Tras la máscara de la bibliografía (La muerte del conocimiento personal no certificado III)

Quiero llegar al capítulo final, a La mordaza a lo divergente. De hecho, con esos “tres palitos” después de “certificado” iba a poner fin a la saga de post sobre cómo se está limitando la opinión no reflejada en una pantalla. Sin embargo, parece que —con este— dos escalones más han de llegar para poder dar un final útil, digerible y conciso.

Cuatro grandes fantasmas se ciernen sobre que se acepte la opinión de alguien. El primero es la facilidad de uso del buscador. El segundo, los medios de comunicación; todo un estandarte en lo de que la gente crea ciegamente lo que organizaciones con determinados intereses propios dicen y que ni tocaré por creer que el tema ha sido bastante tratado en otros posts y vida en general como para que todos sepamos de sobra que la objetividad no vive bien en las redacciones de televisión, prensa o radio. El interesante cuarto y futuro “palito uve”, los líderes y poderes de opinión. Hoy le llega el turno al conocimiento académico.

El saber de quien trabaja el saber

Tras milenios de titularidad por parte de los ancianos o las grandes bibliotecas, ¿a quiénes se le ha dado la etiqueta de guardianes del conocimiento y la sabiduría en los dos últimos siglos? Principalmente, a las universidades.

Si bien con la crisis económica ha perdido algo de idolatría con respecto a que “es lo que cualquiera que quiera éxito vital tiene que hacer”, se trata de un modelo que reúne (o reunía) el conocimiento mediante la acumulación de expertos de varias temáticas que forman (o formaban) a otros para que algunos lleguen (o llegasen) también a ser expertos.

Sin embargo, y aunque lo tomamos como algo de lo más normal, es bastante preocupante que muchísimos alumnos no tienen la sensación de salir bien formados de su etapa universitaria. De hecho, tantos o más tienen la sensación de no haber sido formados por expertos una vez esta se acaba.

Ya de por sí esto es bastante preocupante. Sin embargo, hay otras realidades más relacionadas con nuestro tema dentro. Como la producción de supuesto conocimiento.

TFM: trabajos sin fin de mejorar

Si bien antiguamente los estudios universitarios eran catedraciales ¿que no existe? ¿Catedráticos? Pero eso es el que habla, no el adjetivo. ¿Catedralicios? ¡Eso es relativo a las catedrales, no a la cátedra! ¡FUNDEU AYÚDAMEEEE!, el principal cambio en las últimas décadas se llevó ampliando las horas de práctica, la interacción con el profesor y la frecuencia de los trabajos. Los más carismáticos de estos últimos son, sin duda, los de fin de proyecto (grado, máster, etcétera): trabajos de enormes dimensiones que, a priori, deberían ser el reflejo de lo aprendido con los años. Ja.

La realidad es que, habitualmente, los trabajos de fin de proyecto son documentos de aparente investigación sobre un tema o situación específicos que, como es obvio:

– No tocan ni un cuarto de las temáticas recibidas como asignaturas.

– No buscan explotar en absoluto las virtudes adquiridas por el alumno, en base a coartar el trabajo introduciéndolo bajo unos moldes cuanto más estrechos mejor.

Moldes capitaneados por uno de los grandes términos de lo académico en la actualidad.

La bibliografía: sendero de confort

Si hay un principio claro que cualquier estudiante debe seguir de cara a un trabajo final de proyecto es que es un perfecto ignorante (como yo, cuña publicitaria sea).

El documento va a aportar solo dos pruebas de que quien hay detrás no es un robot durante decenas de páginas: la elección e interrelación de los contenidos y una hojita de conclusiones. El resto, son solo repeticiones de lo que otra gente ha dicho o descubierto, siendo en verdad el trabajo una especie de alabanza a lo que otros han escrito.

Además, el alumnado suele contar con un tutor normalmente especialista que se encarga de que no se salga del camino hacia el descubrimiento: que le indica a que se centre en lo específico elegido y, sobre todo, a que utilice muchas referencias —pudiendo ser de publicaciones académicas y no de webs—, que ofrezcan largas páginas de bibliografía al final del documento.

La demostración del conocimiento del alumno, su aportación a la perpetuación de lo académico, será pues una página de conclusiones que no solo no tienen por qué ser originales o útiles para ser valoradas, sino que de hecho tendrán en la originalidad un cierto riesgo. Página que, por supuesto, desaparecerá en el olvido en más del 90 por ciento de los casos apenas tiempo después, no siendo utilizada nunca en la práctica totalidad de ocasiones y sorprendiéndome a mí que el alumno llegase a enterarse en el caso de que alguien lo haga.

Pero entonces… ¿quién gana con este tipo de trabajos? ¡Pues quién va a ganar!

El elitismo académico

Disculpad que no tenga datos —aunque a final de post tampoco creo que os extrañe que no los tenga—, pero me atrevo a asegurar que de coger una bibliografía cualquiera de un trabajo de fin de proyecto, más del cincuenta por ciento de publicaciones referenciadas en la bibliografía pertenecerían a miembros del propio gremio universitario. De hecho, me atrevería a decir que ni un cinco por ciento pertenecería a publicaciones universitarias por debajo de la revista especializada o la tesis doctoral.

¿Tiene sentido útil? Sin duda: se presume que quienes hacen esos tipos de publicaciones son los verdaderos expertos y merecen atención. Pero si algo está claro es que los trabajos a nivel fin de proyecto nunca van a tirar con éxito por senderos fuera de lo ya tratado por el gremio.

