Por el miedo a equivocarnos

Una de las características más infravaloradas de la nueva sociedad es, sin duda, la memoria. El que los conocimientos, el pasado y la ciencia hayan pasado de estar ubicados en bibliotecas, hemerotecas y mentes a estarlo en cualquier lugar del planeta con una conexión a internet nos ha permitido tener disponible la sabiduría de millones a 3 clics de distancia. A mi ver, un top 5 de salto como sociedad más importante de siempre.

Sin embargo, el precio a pagar por tanto bien es uno que estos días de confinamiento me reconcome: la muerte del perdón y del olvido.

Hace dos posts, escribía sobre el cómo la prensa se estaba aprovechando de la situación con el coronavirus para ganar audiencia. La sobreinformación de esos días, el sensacionalismo y la aparente falta de movilización política hacía que el error fuese una plaga más agresiva que el propio virus. Y yo mismo caí en las sensaciones de que se estaba alarmando en demasía, no por no saber de su potencialidad de llegar a una cantidad abismal de gente, sino por las medidas que podían llegar a afectarnos como sociedad.

Ahora, vamos hacia el mes de estar confinados en nuestras casas, con las calles vacías, sin ver a nuestros amigos y familiares en la mayor parte de casos. A lo largo de este tiempo, he recorrido la ciudad desolada en hora punta para ir a trabajar; la Policía me ha echado bronca por ir demasiado cerca de mi compañera de piso de camino a un coche en el que íbamos a estar a centímetros, minutos después de haber intentado convencer al jefe para que nos dejasen trabajar desde casa y no tener que salir; he agradecido subir y bajar los seis pisos del edificio para poder estar 30 segundos fuera tirando la basura en el contenedor de enfrente al amparo de la noche vacía; he oído a mi madre decir que no dejan a sus nietas acercarse a ella o mi padre por seguridad; he visto como la única muestra del gran festivo de la ciudad era el supermercado de enfrente cerrado.

Y todo esto habiendo dicho hace tres semanas que no era para tanto.

Claro que los ratios de mortalidad siguen siendo los que son, y claro que el que el número de personas fallecidas obedece a lo descomunal del número de contagios más que a su letalidad, pero que el mundo entero se vaya a parar en algún momento por esto, que hayamos visto detenido gran parte de lo que nos hace sociedad por algo, es suficiente como para reflexionar sobre nuestras equivocaciones.

Escribiendo un poco más arriba, un vehículo de emergencias ha parado delante de casa para atender a una llamada en el edificio de enfrente. Ver a las dos chicas prácticamente embaladas como un palé de supermercado cambiándose esa especie de mandil que llevan en el coche y desechándolo para ponerse otro mientras esperan a que arriba hagan lo que tienen que hacer para que ellas puedan entrar impresiona y hace que solo quieras gritarles ánimos.

Pero hace tres semanas yo dije que no era para tanto.

Evidentemente, el mal de muchos consuela a algunos, y saber que a tantos les ha pasado hace sentir menos culpable. Sin embargo, la memoria digital de aquellos días hace que te plantees qué ‘vendiste’ en algún momento; esas últimas conversaciones con los vecinos, con los compañeros, en que decías que se iba a dar llevado bien te resuenan en la cabeza.

Y, claro: sí que hay un cierto pacto de perdón social a todos los que nos equivocamos. Como aquellos que lapidaron a un inocente, y luego se consolaron con el «bueno, todos pensaban lo mismo, es normal que me confundiese». Pero la realidad es que no por que muchos se equivoquen el error deja de ser tal.

Y la memoria digital ahí se queda.

¿Debería borrar todo comentario sobre aquellas? Al fin y al cabo, eso es como borrar el pasado de la red, ¿no? No lo haré, porque de puertas de mi mente para dentro, eso seguiría ahí y lo que soy ahora no soy el que escribió esas líneas: tengo derecho al error, y borrar pasados no implica evolución, sino cobardía para afrontar lo ocurrido. ¿Esos pensamientos de ignorante van a tener más efecto que dejarme del ignorante que en aquel momento fui? ¿Alguien va a cambiar su opinión sobre la situación por lo que dijo el Osgonso de hace tres semanas? Ni en broma, y por ello quiero que ese que fui pero ya no soy persista, para recordarme no solo que crezco y cambio y admito mis faltas, sino que la gente somos lo que somos en cada momento y no por siempre, por mucha memoria digital que haya.

