Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

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Whitezone: la friendzone de la hoja en blanco

Ayer empezaba un nuevo curso de escritura creativa. Falta que hacía.

Lo cierto es que el traslado a Vigo le ha sentado a mi obra literaria como guillotina a cabeza de rey francés. Ya sea por las 6 horas y media de Word por la mañana, la agradable omnipresencia de mi mujer compañera de piso o la falta de una rutina que sí brilla en lo de no hacer nada, mi nuevo hogar ha devuelto mi producción de texto de opinión a niveles prehistóricos, mientras que la de relato o novela se ha volatilizado entre mobiliario de los 70.

¿Hoja en blanco?

Tras la primera sesión del curso, volvía a casa con dos relatos a trabajar y hacer potables, proyectos para otros dos, más el de este post. In other words, recordaba que la hoja en blanco es como echar a alguien la culpa de no querernos cuando el que tiene la incapacidad somos nosotros. Una friendzone literaria.

Casi podíamos llamarla whitezone.

whitezone osgonso

 

«¡Pobre de mí, no tengo ideas para escribir!» «¡Las musas no me quieren!» «¡Voy a tener que hacer una segunda parte mala

Pamplinas.

La persona que ha escrito de verdad, y ha sido creativa, y ha mantenido una constancia, y sufre la dulce enfermedad de la imaginación, no pierde la capacidad de crear historias. Ni mucho menos de escribir.

Puede perder nivel, hecho normal cuando uno se rasca la barriga a dos manos. Puede no tener suerte con las ideas, que las que se presenten no tengan la capacidad argumental, el género literario o ese ‘enganchar’ que le gustaría. Pero quien fue dotado de la capacidad de escribir en la medida suficiente para haber hecho algo en su vida literaria de lo que se haya sentido orgulloso en algún momento puede volver a tejerla si se pone.

Las estrategias para fomentar la creatividad son varias. Si bien meterse a un taller literario es una solución de alta efectividad, solo con escribir sin rumbo ante una pantalla ya deberían ir saliendo ideas. Leer textos que se salgan del sota-caballo-y-rey es otro método sencillo. Y, por supuesto, hay numerosas técnicas de fomento de la creatividad literaria. Aquí os dejo enlace a un post de Gabriella Literaria con unas cuantas actividades y otras tantas webs con más.

Si no te apetece escribir, lo dices. Si estás hecho un vago, asúmelo. Lo que tienes que tener claro es que quien quiere escribir puede.

Y que no hay whitezone que valga.

Hasta que la pierdes

Dicen que no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. El viernes pasado, perdí mi cartera.

Soy una persona bastante descuidada con mis objetos personales, de eso no hay duda. Soy de esas que dejan el móvil en silencio apoyado en cualquier lugar absurdo y se van a dar una vuelta. De las que hallan llaves de casa en inhóspitos recovecos de sofá. De las que meten unos cascos en el bolsillo de una cazadora y no los encuentra hasta que, tras todo un heterosexual invierno, la chaqueta sale del armario.

Sin embargo, soy un tipo afortunado y las cosas siempre aparecen.

¿Que la tarjeta del bus no está? Pues meses después surge bajo un mantel que lleva años sin moverse. ¿Que no sé qué ha sido del pen con pelis que Hari me regaló por el otro cumpleaños? Pues resulta que está junto al monitor en el que me he pasado escribiendo mis últimos 10 años.

En mi mundo, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Quizás por eso, entrando en casa después de la realidad de la pérdida, no dejaba de mirar una y otra vez a los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba.

Eso fue antes de preguntar a los colegas si la habían visto, y de volver al trabajo a descubrir que no estaba en ninguna parte de la oficina. Eso, antes de pasar por Información en el semiabandonado centro comercial de abajo y llevarme el pésame tras la negativa a mi obvia pregunta, tras llegar de la calle cuya acera revisé piedra a piedra tanto antes como después, de vuelta a una casa donde no podría dejar de mirar una y otra vez los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba, ni entonces, ni nunca.

Lo ocurrido me retorcía el alma. Recordaba haberla cambiado de bolsillo antes de salir de casa con ella, ocho menos cinco de la mañana, sueño y frío; la bolsa de clementinas por la que la moví cayendo pocos metros después de salir del portal, del bolsillo de donde antes estaba ella; y a mí recogiéndola para —por el gesto— hacer caer el boli, que también recogí. Porque en mi mundo, recordaba, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Yo escuché caer cada una de las demás. Pero no caí en oírla caer a ella.