—¿Y qué problema tiene esto? ¡Se supone que es lo más fundamentado, lo que más útil hace un trabajo.

—Ya, pero resulta que arriba hemos visto que los trabajos de fin de proyecto de los alumnos de a pie, en general, no se aprovechan. ¿Por qué entonces no les permitimos abrir áreas? ¿Por qué no les dejamos recopilar información sobre temas no ampliamente tratados por la comunidad universitaria y les dejamos avanzar por las consideraciones medias que encuentren para alcanzar conclusiones que van a ser igualmente poco utilizadas y de tan aparentemente poca validez práctica como las que se consiguen normalmente?

—Porque estaríamos formando seudoexpertos en temas en los que no hay apenas expertos.

—¿Y por qué no son expertos de verdad?

—Porque no tendrían rigor, no, valor académico, ya que no son académicos: son alumnos, aprendices de una materia. La opinión que tiene valor es la de quienes sí son académicos, quienes se forman con una tesis, los doctores, los profesores.

—Pero… ¿y qué hay de los expertos que dan clase? ¿Y los doctores honoris causa y estas cosas? No han hecho una tesis, ¿cómo están ahí?

Está claro que al defensor no le gusta que estén ahí, pero hay que decir lo que hay que decir:

—Bueno, porque han aportado cosas nuevas y relevantes. Porque su experiencia es importante en el sector. Porque han dado innovaciones. Porque han sido referentes.

—Ah, pero resulta que a quienes buscan hacer cosas nuevas les estás diciendo que el tema no está trabajado y no pueden meterse por ahí. A quienes quieren innovar en las temáticas, que no hay suficiente material académico. A quienes están verdaderamente interesados en crecer más en lo universitario les estás obligando a cernirse a las temáticas de tesis que gente con más poder ha fijado. ¿Y qué proyectos ha fijado la gente con poder? ¿Ha fijado proyectos suficientes como para satisfacer las curiosidades de cada uno de los alumnos interesados en crecer? ¿Ha fijado proyectos específicos del conocimiento particular que quiere el alumno explotar? No: ha fijado unos muy pocos proyectos superespecíficos sobre un tema no tratado y de relevancia no mayor a la que esos alumnos quisiesen tratar o proyectos que buscan satisfacer un interés común de muchos.

¿Y a qué nos lleva esto?

En primer lugar, a la realidad de que al ámbito académico le incomoda la generación de conocimiento no nacida del propio seno universitario o formativo, bien sea por el desprestigio que parece suponerles que gente que no se va a dedicar a ello aporte, bien porque el tratar en trabajos como los de fin de proyecto temas que ellos han tratado les infla más la popularidad de su trabajo y su aceptación dentro del propio ámbito universitario.

Y en segundo y más relevante para nuestra temática de la opinión silenciada, a que el pensamiento divergente —una opinión distinta formada a lo largo de los años a partir de la experiencia y la investigación y crecimiento individuales y privados que puede tener una persona— va a ser en muchos casos muy difícil de justificar con una bibliografía o un artículo académico. Ya no digamos en comparación con lo que puede costar encontrar uno sobre sus partes no relacionadas y de posible diferente comportamiento en solitario.

“Valideces”

Obviamente, lo académico va a tener toda la validez que se le quiera dar con merecimiento por todas las horas de trabajo que lleva consigo y, sin duda y en cuanto a opinión se refiere, el área científica tiene un seguro de vida que, entre tanta crítica, me gustaría ensalzar: habrá quien no tenga principios, pero creo que una enorme parte del conocimiento científico y experimental consigue unos grados de adecuación a la realidad altísimos e intachables que no merecen ser puestos en duda por opinadores ajenos como yo.

Por otro lado, difícilmente las publicaciones en cierto tipo de temas del ámbito social y humanístico, comportamiento humano y demás tendrán una precisión tan sólida en temas tan específicos como puedan ser los que en una conversación profunda llegan a aparecer, ya que los casos en los que se llega a tener un grado de divergencia entre dos personas tan grande son tan específicos (entorno, cultura, situación particular…) que lo más probable es que nunca se haya hecho un estudio con una precisión tan ajustada a ellos, siendo testados los relacionados —en muchos casos— en condiciones distintas a las que nos referimos en ese momento, más si cabe con el precoz avance de la sociedad y la incapacidad de realizar estudios sin demasiado sesgo cada tan cortos plazos por razones de falta de medios, presupuesto e interés.

Así pues (e insisto, fuera de lo científicamente demostrado), habría que pensar si compensa negarse a escuchar a alguien que piensa algo superespecífico que domina más que nosotros solo porque tenemos la posibilidad del “Lo ha dicho tal experto” o “tal estudio de la Universidad de Masaalcuadrado”.

La persona enfrente puede equivocarse, lo que dice puede no ser la verdad en una utopía de perfecta sabiduría y verdades absolutas en cuanto a opinión. Pero si estamos compartiendo tiempo y conversación con él, tiene todo el derecho a que su opinión tenga la validez de la nuestra sin tener que tirar de un universitario estudio social en condiciones distintas a las que estamos tratando. Si tanta importancia por encima de su opinión le damos, comprobémoslo en casa. No será por tiempo a solas con nuestros smartphones.

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Supongo que ya sabes lo que voy a decir: si te ha gustado, emegea, sigue, comparte y esas cosas. No tengo valor académico como para aparecer en un TFM, pero algo de qué hablar fijo que consigo.