Con eso me gustaría cerrar: con la idea de que las personas no somos para siempre lo que decimos en determinado momento de nuestras vidas. Con que la gente crecemos, cambiamos y debemos de ser juzgados por lo que hicimos mal según lo que mantenemos de aquellas y no lo que ha cambiado de nosotros. Yo no defiendo idénticos valores y pensamiento con diez años, con veinte y con treinta, ya que ni la sociedad es la misma, ni por supuesto yo lo soy: qué poco crecimiento como persona tendría.

Es por eso que creo que la maldita hemeroteca de internet debería ser siempre tomada en consideración con la época y momento en que las situaciones ocurrieron. La realidad siempre pertenece a un contexto y sin él no es realidad. Solo un relato mal contado, como una Edad Media con luz artificial y teléfonos.

Internet y lo digital nos han dado el recuerdo, la memoria, y los han vuelto eternos. Si no somos capaces de hacer que el perdón sobreviva, acabaremos dejando de opinar y enriquecer a otros por el miedo a equivocarnos. No entonces, por supuesto, sino con el tiempo.

Ese que todo lo cambia. El gran genio en lo de convertir lo blanco en negro.

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¿Eres de los que juzgan a las personas por lo que hayan dicho con independencia del momento? ¿Crees que el perdón ha pasado a mejor vida y nombrarías al rencor como presidente del gobierno mundial? ¿Has defendido palabras en las que ya no crees por haberlas dicho en algún momento?

No dudes en dar me gusta, compartir y opinar tanto en comentarios como en redes: es lo que nos queda sin cafeterías y paseos de domingo. Recuerda mencionarme como @osgonso, siempre me da una alegría saber que hay gente más allá de las visualizaciones. Y, por supuesto, mucho ánimo en esta época tan dura, gracias por invertir un poco de tu tiempo leyéndome ^^

7 cosas que hacer durante el confinamiento (y 3 que no)

Puede que para muchos el estado de alarma por el coronavirus no difiera de un domingo de lluvia cualquiera. Sin embargo, para quien las cuatro paredes de su domicilio y el #YoMeQuedoEnCasa se le hagan duros, he aquí unas cuantas alternativas para pasar el tiempo. Con las manos bien lavadas, eso sí.

Ver series y películas

plataformas digitales pexels

Sin duda, el entrenamiento de moda no podía faltar. Los catálogos de las principales plataformas online se encuentran llenos de contenidos para pasar unas horas diarias lejos de la taquicardia a la que nos someten estos días televisión y prensa escrita. Además, ¿qué mejor momento para ponerse con esa peli de 3 horas o esa serie más lenta que un caracol con maleta?

Mientras Disney+ no aprovecha el contexto para adelantar su llegada, el resto de redes se pega por nuestro tiempo y suscripciones, destacando que Movistar haya ofrecido gratis sus contenidos en versión Lite durante este mes.

Leer

chica leyendo cabizbaja

Más de una persona habrá olvidado que existen las letras fuera de la pantalla del teléfono, los apuntes y el papeleo del trabajo; sin embargo, la literatura llevaba tiempo sin verse en otra igual, siendo un entretenimiento que suele requerir de cierta atención mantenida, como la que permite este encierro de largas horas de hastío.

Por seguro que en casa hay doscientos libros que se han quedado ahí, mientras que existen numerosas plataformas web donde hacerse con más, así como iniciativas gratuitas para estos días, como la que ofrece Gómez-Jurado en su Twitter.

Y yo escribiendo por aquí en lugar de dedicarme a lanzar de una vez el nuevo libro… ¡Ay! A ver si para el mes que viene está en Amazon (cuya suscripción, por cierto, permite leer miles de libros gratis).

