Amigos y colegas

El otro día, mi profesor de narrativa ponía un paréntesis a tal temática para hablarnos de su idea personal de la amistad. Para él, amigo es quien te dice las verdades que duelen en cuanto surge ocasión; quien está en las malas, independientemente de que esté en las buenas. De hecho, comentaba que dejó de considerar amigo a alguien por no avisarlo de que estaba pasando por una enfermedad grave. «Cruz.»

Como buen concepto universal, la amistad tiene el rostro de cada persona. ¿Existen dos personas con el mismo sentido de justicia? ¿Dos formas de amar idénticas? Y, sin embargo, es habitual que nos empeñemos en resumir en escasas palabras toda nuestra humanidad al respecto; que posteriormente intentemos trasladar esa conciencia sea la a quienes nos rodean, pasando factura a cuantos no se adapten a ella. «Cruz.»

Sea esto afán egoísta o una búsqueda colectiva de evitar el malentendido, no dejo de verle las costuras: ¿qué rédito se puede sacar de tipificar algo que incluso en la propia persona cambia con la experiencia? La amistad es, como tantas cosas en esta vida, un alma libre. Una que hay que aceptar como tal para no caer en la frustración que supone su encierro en una jaula que siempre le quedará minúscula.

Mis colegas

Como niño elegido, la amistad es un concepto que he explorado en profundidad. Y la mía, ni digamos.

Trato de ser amable con todo el mundo: que la gente que me rodea se sienta bien es algo que me es tan vocacional como la escritura o el amor. Me gusta ayudar, escuchar, apoyar. Cuando a la gente le va bien, es más feliz, y yo quiero vivir en entornos felices. Pero, curiosamente, poco tiene que ver todo esto con mis amigos.

Al igual que muchas otras personas, suelo diferenciar tres niveles, que yo caracterizo de los siguientes modos:

  • Conocidos. Esa gente con la que me he relacionado en algún momento, sin que esa relación haya continuado.
  • Colegas. Gente con la que tengo buen rollo o que me cae bien. Normalmente, coincido con ella en determinados espacios —físicos o digitales—, que no suelen ser más de dos, contando las redes.
  • Amigos.

Si bien está muy extendido aquello de que sobran los dedos de una mano para contarlos, mucha gente se ofende profundamente si no se la considera amiga. Yo, sin embargo, nunca menosprecio el valor de ser colegas.

Muchos de mis momentos más bonitos, divertidos y memorables los he experimentado con estos, muy lejos de mis amistades puras, y soy alguien que guarda mucho aprecio a personas con las que coincidía en el pasado y ya no. Me gusta lo de que vayamos y vengamos de forma fluida y natural, sin forzar ni retener a nadie. Me alegra un montón toparme en Insta con algunas que sé que ya no me consideran nada, o con otras con las que solo compartí un par de días buenos: las valoro muchísimo y me pone muy contento saber de ellas.

Dicho esto, no debería ser ninguna ofensa que alguien con mi pensamiento te considere colega y no amigo. No obstante, se trata de la potencia irracional de esa última palabra en nuestras culturas: el ego que encierra. En este mundo bipolar, «si no me consideras amigo, me generas desconfianza». Seré pues desconfianza antes que ser hipocresía: no puedo ceder a tal chantaje.

Mi concepto de amistad se mueve demasiado lejos de todo cliché como para poder guardarlos bajo el mismo término que a mis colegas.

Mis amigos

Con una de mis amigas, hablé hace un par de semanas tras años sin hacerlo. De otro, llevo sin saber nada tres. A dos nunca las he visto en persona. A una la conocí siendo un bote de curry. A otro le doblo el cociente intelectual; otra me debe de sacar a mí como quince puntos. Hay quien me ha traicionado de gravedad en el pasado varias veces, siendo varias veces perdonado. Y con otro no me tomaría un café. Una es diametralmente opuesta conmigo a cómo es siempre en su vida y no por ello cae en falsedad alguna. Uno me detesta tanto o más de lo que me aprecia. A otra le encantaría que la agarrase del cuello en mi cama. A mí me encantaría hacerlo.

Me quedan por nombrar y alguno he repetido, pero dos conclusiones son evidentes. La primera es que mis amigos son muy distintos entre ellos. La segunda, que mi concepto de amistad no es el típico.

No me gusta quedar para charlar: me gusta quedar para hacer. No me gusta que se reduzca a contarnos pasados: me gusta generar nuevos recuerdos. No me gusta que me den la chapa si no hay interés en lo que puedo aportar sobre ella: si quiero falta de empatía, enciendo la tele.

Mis amigos no son «otro ladrillo en el muro»: son constructores de nueva realidad. Mis amigos no son repetidores de discurso: son emisores de existencias que valen la pena. Ni mis amigos me buscan por necesitarme ni yo los busco por necesitarlos: nos buscamos porque, en la oscuridad más plena, apetece brillar juntos e iluminar cada espacio en el firmamento de cuando en vez.