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Los atentados que no evitamos

El jueves, una furgoneta atravesaba las Ramblas de Barcelona haciendo eses, llevándose por delante a cuantos paseantes podía, matando hasta ahora a 13 inocentes y dejando heridas a 80 personas. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Hace unos años, yendo por la principal calle peatonal de mi ciudad, un hombre se estrellaba a unos 30 metros a mi espalda tras tirarse desde la ventana de su ático. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Ante la tragedia, la gente nos parecemos bastante. Tal vez por lo que nos acerca a nuestros instintos menos racionales, en la muerte, en el miedo, actuamos de forma parecida.

De hecho, el ciclo de atención informativa en ataques terroristas suele ser muy similar.

gráfica proceso atentados.png

  • Siempre empezamos en el periodo cero, de calma. Hemos tenido atentados anteriormente, tenemos cicatrices de ellos. Sin embargo, permanecemos tranquilos y sin más amenaza que los riesgos de alerta 4 que de vez en cuando nos recuerdan los noticiarios.
  • Es entonces, en el punto 1, cuando se produce el atentado, cuyo número de personas interesadas aumenta de forma exponencial con las horas hasta alcanzar el punto 2, en que toda la atención mediática está focalizada en el acto terrorista.
  • Tras el primer día, de máxima atención, llega el acto multitudinario (punto 3), las declaraciones de quienes coincidieron con los asesinos y qué opinaban de ellos, para posteriormente irse centrando la situación en las consecuencias políticas y la detención de los relacionados aún en libertad (4). Durante las siguientes semanas, la atención de los medios y personas irá reduciendo su presencia hasta acabar, de nuevo, en el periodo 0, donde volveremos a estar tranquilos, recordando el atentado con pena cada cierto tiempo.

La respuesta de la sociedad ante el atentado

manifestaciones contra el terrorismo

La sociedad suele tener unos comportamientos comunes ante estas situaciones.

Los más televisivos son la manifestación y los actos de repulsa. Cuando algo así pasa, la gente suele salir a la calle, encabezada ante las cámaras por representantes políticos poco menos que agarrados de la mano en primera fila. Los minutos de silencio suelen ser también un habitual recurso.

Fuera de ello, está la crítica, en casa o la calle. Tiene múltiples versiones: la crítica al grupo terrorista, la crítica a todos los que tengan origen o religión compartida con el grupo terrorista, la crítica a los que no tenían una bola de cristal para ver que ese camión podía arrollar a un centenar de personas, la crítica a los países e instituciones que atacan a las zonas del grupo terrorista.

Si algo comparten todas estas acciones es la voluntad de que no se repita el acto. Sin embargo, ¿alguno de ellos tiene eficacia?

Que se me venga a la cabeza de primeras, solo la repercusión del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA hace unos años supuso un verdadero cambio en la actitud de la sociedad. Y yo diría que ni siquiera diría fue por los excepcionales movimientos de esta, sino por lo desagradable del propio homicidio.

Pero, si toda la sociedad se une, ¿por qué las medidas sociales, las detenciones y demás no acaban con el terrorismo de este estilo?

“Los orígenes del mal”

Recordemos la gráfica.

gráfica proceso atentados

El momento de mayor impacto social es el 2, siendo el 3 y sucesivos perfectamente interesantes en cuanto a potencia social contra la lacra. Sin embargo… ¿en qué momento nace el atentado? ¿En qué momento se adoctrina a la gente para perpetrarlo, se planea, se gesta?

En el 0.

Cuando la gente pasa ampliamente del tema.

El principal problema de nuestra sociedad ante este tipo de casos es que hacemos la vista gorda ante los síntomas de terrorismo. Una vez se produce el atropello de cien personas, decimos que uno de sus culpables tenía unas ideas “algo radicales”. Que puso en su Twitter en 2015 que mataría a todos los infieles. O que nadie se lo podía esperar. Cuando en realidad lo estás viendo día sí y día también haciendo o diciendo cosas sospechosas. Viendo sin hacer nada.

Porque, si algo tenemos por costumbre, es pasar ante las pequeñas cosas. “No es nuestro problema”. Vamos por la calle, vemos a alguien tirar basura al suelo y no hacemos nada, “¿para qué?: no es mi problema”. Vemos el bullying, pero no decimos nada hasta que el chaval se deprime, se mata o mata a 12 compañeros y un profesor, “no quiero líos”. Escuchamos gritos cada noche dos pisos allí, un cadáver sale tres años después por la puerta con quince puñaladas y aún tenemos los santos cojones de decir que “se veía venir”.

Buena parte de los asesinos de Barcelona eran catalanes. Críados en Cataluña, compañeros de clase de españoles, vecinos, amigos y hermanos de barceloneses que no dudarían en participar en actos de repulsa contra estas masacres y que, sin embargo, pasan de los síntomas porque “no quieren problemas”. Que no me diga nadie que rodeados de gente intolerante con el terrorismo habrían cometido igual el atentado, porque estos monstruos son personas. Personas que conviven con otras personas que forman sus valores, sueños y deseos.

¿Puede alguien caer en una banda terrorista si todo su entorno le lava el cerebro con lo inhumano que resulta hacerlo? Sí. Pero muchos menos. Muchos muchos menos. Y muchos de esos muchos muchos menos serían detenidos antes de cometer atentados si los muchos muchos que los rodean no mirasen para otro lado ante las evidencias de que algo podría estar pasando.

