Inconexo desconectado

Me siento desconectado. ¿O tal vez me sienta inconexo?

No sé cómo pronunciar esta sensación de volver a las teclas tras más de quince días sin usar un ordenador por puro ocio y no echarlo de menos ni por un instante. ¿Estoy desconectado o más bien inconexo?

Para saberlo, tal vez haga falta decir que tampoco he mirado apenas el móvil. Me lo olvido en Modo avión; se me apaga y no me importa, y sí: aunque roce redundancia y oxímoron, no: no lo he echado de menos.

Tengo el Insta desatendido. Pierdo en los Fantasy. A Facebook ya ni le miro porque me recuerda a cuánto lo odié hasta fingir ser su amigo un rato. En algún lugar del WhatsApp que solo he abierto para sonreír dos veces al día, su sombra me observa echándome en cara el rechazo. Pero no: no he echado de menos nada.

Quizás alguien pregunte por la tele… ¿aún queda alguno? Vi un par de pelis el sábado, un capítulo de algo hace nueve días y, vale: ayer y hace una semana, un cacho de OT con mi compañera de piso. Sin embargo… ¿la he echado de menos? ¿Esas tardes de mirarla con mis padres, “evenings” de tenerla de fondo, noches del partido en abierto un lunes o viernes según a Gol le coincida? Nah, lo siento: supongo que estoy inconexo. O desconectado, no sé.

Lo que sí sé es que debe de ser duro. Digo, para aquella gente que vive de la coletilla de que, para los jóvenes, la pantalla es nuestra vida. Ver cómo alguien de esta edad la pierde entre paseos, viajes, trabajos, deporte, cafés, charlas interminables, jam sessions y otros trastornos debe de escocer horrores bajo la nariz retorcida de perenne disgusto.

Pero lo cierto es que sí: aunque a algunos les pueda resultar increíble, la juventud puede vivir tanto o más fuera de nuestros dispositivos. Los jóvenes no estamos muertos, no, y solo a veces de parranda. No es que no sepamos vivir, valorar las cosas, sentirlo todo, sino que sabemos adaptarnos a estar siempre latiendo por algo. Porque —al contrario que ellos, odiadores (que no haters)— sabemos vivir fuera y dentro del mundo tras nuestras pantallas.

En ellas, latimos. Descubrimos. Aprendemos. Crecemos. Escribimos. Ligamos. Fracasamos. Triunfamos. Nos emocionamos.

Y fuera también.

Conectados. Desconectados. Conexos. Inconexos. Desconexos. Inconectados.

Humanos.

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Ignorante

Creo que ha llegado el momento de ser sincero. O al menos —ya que sincero he intentado serlo siempre— de mostrar una pizca del agujero que en realidad llevan las entradas de este blog. Estáis ante un ignorante.

Durante todos estos años, me he esforzado en transmitir algo de lo que llevo dentro. Mucha gente ha confiado en mis palabras; mucha, me ha hecho llegar buenas apreciaciones con respecto a mi trabajo en estas páginas digitales; mucha (porque con que hubiese sido una persona sería ya mucha gente) me ha dado las gracias por haber escrito algo que le ha ayudado en determinado momento. Me hace muy feliz haber vivido cada una de estas pequeñas situaciones. Alguna especialmente la recordaré durante muchos años.

Sin embargo, hoy me gustaría decir a aquellos que confiaron en mí en algún momento, que no se dejen llevar al engaño de creer que lo que digo se graba en piedra, porque lo que ante vosotros tenéis delante no es otra cosa sino un perfecto ignorante.

A lo largo del tiempo aquí, he hablado de temas en los que no me he formado en ninguna clase certificada. He teorizado sobre realidades sin tener un corpus académico que avale mis apreciaciones. He comentado situaciones sin leerme antes amplia bibliografía del tema y he hecho sentir a quien confió en mi palabra que ciertas percepciones son poco menos que verdad absoluta, cuando en realidad no soy más que un chico en una habitación, abriendo su mente corta de omnisciencia a un público al que no veo la cara. Un ignorante.

Alguien que normalmente prefiere emocionarse con una novela de ficción a leerse un tratado de economía primermundista. Alguien que elige irse a dar un paseo por su ciudad a solas a ver la serie que por cultura general debería conocer de cabo a rabo. Alguien que se sienta en el sofá junto a sus padres o escucha a amigos y colegas por las noches en lugar de informarse de las cosas de las que al día siguiente va a hablar en el blog con su nombre. Transmitiendo su ignorancia a todos los que —al día, a la semana siguiente, cuando quiera que lean ese post perdido entre la maraña de internet— confían en su palabra.

