13 reasons why: 13 razones por las que el bullying no desaparece

13 Reasons Why (Por trece razones) está destinada a ser una de las grandes series de la temporada en cuanto a público apoyada en un excepcional marketing, una buena propuesta y el tratamiento de un tema que no deja de estar de moda. ¿Pero cómo es posible que estas prácticas sigan imparables a estas alturas?

Hoy, en homenaje a su título, veremos 13 de las innumerables razones por las que el bullying se mantiene en la actualidad.

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1.      Por instinto

Uno de los principales motivadores de la marginación. Viniendo del género animal y no habiendo evolucionado nuestros instintos al ritmo de nuestra mente, no es de extrañar esa tendencia a eliminar a lo débil o diferente en aras de una selección natural que vuelva a la especie más sí misma. Como veíamos en Marginación tiempo atrás, a día de hoy este comportamiento debería estar obsoleto dada su nula eficacia.

2.      Por tradición

Como de costumbre en nuestra sociedad, cambiar lo previamente establecido es harto complicado. La presencia del acoso a lo diferente lleva con nosotros, literalmente, desde tiempos inmemoriales y cambiarlo no es fácil.

3.      Por la diferencia

Como decíamos en el primer punto, el instinto lleva a atacar lo diferente. El actual mundo de la variedad de entretenimiento inacabable y la supuesta libertad de ideas refuerza la muestra de diferentes tipos de personalidades, ocios, físicos, sexualidades y otros, aumentando el número de potenciales objetivos de marginación para los potenciales acosadores.

4.      Por falta de educación a la apertura mental

En relación con el punto anterior, la educación en apertura mental no ha progresado al nivel de lo que la sociedad actual exige, cuando es definitoria a la hora de evitar abusos. El respeto a las ideas y modos de vida distintos es clave a la hora de evitar la marginación.

5.      Por poder

De nuevo relacionado con el instinto, cometer injusticias es un precio muy típico a la hora de obtener poder que nos dé seguridad. La marginación a inferiores suele derivar en una consideración social de ser una persona poderosa, lo cual en etapas tempranas (y no tanto) invita a llevar a cabo estas prácticas. La jerarquía social parece ser también omnipresente en nuestro ADN, siendo este tipo de abusos una de las maneras típicas de marcado de clases, en estas etapas por encima incluso del dinero.

6.      Por los que abusan

Que el que abusa es principal causa del acoso cae de cajón. Detrás de él hay causas y causas, como una educación dada a ello o una necesidad de atención típica de situaciones domésticas complicadas. Sea por la causa que sea, en la figura del acosador nace el acoso.

7.      Por las víctimas

En muchos casos, hay una tolerancia al acoso por parte de quien lo sufre casi preocupante. Normalmente atenazados por el miedo a las represalias en caso de denunciarlo, la cantidad de situaciones de silencio ante los ataques es tan aterradora como definitoria a la hora de volverse imparable. No es de extrañar viendo posteriores puntos.

8.      Por los espectadores

Si bien en ocasiones el acoso se produce a espaldas de la gente, son muy poco frecuentes los casos en que no existen espectadores de la situación. ¿De qué le sirve a un acosador que busca poder social un hostigamiento que nadie puede ver? La situación habitual, sin embargo, es una mirada a otro lado, una risa incómoda o una palmadita en el hombro a la víctima que no llega a más. Esta clase de comportamientos refuerza la situación de indefensión del acosado, a la par que da impunidad a su agresor.

9.      Por escurrir el bulto

No es necesario ni ser espectador para percibir la presencia y al menos intentar prevenir algo.

Recuerdo que con unos dieciséis años, unos compañeros le comentaban a una profesora en plena clase que sentían un odio acérrimo hacia mi persona. Uno hasta llegó a añadir un llamativo comentario en el que indicaban que a un compañero le encantaría hacer filloas (plato típico de mi comunidad hecho principalmente de harina, leche y sangre) conmigo. La profesora, lejos de escandalizarse, sonrió y me preguntó que qué me parecía. Yo, jugando al 4 en línea con mi compañero de mesa, le dije algo así como que no prestaba atención a quienes dicen tonterías.

Si bien en mi caso la situación no pasaba de esas fanfarronerías, que una profesora de ESO escuche ese tipo de comentarios y no informe o, al menos, reaccione de algún modo, es digno para mí de expediente. Pero bueno, “son cosas de críos”, claro.