Manifestémonos. Critiquemos terroristas con o sin corbata. Seamos irreverentes si eso hace que esta lacra sangre. Pero no nos lavemos las manos escurriendo la culpa ante nuestras obligaciones como ciudadanos. Un lugar que no tiene tolerancia con los indicios del terrorismo es un lugar en el que el terrorismo lo tiene crudo para nacer. Y el indicio no está en el color de piel o en la religión: el indicio está en las pequeñas cosas que cada día nos encontramos y ante las que miramos hacia otro lado.

Si queremos que ese otro lado no sean pantallas diciendo los muertos de nuestra permisividad, no consintamos que el odio violento nazca entre nosotros. Porque esta gente son personas de nuestra sociedad, y nuestra sociedad no es solo responsabilidad de políticos, profesores, cuerpos de seguridad y demás chivos expiatorios: la sociedad es nuestra madre, padre, hermano, hija y amiga. Y a ellos no les consentiríamos que matasen a otras familias.

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Comenta, comparte, opina, que es gratis. Hay mil cosas con las que ser tolerante: por los mundos rotos que podrían ser los nuestros, no dejemos pasar las pequeñas cosas que pueden acabar en vidas robadas.

13 reasons why: 13 razones por las que el bullying no desaparece

13 Reasons Why (Por trece razones) está destinada a ser una de las grandes series de la temporada en cuanto a público apoyada en un excepcional marketing, una buena propuesta y el tratamiento de un tema que no deja de estar de moda. ¿Pero cómo es posible que estas prácticas sigan imparables a estas alturas?

Hoy, en homenaje a su título, veremos 13 de las innumerables razones por las que el bullying se mantiene en la actualidad.

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1.      Por instinto

Uno de los principales motivadores de la marginación. Viniendo del género animal y no habiendo evolucionado nuestros instintos al ritmo de nuestra mente, no es de extrañar esa tendencia a eliminar a lo débil o diferente en aras de una selección natural que vuelva a la especie más sí misma. Como veíamos en Marginación tiempo atrás, a día de hoy este comportamiento debería estar obsoleto dada su nula eficacia.

2.      Por tradición

Como de costumbre en nuestra sociedad, cambiar lo previamente establecido es harto complicado. La presencia del acoso a lo diferente lleva con nosotros, literalmente, desde tiempos inmemoriales y cambiarlo no es fácil.

3.      Por la diferencia

Como decíamos en el primer punto, el instinto lleva a atacar lo diferente. El actual mundo de la variedad de entretenimiento inacabable y la supuesta libertad de ideas refuerza la muestra de diferentes tipos de personalidades, ocios, físicos, sexualidades y otros, aumentando el número de potenciales objetivos de marginación para los potenciales acosadores.

4.      Por falta de educación a la apertura mental

En relación con el punto anterior, la educación en apertura mental no ha progresado al nivel de lo que la sociedad actual exige, cuando es definitoria a la hora de evitar abusos. El respeto a las ideas y modos de vida distintos es clave a la hora de evitar la marginación.

5.      Por poder

De nuevo relacionado con el instinto, cometer injusticias es un precio muy típico a la hora de obtener poder que nos dé seguridad. La marginación a inferiores suele derivar en una consideración social de ser una persona poderosa, lo cual en etapas tempranas (y no tanto) invita a llevar a cabo estas prácticas. La jerarquía social parece ser también omnipresente en nuestro ADN, siendo este tipo de abusos una de las maneras típicas de marcado de clases, en estas etapas por encima incluso del dinero.

6.      Por los que abusan

Que el que abusa es principal causa del acoso cae de cajón. Detrás de él hay causas y causas, como una educación dada a ello o una necesidad de atención típica de situaciones domésticas complicadas. Sea por la causa que sea, en la figura del acosador nace el acoso.

7.      Por las víctimas

En muchos casos, hay una tolerancia al acoso por parte de quien lo sufre casi preocupante. Normalmente atenazados por el miedo a las represalias en caso de denunciarlo, la cantidad de situaciones de silencio ante los ataques es tan aterradora como definitoria a la hora de volverse imparable. No es de extrañar viendo posteriores puntos.

8.      Por los espectadores

Si bien en ocasiones el acoso se produce a espaldas de la gente, son muy poco frecuentes los casos en que no existen espectadores de la situación. ¿De qué le sirve a un acosador que busca poder social un hostigamiento que nadie puede ver? La situación habitual, sin embargo, es una mirada a otro lado, una risa incómoda o una palmadita en el hombro a la víctima que no llega a más. Esta clase de comportamientos refuerza la situación de indefensión del acosado, a la par que da impunidad a su agresor.

9.      Por escurrir el bulto

No es necesario ni ser espectador para percibir la presencia y al menos intentar prevenir algo.

Recuerdo que con unos dieciséis años, unos compañeros le comentaban a una profesora en plena clase que sentían un odio acérrimo hacia mi persona. Uno hasta llegó a añadir un llamativo comentario en el que indicaban que a un compañero le encantaría hacer filloas (plato típico de mi comunidad hecho principalmente de harina, leche y sangre) conmigo. La profesora, lejos de escandalizarse, sonrió y me preguntó que qué me parecía. Yo, jugando al 4 en línea con mi compañero de mesa, le dije algo así como que no prestaba atención a quienes dicen tonterías.

Si bien en mi caso la situación no pasaba de esas fanfarronerías, que una profesora de ESO escuche ese tipo de comentarios y no informe o, al menos, reaccione de algún modo, es digno para mí de expediente. Pero bueno, “son cosas de críos”, claro.