Y, sin previo aviso, mi mundo no era el mismo: era un niño en viernes tarde, en una ciudad ajena, sin un duro, ni forma de acceder a él hasta tres días después, quién sabe cómo sin documentación que acreditase mi identidad. Era alguien sin carné para conducir hasta casa seguro, sin tarjeta sanitaria para una urgencia y también alguien sin poder comprar cualquier tipo de sonrisa envuelta en papel de regalo que dar a sus sobrinas el día siguiente diciendo que habían sido tres señores con camellos y coronas. Sin previo aviso, era alguien que no era nadie. Por haber perdido una cartera.

Que alguien me explique cómo algo tan pequeño, a día de hoy, puede hacer tanto daño, más allá del objeto.

Y es que, conmigo, el refrán no era del todo universal: yo si sabía lo que tenía antes de que me dijese adiós. Porque ella, pese a mi torpeza y mi descuido innato, siempre aparecía y yo, por todo lo perdido y vivido a su lado, la quería casi como un amuleto. Quería el céntimo de la suerte de Estef en su monedero. Quería la entrada a las piscinas de Baños de cuando fui con una chica muchos años atrás. Quería la tarjeta con mi número de teléfono que nunca llegué a entregar a aquella chica del autobús hace siete años, cuando era algo que ni reconozco. Pero bien es cierto que no por querer cada parte de ella supe cuidarla, y que de pronto, tras tenerla conmigo casi una década, ya no estaba.

Este post va en parte como homenaje a ella, en parte como invitación a dar aprecio a los objetos (y, por qué no, las personas) que nos salvan día a día, pero también para quien encuentre una cartera por la calle.

Si eres un asqueroso, quédate con la pasta, pero busca devolverla o dejarla a la vista de quien tenga dos dedos de frente para hacerlo.

Es muy triste llegar a la Policía a denunciar la pérdida, te digan que si confías esperes unos días por si aparece (previa desactivación de tarjetas) y no lo haga. Es muy triste llegar a Objetos perdidos tras esos días y ver la cara del agente al anunciarte que entre todos esos DNIs extraviados no está el tuyo. Es muy triste pensar que donde ha caído la ha tenido que ver alguien y nadie ha tenido la honestidad de entregarla cuando solo el dinero dentro sirve para alguien más que quien la ha perdido. Y sí, alguno pensará «que se jodan» y que el hombre es un lobo para el hombre. Pero a ese le aseguro que, si lo han vivido alguna vez y se lo hace a otra persona, tiene de hombre o de humano lo que una garrapata. Y eso también es muy triste.

Ayer, volví a comisaría una última vez para darla por perdida. Mi nombre apareció de último en el listado de documentación encontrada y, al cabo de unos minutos —no sin cierta incertidumbre final—, mi cartera se presentaba ante mí en un sobre, mucho más delgada. Ya no tenía el céntimo de la suerte de Estef. Ya no la entrada a las piscinas de aquella tarde con aquella chica. Todo papel y moneda se había volatilizado, pero yo, fui muy feliz.

Porque vuelvo a tener un nombre. Carné de conducir. Acceso a la sanidad pública. Y también a poder comprar a mis sobrinas algo que, supongo les diré, han dejado en Vigo unos señores con coronas y camellos.

Por lo que duele, no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. Pero, por lo que alegra, tampoco se sabe lo que tienes hasta que lo encuentras.

Algo que confesar

Por un momento he dudado de si publicar el post, pero bueno: teniendo en cuenta el poco tráfico aquí y que la gente a la que debo las siguientes líneas no creo que conozca la existencia de este blog, supongo que podéis tomarme el siguiente secretito como un regalo de Navidad.

Como muchos sabéis, soy una persona con algunas buenas amistades por internet. Gente como Amaia, Emejota o por supuesto Hari, a quien adoro con toda el alma. El caso es que, en uno de mis habituales ataques de aventura, aproveché mi nueva situación de doble vivienda en Vigo y Ou para hacerle creer a la gente que se preocupa por mí que estaba en el otro lugar y así hacer una visita a otra de las personas a las que más aprecio tenía por los lares de la web: mi también buena colega Carmen.