10.  Por falta de una autoridad útil

En el entorno estudiantil, la necesidad de orden por parte de una autoridad suele caer en profesores, normalmente en los más “coleguitas” con los alumnos, como en el caso anterior. Estos pueden derivarlo a una orientadora a dirección o tratarlo el mismo, pero si bien en muchos institutos o colegios tendremos a alguna persona preparada para llevar este tipo de casos, a día de hoy el número de centros sin personal especializado o con gente como mi profesora no brilla por su ausencia.

En el caso de acoso fuera de las aulas, entre gente de la misma zona o incluso en un entorno adulto y laboral, la indefensión se vuelve grotesca.

11.  Por falta de un sistema para combatirlo

El sistema de prevención y lucha contra el bullying y el acoso en general es bastante ineficaz. Si pensamos en gran parte de los casos vistos en las aulas (donde se supone que hay más control), la situación suele derivar en el silencio y mantenimiento, la expulsión del acosador por unos días o el cambio de centro de la víctima. A pocos debería escapar que cualquiera de estas soluciones roza el cinismo con la realidad de los participantes.

Pasan los años y parece que a nadie se le ocurran alternativas eficaces.

12.  Por el lavado de manos

Cada cierto tiempo, la muerte de una persona acosada en algún lugar del mundo aparece a mitad de noticiario en las pantallas de televisión, haciendo que montemos en cólera en el sofá y exijamos venganza. Sobre los acosadores suele caer todo el peso de la Ley —es decir, ser atacados por la sociedad un tiempo e ingresados en un centro de menores—, mientras la persona acosada yace en el cementerio con costuras en las muñecas. Al cabo de dos días o noticias según la persona, pasamos del tema.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien muere no ayuda más que a manos a la cabeza, considerar al fallecido como mártir y convertir a sus acosadores en chivos expiatorios de situaciones de las que pasamos cada dos por tres en nuestro día a día.

13.  Por la no conciencia del bullying real

Últimamente parece que el único que existe es el que se comete contra aquellos que se ven abocados al suicidio, usados como bandera y arma contra el acoso. Pero es que esa, aunque sea la más dura, no es la realidad más común.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien cae no ayuda, ya que hace que se reste importancia a quien lo sufre en pequeña escala por parte de cualquiera de sus participantes.

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Los datos indican que un 6 por ciento de estudiantes españoles aceptan sufrir acoso escolar, casi 9 por ciento en la OCDE. El 900 018 018 es el teléfono gratuito de atención de estos casos,

En definitiva, el bullying actual no solo está o debería estar de moda porque salga un nuevo producto pantallil que nos recuerde lo que nos encontramos con una frecuencia apabullante. Las razones para que siga ahí pese a los años y los avances no invitan a pensar en su desaparición. En cualquier caso, no debemos compadecernos de una enfermedad en apariencia incurable en el corto plazo, sino luchar tanto contra ella como contra sus síntomas, en forma de víctimas con o sin autolesiones.

Estén más avanzados o menos los medios, es nuestra responsabilidad el denunciar, el poner límites a estos comportamientos ya no por las personas acosadas, sino también por sus familias, por sus amigos, por la gente que en un futuro tendrá que convivir con sus daños. Y también por nosotros mismos, aunque solo sea para limpiarnos un poco unas conciencias que, en ocasiones, lucen tan negras como una enorme mancha de sangre en asfalto.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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Algunas vergonzosas razones de la victoria de Trump

Ayer me encontraba una curiosa encuesta en directo de un periódico español en la que se preguntaban a los lectores quién creía que iba a ganar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos. En determinado momento, la encuesta iba Hillary 24.091-1.562 Trump. La han reiniciado como 20 veces ya, no tengo ni idea pues del resultado final, pero está claro que a veces la gente confunde lo que quiere que pase con lo que en realidad pasa.

De hecho, aún ahora siguen votando:

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“Ánimo Hillary, tú puedes”, estará diciendo todavía alguno.

La realidad, por mucho que la gente siga tapándose ojos y oído ante la terrible evidencia, es que el definido como televisivo misógino homoxenófobo y veinte adjetivos más Donald Trump ha ganado las elecciones del país más poderoso del planeta. El icono de la sociedad del primer mundo —el hogar de las oportunidades, de la Estatua de la Libertad, de la gran factoría de sueños hechos películas, de Nueva York y todo lo demás— va a estar presidido por alguien que ha declarado no poder evitar propasarse cuando ve a una mujer bonita, y que estas se dejan, porque tiene poder y es famoso.