Videojuegos y juegos de mesa

sheldon playing xbox

Si hay más de una persona en casa, qué mejor manera que echarse unas risas arrancando de su estante alguno de esos herrumbrosos juegos de mesa perdidos entre el polvo. No es que el Hundir la flota ofrezca horas de diversión, o que el Monopoly vaya a ser lo más entrenido de tu año, pero vamos, que para un rato de compañía y nostalgia dan de sobra.

En cuanto a la vieja consola, no está nada mal desenmarañar los cables una vez más para pasarse un rato aporreando botones.

Intimar

anna shvets pexels women standing on beach

Foto por Anna Shvets

Está claro que las familias de padres e hijos pueden tener problemas en este punto, pero si estás encerrado en casa con tu pareja y el tiempo siempre es tu excusa para la pasión perdida, he aquí el momento para el redescubrimiento.

Horas y horas en las que buscar el cuerpo ajeno, recuperar sensaciones y, de paso, hacer el ejercicio que vamos a echar en falta.

Estudiar

bibliografía

Duro, pero cierto: el encierro es carne de estudio.

Mientras las oleadas de comentarios cínicos de opositores sobre nuestra nueva situación nos sacuden en las redes sociales, es cierto que podemos aprovechar algo de tiempo para hacernos algún curso online que nos guste o ponernos al día con los futuros exámenes, en caso de ser estudiantes.

Está claro que no es el pasatiempo más feliz, pero —si en algún momento hay que hacerlo—, sin duda, ahora hay tiempo.

Recuperar horas de sueño

siesta española

En la calle no, eso sí

Si eres de aquellas personas que siempre se han quejado de no tener un momento de descanso, ha llegado la hora de la venganza: la buena siesta, el acostarse algo más temprano o el levantarse algo más tarde son unas grandes alternativas a esos tiempos dedicados a los paseos, las compras o el tomar algo.

Hablar con quien hace siglos que no hablas

Juego-de-celular-para-bebés

Por último, ¿por qué no preguntarle cómo le va a esa persona que tan bien te caía?

Al fin y al cabo —si no ha leído esto—, seguramente se aburra tanto como puedas estar haciéndolo y siempre da cierta ilusión saber qué es de esa gente que la corriente de la ocupación diaria se fue llevando.

Yo al menos me he alegrado mucho de las tres personas que me han hablado durante estos días y hacía siglos que no lo hacían: ¿por qué no iba a pasarle lo mismo a los tuyos?

¿Y qué no hacer?

Mucha gente junta en un festival

Dando por hecho que esto tampoco…

Tal y como hay muchas cosas que hacer aun confinados, os apunto tres que “No, no, no”:

-Presumir de vacaciones. No: no estás de vacaciones. Estás encerrado en tu casa para preservar la salud de la gente que te rodea.

-Fingir que estás amargado si nada ha cambiado para ti. Si siempre te pasas los tiempos libres en casa, encerrado a cal y canto con la premisa “Mantita y Netflix” no te la vengas dando de víctima por las redes sociales.

-Pasarte el día consumiendo paranoias. Pasarte el día viendo los contenidos que la mala prensa ofrece en bucle para mantenerte pegado a la pantalla no es recomendable cuando el encierro suele llevar al mal ánimo. Una cosa es estar informado y otra muy distinta es dejarte intoxicar mientras compartes espacio con más gente que, se supone, quieres y no puede escapar de ti.

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¿Qué más crees buena idea para pasar el encierro? ¿Te has pasado comprando papel higiénico? ¿Ya no soportas un segundo más de Ferreras? Comenta, comparte y todo lo demás, que es gratis y (además) ayuda a pasar el tiempo.

El coronavirus que contagió la prensa

Pocos después de su nacimiento, un mantra habitual acerca de Twitter era el que se estuviese convirtiendo en el principal medio de información instantánea. Se decía que el tiempo en el que una noticia llegaba a la televisión y, por supuesto, al papel, era muy lento, y que Twitter era la herramienta informativa perfecta: fuera del sesgo mediático, universal, en la que cualquier persona era la informadora y demás familia. Con sus pros y sus contras, parecía que el periodismo se veía amenazado por un enemigo intrusista que le iba a quitar toda credibilidad y venta.

Qué inocentes somos.

Porque mira que han pasado años y, aun así, la prensa es capaz de mover el mundo con su herramienta más antigua y básica: el miedo.

