres, tienen entre sus objetivos uno común. Sí, sí: Govern, Gobierno, otros partidos, medios y ciudadanía general tienen un objetivo común.

El bienestar de la ciudadanía.

Y no, no nos riamos de la formulación ni nos tapemos los ojos con vendas de que los que no nos caen bien no lo quieren. A cualquiera de los dos gobiernos les interesa que se esté bien para que se les siga votando; a los medios les interesa, porque a más bienestar social, más consumo y más publicidad que los finanza; y a la gente sin más, ¿acaso no le va a interesar estar bien?

Así pues, ¿por qué narices no se prioriza el mínimo común múltiplo de toda esta pamplina y a partir de ahí se llega a un entendimiento? ¿Por qué, cuando se está viendo nítidamente que hasta que esto ocurra no va a haber solución caída del cielo?

Que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero, por favor: no seáis idiotas y priorizad el que la gente esté bien y no el atacar a los demás. Ya hay de sobra quien lo haga.