Sabéis de sobra que soy un tipo abierto de miras, y que en general, ante el ataque indiscriminado a una postura, suelo posicionarme en torno a esta. Hoy no, gente. Hoy no me vale el decir “es que la gente estaba acojonada” o “es que Hillary no daba un programa decente”: una barbaridad de gente ha votado a este bufón por razones dignas de avergonzarse de la educación cultural del país que debería ser ejemplo para el resto, pero cada día da menos visos de que valga la pena.

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Y él feliz.

El miedo a lo diferente

Todo un clásico de la postura conservadora. “Lo diferente es malo”. “Los de fuera nos traen cosas malas”. Relaciones con los demás, las justas. Los demócratas de Hillary tiraron de él también, claro (“¡No votéis a Trump, que imaginaos lo que puede pasar, mejor quedaos con los que ya estábamos!”), pero el miedo al cambio no surtió el mismo efecto que en lugares como España con el Partido Popular y Rajoy, por ejemplo.

El populismo y el espectáculo polémico

De todos es sabido que decir lo que la gente quiere escuchar es supereficaz, y que si lleva follón y carne de tertulia política, mucho mejor. Tras exitazos de público como Beppe Grillo o Pablo Iglesias, un fenómeno televisivo y de cambio como Trump era todo lo necesario para cargarse una época de gobierno de larga duración criticado por su gestión de los restos de la Gran Crisis de principios del XXI.

El odio a la política

A base de hacer creer que la culpa de todos los males del país fueron los políticos, la campaña de Trump recalcaba una y otra vez su capacidad para afrontarlos, ya que no lo era. Ahora, los que no querían políticos tienen a todo el gobierno de su país más uno a la cabeza sin la más mínima experiencia.

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Sí, Donald, ya sabemos que eres tú, puedes bajar la mano.

El ‘patriotismo’ estadounidense.

“No necesitamos a los de fuera, porque somos los mejores. Europa es lo obsoleto; los chinos y rusos, nuestros enemigos; los mejicanos y latinos, las drogas y la delincuencia; a los musulmanes, directamente, les prohibimos la entrada en el país por tener la misma religión que los del 11-S; y ya que estamos con ellos, hay que hacer algo con el terrorismo, que para algo somos los buenos”. EEUU demuestra una vez más que, pese a ser un país hecho de inmigración, tiene unos prejuicios atroces a lo de fuera y un sentimiento nacionalista y patriótico rayano a la ceguera ególatra.

Las características de la rival

Hillary no es muy valorada en su tierra, pero si bien en muchos casos no lo es por haber sido segunda de un Obama y sus políticas bastante criticadas (respetable) o por sus “cambios de chaqueta” para ganar votos, también siembra dudas por temas que en un país desarrollado deberían estar en el olvido. Si bien pueden abundar los que nos digan que se echaron atrás por los escándalos no demostrados que Trump se empeñó en recalcar, difícilmente encontraremos a muchos que reconozcan que no la votaron por no querer estar gobernados por ser la mujer de Clinton, por “una cornuda” y demás comentarios decimonónicos. Que hubo quien le retiró su voto por no tener a una tía de presidenta tras el horror que le supuso tener a un negro es algo evidente. Y penoso, no digamos.

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Él es feliz.

Ahora bien, decepcionados: he de decir que hasta en este despropósito colectivo, brilla un rayo de luz. No sé si la luz es clara, negra o ultravioleta, pero estoy seguro de que habrá algún imbécil que se aferre a ella.

¿Sabéis cuando la gente por las redes sociales nos viene con que los demás son unos hipócritas, unos falsos y demás? Antiguamente, y pese a que el voto era secreto, muchos se avergonzarían de votar a algo como Trump. La corrección política y el miedo al qué dirán, les hacían ocultar dentro esas tendencias, hasta el punto de negarse a sí mismos esos valores. Hasta el punto de que había quien no votaría nunca a algo como Trump aunque lo apoyase, por no ser capaz de aceptarse así. Todos ellos que luchasteis a muerte porque la gente fuese visceral y sacase de dentro su verdadero ser, estáis de enhorabuena.

Tanto hemos luchado contra la hipocresía que, al final, hemos conseguido que la gente muestre abiertamente que es gilipollas.