Son mis amigos. Y en la calle no pasábamos las horas. Son mis amigos. Por encima, tres o cuatro cosas. Pero son mis amigos

Me falta diccionario para darles otra cabida. No son los amigos de todo el mundo; demasiados en número para ser besties; exagerado, salvo excepciones, considerarlos almas gemelas. Así pues, son mis amigos, sintiéndolo por quien se ofenda de que así los considere. ¿Cómo voy a pasarles la checklist típica de lo que es una amistad? ¡No darían ni una!

Porque claro que faltan, y claro que la cagan, y claro que hay muchas cosas de mí que no saben, y claro que no me cuentan otras que les importan mucho, y claro que no me siguen en Substack, y claro que si me siguen puede que ni lean esto. Si me atengo al manual de lo que una amistad debe ser, tendría que renunciar a todas las mías y quedarme con mil nuevos amigos que cumplen cada punto sin hacerme ni la mitad de feliz. Pero lo siento: no.

Yo no quiero un millón de amigos para así más fuerte poder cantar: me basta con cantar bajito y saciar un poco mi tremenda sed de una vida única. Por muy grande que sea el océano, seguiré bebiendo las dulces aguas de mi riachuelo.

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Otro día os cuento más sobre cómo se desarrolló en mí este concepto de amistad, así como lo clave que ha sido la ausencia en ella. Mientras tanto, podéis contarme si sois de la vieja escuela en cuanto a amistades o qué particularidades guardáis en ello. Os leo, un abrazo.

Sobre la adaptación

Adelanto que NO voy a hacer spoilers argumentales ni del libro ni de la película Hamnet: podéis leerme sin miedo. Asimismo, podéis hacerlo también sin temor a rajada o elogio a la cinta si le tenéis hype y no la habéis visto. Si os interesa que la comentemos, me habláis por privado, que no muerdo: hoy, simplemente voy a comentar mi opinión sobre las adaptaciones cinematográficas por lo que en mí ha despertado el martes.

Hamnet está, muy probablemente, entre mis cinco lecturas favoritas de mis últimos cinco años. Por lo que me cuenta el Goodreads, me lo acabé hace ahora justo tres. Y sigo agradeciendo el trabajo de traducción a una Concha Cardeñoso que se las ha tenido que ver y desear con el espectacular dominio de la botánica por parte de O’Farrell y su Agnes.

En la imagen, me podéis ver rezando por que la adaptación saliese bien. Y es que, cuando supe que la iban a llevar a pantalla, experimenté el vértigo incómodo de quien ha sufrido en el pasado malas adaptaciones de alguno de sus libros favoritos. Por suerte, se iba a encargar de ella Chloé Zhao: absoluta crack en la dirección de mi querida Nomadland. Tras lucirse con la Fern de Francis McDormand —a la que concedieron con merecimiento el Oscar a mejor actriz—, le tocaba ahora encargarse de otra de las presencias protagonistas más arrolladoras que he disfrutado en tiempo. La cosa pintaba bien en este punto.

Lo interesante iba a ser cuánto aprovecharía los demás factores narrativos diferenciales de la novela de O’Farrell:

  • Su excelentísimo gusto en la elección del punto de vista. Un absoluto curso de narrador cuasiomnisciente que deja todo claro con solo mostrar, sin contar prácticamente nada.
  • Su tremenda riqueza léxica. De llevarse a los diálogos en escena, podría volverlos farragosos, pero dejarlo sin ella, perder parte de la esencia.
  • Y lo personal de sus detalles. Doña Maggie elige con un gusto excelente dónde fijar la atención en cada momento para alcanzar una naturalidad tremenda en las acciones de cada personaje. Pura potencia desde la contención.

Además (sigo sin meter spoilers, insisto), los encargados de la adaptación tenían a su disposición varias escenas memorables, en las que poder aprovechar su talento artístico para lucirse:

  • El inquietante comienzo in medias res de la novela.
  • El momento en que se resuelve la gran incógnita de la obra. (Curiosidad del autor: junto con lo anterior, me inspiró para hacer un relato propio.)
  • Un par de capítulos en los que O’Farrell se desmelena en lo humorístico, ofreciendo un auténtico lujo lector muy llevable a la pantalla.
  • Y, claro, el final: siete u ocho páginas de las trescientas cuarenta que dura en la genial edición original en español de Libros del Asteroide (que acaban de sacar una preciosa en tapa dura, por cierto).

Como insisto en no caer en el destripe, no voy a revelar si en Hamnet se ha logrado o no, pero —dadas sus nominaciones a los premios más populares del cine— me parece interesante redactar este post como recordatorio de que, cuando se escoge un libro para hacer adaptación cinematográfica, la obra es un ente completo más allá su historia.

El cine y los libros guardan suficientes diferencias como para que se torne difícil una adaptación pura. El siempre importante narrador suele perderse por el desuso de la voz en off; a veces, se podan subtramas por tema de metraje, o se cambian detalles por imposibilidades de producción, o la dirección escoge llevar a su voz artística lo ocurrido. Todos son elementos que dan ventaja a la elección de novelas con tramas de acción frente a las de personaje, a aquellas en las que el lenguaje y la literatura son secundarios y a aquellas más de saber qué pasa que de saber de a quién le pasa.