Es por eso que hoy quiero no pedir perdón a todas aquellas personas que en algún momento habéis creído en mí y lo que aquí os he dicho, sino reconocer ante vosotros una verdad que tal vez un día di por hecha que sabíais y desde entonces ya siempre olvidé recordar aquí: soy un ignorante.

Y sí, a veces me esfuerzo por crecer. Sí, a veces, tal vez suena la flauta y resulto dar en el clavo con mi maza de falta de verdad del tamaño del Empire State. Sí que es verdad que soy alguien que a menudo encuentra gente que sabe más que él e intenta aprender un poco porque es un ignorante. Sí que soy una persona que escucha la opinión distinta, sí alguien que quiere ser mejor alguien.

Pero, ay: quien lee esto tiene que saber que soy un ignorante.

Cuando queráis o quieras verdades, vete a una biblioteca técnica. Léete tesis doctorales. Busca datos recopilados por organismos oficiales. Haz másters, cítate con condecorados estudiosos del tema.

Aquí no vas a encontrar verdades absolutas. Seguramente, nunca incluya un listado de bibliografía ni unos resultados de investigación en mil personas. Mi experiencia no es ley: todo lo que he vivido no es más que una individualidad que para nada debe ser extrapolable a algo más que entretenerse o sacar una sonrisa momentánea. No, no me hagas caso si digo algo, porque no soy nadie para que se me haga caso: soy solo una persona, en un mundo muy grande en que la verdad la hacen las masas, no los individuos que podemos tener corazón, sentimientos, experiencias, vidas y sueños, pero al parecer no verdad.

No creas en mí nunca, porque mi ignorancia te hará peor y acabarás como yo, ignorante.

Eso sí, que sepas que estaré aquí. Y que, si en mi mano está, seguiré intentando que mi vida no muera, que mis experiencias no se pierdan, que lo que soy se quede un poquito más aunque sea por puro egoísmo y ganas de emocionar.

Puede que yo nunca tenga la verdad, pero sí tengo emoción.

Y yo creo que la emoción es algo que no se puede robar. Ya sabes: soy un ignorante.

Bienpensados (y lobos de menos dientes)

“Piensa mal y acertarás” y fallas. Puf…

Confiar o no supone uno de los grandes dilemas humanos en cuanto a felicidad en colectivo. El egoísmo típico del ser humano en la práctica totalidad de sus etapas nos ha llevado a estar caracterizados por la desconfianza. La autoprotección y conservación nos invitan a no fiarnos de quien nos rodea.

“No hables con desconocidos”, “Desconfía de quien no tiene nada de malo”, “El hombre es un lobo para el hombre”, pero… ¿no es parte del alimento de ese lobo la propia desconfianza?

El proceso es cíclico: quieres confiar en alguien, te defrauda, te pones la coraza y dejas de hacerlo; cuando no lo haces, generas desconfianza. Y ahí nos quedamos solos.

Aunque suene mal, todo el mundo parece estar encantado con esta propuesta. Lejos del daño de ser defraudado, el que solo te fíes de grupos pequeños parece un precio de lo más asumible. “Solo puedes fiarte de la familia”. “Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de la mano”.

Y, sin embargo, te encuentras con que hasta esa gente inesperada te defrauda. Muchas veces, tu mente lo oculta (“Son cosas suyas”, “Es que es así”) pero la realidad es que el golpe no suele ser inferior que el que supone el que te pueda dar un desconocido o alguien de quien nunca te has fiado. Al fin y al cabo, si alguien nuevo llega a tu vida… ¿qué daño te puede hacer? ¿Es que acaso tenías pensado darle tus ahorros? ¿Llevarlo a tus cenas familiares? ¿Ponerlo en tu testamento? Muchas veces nos ponemos los escudos contra amenazas que tienen de esto lo que una Wii en medio del Ártico.