No voy a entrar en valoraciones peyorativas acerca del coronavirus, aun cuando me dé más miedo matarme tropezando con un mueble. Simplemente, pondré sobre la mesa algunos datos que por lo que sé son objetivos, empezando por dos de los que espero que al menos uno contente a despreocupados y a temerosos: el primero, es que este virus es menos potente que una gripe común; el segundo, que la principal dificultad ante él es la ausencia de vacuna preventiva.

Prácticamente nadie con menos de 75 años y atención hospitalaria muere sin patología previa. El único muerto joven sin problemas respiratorios del que he tenido constancia es un tailandés de 35 con el dengue. La tasa de mortalidad baja del 5% en lugares como China, mientras que en otros como Corea están por debajo del 1%.

Las medidas preventivas están siendo cutrísimas, ya que no hace falta ser muy listo para entender que de poco vale cerrar estadios cuando buena parte de la gente vamos en autobús, trabajamos en contacto con mucha gente diferente o hacemos la compra en supermercados por los que pasan cientos y cientos de personas al día. Va siendo hora de que asumamos que difícilmente se puede parar el avance y muchos tendremos que meternos en cama un par de días tarde o temprano.

¿Que sería mejor que no? Por supuesto: esperemos que se descubra vacuna y se pueda evitar la muerte por neumonías y demás en las que puede derivar el virus en las personas más débiles, para las que el tratamiento no llegue a ser suficiente. Ahora bien, ¿de verdad estamos ante una enfermedad de tal capacidad de devastación como para que sea monotema informativo, la gente lleve mascarillas en países con solo un contagio a 1000 kilómetros y todos los chistes con conocidos lo mencionen?

Supongo que habrá quien le eche la culpa a la Organización Mundial de la Salud, pero es que la realidad es que, como si de un virus se tratase, el miedo lo ha expandido la prensa. Una prensa que, lejos de enviar un mensaje de tranquilidad, ha encontrado un verdadero botón de alarma para llamar la atención en tiempos en que solo las polémicas les dan audiencia. Una prensa que, una vez más, demuestra que el rigor periodístico apenas se ve a pinceladas en medio de un cuadro de alarmismo constante, como un niño mimado que precisa de la atención de todo el mundo y no duda en romper cosas para obtenerla.

Trabajemos por la buena prensa. La información es clave para una sociedad abierta: el alarmismo, clave para el miedo.

Y, como todos sabemos, lo que menos hace el miedo a una sociedad es ayudarla.

La mentira tras la felicidad ignorante y la tristeza del conocimiento

Con cierta frecuencia, me encuentro con todo un mantra casi que viral acerca de la sabiduría y la felicidad. Se trata de la idea dual de que el conocimiento conduce a la tristeza y el pesimismo, mientras en la ignorancia se vive feliz. La típica pregunta de si prefieres ser feliz en la ignorancia o sufrir en la verdad.

Y yo me pregunto: ¿en qué momento nos hemos creído eso?

¿Puede el descubrimiento llevar a la tristeza? Sin duda alguna, descubrir ciertas verdades puede doler. Pero… ¿es que acaso cada verdad que se revela es siempre irritante? ¿Nunca obtenemos satisfacción en el descubrimiento? Venga ya.

¿Y qué me decís de la ignorancia? ¿Es que la falta de sabiduría te vuelve feliz? ¿Qué tipo de personas sin oportunidades conocéis que sean felices? Porque yo sí he coincido con mucha gente sin curiosidad y con limitaciones a lo largo de mi vida, y claro que las he visto contentas por momentos, pero no creo que más de aquellas veces en que las he visto tristes, frustradas o (sin más) en la más pura normalidad, ajena hasta al concepto de ser feliz. ¿De veras es creíble que el vivir en la ignorancia pone a la gente contenta? Ignorancia es creer eso.

Por momentos, parece que se nos vende que la gente “profunda” debe abrazar el pesimismo; yo no tildaría de inteligente tal comportamiento por propia voluntad.

La gente inteligente de verdad puede aprovechar el conocimiento para su felicidad, puede orientar su búsqueda a lo que le dé satisfacción y puede encontrar alegría incluso en los temas que duelen, casi que con paz interior.