Por ello, creo que cuando la elección es la de un libro de los segundos grupos que, a su vez, destaca entre un gran público surge una excelente oportunidad de trasladar sus ventajas literarias más factibles a la hora de traducirlo a lo audiovisual. Las diferentes artes se nutren unas de otras y es en esos momentos en los que la conjunción de buen original y garantías de público donde no debemos desaprovechar las oportunidades de hacer perfecta arte mixta.

Si alguna vez tenéis la oportunidad de trasladar algo de una disciplina a otro, tenedlo en cuenta: adaptar bien es un arte en sí mismo.


Lo dicho, podéis hablarme por cualquier de mis redes si la habéis visto y queréis comentarme algo o (por supuesto) tenéis los comentarios si queréis apuntar algo de esta u otra adaptación. Eso sí: con responsabilidad para no destriparle pelis o series a nadie. Ah, y como de costumbre últimamente, recordad que también tenéis el post disponible en Substack.

Arte contenido. Arte incontenible

De cuando en vez, resuena aquel viejo mantra de que muchos escritores de leyenda murieron sin alcanzar reconocimiento. Que vivieron a la sombra de insulsas popularidades de su época, así como que el tiempo acabó poniendo a cada cual en su lugar.

Me pregunto si esto seguirá produciéndose y mis lecturas más especiales llegarán a ser leyenda, mientras los falsos ídolos caen en el olvido de su mediocridad. Supongo que sería lo justo. Pero qué justicia cabe allí donde el contenido pesa mucho más que el arte.

Desde el cristal templado, se nos dicta que publiquemos y publiquemos con constancia. Sin excedernos, eso sí, pero no siendo excesivo ser más pesados que una vaca en brazos.

Nos invitan a estudiar lo que a los demás interesa para encontrar un nicho de mercado, seleccionar bien qué decimos y, entre ello, meter cuñas spámicas de lo que nos interesa a nosotros en realidad. Pero ojo: «sé tú mismo, eh, que tu autenticidad es lo que marca la diferencia».

Nos dicen que escribamos del tirón, ya que no hay tiempo que perder echando un ojo a si has expresado esa frase como realmente la sientes en ese instante. Ya revisarás por vez primera cuando no quede ni un ápice de esta emoción en tus dedos, así, todo estará más optimizado, para que no pierdas ni un segundo y puedas lucir tres novelas, doscientos post y setenta y siete libros en Goodreads cuando toque el recap a fin de año. Y recuerda:

La prisa es la religión de nuestra era, el padrenuestro de nuestra ansiedad vital. Produce y produce. Aporta a la cadena: su cinta no debe dejar de correr. Sé el engranaje que por nacimiento te corresponde. Alimenta a la reina, maldita abeja, hormiga, grano de sal: el mar te necesita para no ser río, por mucho que no te eche en falta si una ola te olvida en la playa.

«Sigue todos nuestros consejos, sígueme para más, y al fin, alcanzarás el éxito que mereces y nosotros ya hemos obtenido.» Los siguen decenas de miles, mil quinientos MG por publicación. Un grupo editorial los fichará y usará sus ventas fáciles para financiar otras publicaciones. En la firma de su cuarto libro nadie recordará si le gustó el primero, de qué iba, qué poso dejó en sus estómagos; si es que acaso se puede recordar algo que nunca llegó a producirse.

Nos hablan de éxito, sin tiempo para escribir por las horas de edición de cada vídeo en TikTok y Reels; nos hablan de éxito, sin tiempo para poder leer y seguir creciendo; nos hablan de éxito, mientras desatienden a quienes les rodean, mientras los fluorescentes en lo alto de sus cuartos les agujerean las coronillas, mientras olvidan qué es pararse a ver el atardecer de una tarde cualquiera de enero.

«Éxito». Con negrita, cursiva, entre comillas y, a poder ser, subrayado.

Para documentarme, entré en el Insta las autoras de algunos de los libros que más me han gustado el pasado año. ¿Publican cada día? ¿Cada semana? Si es por lo que he visto, cualquiera diría que como les sale de las narices. Celebran las cosas pequeñas. Ponen algún aviso si tienen presentación. ¡De Vigan ni siquiera tiene cuenta! ¿Y sabéis qué? Todas ellas venden muchísimo. Y sus públicos las adoran.

Y es que llegar a la gente importa, claro que importa, pero ¿qué importa llegar si te vas? Lo que se queda en nosotros no es el contenido, sino el arte.

Así que, si está en tu mano, ¿qué eliges? ¿Ser simple contenido de éxito o ser arte? No seamos tontos. Seamos arte.

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Gracias como siempre por leerme. Recordad que también me tenéis en Substack y que, cualquier cosa, estoy ahí: no muerdo 😉