Por quien hacemos callar a quien queremos (La muerte del conocimiento personal no certificado II)

En la primera parte, Injustificado, tocamos el tema de cómo la credibilidad antes intocable, la de las personas queridas, se está viendo apaleada por la precoz introducción de la información móvil y la creencia de la omnisciencia e imparcialidad de internet a la hora de dar la razón o quitársela a la persona con la que se charla.

Hoy vamos a profundizar más en los dilemas que está suponiendo la falta de control de este implacable juez disfrazado de herramienta de apoyo.

Memorias del ceño fruncido

Recordemos el supuesto bien conocido. Charlas con un amigo, pareja, familiar, persona allegada y/o querida en general y le cuentas algo que has visto o conoces. La otra persona frunce el ceño (siempre fruncen el ceño), tira de móvil y te dice que eso no es verdad a partir del primer o segundo resultado que le aparece en Google a partir de un par de palabras clave. En la mayor parte de casos aceptarás la información—te habrás equivocado, a saber—, pero habrá en otros que no porque, narices, has visto cómo si le echas agua al fuego lo apagas, por mucho que diga internet. Y la otra persona, si te pones ciertamente irritado o incluso amenazante, tal vez te dé la razón con el ceño fruncido que indica que como a los tontos, porque lo que tiene en su mano es verdad con mayúscula.

Pero… ¿quién narices hace que eso sea verdad en mayúsculas?

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Verdades del juez plural

El funcionamiento básico de un buscador es conocido por casi cualquier usuario: introduces las palabras que consideras y busca el resultado más relevante para esas palabras.

“¿Relevante por qué?”, claro. Eso ya es más complicado.

Como todos sabemos, los parámetros de configuración de búsqueda de Google y similares, están sometidos a una serie de variaciones según nuestro historial y preferencia definidas de un modo u otro, pero —más allá de ello— la variable que siempre ha resultado más importante ha sido el posicionamiento del término buscado, bien sea pagando (SEM) o, sobre todo, por propia adecuación del contenido a lo que el famoso algoritmo de Google busca (SEO).

Al algoritmo, si tratamos de compactar en un término sus partes (como las referencias en otras páginas, la calidad del contenido, accesibilidad y demás), lo que más le importa para que aparezca un contenido es la aceptación del público de ese material. Viene a sumar la parte más “subjetiva” —que la gente lo comparta o lo mencione en otros lados, que esté enlazado— con la fácilmente medible para un motor así: el que el contenido sea original (no esté repetido por ahí adelante), la web entre en los códigos típicos de accesibilidad, sea responsive, etcétera. Además de (por supuesto) que las palabras que buscas y clave estén en ese contenido.

Pero vamos, que —en definitiva— el no tonto buscador va a intentar que salga el contenido más potencialmente aceptado por el que lo busca para que la satisfacción que dé le haga repetir. Y la maximización de esa aceptación en búsquedas de términos aleatorios que pueden surgir en una conversación casual con una persona cercana sobre algo que el que busca no domina del todo (por eso tiene que buscarlo) se realiza ofreciendo en primer lugar resultados que sean capaces de satisfacer a una gran cantidad de población que busque eso. Es decir, contenidos que basan su credibilidad no en su veracidad, sino en la cantidad de gente que los ve, puede ver o comparte. Gente que, en la práctica totalidad de casos, no podrían ser productores de esa información, sino que son simples espectadores de ella, simples consumidores de ella, simples aceptadores de ella, como quien está buscándola. Ese que, recordemos, busca porque no sabe la respuesta a lo que está buscando.

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Por quien hacemos callar a quien queremos

¿Es entonces veraz el contenido que se está ofreciendo? O mejor dicho: ¿es veraz el contenido que se está usando para deslegitimar la palabra de la persona allegada? Pues dependerá del productor del contenido, no del resultado en Google.

Porque a la posición y relevancia del resultado que lees lo que le da la legitimidad y posición en la búsqueda son dos cosas:

A: la gente que comparte, visita o enlaza el contenido indicado por el resultado.

O B: un responsable de SEO eficiente. Uno que sepa o acierte cómo configurar su web y contenidos para que ante esa búsqueda de resultados su página aparezca primero.

Ignorando la orwelliana creencia de que Google pueda llegar a ofrecerte el contenido que le interese por sus propios fines, esos dos de arriba son los jueces de verdad que utilizamos para deslegitimar la verdad de las personas que nos rodean tirando de móvil: masas de desconocidos —cuya opinión imagino que te importa porque son muchos y no porque sean personas queridas— o unos especialistas del SEO.