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No me apaleéis, por favor, sigo vivo =___(

Carmen —a la que conocí ya hace tiempo por la misma vía que a las otras— se fue a vivir recientemente a Santiago por la carrera. No me llevaba tanto como con ellas, pero vivíamos uno de esos momentos en que de pronto estás de puta madre con la otra persona y te apetece verla, sin más. Hace unas semanas me invitó de broma a visitarla y pasar la noche (en el sofá); yo le dije que «p’alante». Mucha coña y tal, pero los dos estábamos bastante emocionados con el tema.

La huida no fue muy complicada: le dije a mis padres que me volvía el sábado, que íbamos a tomar algo, y en vez de salir para Ou me fui al otro lado. Al cabo de un par de horas y peajes de más en medio de una desorientación de lo más integral, estaba aparcando en uno de los campus de Santiago, cerca de la conocida señal de los patos.

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Como buen turista, quedé con Carmen en la Plaza del Obradoiro, junto a la andamiada catedral. Muy emotivo todo, muchos abrazos, esa sensación extraña de ver por primera vez a alguien con quien has hablado mundos y vamos, todo lo típico antes del café. En el que yo ya empecé a notar cierto tonteo.

El caso es tras cenar por ahí (de tapas, más bien), decidimos irnos a ver peli a casa. Ella tenía piso de estudiante con una colega, pero al ser viernes, su compañera se había ido a casa de los padres, así que estábamos solos.

En fin: que a media peli ya empezó a haber neto acercamiento y, claro, el dilema.

A ver, ella estaba muy bien. Pero ya sabemos de mi situación sentimental. No es tanto el que pudiese, el que me gustase o no, sino que en ese momento me apeteciese con lo bien que está con mi churri. Y vale, la tía me daba un morbo de la leche, lo reconozco, pero como que me entraron los nervios. Así que la pobre se llevó una cobra como nunca en la vida he hecho.

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Por un momento me sentí una mierda: ahí empecé con lo de que tal vez no debería haberle dado falsas ilusiones y tal, o haberla confundido. Para cuando volví en mí, la tenía montada encima y desabrochándose la camisa.

No lo niego: debía de estar bañando mi camiseta en babas. Sin embargo —en un ataque de honestidad y fidelidad occidental como nunca creí tener—, la aparté con bastante destreza y le dije con seriedad pero educación que no, que no me sentía capaz. A los pocos segundos y tras un par de reproches, se había encerrado en su habitación y yo estaba preparándome para salir por la puerta.

Al menos hasta darme cuenta de que las llaves de mi coche estaban en su bolso. Cómo no, en la habitación, con ella.

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Llamé a la puerta y le pedí por favor que me diese las llaves. Pero nada.

Eran sobre las 11 y pico. ¿Qué podía hacer? Me quedé mirando la tele con la imagen parada en la cara de Dicaprio y esperé, astutamente, a que las dos o tres cervezas que Carmen llevaba hiciesen su efecto.

El que casi se mea encima fui yo cuando se puso a sonar el pestillo de la puerta de entrada.

No es que yo sea un cobarde, sino que me acojoné pensando que podía ser su compañera y no le hubiese dicho nada de que yo iba a estar allí. El caso es que apagué la tele entre espasmos y me acurruqué en el canijo sofá para que no se me viese, con el corazón latiendo a 300/hora.

Aunque quizás no a tanto como cuando, tras el toc-toc en la puerta de su habitación, lo que sonó fue una voz masculina.

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Vi la ráfaga de luz de su cuarto crecer y al poco volver a quedarse en nada. Y no, no me preguntéis por qué narices no aproveché la circunstancia para pedirles las santas llaves. De haber sabido lo que vendría a continuación, yo mismo le habría abierto la puerta al tío.

Al principio pensé que era broma, o más bien que la muy perra me estaba vacilando. Para cuando los santos gemidos se empezaron a convertir en gritazos yo ya solo podía pensar en cómo hacerle un puente al contacto del coche para poder irme a mi añorada camita.

Y venga. Y dale. No puedo negar que en determinado momento me llegó a poner un poco la situación. No tanto cuando se acabó el soniquete y la puerta de la habitación se abrió de nuevo.