10.  Por falta de una autoridad útil

En el entorno estudiantil, la necesidad de orden por parte de una autoridad suele caer en profesores, normalmente en los más “coleguitas” con los alumnos, como en el caso anterior. Estos pueden derivarlo a una orientadora a dirección o tratarlo el mismo, pero si bien en muchos institutos o colegios tendremos a alguna persona preparada para llevar este tipo de casos, a día de hoy el número de centros sin personal especializado o con gente como mi profesora no brilla por su ausencia.

En el caso de acoso fuera de las aulas, entre gente de la misma zona o incluso en un entorno adulto y laboral, la indefensión se vuelve grotesca.

11.  Por falta de un sistema para combatirlo

El sistema de prevención y lucha contra el bullying y el acoso en general es bastante ineficaz. Si pensamos en gran parte de los casos vistos en las aulas (donde se supone que hay más control), la situación suele derivar en el silencio y mantenimiento, la expulsión del acosador por unos días o el cambio de centro de la víctima. A pocos debería escapar que cualquiera de estas soluciones roza el cinismo con la realidad de los participantes.

Pasan los años y parece que a nadie se le ocurran alternativas eficaces.

12.  Por el lavado de manos

Cada cierto tiempo, la muerte de una persona acosada en algún lugar del mundo aparece a mitad de noticiario en las pantallas de televisión, haciendo que montemos en cólera en el sofá y exijamos venganza. Sobre los acosadores suele caer todo el peso de la Ley —es decir, ser atacados por la sociedad un tiempo e ingresados en un centro de menores—, mientras la persona acosada yace en el cementerio con costuras en las muñecas. Al cabo de dos días o noticias según la persona, pasamos del tema.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien muere no ayuda más que a manos a la cabeza, considerar al fallecido como mártir y convertir a sus acosadores en chivos expiatorios de situaciones de las que pasamos cada dos por tres en nuestro día a día.

13.  Por la no conciencia del bullying real

Últimamente parece que el único que existe es el que se comete contra aquellos que se ven abocados al suicidio, usados como bandera y arma contra el acoso. Pero es que esa, aunque sea la más dura, no es la realidad más común.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien cae no ayuda, ya que hace que se reste importancia a quien lo sufre en pequeña escala por parte de cualquiera de sus participantes.

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Los datos indican que un 6 por ciento de estudiantes españoles aceptan sufrir acoso escolar, casi 9 por ciento en la OCDE. El 900 018 018 es el teléfono gratuito de atención de estos casos,

En definitiva, el bullying actual no solo está o debería estar de moda porque salga un nuevo producto pantallil que nos recuerde lo que nos encontramos con una frecuencia apabullante. Las razones para que siga ahí pese a los años y los avances no invitan a pensar en su desaparición. En cualquier caso, no debemos compadecernos de una enfermedad en apariencia incurable en el corto plazo, sino luchar tanto contra ella como contra sus síntomas, en forma de víctimas con o sin autolesiones.

Estén más avanzados o menos los medios, es nuestra responsabilidad el denunciar, el poner límites a estos comportamientos ya no por las personas acosadas, sino también por sus familias, por sus amigos, por la gente que en un futuro tendrá que convivir con sus daños. Y también por nosotros mismos, aunque solo sea para limpiarnos un poco unas conciencias que, en ocasiones, lucen tan negras como una enorme mancha de sangre en asfalto.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Algunas vergonzosas razones de la victoria de Trump

Ayer me encontraba una curiosa encuesta en directo de un periódico español en la que se preguntaban a los lectores quién creía que iba a ganar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. En determinado momento, la encuesta iba Hillary 24.091-1.562 Trump. La han reiniciado como 20 veces ya, no tengo ni idea pues del resultado final, pero está claro que a veces la gente confunde lo que quiere que pase con lo que en realidad pasa.

De hecho, aún ahora siguen votando:

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“Ánimo Hillary, tú puedes”, estará diciendo todavía alguno.

La realidad, por mucho que la gente siga tapándose ojos y oído ante la terrible evidencia, es que el definido como televisivo misógino homoxenófobo y veinte adjetivos más Donald Trump ha ganado las elecciones del país más poderoso del planeta. El icono de la sociedad del primer mundo —el hogar de las oportunidades, de la Estatua de la Libertad, de la gran factoría de sueños hechos películas, de Nueva York y todo lo demás— va a estar presidido por alguien que ha declarado no poder evitar propasarse cuando ve a una mujer bonita, y que estas se dejan, porque tiene poder y es famoso.

Sabéis de sobra que soy un tipo abierto de miras, y que en general, ante el ataque indiscriminado a una postura, suelo posicionarme en torno a esta. Hoy no, gente. Hoy no me vale el decir “es que la gente estaba acojonada” o “es que Hillary no daba un programa decente”: una barbaridad de gente ha votado a este bufón por razones dignas de avergonzarse de la educación cultural del país que debería ser ejemplo para el resto, pero cada día da menos visos de que valga la pena.

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Y él feliz.

El miedo a lo diferente

Todo un clásico de la postura conservadora. “Lo diferente es malo”. “Los de fuera nos traen cosas malas”. Relaciones con los demás, las justas. Los demócratas de Hillary tiraron de él también, claro (“¡No votéis a Trump, que imaginaos lo que puede pasar, mejor quedaos con los que ya estábamos!”), pero el miedo al cambio no surtió el mismo efecto que en lugares como España con el Partido Popular y Rajoy, por ejemplo.