Obviamente, si alguien nació en 1984, difícilmente el resultado de búsqueda te va a decir que nació en el 87 por fastidiar. Pero, por favor, un poco de cabeza a la hora de decidir si nos compensa estar dudando constantemente de la palabra de la persona con la que nos estamos tomando algo.

Si estás en tu tiempo libre con alguien y aunque luego te informes si te deja la espinita, tal vez debería importarte un poco más su opinión que la de una montaña de datos de desconocidos en Google. Si no es así, mejor vete a casa y aprovecha el tiempo con aquello que de verdad quieres: puede que no sean personas, pero tienen las respuestas que amas más que estas.

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Si estás hasta las narices de que se dude de tu palabra móvil en mano, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. ¡Nunca se sabe cuándo podrías utilizarme para contradecir a la gente con la que tomes algo!

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Injustificado (La muerte del conocimiento personal no certificado I)

¿Cuánto hace que no publico? ¿Un año, tal vez? En cierto modo, me molesta. Me pica en la parte de detrás de la cabeza: que soy bueno, que no desaproveche. En cierto modo, tuve toda la razón del mundo y ninguna: no las hay para hacerlo.

Este post me viene muy bien para exponer porqués y al mismo tiempo tratar un tema que me daña tanto como me lleva apasionando durante todo este año de vacío: la muerte del conocimiento personal no certificado. Creo que me dará para varios.

Recuerdos del ignorante

En Ignorante  —uno de los últimos antes de la sequía de publicación, que no de pensamiento—, ya empezaba a notar cómo cierta hemorragia me iba a acabar por dejar bastante silente y amordazado. En él defendía mi libertad para equivocarme en mis opiniones, aunque en el fondo —no de forma tan transparente— también hablaba de cómo sentía que dijese lo que dijese era cuestionado, obviándome cualquier tipo de conocimiento. Una herida bastante sangrante en mis últimos tiempos.

Lo hablaba recientemente con un amigo: tengo y tenemos la sensación o realidad de que el papel del amigo que aporta opinión a tener en cuenta fuera de lo personal está pasando a la extinción. Porque para poder dar a día de hoy un razonamiento que se tenga en cuenta sobre algo no personal —sin tirar de discurso buscalikes, diplomacia, autoritarismo y demás daños— necesitas poco menos que un certificado.

La justificación sin justificación

La tecnología móvil y la conectividad son un auténtico regalo para el conocimiento. La capacidad de estar conectados a una fuente de datos de tal calibre como internet en la palma de la mano en cualquier momento del día nos vuelve poco menos que androides plenos de información. A priori, esto es un don, no algo negativo. Sin embargo, como con tantas otras cosas, la precocidad de su implantación está dejando víctimas a nivel pensamiento que uno duda que deban serlo. Y si no, contemplemos esta anécdota no basada en un hecho real pero que seguramente todos hayamos vivido en algún momento.

Estás hablando con alguien y, ante un comentario suyo, aportas algo que conoces del tema. Tu acompañante te dice «¿Sí?» con el ceño fruncido y tú «Sí, lo vi el otro día», no sabiendo muy bien qué día lo viste, pero sabiendo que lo has visto. La otra persona saca el móvil y se pone a escribir. «Pues aquí no pone nada». Y tú, que sabes que es así, le dices que bueno, que no lo pondrá, pero que así es, a lo que el otro asiente con la boca cerrada con firmeza y el entrecejo todavía arrugado. No hace falta ser muy empático para percibir que no te cree.

¿De veras es necesario tener que entregar una bibliografía con sus correspondientes enlaces de interés cada vez que uno aporta una información a alguien? Por momentos, parece que la nueva era lo presupone. Pero entonces…

La credibilidad que la red robó a la confianza

Cuando uno piensa en valores (no en valores de currículum, ni valores de principios), hay varios que siempre saltan a la palestra: amistad, amor, fraternidad, familia, equipo… Unidos a cada uno de estos van la escucha y la credibilidad.

¿A quién le hacemos caso desde siempre? A los amigos. A las parejas. A la familia. A nuestros padres. A la gente que queremos, vamos. ¿Y por qué? Porque tiene nuestra credibilidad.