Seguramente ahí debería haber ido a por las dichosas llaves. Seguramente. Pero sí, me da que en ese momento confirmé que lo de que «no es que sea un cobarde» es una mentira como una casa. Dejé que los dos volviesen al cuarto, cerrasen la puerta y me quedé otra vez tumbado en el sofá acordándome de toda mi parentela durante diez minutos. Hasta ese momento en que me levanté. Henchido de rabia y decisión.

Para volver a oírse el pestillo de entrada.

«La compañera.»

Muerto de la vergüenza, como en una mala serie de Telecinco, volví al refugio del sofá de nuevo. Y volvió la puerta a abrirse. Y volvieron a llamar a la puerta de la habitación de ella.

Y, sí, dejándome al borde de la pérdida de mi cordura, la voz volvió—y volvió, y volvió—a ser masculina.

ron

Tras quince minutos de grititos y entrecortadas frases lascivas, me levanté del sofá y llamé a la puerta de la habitación.

Pude escuchar nítidamente cómo alguien decía «Llego llego». A mí ya me había llegado.

Segundos después, la puerta se abrió y ahí me encontré, frente a un tío de metro noventa, miembro de treinta y mirada sugerente:

—Vaya, ¿tú también vienes?

—No, no te preocupes —le respondí—. Yo solo soy un inocente.

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inocente

Olés de la sociedad de la amargura laboral

Esta semana, una compañera dejaba el trabajo por encontrar algo mejor. Olé ella.

Si hay algo que caracteriza a nuestra sociedad laboral es la amargura. Las declaraciones de satisfacción con el trabajo son una mezcla entre animal en peligro de extinción y taza de Mister Wonderful: hay pocas, van a menos y para la gente suena a azúcar a cortar de la dieta. Frente a ellas, la estabilidad se impone como referente: da igual estar amargado, hay que mantenerse para poder cobrar. Eso sí, boicoteando el ánimo del de al lado y, si eso, del proyecto para que A, el entorno piense igual y podamos expandir el desánimo en medio de un mar de empatía rancia, y B, con algo de suerte la empresa se venga abajo y no nos quede más remedio que salir de la zona de confort, buscar algo mejor y pasar entonces a centrar nuestras críticas en ello hasta también echarlo abajo. Si puede ser, entre alabanzas a nuestra antigua empresa, en la que se trabajaba mucho mejor, más cómodamente o adverbio laudatorio que corresponda.

Esta semana una compañera dejaba el trabajo porque encontró algo mejor. Y olé ella.

«Olé ella» porque lo que una persona tiene que hacer cuando no está a gusto es buscar estarlo. Dentro de la situación, tratando de estar mejor en ella o mejorándola; trabajando por ello con cosas útiles y a quien se debe, no con críticas al aire de la nada o el desánimo colectivo. Si no se puede, pues buscando algo nuevo en lo que te encuentres a gusto: puede que no estés donde tienes que estar.

Pero claro, es que aquí seguramente te sientas donde debes. Porque aquí vivimos en la sociedad de la amargura laboral.

pinchando pixabay

Entornar los ojos en el trabajo está a punto de hacerse característica indispensable: unos, por ver todo mal; otros, por el hastío de que todo se vea mal

El objetivo parece haber dejado de ser la supuesta utopía de un entorno de trabajo en el que se esté bien y haciendo lo que a uno satisface. Ahora se lleva lo de encontrar el trabajo en el que se sea trituradora de ilusión ajena y del que no se pueda escapar.

Porque la capacidad de creación de ataduras en nuestro panorama laboral es extraordinaria.

En primer lugar, buscando optar al funcionariado para poder acceder a un puesto —en general— para toda la vida, cuya estabilidad y buenos salarios sirvan de excusa para justificar la muerte de ilusiones de algo mejor. Al tiempo, el inmovilismo y la inacabable cadena jerárquica típicas de la gigantesca Administración Pública garantiza la crítica y la posibilidad de trasladar la responsabilidad de la mejora a un ente abstracto (que si «el Estado», que si «los de arriba») que nada hace.

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De poco vale tomarla con una estatua. Si quieres cambiar algo, acude a quien puede hacer algo o acceder a hacer algo. Criticar una estatua es fácil, pero no va a hacer nada.

En el caso de lo privado, la excusa suelen ser los compromisos extralaborales. «Qué más dan las condiciones de trabajo cuando hay una hipoteca, un coche, una casa que mantener: estar amargado en el trabajo es el precio a pagar por ello.» A esto se le suman disculpas como el contrato, los compromisos de permanencia, los «tengo a los chavales en el colegio de al lado», los «no lo voy a dejar a medias ahora», los «me necesitan» y demás familia.