El populismo y el espectáculo polémico

De todos es sabido que decir lo que la gente quiere escuchar es supereficaz, y que si lleva follón y carne de tertulia política, mucho mejor. Tras exitazos de público como Beppe Grillo o Pablo Iglesias, un fenómeno televisivo y de cambio como Trump era todo lo necesario para cargarse una época de gobierno de larga duración criticado por su gestión de los restos de la Gran Crisis de principios del XXI.

El odio a la política

A base de hacer creer que la culpa de todos los males del país fueron los políticos, la campaña de Trump recalcaba una y otra vez su capacidad para afrontarlos, ya que no lo era. Ahora, los que no querían políticos tienen a todo el gobierno de su país más uno a la cabeza sin la más mínima experiencia.

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Sí, Donald, ya sabemos que eres tú, puedes bajar la mano.

El ‘patriotismo’ estadounidense.

“No necesitamos a los de fuera, porque somos los mejores. Europa es lo obsoleto; los chinos y rusos, nuestros enemigos; los mejicanos y latinos, las drogas y la delincuencia; a los musulmanes, directamente, les prohibimos la entrada en el país por tener la misma religión que los del 11-S; y ya que estamos con ellos, hay que hacer algo con el terrorismo, que para algo somos los buenos”. EEUU demuestra una vez más que, pese a ser un país hecho de inmigración, tiene unos prejuicios atroces a lo de fuera y un sentimiento nacionalista y patriótico rayano a la ceguera ególatra.

Las características de la rival

Hillary no es muy valorada en su tierra, pero si bien en muchos casos no lo es por haber sido segunda de un Obama y sus políticas bastante criticadas (respetable) o por sus “cambios de chaqueta” para ganar votos, también siembra dudas por temas que en un país desarrollado deberían estar en el olvido. Si bien pueden abundar los que nos digan que se echaron atrás por los escándalos no demostrados que Trump se empeñó en recalcar, difícilmente encontraremos a muchos que reconozcan que no la votaron por no querer estar gobernados por ser la mujer de Clinton, por “una cornuda” y demás comentarios decimonónicos. Que hubo quien le retiró su voto por no tener a una tía de presidenta tras el horror que le supuso tener a un negro es algo evidente. Y penoso, no digamos.

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Él es feliz.

Ahora bien, decepcionados: he de decir que hasta en este despropósito colectivo, brilla un rayo de luz. No sé si la luz es clara, negra o ultravioleta, pero estoy seguro de que habrá algún imbécil que se aferre a ella.

¿Sabéis cuando la gente por las redes sociales nos viene con que los demás son unos hipócritas, unos falsos y demás? Antiguamente, y pese a que el voto era secreto, muchos se avergonzarían de votar a algo como Trump. La corrección política y el miedo al qué dirán, les hacían ocultar dentro esas tendencias, hasta el punto de negarse a sí mismos esos valores. Hasta el punto de que había quien no votaría nunca a algo como Trump aunque lo apoyase, por no ser capaz de aceptarse así. Todos ellos que luchasteis a muerte porque la gente fuese visceral y sacase de dentro su verdadero ser, estáis de enhorabuena.

Tanto hemos luchado contra la hipocresía que, al final, hemos conseguido que la gente muestre abiertamente que es gilipollas.

Malditas lenguas

Prácticamente al tiempo que yo entraba a trabajar en mi nuevo empleo hace un par de semanas, una chica en prácticas de carrera hacia lo propio. Un encanto de mujer —animada, voluntariosa, con valores—. No tardé en verle el parecido físico a mi ex María. Así pues (teniendo en cuenta que empezamos a la par, el extraordinario recuerdo que guardo a mi primera novia y mi ya de por sí frecuente tendencia al apego) no tardé en cogerle estima.

Este jueves se despedía de nosotros cinco meses y medio antes de lo acordado.

Tras su madre, encantadora, lucía sempiterna sonrisa en el rostro y mil disculpas en los labios, insistiendo en que no era culpa nuestra, que la habíamos tratado de maravilla y que nos agradecía todo.

“¿Qué ha pasado aquí?”, se preguntaban mis compañeros al tiempo que madre, hija y jefa conversaban en otro despacho. Yo no tuve dudas ni por un momento de lo que ocurría.

Porque yo siempre he sufrido un miedo atroz a que me pasase lo que a ella. Y, pese a que acabé engañado por sus alegres gestos y sonrisas, tenía que haber sabido desde el principio que esto iba a pasar.

Malditos idiomas.

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Dicen que hablando se entiende la gente. Prueba a hablar con alguien que no habla los idiomas que dominas.

Adoro mis dos lenguas nativas. Imposible no hacerlo, con todo lo que me dan.

El castellano ha sido mi vida. Con él, he escuchado, he pensado, conversado. Con él he crecido, he llorado, me he emocionado. Con él he escrito. Mucho. Con él he enamorado y me he enamorado. Demasiado.

El gallego me emociona. Me da el recuerdo de quienes en mi infancia me rodearon. Me trae el aroma a humo de las reuniones familiares en mi pueblo. Me hace volver a ver las fiestas y las series de niño en la televisión autonómica, que nunca serán iguales en otro idioma, no: nunca. El gallego me permite llegar a la confianza de mucha gente que con solo compartirlo te hace sentir uno de ellos.

Quiero a mis dos idiomas puros muchísimo, y ni por un momento este post tiene que hacer dudar de que sienta que son parte de mi alma.

Sin embargo, daños como el de esta chica portuguesa hacen que mire la variedad de lenguas con un odio acérrimo.