Obviamente, la credibilidad clásica temblaba cuando de un tema nosotros teníamos más conocimientos: si un amigo que siempre restaba dos puntos en los exámenes por no acentuar nos venía diciendo que patata llevaba acento en la segunda a, podíamos no llegar a creerle o contradecirlo, pero era más bien residual, porque en general la gente teníamos mucho respeto a la opinión de nuestros allegados o personas de confianza. Podíamos creer que se equivocaban, pero en ningún caso dudábamos de que la credibilidad de lo que nos decían, de que lo decían creyéndolo.

La nueva realidad es un puñal para este modelo.

Aun creyendo que se estabilizará en algún momento y que es la precocidad de la adopción de la nueva conectividad lo que ha derivado en esta situación, lo que estamos viendo a día de hoy se enmarca en dos o tres términos de lo más impactantes para lo que vinimos viviendo durante toda la existencia humana: hay incredulidad ante la palabra de quien apreciamos, hay desconfianza ante lo que cree el compañero y hay una soberbia y sentimiento de egolatría y de “yo lo sé todo con esto que tengo en la mano” cada vez más extendidos y dolorosos.

Porque hacen que quienes creemos tener cosas que aportar propias, originales y formadas por nuestra experiencia nos veamos coartados por el tener que justificarlas con un medio ajeno, cuando durante siempre hemos tenido nuestra palabra y nuestros méritos como justificante válido.

Y el problema no está solo en que nuestros más o menos allegados se crean con derecho a desconfiar de nosotros en nuestra cara o se escuden en la supuesta imparcialidad de internet (qué gracia) para dudar de lo que les estamos contando. El problema gordo está en que:

A: el dato que se saca en primer término de una web es el de una persona desconocida legitimada por quién sabe cuántos desconocidos que, parece ser, solo con ser muchos tienen razón.

Y B: a ti se te quitan las ganas de aportar. Porque cuando tú no pones en duda la verdad personal en la palabra de quien te rodea, tampoco tienes por qué aguantar que quienes están a tu alrededor lo hagan de la tuya, cuando si les estás aportando es precisamente para que podáis aprender del otro y crecer juntos.

Y no, no digo que tengas por qué creerle. Digo que no tienes por qué dudar de que esa persona sí lo cree.

Injustificado

Con esto pongo punto y final a la primera parte de esta serie: básicamente, una breve exposición del seguramente gran motivo para no publicar este tiempo.

No pido que se me escuche, ni exijo que se me crea. Es tan solo que me da asco sentir que por no tener el respaldo de unas masas ovejiles y poco menos que sectarias detrás no merezco credibilidad. Si no la tengo, ¿para qué pierdes el tiempo escuchándome?

Espero poder ofrecer pronto una mayor explicación de cómo el nuevo perfil conectado desarticula el poder del pensamiento diferente al ovejil, acabando por hacer que no publiquemos nada nuevo en años, así como la naturaleza de esa verdad web que aceptamos como principio absoluto.

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Si te ha gustado y tal, no dudes en compartir, seguirme aquí o en Twitter y demás. Piensa que podrías tener que usarme como contradicción a lo que alguien está diciendo mientras charláis 😉

Motivos de una ausencia

Hace meses que no cuelgo nada. Supongo que hay motivos para ello más allá de la supuesta dejadez que por momentos me ha acompañado en el pasado: no creo que este sea el caso. Aun así, adelanto disculpas a aquellos que confiaron en mi pronto regreso, sometidos a la correspondiente decepción. A veces, uno necesita desconectar hasta de sí mismo.

Ese seguramente sea el primer motivo. Mi nueva aventura lejos del escritorio que hoy reencuentro con nostalgia me ha hecho querer verme un poco lejos de ese pasado de rutina solitaria que llevé durante meses y años. Puede parecer que un post se produce en media horita, poco más, pero la realidad es que su construcción —cuando quieres algo completo y de cierta incidencia—suma vida que, por momentos, no he visto compensada. Ya no por parte de quienes leéis mis publicaciones, con los que todas gracias son pocas, sino más allá, no sé cuánto.

Siendo una persona de poco interés por el hacerme notar socialmente, más allá de lo que obligue un camino hacia el cumplir algunos de mis sueños, no me es fácil ser constante en la escritura hacia el vacío del espacio de internet: si cada post me permitiese una tarde de café, paseo o juego con cada lector, me pensaría el dedicarme a ello a tiempo completo; lo que encuentro en cada publicación suele ser un mensaje en una botella lanzada a un mar que, siento, acaba en una montaña enorme de botellas varadas sin nada en su interior. Es en esas ocasiones cuando a uno le cuesta seguir haciendo sangrar el dedo por tener la tinta agotada ya tiempo atrás.