¿Sabéis algo? Buscar otra cosa mejor mientras se está no cuesta nada. Y si no la hay, puede aparecer con el tiempo.

¿De qué te sirve investigar un mes, rendirte y dejarlo para estar veinte años en un sitio que no te gusta? Comentaba una colega el otro día, con respecto a otro tema, que no hay que conformarse con un 7, sino ir a por un 10. Pues los dieces no aparecen doce veces al año: hay que currárselo, y si hay que dedicarse a buscar algo mejor un poco tiempo al día, a la semana, estando en un entorno en el que estás amargado, pues se busca. Cuando ese 10 —ese 8, lo que aspires que sea mejor que lo que tienes— aparezca, te vas. No te quedas amargado y amargando toda la vida en un entorno en el que no estás contento: la oportunidad va a aparecer si estás capacitado para ella.

Y si no estás capacitado para un trabajo de lo tuyo en otro lugar… Bueno, con objetividad, no hay que ser muy inteligente para ver que lo que puede estar ocurriendo es que el problema no esté tanto en tu puesto actual como en la incapacidad que tienes para afrontarlo. Las opciones en tal caso son claras: fórmate más, emprende o afina más el puesto de trabajo que quieres conseguir o en el que realmente eres bueno.

Si aun así las excusas siguen siendo las mismas… no te quejes tanto de otros y asume tanto los motivos y ventajas que hacen que te quedes como tu responsabilidad en la culpa de la situación que te amarga.

El ser humano tiene la costumbre de echar piedras al tejado de los demás para que los agujeros en el suyo no se noten tanto. Pero las goteras están ahí y esas no las tapa la verborragia de disconformidad y criticismo inocuo: uno está donde quiere y puede estar.

Olé a quienes tienen el valor de aspirar a algo mejor. Y un último olé, también y cómo no, para aquellos contentos en su trabajo.

Inconexo desconectado

Me siento desconectado. ¿O tal vez me sienta inconexo?

No sé cómo pronunciar esta sensación de volver a las teclas tras más de quince días sin usar un ordenador por puro ocio y no echarlo de menos ni por un instante. ¿Estoy desconectado o más bien inconexo?

Para saberlo, tal vez haga falta decir que tampoco he mirado apenas el móvil. Me lo olvido en Modo avión; se me apaga y no me importa, y sí: aunque roce redundancia y oxímoron, no: no lo he echado de menos.

Tengo el Insta desatendido. Pierdo en los Fantasy. A Facebook ya ni le miro porque me recuerda a cuánto lo odié hasta fingir ser su amigo un rato. En algún lugar del WhatsApp que solo he abierto para sonreír dos veces al día, su sombra me observa echándome en cara el rechazo. Pero no: no he echado de menos nada.

Quizás alguien pregunte por la tele… ¿aún queda alguno? Vi un par de pelis el sábado, un capítulo de algo hace nueve días y, vale: ayer y hace una semana, un cacho de OT con mi compañera de piso. Sin embargo… ¿la he echado de menos? ¿Esas tardes de mirarla con mis padres, “evenings” de tenerla de fondo, noches del partido en abierto un lunes o viernes según a Gol le coincida? Nah, lo siento: supongo que estoy inconexo. O desconectado, no sé.

Lo que sí sé es que debe de ser duro. Digo, para aquella gente que vive de la coletilla de que, para los jóvenes, la pantalla es nuestra vida. Ver cómo alguien de esta edad la pierde entre paseos, viajes, trabajos, deporte, cafés, charlas interminables, jam sessions y otros trastornos debe de escocer horrores bajo la nariz retorcida de perenne disgusto.

Pero lo cierto es que sí: aunque a algunos les pueda resultar increíble, la juventud puede vivir tanto o más fuera de nuestros dispositivos. Los jóvenes no estamos muertos, no, y solo a veces de parranda. No es que no sepamos vivir, valorar las cosas, sentirlo todo, sino que sabemos adaptarnos a estar siempre latiendo por algo. Porque —al contrario que ellos, odiadores (que no haters)— sabemos vivir fuera y dentro del mundo tras nuestras pantallas.

En ellas, latimos. Descubrimos. Aprendemos. Crecemos. Escribimos. Ligamos. Fracasamos. Triunfamos. Nos emocionamos.