¿Es justo que esta pobre mujer —motivada, trabajadora, animosa— tenga que tomar la determinación de irse por el sufrimiento que le supone la incapacidad para comunicarse y la soledad de la incomunicación?

Las reacciones a la noticia fueron prontas; previas, de hecho. Ya desde que llegó, la jefa le había ofrecido estar una temporada con ella en casa, hasta adaptarse. En anteriores ocasiones, se habían dado cursos de español rápido que no costaría aplicarse en alguien con un idioma hermano.

No obstante, la realidad que aquí presento va bastante lejos de la que yo considero adecuada intervención de mis compañeros. Va a que este tipo de cosas no pasaría ante el dominio de un idioma general por parte de todos.

Y es que las situaciones son insufribles.

Querer ser cordial y hacer que resulte incómodo. Preocuparte por cómo está un compañero y acabar haciéndolo sentir mal y sintiéndote mal tú mismo. Estar bien en un momento, querer aprovechar el clima para unir y acabar rodeando vuestras mentes de incomprensión y soledad.

No sé si el tiempo ahorrado en no generalizar el inglés u otro compensa tanto daño. Yo sé que estaba al lado de una persona que me traía los mejores recuerdos de alguien a quien quise mucho y, en lugar de la ilusión que siempre me genera este tipo de cosas, sentía una distancia e impotencia inacabables.

Esta sensación, unida a una soledad que bien podríamos haber tratado de enfrentar de haber tenido noticia de ella, ha mandado a casa a una pobre chica en su primera gran experiencia fuera de su tierra.

Algunos la tildaréis de cobarde. Algunos de cría. Pero… ¿cómo vas a poder llegar a confiar en alguien lo suficiente para decirle que te estás hundiendo cuando no eres capaz de tener una conversación con él? Ella solo quería no molestar.

Ella solo se moría sola.

¿Y quién es el culpable objetivo de su muerte con nosotros? ¿Ella, por no decir nada? ¿Nosotros, por no darnos cuenta de lo que era complicadísimo de percibir? ¿Programas que mandan fuera a la gente sin medios para defenderse de los miedos que aún no conocen? No. La culpa la tiene no haber tenido un código común que nos permitiese comunicarnos.

Porque sé perfectamente que, de haber podido realizar su labor como en su país seguramente podrá, con esta gente hubiese disfrutado muchísimo. Porque, al fin y al cabo, ella solo quería aportar y nosotros aportarle a ella y, solo por no tener medios de verdad para podernos decir algo así entendiéndonos, todos hemos perdido la oportunidad de disfrutar de su experiencia aquí.

Y sí: el idioma es la identidad de una cultura. Y sí, cada lengua que desaparece es un mundo que con ella cae.

Pero, al menos hoy, dejadme que diga bien alto que malditos idiomas.

Malditas lenguas.

Los contracorrientistas ante el desequilibrio de la balanza física y mental

He pasado la mayor parte de la otra semana al lado de mi antiguo mejor amigo. Hacía como 7 años que no nos veíamos, ni hablábamos —ya dedicaré un post a esto si son necesarias las pruebas de que se puede hacer sin que pase nada—.

Este hombre es un pensador de nueva era. Un tipo bien formado e informado, estudiante de dos carreras y fanático del hacer crecer su mente y conocimientos a base de horas y horas de pantalla de ordenador con literatura y noticias sobre temas que le permitan comprender el funcionamiento de la sociedad, como pueden ser historia, naturaleza humana, política, economía o demografía. Un “cerebrito”, vamos.

A nadie con cierta trayectoria como usuario en esta página extrañará que la mayor parte de los cuatro días que estuvimos juntos nos los hayamos pasado “arreglando el mundo con palabras”. Pero estoy convencido de que la práctica totalidad de los que solo me conocéis por aquí os sorprenderéis al descubrir que, el resto del tiempo, los dos cerebritos nos lo hemos pasado saltando piedras.

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Agradecer las fotos y su estancia a la genial Elo 😉

Adoro saltar piedras. Le tengo devoción. Acabar en medio de la nada subiéndome por riscos y rocas irregulares hasta llegar arriba, jugar con mi concepto de los límites de mi capacidad física y equilibrio y saber que un fallo me deja en el leñazo. Como yendo en bici a todo pedal por pistas estrechas y barrosas, sin casco ni miedos; como jugando pachangas horas y horas con solo mínimos descansos.

Este chaval también adora saltar piedras. Juntos, hemos crecido saltando piedras. Subidos a una bicicleta. Jugando al pilla montados en ella. Entrando con diez años en casas en construcción, descolgándonos a la oscuridad y escondiéndonos tras montañas de la arena extraída cuando alguien se acercaba.

Somos físicos. Siempre hemos sido personas con una enorme sed de conocimiento, pero también física.

Sin embargo —y siendo algo que me apasiona—, ¿cada cuánto practico el tipo de “deporte” que me llena? ¿Cada cuánto escalo muros? ¿Cada cuánto me paso la tarde entera jugando al fútbol? ¿Cada cuánto me meto mis quince kilómetros en mi pesada cutrebici para gente que no considera asumible gastarse 899 euros en una? Dos, tres veces… ¿cuatro al año?

¿Cada cuánto puede mi querido antiguo mejor amigo hacer esto con sus colegas?

¿Cada nunca?

El jardín de las delicias sustituyendo a la gente por nuestros amigos con alta capacidad de conversación y amantes de jugar con los límites de su físico

A veces me quedo pensando en por qué narices es tan complicado encontrar gente que combine la inquietud mental, las conversaciones que van más allá del cotilleo, la búsqueda de ser más sabios, con el despliegue físico natural.