¿En serio es necesario elegir entre ser una persona ignorante y feliz o una inteligente y amargada? Tomadme por imbécil si queréis, pero quiero y puedo descubrir y ser feliz por ello.

En todo camino hay piedras que se clavan, pero también paisajes que sacan sonrisas y admiraciones.

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¿Tú qué opinas? ¿Ves a las personas sabias como amargadas? ¿A quienes no saben como duendes saltarines? Comenta, opina, comparte por redes y no olvides mencionarme para que me entere (@osgonso). Y muchas gracias por leerme, de paso.

Secuelas de San Valentín

Tras un mes sin publicar, me encuentro con que el día de ayer se convertía en uno de los 3 con más visitas de la historia de este blog. ¿Una aparición en la prensa como joven promesa a seguir? ¿Un compartir por parte de una amiga twitstar? ¿Cameo en el último vídeo de Ratolina? Qué va: como de costumbre, Por qué me gusta San Valentín.

El segundo aniversario del post, como el primero, ha vuelto a reunir a un llamativo número de personas. Y sí, podemos aludirlo a un buen posicionamiento web o a una supuesta falta de competencia del título, pero sin duda hay gente que quiere leer que a alguien le gusta San Valentín. Sin más.

¿Soy una persona sacada de una peli romántica de Antena 3 a las 6 y media de la tarde de un domingo? No. ¿Quizás un novio empalagoso que cuelga fotos con su churri al grito metafórico de Te amo por cada catorce de febrero? Antes me deja. ¿Se trata entonces de un pasado trágico con Romeos y Julietas que se congelan en el Atlántico incapaces de subirse a una tabla a la deriva? Me da que ese pasado no es el de hace dos años.

Simplemente creo que mucha gente necesita que alguien le diga que no todo es un asco. Que busca en la inmensidad de internet una sonrisa ante este tema en particular y solo es capaz de encontrar este pequeño blog en medio del océano de críticas más populares.

¿Cómo podemos estar tan amargados? Hasta ahora, nunca he seguido a mansalva para poder crecer, no he publicado cada aspecto de mi vida para estar siempre presente, ni he comentado a todo el mundo para publicitar el blog algo. ¿Qué me da que pensar entonces que mi post no se pierda en el recuerdo? Que hablar de San Valentín es solo amargura para quien no es un empalagoso de la vida.

Pensemos qué estamos haciendo. Puede que el amor y el odio vendan más que cualquier punto en medio, pero tal y como muchos detractores dicen que es solo una mentira comercial, y muchos provalentinos que hay que querer cada día del año, tengamos en cuenta que hay quien simplemente quiere saber que hay a quien le gustan las pequeñas cosas sin tener por qué cebarlas de corazones o matarlas a palos.

Un poquito de naturalidad. No hay que ir siempre con el escudo en alto o el cartel de «regalo abrazos». Solo se busca un poquito de naturalidad.

La lectura como mecanismo de empatía y apertura mental

Si algo tengo claro a lo largo de los años como lector, es que la lectura y conceptos como la empatía y la apertura mental tienen una relación nítida.

Alguna vez, tiempo atrás, me he encontrado con estudios sobre el tema (supongo que el de Comer Kidd y Castaño); sin embargo, mi propia experiencia es la que más me hace estar seguro de ello, y ya sabéis (insertar hiperenlace). Obviamente, no digo que quien no lea no pueda ser empático o tener una mente abierta: sería una idiotez. A lo que me refiero es que leer ficción es un mecanismo muy bueno para abrir la mente.

Diría que las noticias afectan poco, lo audiovisual algo, los documentales más y los libros de ficción del todo. Pero, ¿por qué funciona mejor? La ventaja es, sin duda, lo dentro que estemos de la mente de esa persona.

Las noticias, como sabemos, despersonalizan muchísimo: se habla de muertos en carretera; de asesinados y asesinos con nombres y apellidos, pero sin escucharlos nunca, ni conocer su vida, más que por paparazzis persecutores o tertulianos sin educación. Más que sensibilizarla, a la mitad de la gente la desensibiliza por su cantidad y parecido.