Tengo la esperanza de volver pronto. A ver si, poco a poco, consigo trasladar de nuevo el ánimo que inunda mi vida a estos lugares. Pero antes quiero pedir disculpas a esa gente que confía en mí y me da fuerzas para seguir adelante sin necesidad de decir nada, solo con su simple presencia casi fantasma: por mucho que esté o no esté, mi agradecimiento a cada apoyo es inabarcable con los brazos o un pabellón de baloncesto.

Espero veros pronto. Espero ser persona además de recuerdo.

A mi pen

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Tiene gracia que uno de los términos para denominar a uno de mis objetos más importantes sea el de «memoria portátil». Más que nada porque yo no tengo memoria ni para recordar cómo llegó a mí.

Sé que fue un regalo. Al menos, si se puede considerar regalo a la entrega de un producto promocional. De no tener en el lateral el símbolo de aquel máster ya olvidado, tal vez ni podría recordar de dónde vino. Pero, en fin: tampoco recuerdo de dónde vinieron más de la mitad de mis amigos.

Y es que este amigo es un amigo íntimo.

Por haberme acompañado durante más de un lustro que para mí es siglo. Por llevar de él no solo todos esos relatos que de mí son legado, sino mis sueños, mis recuerdos, quién fui y quién quise ser.

Este pen es mi amigo por ser testigo de mi mundo, mis ambiciones, mis éxitos y fracasos más simples y profundos.

Y sí, puede que lo que él lleve dentro sea guardado a buen cobijo cada cierto tiempo. Sí, puede que no sea más que un USB de plástico que cualquier día me dirá adiós en un mar de «No se reconoce el dispositivo».

Sin embargo, los amigos a veces también dejan de reconocerte. Como tú a tus relatos, a tus pasados, a tus sueños, y no por ello su recuerdo pierde todos aquellos matices, todas aquellas sonrisas, todas aquellas verdades y todos aquellos olvidos.

Aquellos que un día fueron vida.

Aquellos que, un día, fueron memoria.

Por qué me gusta San Valentín

Es de sobra sabido que San Valentín es una especie de referente de la muestra de amor forzosa y el impuesto gusto por la fotografía de pareja en red social. Una seudofestividad con claros tintes comerciales y todo ese rollo. Un burdo intento de generar sentimiento de soledad en los solteros. Una excusa deleznable para que madres manden cadenas de WhatsApp sobre el amor y la amistad.

En resumen, es de sobra sabido que San Valentín es una efeméride criticable a más no poder.

A mí, sin embargo, me encanta.

¿La novia y el polvo de rigor? La realidad es que no solo me encuentro a cien kilómetros de la churri, sino que me lleva gustando mucho tiempo pese a ser la primera vez en veintitantos años que tengo pareja en catorce de febrero.

¿Será por la omnipresencia de mi amada música romántica? Lo más romántico que voy a tener tiempo de escuchar hoy va a ser el himno de la Champions.

¿Me gusta por ser un empalagoso? Mi corazón ya solo trabaja de martes a jueves, y aun así casi vomita ante el doodle de San Valentín. Querer, quiero mucho; sentir, siento otro tanto; pero sí que tengo la sensación de que, en algún momento, me han quitado el azúcar a puro dolor. Tal vez me lo haya hecho solo. Solo sé que estoy empapado de charcos ahora más dulces que nunca.

Entonces, ¿cómo es posible que me guste San Valentín? A mí, que tengo hipocresía y crítica social entre mis etiquetas con más posts, ¿cómo puede gustarme esta salsa rosa contaminada, mar de corazones de plástico, latifundio de gruñidos de solteros que no quieren serlo?

Pues San Valentín me gusta porque, de pronto, se siente.

Me gusta porque me recuerda que, en este mundo sórdido y de tener que mantener los sentimientos callados, se puede decir que se quiere y se ama.

Me gusta porque no me trae de vuelta las penas de los fracasos, sino la ilusión de todas aquellas veces de latir amor juvenil y sincero.

Me gusta porque, en los gestos y miradas de las parejas forzadas a demostrarse algo en persona, veo aflorar recuerdos de aquellas veces en que se quisieron con ganas, ahora tal vez muertos, pero no del todo enterrados.

Y también me gusta porque gusta y no gusta.