Y he ahí que, especialmente en relaciones mantenidas en el tiempo, generamos una serie de circunstancias cuya utilidad es cuanto menos discutible:

  • Tenemos una amenaza más. El nuevo agente del que dudar en nuestro entorno es un potencial enemigo con el que tenemos que estar alerta, siendo en la mayor parte de casos una falsa alarma y una completa pérdida de tiempo.
  • Generamos un entorno hostil. La desconfianza suele hacer incómodo compartir espacio. En muchos casos esta situación es patética, porque precisamente el buen ambiente repercute en el contento mutuo, así como el pensar mal irrita y vuelve el compartir localización de forma obligada una tortura.
  • No crecemos. Esto es típico del ser humano, muy de la popular teoría de la zona de confort. El ser humano busca el “virgencita, que me quede como estoy” instintivamente, de ahí que quede al gusto de cada uno el considerar como bueno o malo el no aprender cosas de quien está al lado, lo cual se da mucho menos cuando no te fías de él.
  • El acierto o el error.

El acierto y el error

Este es un dilema muy típico a la hora de analizar qué supone confiar en alguien o no. En un tremendo despliegue de recursos técnicos, he elaborado la siguiente tabla:

Acierto Fallo
Confiar Alegría Decepción
Desconfiar Satisfacción Hecatombe
  • Cuando se confía en alguien y esta confianza es devuelta con la sensación de que ha valido la pena, los resultados suelen incluir buen rollo, contento y amenazas que desaparecen, entre otros.
  • Cuando se confía en alguien y la otra persona resulta no ser digna de tal, el resultado suele ser la decepción. Hasta entonces, nuestro personaje habrá experimentado la falta de alarma y de sensación de incomodidad, y tras la decepción tendrá o bien rotura de relación o bien desconfianza y rencor hacia esa persona. Que más o menos es lo que tendría si desconfiase de ella en el primer momento.
  • Cuando se desconfía y el otro resulta acabar dando motivos para ello, se obtiene una satisfacción oscura, un “lo sabía”. Hasta que eso ocurre (y también después) se mantiene el estado de alarma y peligro, el ambiente está enrarecido desde un primer momento y parece estarse buscando siempre el punto débil para poder llegar al citado “lo sabía”.
  • Cuando se desconfía de alguien y luego resulta que descubres que era una buena persona, es un golpazo. Por eso muchas veces, el cuerpo se resiste a aceptarlo hasta que el otro deja el grupo o ambiente sin haber ocasionado nada que mereciese tal desconfianza. Durante todo el tiempo hasta entonces, quien desconfía tendrá el estado de alarma y el menor grado de buen ambiente, para posteriormente llegar a la sensación, con la partida, de que no valió la pena.

Conclusiones de un bienpensado

Ninguna de las posturas es mejor que otra de por sí.

Habrá gente que valore más su inmovilidad a cambio de ciertas dosis de alerta e incomodidad a cambio de no llevarse una decepción momentánea en algún momento, mientras que estará quien prefiera arriesgarse a esta, estar jodido unos cuantos días y haber estado un mucho mayor porcentaje de tiempo en un buen entorno, sin la mosca detrás de la oreja para poder decir “te lo dije” con una sonrisa de quien pone por delante de estar a gusto el llevar la razón.

Lo que sí quiero defender como bienpensado es que entre los mayores arrepentimientos que a alguien justo da la vida están esas veces en que coges tirria a alguien por la desconfianza y luego resulta que era buena gente. Ahí sí que no te queda otra que tirar de coraza. De mentirte, de decirte a ti mismo que había motivos, que “bueno, quién sabe” y demás familia. Porque cuando eso pasa y te estrellas con la realidad de que has estado jodido y jodiendo por ser un desconfiado de mierda, cuando podías haber tenido mil buenos ratos de buena gente, solo te queda mentirte para no mirarte al espejo sin ver que te has equivocado.

El hombre es un lobo para el hombre, sí, pero la generalización también. Aunque tenga menos dientes.

Despertando a sueños

Ayer recibí mi último regalo de cumpleaños de este año, de una persona muy querida cuya existencia incluso desconozco.

Principalmente, era una revista. La había visto en foto: ella me había enviado su sorpresa tiempo atrás, cuando había descubierto mi nombre firmando un relato en una de las páginas. Yo ni siquiera sabía que me lo habían publicado. Me puso muy contento.

Tengo unas cuantas publicaciones por ahí. Aparezco en remotos lugares de la web. Fui finalista en algún que otro concurso y —por lo que sé— alguno de mis relatos apareció en algún que otro libro recopilatorio de participantes.