Malditas lenguas

Prácticamente al tiempo que yo entraba a trabajar en mi nuevo empleo hace un par de semanas, una chica en prácticas de carrera hacia lo propio. Un encanto de mujer —animada, voluntariosa, con valores—. No tardé en verle el parecido físico a mi ex María. Así pues (teniendo en cuenta que empezamos a la par, el extraordinario recuerdo que guardo a mi primera novia y mi ya de por sí frecuente tendencia al apego) no tardé en cogerle estima.

Este jueves se despedía de nosotros cinco meses y medio antes de lo acordado.

Tras su madre, encantadora, lucía sempiterna sonrisa en el rostro y mil disculpas en los labios, insistiendo en que no era culpa nuestra, que la habíamos tratado de maravilla y que nos agradecía todo.

“¿Qué ha pasado aquí?”, se preguntaban mis compañeros al tiempo que madre, hija y jefa conversaban en otro despacho. Yo no tuve dudas ni por un momento de lo que ocurría.

Porque yo siempre he sufrido un miedo atroz a que me pasase lo que a ella. Y, pese a que acabé engañado por sus alegres gestos y sonrisas, tenía que haber sabido desde el principio que esto iba a pasar.

Malditos idiomas.

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Dicen que hablando se entiende la gente. Prueba a hablar con alguien que no habla los idiomas que dominas.

Adoro mis dos lenguas nativas. Imposible no hacerlo, con todo lo que me dan.

El castellano ha sido mi vida. Con él, he escuchado, he pensado, conversado. Con él he crecido, he llorado, me he emocionado. Con él he escrito. Mucho. Con él he enamorado y me he enamorado. Demasiado.

El gallego me emociona. Me da el recuerdo de quienes en mi infancia me rodearon. Me trae el aroma a humo de las reuniones familiares en mi pueblo. Me hace volver a ver las fiestas y las series de niño en la televisión autonómica, que nunca serán iguales en otro idioma, no: nunca. El gallego me permite llegar a la confianza de mucha gente que con solo compartirlo te hace sentir uno de ellos.

Quiero a mis dos idiomas puros muchísimo, y ni por un momento este post tiene que hacer dudar de que sienta que son parte de mi alma.

Sin embargo, daños como el de esta chica portuguesa hacen que mire la variedad de lenguas con un odio acérrimo.

¿Es justo que esta pobre mujer —motivada, trabajadora, animosa— tenga que tomar la determinación de irse por el sufrimiento que le supone la incapacidad para comunicarse y la soledad de la incomunicación?

Las reacciones a la noticia fueron prontas; previas, de hecho. Ya desde que llegó, la jefa le había ofrecido estar una temporada con ella en casa, hasta adaptarse. En anteriores ocasiones, se habían dado cursos de español rápido que no costaría aplicarse en alguien con un idioma hermano.

No obstante, la realidad que aquí presento va bastante lejos de la que yo considero adecuada intervención de mis compañeros. Va a que este tipo de cosas no pasaría ante el dominio de un idioma general por parte de todos.

Y es que las situaciones son insufribles.

Querer ser cordial y hacer que resulte incómodo. Preocuparte por cómo está un compañero y acabar haciéndolo sentir mal y sintiéndote mal tú mismo. Estar bien en un momento, querer aprovechar el clima para unir y acabar rodeando vuestras mentes de incomprensión y soledad.

No sé si el tiempo ahorrado en no generalizar el inglés u otro compensa tanto daño. Yo sé que estaba al lado de una persona que me traía los mejores recuerdos de alguien a quien quise mucho y, en lugar de la ilusión que siempre me genera este tipo de cosas, sentía una distancia e impotencia inacabables.

Esta sensación, unida a una soledad que bien podríamos haber tratado de enfrentar de haber tenido noticia de ella, ha mandado a casa a una pobre chica en su primera gran experiencia fuera de su tierra.

Algunos la tildaréis de cobarde. Algunos de cría. Pero… ¿cómo vas a poder llegar a confiar en alguien lo suficiente para decirle que te estás hundiendo cuando no eres capaz de tener una conversación con él? Ella solo quería no molestar.

Ella solo se moría sola.

¿Y quién es el culpable objetivo de su muerte con nosotros? ¿Ella, por no decir nada? ¿Nosotros, por no darnos cuenta de lo que era complicadísimo de percibir? ¿Programas que mandan fuera a la gente sin medios para defenderse de los miedos que aún no conocen? No. La culpa la tiene no haber tenido un código común que nos permitiese comunicarnos.