En cuanto a lo audiovisual, alguno se rebotará y dirá que es lo mismo que la lectura para sentirse mejor, cuando la diferencia es clara. En lo audiovisual, tenemos a la gente viviendo cosas, pero no tan habitualmente a la gente pensando —series como The End of the Fucking World o Fleabag generan su ventaja precisamente en ese gusto por mostrarnos el pensamiento incluso en medio de los diálogos—.

Los documentales nos permiten acercarnos muy bien y ver realidades, pero suelen tener el problema del montaje o la dilación en el tiempo: no vivimos la realidad pura, no vemos (solo faltaba) los grandes hitos en la vida de esas personas o animales que se nos presentan: solo entrevistas, grabaciones o ítems buscados.

La clave está en la literatura de ficción porque ahí estamos dentro. No solo vemos cómo la gente vive hitos de su vida, sino que es el único medio en que (habitualmente) se nos refleja con altísima fidelidad lo que siente el personaje, hasta el punto de que lo interiorizamos como comportamiento nuestro.

Especialmente vívido en las narraciones en primera persona, no solo podemos sentir que estamos dentro de ese personaje, sino que la suspensión de incredulidad nos lo llega a hacer sentir nuestro sentimiento propio, aunque quizás de un modo paralelo. La construcción mental del personaje suele ser mucho más profunda, ya que hay mucho más espacio para ello, mucha más descripción interna y profundización, así como elementos —solo hay que pensar en cómo se reducen las cosas al pasar los libros a película o serie, por largas que sean—. Además, en los momentos clave de lo audiovisual tenemos actos y diálogos, cuando en el de los libros solemos encontrarnos con esto, más la toma de decisiones interna.

El libro nos lleva a entender no solo por qué alguien puede actuar de cierta manera —como puede hacerlo una película o serie—, sino a seguir la línea de razonamiento e —importante— sentimiento que la persona sigue. De forma muy profundizada. Ver a alguien es una cosa, pero sentirlo propio es otra, mecanismo que muy pocas cintas pueden trasmitir a nivel parecido y mediante recursos muy específicos (se me vienen REC y Oso Blanco, por ejemplo).

Más allá de las frases de toda la vida —que quien no lee solo vive una vida y quien lee vive muchas y demás—, hay de nuevo estudios que reflejan la suspensión de incredulidad de la lectura como un mecanismo en el que los actos se interiorizan como vividos por uno mismo de algún modo.

Con todos estos elementos, no es difícil entender por qué es tan usable la lectura como mecanismo para la apertura mental y la empatía: al reconocer en alguna gente comportamientos como los que hemos vivido en alguna lectura, nos es mucho más fácil seguir la línea no de pensamiento, sino de sentimiento que ha seguido una persona en determinada situación. Y eso cambia mucho a que solo sea lo primero, ya que no es lo mismo decir «esto lo hizo por esto, por esto y por esto» que decir «se sintió así y por eso hizo esto, esto y esto».

El sentimiento y la emoción son algo importante para la naturaleza humana, por mucho que hayamos reducido nuestra concepción de las personas a los actos, muchas veces, contados por otras diferentes.

Un último apunte para pensar

Me gustaría terminar con una breve reflexión acerca de cómo afectará en el futuro la tendencia en consumo de ficción (y no ficción). No tanto por ser como causa, sino como síntoma.

Está claro que los libros viven una decadencia dolorosa tanto para los amantes de la literatura como yo, como para este tipo de ventajas asociadas a ellos que se vendrán abajo. Nuevos mecanismos de empatía han surgido, como el que la gente nos cuente su vida y pensamientos por redes, pero —como todos sabemos— muchos de estos se ven muy sesgados por la opinión de sus lectores y espectadores, restándole eficacia.

No queriendo cegarme y considerar la lectura como clave en nuestro pasado reciente —venga ya—, sí que creo interesante ver qué nuevas generaciones de gente culta —antaño asociada al leer y estudiar mucho— llegarán una vez la lectura deje seguramente su trono al audiovisual. Muchos intelectuales clásicos se caracterizan entre otras muchas cosas por un gusto por el sentimiento humano tan grande como aquel por el comportamiento; ¿dejarán los nuevos esta tendencia para centrarse solo en los actos?