Sin embargo, pese a llevar más de 10 años mostrando a otros lo que escribo por diferentes vías, nunca había visto nada mío en el papel de quien se juega dinero con él, aunque sea una página y su tinta. Pese a todas las letras que han estado conmigo desde que el uso de razón llegó a mi mundo, nunca había podido tener entre mis manos el testimonio de que una vez mis textos han existido fuera de pantalla para alguien más que yo.

Lo cierto es que no sabía cómo sentirme ante aquella revista. Sabía lo que ocultaba la página marcada con un imán diciendo cosas bonitas, pero no sabía qué sentir, como muchos otros creen saber perfectamente qué hacer ante una nueva situación por lo visto en pelis, leído en libros, oído en mesas. Yo nunca leí en mesas con pelis qué sentir cuando ves que uno de tus sueños desde pequeño, aunque en pequeño, te mira desde el papel.

Y quizás por ello, ante aquello que tiempo atrás escribí para estar en esas páginas, en un momento de homenaje a mi amor muriendo y naciendo a la vez, en un momento de sangre y hacerse mayor y lo que tienes que hacer, me encontré con el niño que se contaba historias antes de dormir. Con el adolescente muerto de amor roto. Con el proyecto de adulto hecho de decepciones y lucha por ser mejor. Y me emocioné mucho. Joder si me emocioné mucho.

Este es un post para los que sueñan. Sí, también es un post para Hari y su amor a un imbécil, y también para mí, y también para el propio amor en sus múltiples formas, horrores y felicidades de mil colores y paradas cardíacas. Pero este es un post para los que sueñan y a veces dudan de si seguir haciéndolo.

Soñad. Puede que los sueños no lleguen, puede que la espera sea eterna. Puede que la decepción, la injusticia y otras faenas rodeen vuestra estampa y las realidades del mundo del enchufe y el cuñadismo sean la verdad día tras días. Pero soñar, con esfuerzo, con lucha, con crecimiento, con esfuerzo otra vez, hace que —de cuando en cuando— un fruto llegue. Y, por pequeño y sin zumo que sea, aunque solo sea por el darte cuenta de lo precioso de donde has llegado, va a ser un momento muy bonito, merecedor de todo pasado en el séptimo cielo de estar con los ojos abiertos.

Lo bueno de soñar es que a veces despiertas al sueño. Y da gusto ver que los sueños, vidas son.

Recuerdos de música rota (What about us)

Iba a ponerme a escribir cuando un correo entró a mi vieja cuenta de Hotmail.

Recuerdo cuando Hotmail era una especie de página del señor X llena de mujeres desnudas en lugar de Jesucristos y tostadoras aladas. Según Wikipedia, eso nunca fue así, o sea que tal vez nunca haya hecho allí o en Latinmail mi primera cuenta de correo electrónico, en una clase extraescolar de informática con menos de una cifra en mi edad. Dando lo mismo esto último, se me vino a la cabeza lo que cambia el mundo para que pases de ser un correo en una especie de página de contactos a ser una marca de época en lo que a mails se refiere. Y, dando también igual lo entre los últimos dos puntos, abrí mi vieja cuenta de Hotmail para ver el correo sobre una supuesta vulnerabilidad en mi otra cuenta, de Google.

La bandeja de entrada se hallaba saturada de mensajes de Twitter con origen en una cuenta que hace tiempo dejé atrás. Motivado por un orden que en mí cuesta reconocer, me dispuse a borrar a lo bomba atómica cuando la vocecita tras mi nuca me pidió que recordase que una vez ese fue mi correo principal. Pasé pues a limpiar de forma escalonada, sin demasiados parones en mi andadura de destrucción. Hasta que al fin llegué allí.

El nombre de aquella chica me impactó como una hostia en la cara. De modo tal que ni siquiera percibí los demás mensajes tratando de poner nubes de tormenta a su resplandeciente presencia. ¿Qué hacía allí aquel nombre…?

La gente odia. Muchas veces es por el mero hecho de ser imbéciles, pero normalmente también por miedos, daños o vergüenzas pasadas. Aquella chica hoy me odia, o me ha olvidado; al menos, no me quiere. Ni romántica ni “comopersona”mente. Tal vez.