Porque sé perfectamente que, de haber podido realizar su labor como en su país seguramente podrá, con esta gente hubiese disfrutado muchísimo. Porque, al fin y al cabo, ella solo quería aportar y nosotros aportarle a ella y, solo por no tener medios de verdad para podernos decir algo así entendiéndonos, todos hemos perdido la oportunidad de disfrutar de su experiencia aquí.

Y sí: el idioma es la identidad de una cultura. Y sí, cada lengua que desaparece es un mundo que con ella cae.

Pero, al menos hoy, dejadme que diga bien alto que malditos idiomas.

Malditas lenguas.

Los contracorrientistas ante el desequilibrio de la balanza física y mental

He pasado la mayor parte de la otra semana al lado de mi antiguo mejor amigo. Hacía como 7 años que no nos veíamos, ni hablábamos —ya dedicaré un post a esto si son necesarias las pruebas de que se puede hacer sin que pase nada—.

Este hombre es un pensador de nueva era. Un tipo bien formado e informado, estudiante de dos carreras y fanático del hacer crecer su mente y conocimientos a base de horas y horas de pantalla de ordenador con literatura y noticias sobre temas que le permitan comprender el funcionamiento de la sociedad, como pueden ser historia, naturaleza humana, política, economía o demografía. Un “cerebrito”, vamos.

A nadie con cierta trayectoria como usuario en esta página extrañará que la mayor parte de los cuatro días que estuvimos juntos nos los hayamos pasado “arreglando el mundo con palabras”. Pero estoy convencido de que la práctica totalidad de los que solo me conocéis por aquí os sorprenderéis al descubrir que, el resto del tiempo, los dos cerebritos nos lo hemos pasado saltando piedras.

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Agradecer las fotos y su estancia a la genial Elo 😉

Adoro saltar piedras. Le tengo devoción. Acabar en medio de la nada subiéndome por riscos y rocas irregulares hasta llegar arriba, jugar con mi concepto de los límites de mi capacidad física y equilibrio y saber que un fallo me deja en el leñazo. Como yendo en bici a todo pedal por pistas estrechas y barrosas, sin casco ni miedos; como jugando pachangas horas y horas con solo mínimos descansos.

Este chaval también adora saltar piedras. Juntos, hemos crecido saltando piedras. Subidos a una bicicleta. Jugando al pilla montados en ella. Entrando con diez años en casas en construcción, descolgándonos a la oscuridad y escondiéndonos tras montañas de la arena extraída cuando alguien se acercaba.

Somos físicos. Siempre hemos sido personas con una enorme sed de conocimiento, pero también física.

Sin embargo —y siendo algo que me apasiona—, ¿cada cuánto practico el tipo de “deporte” que me llena? ¿Cada cuánto escalo muros? ¿Cada cuánto me paso la tarde entera jugando al fútbol? ¿Cada cuánto me meto mis quince kilómetros en mi pesada cutrebici para gente que no considera asumible gastarse 899 euros en una? Dos, tres veces… ¿cuatro al año?

¿Cada cuánto puede mi querido antiguo mejor amigo hacer esto con sus colegas?

¿Cada nunca?

El jardín de las delicias sustituyendo a la gente por nuestros amigos con alta capacidad de conversación y amantes de jugar con los límites de su físico

A veces me quedo pensando en por qué narices es tan complicado encontrar gente que combine la inquietud mental, las conversaciones que van más allá del cotilleo, la búsqueda de ser más sabios, con el despliegue físico natural.

Y no, que sé que algunos lo estáis pensando: no hablo de ratas que cambian las paredes de la biblioteca por las de un gimnasio para satisfacer su ego y su buena salud; ni de deportistas con labia, carisma y conversación extraordinaria que si tocan un libro es un best-seller de nula calidad literaria.

Hablo de gente que sea, sin forzarse, física y pensadora.

¿Por qué tanto como yo como mi amigo tenemos que esperar a encontrarnos, una vez al lustro, para pasarnos dos tardes físicas seguidas tras las cuales charlar sobre naturaleza humana hasta las tantas?

Pues seguramente, porque nuestra sociedad sufre una radicalización de los extremos de la balanza física y mental.

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(Rara avis)

Imaginemos el clásico río cuyo cauce se divide en dos. Muchos veremos a Homer mirando a un lado una estampa paradisíaca y a otro un panorama desolador para la barca; en este ejemplo, sin embargo, nos quedaremos con que los dos son los extremos de la balanza arriba, sin más adjetivos.