Me gusta porque ilusiona y mata, da odio y sana, quema y extasía. Me gusta porque, año tras año, revuelve, para mal y para bien. Porque todo un mundo de gente que siente que ha conseguido no sentir parece sentir algo, bueno o malo, por él.

Sí, me gusta San Valentín. Me gusta, lo siento: me gusta porque siento, y sienten, y sentimos y no lo sentimos. En San Valentín no sentimos que no nos guste sentir, ni sentimos sentir. Simplemente lo hacemos: sentimos, sentimos y seguimos sintiendo.

Y ahí, al pie de este arcoíris de nostalgia, asco, desprecio, envidia, dolor y —cómo no— amor, yo sonrío.

Porque el amor correspondido y el de foto pueden ser o no bonitos. Pero ver a todo un mundo sentir es maravilloso.

Whitezone: la friendzone de la hoja en blanco

Ayer empezaba un nuevo curso de escritura creativa. Falta que hacía.

Lo cierto es que el traslado a Vigo le ha sentado a mi obra literaria como guillotina a cabeza de rey francés. Ya sea por las 6 horas y media de Word por la mañana, la agradable omnipresencia de mi mujer compañera de piso o la falta de una rutina que sí brilla en lo de no hacer nada, mi nuevo hogar ha devuelto mi producción de texto de opinión a niveles prehistóricos, mientras que la de relato o novela se ha volatilizado entre mobiliario de los 70.

¿Hoja en blanco?

Tras la primera sesión del curso, volvía a casa con dos relatos a trabajar y hacer potables, proyectos para otros dos, más el de este post. In other words, recordaba que la hoja en blanco es como echar a alguien la culpa de no querernos cuando el que tiene la incapacidad somos nosotros. Una friendzone literaria.

Casi podíamos llamarla whitezone.

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«¡Pobre de mí, no tengo ideas para escribir!» «¡Las musas no me quieren!» «¡Voy a tener que hacer una segunda parte mala

Pamplinas.

La persona que ha escrito de verdad, y ha sido creativa, y ha mantenido una constancia, y sufre la dulce enfermedad de la imaginación, no pierde la capacidad de crear historias. Ni mucho menos de escribir.

Puede perder nivel, hecho normal cuando uno se rasca la barriga a dos manos. Puede no tener suerte con las ideas, que las que se presenten no tengan la capacidad argumental, el género literario o ese ‘enganchar’ que le gustaría. Pero quien fue dotado de la capacidad de escribir en la medida suficiente para haber hecho algo en su vida literaria de lo que se haya sentido orgulloso en algún momento puede volver a tejerla si se pone.

Las estrategias para fomentar la creatividad son varias. Si bien meterse a un taller literario es una solución de alta efectividad, solo con escribir sin rumbo ante una pantalla ya deberían ir saliendo ideas. Leer textos que se salgan del sota-caballo-y-rey es otro método sencillo. Y, por supuesto, hay numerosas técnicas de fomento de la creatividad literaria. Aquí os dejo enlace a un post de Gabriella Literaria con unas cuantas actividades y otras tantas webs con más.

Si no te apetece escribir, lo dices. Si estás hecho un vago, asúmelo. Lo que tienes que tener claro es que quien quiere escribir puede.

Y que no hay whitezone que valga.

Hasta que la pierdes

Dicen que no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. El viernes pasado, perdí mi cartera.

Soy una persona bastante descuidada con mis objetos personales, de eso no hay duda. Soy de esas que dejan el móvil en silencio apoyado en cualquier lugar absurdo y se van a dar una vuelta. De las que hallan llaves de casa en inhóspitos recovecos de sofá. De las que meten unos cascos en el bolsillo de una cazadora y no los encuentra hasta que, tras todo un heterosexual invierno, la chaqueta sale del armario.

Sin embargo, soy un tipo afortunado y las cosas siempre aparecen.

¿Que la tarjeta del bus no está? Pues meses después surge bajo un mantel que lleva años sin moverse. ¿Que no sé qué ha sido del pen con pelis que Hari me regaló por el otro cumpleaños? Pues resulta que está junto al monitor en el que me he pasado escribiendo mis últimos 10 años.

En mi mundo, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Quizás por eso, entrando en casa después de la realidad de la pérdida, no dejaba de mirar una y otra vez a los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba.