¿Cuántos años han pasado desde la última que hablamos? ¿3? ¿4? Recuerdo dejarla junto con su amiga en la puerta de una tienda de tejidos, riéndonos con o sin ironía del que me tuviese bloqueado, cual si fuese una niñería el haberlo hecho, aunque no por ello motivo de desbloqueo. En ocasiones, la gente quitamos hierro al daño. Es una lástima ver que todo el óxido que nos cubre sea precisamente eso: manchas sangrantes de un pasado en el que fuimos mejores y más brillantes. Y estábamos juntos. Y éramos jodidamente felices por el simple hecho de poder estarlo un rato. Juntos, digo.

Pero la gente odia. Muchas veces, por el mero hecho de llevar el asco en las venas, pero también para olvidar que una vez nos supimos amor incondicional a otra persona. Si del amor al odio hay un paso, lo da el dolor de amar de forma injusta. Y esta injusticia es precisamente lo único que queda de este amor cuando se vuelve odio, tristeza profunda, miseria de corazones y música rota.

Creo que así sentí abrir ese correo (Felicitación…). De felicidad nada: música rota.

Leí como perdido en algún lugar en el que lo pude ver todo sin poder hacer nada.

Ella llegaba tarde, había estado ocupada y —desde el tono de quien no sabe que exteriorizar a partir de la inocencia de no querer aceptar realidades es una parodia al propio sentimiento— me deseaba un feliz vigesimosegundo cumpleaños, con la pureza de quien ya tiene las cicatrices cerradas pero aún no quiere mirarles a la cara.

Hasta volver a ver el correo, no recordaba ese momento. En realidad tampoco haber recibido el correo, o contestado. Sí lo hice. Creo. No quiero mirar qué contesté, pero estoy convencido de que lo he hecho. Tal vez fuese la penúltima vez que hablamos por escrita. La siguiente o no, discutimos porque las heridas no estaban en realidad cerradas y, al revelarse descosidas, la sangre de seguir siendo parte del otro nos cegó lejos de ver el placer de llorar de alegría por ello: nuestro tiempo ya había sido, “pasado” si lo preferís. Como poco no era momento de volver. No lo ha sido desde entonces.

Hoy no sé qué es de ella. Hace cuatro días, han pasado cinco años de ese correo. De vez en cuando, Instagram me la hace aparecer en Sugerencias. No entro, no sé ni si lo tiene privado: una vez quise recuperarla, una vez hice daño; ya no más. La querré siempre. Una parte de mí, siempre la esperará por hacerlo.

Pero, cerrando el mensaje de música rota, pensé en qué fue de nosotros. Ella, la chica del mail, ya no era la que yo recuerdo fue, ni por seguro ahora es. Y yo, yo pienso en ese niño que recibió el correo y solo sé que fue feliz. Lo siento, siento su emoción muy dentro, más allá de mis ojos y mis borrados te echo tanto en falta. Cómo quería a esa chica cuando recibió ese mensaje de cumpleaños atrasado. Cómo la quiso cuando se besaron —lejos del mundo— en aquel castillo. Y —en medio de él— en la tarde de las dos lunas, de aquella cafetería, rodeados de amigos cotillas y nadie.

Dios…: qué poco, queriéndola (distinto, sí, pero queriéndola), me parezco a ese chico. No lo reconozco, no lo siento, ni sé sentir algo por él. Pero, ay: qué feliz sé que fue recibiendo ese correo.

Mientras sobre el correo de amor perdido de quien un día se fue por los daños se cernían las nubes de otros mensajes que querían atacar al chico, cerré la cuenta y volví a la realidad de su ausencia enmascarada en su heredero y odiador de su ayer.

La gente odia. Por momentos, a sí misma.

Pero también sonríe recordando que, una vez, estuvo felizmente equivocado.

D-años

Esta semana fue mi cumple. Creo que no es por eso por lo que me siento tan deshecho. No tengo tiempo, fuerzas, ni boli para firmar al fondo que por eso no es.

Llevo sin escribir más de una semana, mis propios mensajes de bronca revientan la bandeja de entrada de mi nuca. Luego recuerdo que también está a desbordar la de mi mail, en el que ni a la mitad de notificaciones de felicitaciones cumpleañeras he podido mirar a la cara. Que ni en casa ni en el trabajo internet me funcione, que haya acabado ya la tarifa de este mes en el móvil por ello y escribir posts y leer mensajes se lleve mejor con teclados de los que hacen click-clack cuando los estresas puede ser excusa para alguna de estas situaciones. Pero mi realidad está oculta por los daños.