Desde pequeños, parece como si al decantarse por uno de los dos lados renunciásemos al otro. Cuando yo era un chaval, los niños buenos en el fútbol eran los que acababan repitiendo, mientras que los que sacaban notas no sabían darle a una pelota (en todo un estereotipo). Cuando crecí, la gente con la que yo tenía tema de conversación profundo era físicamente poco atractiva, casi desarreglada y se negaba a venirse a jugar al fútbol o a andar en bici; mientras tanto, con los atractivos y musculados no podías tener una conversación relevante ni de su propio deporte.

De algún modo, la corriente arrastra a la gente a una de las dos cataratas, en la que el lado opuesto se despeña. Con el tiempo, los que se quedan medianamente al centro, pero son obligados a hacer alguna cosa del otro lado, acaban renunciando a lo que los obliga. A los que les va el ordenador y la tele acaban por irse “de terracita” en vez de ir a echar unos tiros; los físicos se entregan al cuñadismo más recalcitrante para no tener que pensar por ellos solos.

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¿Es cuestión de especialización por falta de tiempo?

Cuanto mejor se te da un lado, más te centras en su satisfacción abandonando el otro por la frustración de la no obtención del mismo resultado. La variedad de entretenimiento y la carencia de tiempo de la sociedad de la información son, sin duda, claves en la renuncia al lado físico, así como la excusa de la edad y el suponer mayor esfuerzo, también a la hora de culturizarse, cierto es.

¿Es cuestión de educación?

La educación para el deporte en lo escolar aquí no existe, por mucho que digamos.

No solo hablamos del tremendo desequilibrio entre el número de asignaturas de pensar y las físicas —extraescolares salvo una “Gimnasia” de la que se ha extendido la idea de no deber contar en caso de suspenso que impida avanzar en los estudios; nunca he visto a nadie repetir curso por Educación Física—. Una Educación Física que desaparece en último curso para acabar de completar el desprecio.

Si nos referimos a la educación de fuera de clase, los medios de comunicación de masas nos invitan a ver a los deportistas como ídolos sociales, pero que se forme a las personas para amar el deporte más allá del verlo depende, entre otros, de la oferta de actividades deportivas en la zona, de si esta ofrece espacios y más compañeros para que los niños puedan jugar en la calle y de la iniciativa, el dinero o la disponibilidad de los padres para permitírselo.

Yo crecí en un lugar en el que nos pasábamos los veranos y fines de semana jugando y corriendo fuera de casa, parando solo para comer y sin que nadie hiciese temblar nuestra seguridad. Ahora, dejar al niño ir solo al parque está hasta mal visto.

Quizás por ello se lleven tanto dos perfiles: los niños saturados de extraescolares que sacan buenas notas, hablan idiomas y practican diferentes deportes y aquellos que se pasan las horas libres delante de las pantallas. El agobio al que suelen verse sometidos los primeros contrasta con la realidad de los “educados por el ordenador y la consola”, en el que la formación de una vocación para lo físico muere desde edad temprana. Dos horas de gimnasia a la semana —durante unos cuantos meses al año— no van a salvar nada.

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Así pues y en definitiva, el panorama pinta desolador para aquellos “contracorrientistas” que, ante la fuerza del agua hacia la cascada, permanecemos tratando de remontar ante uno de los cauces. Seguramente, alguna parte de los agobiados por las extraescolares deportivas acaben por llevar dentro una parte de cada lado y salgan a hacer deporte porque “lo necesitan” tras preocuparse por formar su mente. Pero el gran problema es que esa gran parte de sociedad que o no ve bien el agobio a los chavales o no puede permitirse el tiempo o dinero para llevar a sus retoños a sus deportes va a acabar generando una portentosa masa de población cuyo único interés en el deporte va a estar en programas de tertulia futbolística y pruebas a famosos en una isla caribeña.

Si no tratamos de cambiarlo, después no nos quejemos de los datos de obesidad, del elitismo deportivo o del cansancio a la hora de subir la compra del coche a casa. Después no seamos falsos diciendo que no hay que caer en el estereotipo de que los cerebritos tienen que ser unos patanes físicos.

Para entonces, ya habremos hecho de él una realidad uniforme. Junto con la extinción de los que amamos charlar de naturaleza humana mientras nos dirigimos a lo alto de una montaña a sentirnos llenos por un momento.

Máscaras de graduaciones con tortilla de patatas

Nunca me gradué en el instituto. Es decir, conseguí la educación obligatoria, me saqué el bachillerato, pero nunca me hicieron una graduación, ni entonces ni después. Supongo que de aquellas aún no se había puesto de moda.