Y fuera también.

Conectados. Desconectados. Conexos. Inconexos. Desconexos. Inconectados.

Humanos.

Ignorante

Creo que ha llegado el momento de ser sincero. O al menos —ya que sincero he intentado serlo siempre— de mostrar una pizca del agujero que en realidad llevan las entradas de este blog. Estáis ante un ignorante.

Durante todos estos años, me he esforzado en transmitir algo de lo que llevo dentro. Mucha gente ha confiado en mis palabras; mucha, me ha hecho llegar buenas apreciaciones con respecto a mi trabajo en estas páginas digitales; mucha (porque con que hubiese sido una persona sería ya mucha gente) me ha dado las gracias por haber escrito algo que le ha ayudado en determinado momento. Me hace muy feliz haber vivido cada una de estas pequeñas situaciones. Alguna especialmente la recordaré durante muchos años.

Sin embargo, hoy me gustaría decir a aquellos que confiaron en mí en algún momento, que no se dejen llevar al engaño de creer que lo que digo se graba en piedra, porque lo que ante vosotros tenéis delante no es otra cosa sino un perfecto ignorante.

A lo largo del tiempo aquí, he hablado de temas en los que no me he formado en ninguna clase certificada. He teorizado sobre realidades sin tener un corpus académico que avale mis apreciaciones. He comentado situaciones sin leerme antes amplia bibliografía del tema y he hecho sentir a quien confió en mi palabra que ciertas percepciones son poco menos que verdad absoluta, cuando en realidad no soy más que un chico en una habitación, abriendo su mente corta de omnisciencia a un público al que no veo la cara. Un ignorante.

Alguien que normalmente prefiere emocionarse con una novela de ficción a leerse un tratado de economía primermundista. Alguien que elige irse a dar un paseo por su ciudad a solas a ver la serie que por cultura general debería conocer de cabo a rabo. Alguien que se sienta en el sofá junto a sus padres o escucha a amigos y colegas por las noches en lugar de informarse de las cosas de las que al día siguiente va a hablar en el blog con su nombre. Transmitiendo su ignorancia a todos los que —al día, a la semana siguiente, cuando quiera que lean ese post perdido entre la maraña de internet— confían en su palabra.

Es por eso que hoy quiero no pedir perdón a todas aquellas personas que en algún momento habéis creído en mí y lo que aquí os he dicho, sino reconocer ante vosotros una verdad que tal vez un día di por hecha que sabíais y desde entonces ya siempre olvidé recordar aquí: soy un ignorante.

Y sí, a veces me esfuerzo por crecer. Sí, a veces, tal vez suena la flauta y resulto dar en el clavo con mi maza de falta de verdad del tamaño del Empire State. Sí que es verdad que soy alguien que a menudo encuentra gente que sabe más que él e intenta aprender un poco porque es un ignorante. Sí que soy una persona que escucha la opinión distinta, sí alguien que quiere ser mejor alguien.

Pero, ay: quien lee esto tiene que saber que soy un ignorante.

Cuando queráis o quieras verdades, vete a una biblioteca técnica. Léete tesis doctorales. Busca datos recopilados por organismos oficiales. Haz másters, cítate con condecorados estudiosos del tema.

Aquí no vas a encontrar verdades absolutas. Seguramente, nunca incluya un listado de bibliografía ni unos resultados de investigación en mil personas. Mi experiencia no es ley: todo lo que he vivido no es más que una individualidad que para nada debe ser extrapolable a algo más que entretenerse o sacar una sonrisa momentánea. No, no me hagas caso si digo algo, porque no soy nadie para que se me haga caso: soy solo una persona, en un mundo muy grande en que la verdad la hacen las masas, no los individuos que podemos tener corazón, sentimientos, experiencias, vidas y sueños, pero al parecer no verdad.

No creas en mí nunca, porque mi ignorancia te hará peor y acabarás como yo, ignorante.

Eso sí, que sepas que estaré aquí. Y que, si en mi mano está, seguiré intentando que mi vida no muera, que mis experiencias no se pierdan, que lo que soy se quede un poquito más aunque sea por puro egoísmo y ganas de emocionar.

Puede que yo nunca tenga la verdad, pero sí tengo emoción.

Y yo creo que la emoción es algo que no se puede robar. Ya sabes: soy un ignorante.