Me duele la espalda. Son 3 horas en coche diarias desde que empecé en Vigo el día de mi cumpleaños. Soy feliz. Entre otras cosas porque tengo formación y trabajo asegurados para seis meses por mucho que intente morderme el salario. También tengo una nueva experiencia lejos de unas paredes que hace ya días me pedían un tiempo para salvar nuestra relación. He conocido a nueva gente que parece gente y promete más de lo que quizás el entorno prometa al prometer cosas que a veces dudo pueda cumplir aun con mi fe en él. Además, es la semana de mi cumpleaños, hace sol, brilla en mis espejos, y yo también: de amor por seguir viviendo y pudiendo sentir, escribir, crecer, ser yo un poco más. Quiero ser más, siempre lo he querido, no sé qué he conseguido hasta ahora. Solo sé que ya no sangro tanto y, oye, mi corazón sigue ahí, al ritmo de creer que puedo conseguir algo.

Pero ay los daños. Daños hay, también, pero “ay los daños”.

A veces creo que el daño es una pertenencia única de aquellos que han sentido su ausencia. A veces estoy convencido de ello toda mi vida.

Quizás por eso, a base de crecer y ver los años engordar, las capacidades, posesiones y habilidades también lo hacen y, a más de ellas, más ausencias de no daños que se traducen en daños que no dejas de sentir si los miras y recuerdas.

En cuanto a mí, recuerdo haberme vuelto un puntual gestor de tiempo; ahora, veo la espalda a relojes que huyen de mí, vueltos daños. Recuerdo ser un multitasker por poder vivir en menos más; ahora que veo horas despedirse en barras de búsqueda que no cargan, muero, con ellas vueltas daño. Veo mis días acabar a las 11 de la noche porque las 6 y media esperan en episodios que más que vida es odisea, camino a ciento cinco kilómetros de combate entre gladiadores del volante, radares que azuzan al atasco, groserías automovilísticas que te hacen ver pasar tu vida por delante de tus ojos entre dos o tres veces por semana. Me gusta conducir, cual campaña de BMW. Pero… ¡ay los daños!

Lejos, recuerdo haberme vuelto el termómetro de mi hogar, en cuya ausencia soy daño para él y él mío en consecuencia. Hay quien dice que favorezco el buen clima; debe de ser por el sol que tanto ansío y a cuya cara azul ahora miro frente a mi ventana. Pero no os imagináis lo frío que es todo, incluso en mí, cuando me aparto de ella. La tristeza en los regresos, los I miss you que no se pronuncian porque, a lo Voldemort, no deben ser nombrados. Creces. Y si quieres seguir haciéndolo tienes que hacerlo lejos, aun cerca. Pero, cuando quien dejas atrás ya no crece, ¡ay los daños!

Recuerdo también eso de querer ser mejor. Al final, es lo que debo recordar. Pero a veces el mundo se atasca como el internet aquí y allí toda la semana y tu tiempo es oro y tu oro nada ante el tiempo que no tienes, ¿y qué eres? ¿Un traidor a tu concepto de la responsabilidad? ¿Un vendido al conformismo del “virgensita que me quede como estoy”? No: sigues siendo tú; yo —al menos— yo. No soy traidor ni vendido ni falso a mis sueños de ser lo que quise siempre ser. Y de luchar. Y de perseguir y narrar en la biografía de mi recuerdo y no de Facebook.

Algo que no es eso de ser traidor, vendido, falso hace que eso sea cuando quiero más y no quiero perder. Cuando quiero crecer y no dejar atrás. Cuando quiero soñar y despertar al sueño. Cuando quiero tenerlo todo desde la falta de ambición cruda y desde la más alta de ambición de ser mejor como persona.

Supongo que eso soy, por muchos más años, kilómetros, habitaciones, miedos, esperas, páginas que no cargan, atascos, decepciones, distancias, ciudades, sablazos, futuros y celebraciones que esperen.

Supongo que lo que no dejo de ser es persona, y sigo creyendo en ello.

Tanto como que soy lo que tuve y ya no, tendré y ahora no tengo porque está su ausencia. Supongo que soy, fui y seré eso.

Persona. Ausencia. Y daños.