Y no, que sé que algunos lo estáis pensando: no hablo de ratas que cambian las paredes de la biblioteca por las de un gimnasio para satisfacer su ego y su buena salud; ni de deportistas con labia, carisma y conversación extraordinaria que si tocan un libro es un best-seller de nula calidad literaria.

Hablo de gente que sea, sin forzarse, física y pensadora.

¿Por qué tanto como yo como mi amigo tenemos que esperar a encontrarnos, una vez al lustro, para pasarnos dos tardes físicas seguidas tras las cuales charlar sobre naturaleza humana hasta las tantas?

Pues seguramente, porque nuestra sociedad sufre una radicalización de los extremos de la balanza física y mental.

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(Rara avis)

Imaginemos el clásico río cuyo cauce se divide en dos. Muchos veremos a Homer mirando a un lado una estampa paradisíaca y a otro un panorama desolador para la barca; en este ejemplo, sin embargo, nos quedaremos con que los dos son los extremos de la balanza arriba, sin más adjetivos.

Desde pequeños, parece como si al decantarse por uno de los dos lados renunciásemos al otro. Cuando yo era un chaval, los niños buenos en el fútbol eran los que acababan repitiendo, mientras que los que sacaban notas no sabían darle a una pelota (en todo un estereotipo). Cuando crecí, la gente con la que yo tenía tema de conversación profundo era físicamente poco atractiva, casi desarreglada y se negaba a venirse a jugar al fútbol o a andar en bici; mientras tanto, con los atractivos y musculados no podías tener una conversación relevante ni de su propio deporte.

De algún modo, la corriente arrastra a la gente a una de las dos cataratas, en la que el lado opuesto se despeña. Con el tiempo, los que se quedan medianamente al centro, pero son obligados a hacer alguna cosa del otro lado, acaban renunciando a lo que los obliga. A los que les va el ordenador y la tele acaban por irse “de terracita” en vez de ir a echar unos tiros; los físicos se entregan al cuñadismo más recalcitrante para no tener que pensar por ellos solos.

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¿Es cuestión de especialización por falta de tiempo?

Cuanto mejor se te da un lado, más te centras en su satisfacción abandonando el otro por la frustración de la no obtención del mismo resultado. La variedad de entretenimiento y la carencia de tiempo de la sociedad de la información son, sin duda, claves en la renuncia al lado físico, así como la excusa de la edad y el suponer mayor esfuerzo, también a la hora de culturizarse, cierto es.

¿Es cuestión de educación?

La educación para el deporte en lo escolar aquí no existe, por mucho que digamos.

No solo hablamos del tremendo desequilibrio entre el número de asignaturas de pensar y las físicas —extraescolares salvo una “Gimnasia” de la que se ha extendido la idea de no deber contar en caso de suspenso que impida avanzar en los estudios; nunca he visto a nadie repetir curso por Educación Física—. Una Educación Física que desaparece en último curso para acabar de completar el desprecio.

Si nos referimos a la educación de fuera de clase, los medios de comunicación de masas nos invitan a ver a los deportistas como ídolos sociales, pero que se forme a las personas para amar el deporte más allá del verlo depende, entre otros, de la oferta de actividades deportivas en la zona, de si esta ofrece espacios y más compañeros para que los niños puedan jugar en la calle y de la iniciativa, el dinero o la disponibilidad de los padres para permitírselo.

Yo crecí en un lugar en el que nos pasábamos los veranos y fines de semana jugando y corriendo fuera de casa, parando solo para comer y sin que nadie hiciese temblar nuestra seguridad. Ahora, dejar al niño ir solo al parque está hasta mal visto.

Quizás por ello se lleven tanto dos perfiles: los niños saturados de extraescolares que sacan buenas notas, hablan idiomas y practican diferentes deportes y aquellos que se pasan las horas libres delante de las pantallas. El agobio al que suelen verse sometidos los primeros contrasta con la realidad de los “educados por el ordenador y la consola”, en el que la formación de una vocación para lo físico muere desde edad temprana. Dos horas de gimnasia a la semana —durante unos cuantos meses al año— no van a salvar nada.

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Así pues y en definitiva, el panorama pinta desolador para aquellos “contracorrientistas” que, ante la fuerza del agua hacia la cascada, permanecemos tratando de remontar ante uno de los cauces. Seguramente, alguna parte de los agobiados por las extraescolares deportivas acaben por llevar dentro una parte de cada lado y salgan a hacer deporte porque “lo necesitan” tras preocuparse por formar su mente. Pero el gran problema es que esa gran parte de sociedad que o no ve bien el agobio a los chavales o no puede permitirse el tiempo o dinero para llevar a sus retoños a sus deportes va a acabar generando una portentosa masa de población cuyo único interés en el deporte va a estar en programas de tertulia futbolística y pruebas a famosos en una isla caribeña.

Si no tratamos de cambiarlo, después no nos quejemos de los datos de obesidad, del elitismo deportivo o del cansancio a la hora de subir la compra del coche a casa. Después no seamos falsos diciendo que no hay que caer en el estereotipo de que los cerebritos tienen que ser unos patanes físicos.

Para entonces, ya habremos hecho de él una realidad uniforme. Junto con la extinción de los que amamos charlar de naturaleza humana mientras nos dirigimos a lo alto de una montaña a sentirnos llenos por un momento.