Esta semana, y con años de retraso, he acudido por fin a mis dos primeras graduaciones de instituto.

Dado que me parece inapropiado colgar fotos de ellas, ¡de aleatorias que van!

La de ayer fue la graduación de la elegancia. Teniendo que graduar a 140 alumnos y no queriendo hacer explotar su salón de actos como en anteriores ediciones, el antiguo instituto de alguno de mis mejores amigos trasladó su ceremonia a una de las aulas magnas más espaciosas de la cercana universidad. El espectáculo era tremendo: el espacio para cuatrocientas personas sentadas a rebosar de gente de pie, exalumno invitado, discursitos varios, matrículas y menciones de honor como churros, gracias de calidad intermitente.

Y tanta hipocresía que me siento asqueado.

Vamos a ver, yo entiendo que decir lo que la gente quiere escuchar en actos en los que seiscientas personas escuchan es algo a lo que el instinto humano nos conduce. Pero el que una persona que durante las clases ha menospreciado constantemente y con testigos a un alumno salga dando las gracias a los alumnos por hacerle “mejor persona” a mí me parece un insulto. Que otro que se dedica a tildar de retrasado al alumnado venga con que “son un grupo maravilloso”, de vómito. La, aunque metafórica, auténtica felación por parte del alumnado a gente que han criticado como cotorras, un claro ejemplo de que la educación que agradecen haber recibido no les ha enseñado a ser honestos o decir lo que piensan.

La de ayer, insisto, fue la graduación de la elegancia. Qué lástima que la preciosa tortilla española de los pinchos llevase más pan que huevo.

La de hace dos días, fue una graduación austera.

Hacía ocho años que no pasaba del hall de mi antiguo instituto, al que subo cada vez que tengo que votar. Los globos por todo el suelo del amplio recibidor, los vestidos y trajes y la hora de los relojes seguramente fuesen el único indicio de que algo se cocía. El salón de actos para doscientos no se llenó. En mi instituto no entienden de cambiar los altavoces, que siguen sin funcionar 8 años después, ni de tecnologías más allá de hacer que sea la presentadora la que tenga que poner el Powerpoint. No entienden de exalumnos invitados (no, no fui para dar un discurso), ni de aparecer en el periódico, ni de ser grabados, ni de ir al típico lugar cultural a cenar una vez acabado.

Ellos son más de repartir como si no hubiese un mañana.

Y así, fui presente de cómo mis viejos profesores —acabados, mayores, rasgados, comidos por un tiempo que no hace justicia a mi recuerdo— eran apaleados por vídeos de 4 minutos imitándoles, constantes paseos al escenario a recibir trofeos al demérito y chistes sobre sus calvas o sus fracasos juveniles.

La del otro día, fue la graduación del desprecio. El desprecio por el público, a cuya asistencia no se hizo referencia alguna; al que se le hizo estar dos horas y media sentado sin escuchar bien la mitad de veces, tragarse un extracto de una obra de teatro con actores con papeles cambiados para publicitarla. El desprecio al alumnado mismo. Las fotos de bebé que no coincidían, el que en mitad de las actuaciones de alumnos al piano o la guitarra la gente se ponga de cháchara.

Al menos, la tortilla de patata fue sincera con nosotros. Y, por haber, había hasta salmón ahumado.

Yo tuve dos graduaciones. La de mi carrera, convencional y grande; la de mi máster, íntima y funcional. Apenas las recuerdo, tal vez debería, se supone que es algo especial que todo titulado debería llevar dentro. Estoy seguro de que las dos que he vivido en los dos últimos días, sus protagonistas, no las olvidarán.

Entre la hipocresía y el desprecio no puedo elegir ni elijo, pero… ¿qué hemos hecho mal para sufrir estos extremos?

Tal vez fueron los profesores, que no supieron ser empáticos con los alumnos. Tal vez fueron los alumnos, que no supieron ver los límites de sus maestros. Quizás fue la Administración, que hizo que no dispusiesen de medios para llevarlo a cabo; quizás fue el no haber visto la paja en el ojo a pesar de verla en ajenos.

El caso es que, tras todos esos diplomas, menciones y matrículas, todos (o casi) no aprendieron algo. Y no hace falta tener un acto de graduación para verlo.

Por fortuna, los protas del acto suelen ser felices por un rato. Eso es lo que cuenta =)

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¿Y tú que te cuentas de tu acto de graduación? ¿Qué recuerdas? ¿No te has graduado aún? ¿Lo esperas con ganas?