Ay los daños…

Las excusas que han hecho arder Galicia (#queimanGalicia)

Te levantas, te estiras, abres la persiana y piensas “Vaya niebla”. Luego abres la ventana y recuerdas que no, que lo que pasa es que en tu tierra hay mucho gilipollas.

queiman galicia efe

(Foto: EFE)

Muchos creen que Galicia es una tierra de nubes y lluvia; los de aquí sabemos que Galicia es una especie de paraíso natural. Hace calor, pero no suele agobiar. Tiende a llover, pero podemos tirarnos meses sin que caiga una gota. Tenemos algunas de las mejores playas del mundo; un interior variopinto, con montañas, valles y llanuras; preciosas ciudades de piedra. Y, por supuesto, tenemos vegetación.

Espléndidos bosques caducifolios inacabables. Carballos inmensos. Paisajes de postal a cada paso de las cuatro provincias, en las que de la ciudad a la naturaleza apenas necesitas cinco minutos en coche o diez andando.

Pero si algo también tenemos en Galicia son imbéciles. Imbéciles que, a cada cierto tiempo, intentan acabar con todo ello.

incendios galicia octubre 2017

(Foto: El País)

La práctica totalidad de los incendios en Galicia son provocados.

Nunca he visto a una ardilla autóctona prenderle fuego a una pila de madera seca. Nunca, a un gato llevar un bidón de gasolina. La práctica totalidad de los incendios en mi tierra de verde, agua y caminos son provocados por cuatro anormales con muchas excusas.

Puede que algunos de los artífices de tales masacres sean pirómanos trastornados que disfrutan del simple hecho de ver arder, pero buena parte (lo sabemos todos aquí) son señores que lo hacen por razones tales como “por joder”, o como haberse acabado su trabajo y la temporada de incendios con la llegada de octubre, o como poder convertirse en uno de los héroes que ayudó a apagarlo con la precaria ayuda de la gente del lugar temiendo por la integridad de sus casas.

Quizás por ello, podría dedicar el post a dejar quedar mal a todos esos imbéciles que creen que cualquiera de estas es una buena excusa para hacer arder Galicia y dejar en el día de ayer tres cuatro víctimas mortales. Podría, porque creo que ni su “heroísmo”, ni su mes más de trabajo estacional, ni su piromanía son motivos para acabar con la vida de nadie. Podría, porque creo que el que vengan diciendo que no querían matar no es excusa para ir con la moto y el bidón cual organización criminal en película de Jason Statham. Podría, porque esta gente merece el ataque, el rechazo, el insulto y poco menos que el linchamiento social por parte de muchas, muchas personas que han visto morir su tierra, sus casas o sus familiares. Pero eso, hoy, lo va a hacer gente de sobra.

Hoy, me gustaría hablar a otras personas. A otras personas que abundan aquí. Porque en Galicia tenemos bosques, carballos y paisajes de postal, sí, pero si algo tenemos aquí son cómplices.

faro de vigo incendios galicia octubre 2017

(Foto: Faro de Vigo)

Si algo tiene Galicia es que nada pasa sin que el de al lado lo sepa, sin que la voz se corra y el silencio se guarde.

Esto va para vosotros, los que sabéis perfectamente quién está detrás y os escudáis en cosas como que “es que es mi amigo” o “vaya disgusto para la familia” con el fin de evitar reconocer la realidad tras vuestro silencio de cobardes.

Sois cómplices.

Da igual que hayáis estado en casa mientras la gasolina corría entre los pinos. Da igual que hayáis llevado calderos de agua a apagar el incendio que otros provocaron. Da igual que vuestro incendio no haya sido el que haya matado a esas tres personas y deshecho esas familias.

Sois cómplices. En vuestro callar, en vuestro no decir a quien puede meter a estos señores en la cárcel, sois cómplices. Cuando veis a los culpables y no les decís nada, cuando os creéis sus tonterías para no cumplir vuestro deber, sois cómplices.

Y —mientras no hagáis algo de verdad, algo útil— esa culpabilidad os perseguirá siempre.

Porque sois cómplices de matar a tres cuatro personas. Porque sois cómplices de acabar con quién sabe cuántos ecosistemas. Porque sois cómplices de haber incendiado casas, de haber destrozado lo más bonito de nuestra tierra y de que por la mañana, cuando abráis las ventanas y las abramos en Ourense, en Lugo, en Santiago y por supuesto en Vigo y Pontevedra, nos traguemos vuestro humo con los restos de vuestra humanidad.

Si sabes algo, denúncialo.

Galicia no arde. Las excusas han matado a tres cuatro personas.

Las excusas han hecho arder Galicia.