Eso fue antes de preguntar a los colegas si la habían visto, y de volver al trabajo a descubrir que no estaba en ninguna parte de la oficina. Eso, antes de pasar por Información en el semiabandonado centro comercial de abajo y llevarme el pésame tras la negativa a mi obvia pregunta, tras llegar de la calle cuya acera revisé piedra a piedra tanto antes como después, de vuelta a una casa donde no podría dejar de mirar una y otra vez los mismos lugares en los que una hora antes la cartera no estaba, ni entonces, ni nunca.

Lo ocurrido me retorcía el alma. Recordaba haberla cambiado de bolsillo antes de salir de casa con ella, ocho menos cinco de la mañana, sueño y frío; la bolsa de clementinas por la que la moví cayendo pocos metros después de salir del portal, del bolsillo de donde antes estaba ella; y a mí recogiéndola para —por el gesto— hacer caer el boli, que también recogí. Porque en mi mundo, recordaba, las cosas nunca se van para siempre, ya que no se mueven solas. En todo caso, se caen y —salvo en medio de un tumulto— las escuchas caer.

Yo escuché caer cada una de las demás. Pero no caí en oírla caer a ella.

Y, sin previo aviso, mi mundo no era el mismo: era un niño en viernes tarde, en una ciudad ajena, sin un duro, ni forma de acceder a él hasta tres días después, quién sabe cómo sin documentación que acreditase mi identidad. Era alguien sin carné para conducir hasta casa seguro, sin tarjeta sanitaria para una urgencia y también alguien sin poder comprar cualquier tipo de sonrisa envuelta en papel de regalo que dar a sus sobrinas el día siguiente diciendo que habían sido tres señores con camellos y coronas. Sin previo aviso, era alguien que no era nadie. Por haber perdido una cartera.

Que alguien me explique cómo algo tan pequeño, a día de hoy, puede hacer tanto daño, más allá del objeto.

Y es que, conmigo, el refrán no era del todo universal: yo si sabía lo que tenía antes de que me dijese adiós. Porque ella, pese a mi torpeza y mi descuido innato, siempre aparecía y yo, por todo lo perdido y vivido a su lado, la quería casi como un amuleto. Quería el céntimo de la suerte de Estef en su monedero. Quería la entrada a las piscinas de Baños de cuando fui con una chica muchos años atrás. Quería la tarjeta con mi número de teléfono que nunca llegué a entregar a aquella chica del autobús hace siete años, cuando era algo que ni reconozco. Pero bien es cierto que no por querer cada parte de ella supe cuidarla, y que de pronto, tras tenerla conmigo casi una década, ya no estaba.

Este post va en parte como homenaje a ella, en parte como invitación a dar aprecio a los objetos (y, por qué no, las personas) que nos salvan día a día, pero también para quien encuentre una cartera por la calle.

Si eres un asqueroso, quédate con la pasta, pero busca devolverla o dejarla a la vista de quien tenga dos dedos de frente para hacerlo.

Es muy triste llegar a la Policía a denunciar la pérdida, te digan que si confías esperes unos días por si aparece (previa desactivación de tarjetas) y no lo haga. Es muy triste llegar a Objetos perdidos tras esos días y ver la cara del agente al anunciarte que entre todos esos DNIs extraviados no está el tuyo. Es muy triste pensar que donde ha caído la ha tenido que ver alguien y nadie ha tenido la honestidad de entregarla cuando solo el dinero dentro sirve para alguien más que quien la ha perdido. Y sí, alguno pensará «que se jodan» y que el hombre es un lobo para el hombre. Pero a ese le aseguro que, si lo han vivido alguna vez y se lo hace a otra persona, tiene de hombre o de humano lo que una garrapata. Y eso también es muy triste.

Ayer, volví a comisaría una última vez para darla por perdida. Mi nombre apareció de último en el listado de documentación encontrada y, al cabo de unos minutos —no sin cierta incertidumbre final—, mi cartera se presentaba ante mí en un sobre, mucho más delgada. Ya no tenía el céntimo de la suerte de Estef. Ya no la entrada a las piscinas de aquella tarde con aquella chica. Todo papel y moneda se había volatilizado, pero yo, fui muy feliz.

Porque vuelvo a tener un nombre. Carné de conducir. Acceso a la sanidad pública. Y también a poder comprar a mis sobrinas algo que, supongo les diré, han dejado en Vigo unos señores con coronas y camellos.

Por lo que duele, no se sabe lo que tienes hasta que lo pierdes. Pero, por lo que alegra, tampoco se sabe lo que tienes hasta que lo encuentras.