A mi ver, el sentimiento es muy importante para el ser humano y no debemos relegarlo al nuestro propio. El desconocimiento de cómo se puede sentir de diferentes maneras nos llevaría a una desconexión con el resto de personas y a una incompetencia social preocupante. ¿Es la dificultad para interaccionar en persona en los nuevos tiempos una de las primeras muestras del nuevo orden? ¿El tener que escudarse en un teclado y una pantalla, un emblema de la falta de empatía? ¿La extensión del clima de censura y linchamiento una muestra de incapacidad sentimental?

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No te tomes las últimas preguntas como retóricas: ¿qué opinas tú?

Comenta, comparte y mencióname si lo haces en otras redes con el @osgonso. Está claro que el tema da para mucho debate.

Cómo la novela choca contra la velocidad de las modas

Ya hace tiempo que el tema central de este post me da pequeños arañazos en la parte posterior de la cabeza. Sin embargo, tal vez por egocentrismo o lamentación barata, creía que los escritores de más prestigio no les afectaba en demasía. Leyendo el último libro de Dolores Redondo, me he encontrado una vez más con que estaba equivocado: y es que el mundillo editorial tiene un auténtico problema con la velocidad de las modas.

La situación es la siguiente:

  1. Quien escribe se decide a hacerlo sobre un tema en buen momento. Ya no hablo de la actualidad, sino de una moda o una tendencia asentada o en proceso de asentamiento. Si hablamos de novela, el proceso se va a ir a unos cuantos meses.
  2. La obra es presentada. En el caso de escritores ya consagrados, el plazo ya está marcado y será más temprano que tarde cuando salga; aun así, se verá retrasada por la revisión y la corrección de la editorial, así como por el calendario de publicación. En el caso de noveles, esta se puede retrasar hasta un año o dos por el propio calendario editorial, amén de la tardanza en la lectura del contenido de una persona desconocida; en el caso de certámenes literarios, lo más habitual es el tener retenido el relato un tiempo para acabar por no ser publicado.
  3. La obra sale a la luz con una media de más de un año tras haberse escrito. En el caso de sagas, por ejemplo, en las que los términos están programados desde el primer volumen, puede que la actualidad del primer título sea la obsolescencia del tercero. El caso es que, de una u otra forma, aquello que estaba en forma en el momento de tener la idea y empezar a plasmarla ya seguramente esté en desuso para cuando llegue al lector. Recordemos que vivimos en la época de las fads: las modas son volátiles, y las tendencias van y vienen a velocidad de cometa.

Un ejemplo que suelo poner (SPOILERS DE JUEGO DE TRONOS: SI NO LA HABÉIS VISTO, SALTAOS ESTE PÁRRAFO) es el claro aspecto y comportamiento zombie de los caminantes blancos. Durantes los años de producción de las primeras temporadas de la serie, los no-muertos harapientos, desconchados y huesudos vivían un gran momento con The Walking Dead, Nocturna, The Last of Us y otros títulos en cada disciplina. Sin embargo, para cuando llegaron las últimas temporadas de GoT, el recurso estaba ya, sino agotado, en la reserva.

Obviamente, cuando alguien escribe un libro de nivel (incluso un guion o cualquier obra), busca la atemporalidad. No así la mayor parte de las editoriales, que saben que las tendencias del mercado suponen multiplicar las ventas, así como obtener beneficios con escritores no tan conocidos como la propia Dolores (me encantan tus libros, Dolores).

De nuevo, la novela se encuentra ante un duro rival de contexto social, que se suma al más temible de la demanda de contenidos hiperbreves y visuales.

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¿Qué opinas? ¿Los libros no deben seguir modas? ¿El mercado editorial acabará siendo de solo 4 grandes autores? ¿Te encanta tanto como a mí Dolores Redondo? No lo dudes: comenta, emegea, cuéntanoslo y comparte si consideras el post de utilidad para alguien más.

Como ya sabes, puedes encontrarme en redes como @osgonso. ¡Me alegrará mucho saber tu opinión!