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Jugar en tiempos modernos

Si bien el pasado jugar era un concepto íntimamente relacionado con la infancia, la realidad actual de los países desarrollados nos presenta el juego como algo universal y para todos los públicos. Este nuevo marco ha generado reacciones de gran controversia entre sectores de la sociedad más conservadora en este aspecto, desde cuyo punto de vista este tipo de actitudes en adultos o ancianos desnaturaliza el comportamiento asociado a cada etapa de la vida del humano.

Hoy analizamos diferentes realidades del juego en la actualidad.

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Cuando jugar era pecado

Yéndome a una de las perspectivas obsoletas del concepto de jugar, juega quien no trabaja, y por tanto —en una sociedad con ratios de desempleo históricos a nivel mundial— a nadie con la citada perspectiva extraña que el juego esté en auge. El tiempo libre se ha caracterizado como principal fuente de espacio para él, y por ello también se ha visto este denostado por la población tradicional mentada en la introducción y primera línea de este párrafo: aquella que presuponía en la presencia de tiempo de ocio haraganería.

El adulto en sociedad clásica, trabajaba, descansaba y se iba a cama: he ahí el concepto que se han empeñado en darnos. Ya fuese la huerta, los animales o cualquier trabajo de 12 horas, una vez la adultez llegaba (de forma, como sabéis, mucho más temprana que a día de hoy), las opciones de jugar pasaban a mejor vida. Disfrutar (que no jugar) era penado por el decoro público; jugar, siendo mayor, un tabú considerado práctica digna de desprecio social en los “omniscientes” sermones dominicales.

“Trabaja. Haz y mantén hijos hasta que puedan trabajar. Duerme para poder repetir al día siguiente”.

“Y que ni se te ocurra hacer de eso un juego”.

El kidult y la adultescencia

Gracias a Dios —valga la gracia (y la redundancia)—, los tiempos cambiaron, dándonos la posibilidad de no regir nuestras vidas por el mandato de personas enmascaradas de deidades en púlpitos, sino por otras cosas más terrenales.

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Es evidente que el dinero no es precisamente el más justo juez de este proceso que es nuestra vida, pero —mientras el estar bien con nosotros mismos estudia oposiciones que de momento no se van a convocar—los billetes defienden al menos la satisfacción personal.

Esta satisfacción personal que el nuevo mundo nos ha dado reside en muchas cosas, desde ver una peli a tener un niño, pasando por un buen libro, leer posts de Osgonso o hacer un viaje a Dubai. Es, por otro lado, interesante ver cómo pocas de ellas combinan el ser eficaces, baratas y rápidas tan bien como lo hace jugar.

De hecho, ninguna de ellas.

Jugar se ha convertido de forma inequívoca en uno de los modos más sencillos de obtener una satisfacción casi instantánea. Sin embargo, y pese a que la posibilidad de jugar es gratuita en la práctica totalidad de los juegos grupales, el juez Dinero ha aliado su marketing con la obsoleta creencia tradicional de que el adulto debe avergonzarse de jugar, para forzarnos al público adulto a que, de hacerlo, lo hagamos individualmente y/o en nuestra soledad, mediante apps, webs o consolas.

Cosas que suelen costar…

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(Este es MC Dinero, por cierto)

El kidult y la adultescencia

En sociedad superdesarrollada, el concepto de familia tradicional yace herido de gravedad, tirado en un rincón del pensamiento de épocas represivas.

Si bien la llamada del reloj biológico suele acabar sonando, últimamente no para de darle al Posponer del despertador, si es que no pasa directamente de llantos nocturnos y pañales de fétida fragancia. Las economías familiares no están para tirar cohetes en la mayoría de hogares con paro o bajos salarios, así como la facilidad para encontrar pareja con la que a uno le apetezca estar años y años pudiendo ir y venir cual péndulo sexual (eso si es que tienes acceso a gente que satisfaga tu sexualidad).

El caso es que todos estos factores han generado dos resultados bastante comunes en nuestra sociedad: mucho tiempo libre (con respecto a otras épocas) y la soledad con dinero.

La falta de grandes responsabilidades económicas familiares como niños, hipotecas o coches tan típicos de las antiguas generaciones de veintilargoañeros han hecho que las modernas solitarias generaciones con temor a la independencia o piso heredado y que disponen de un trabajo de salario y horario medio se encuentren con un panorama económico y de tiempo libre formidable. Esto, sumado al marketing, sumado a los recuerdos de la adolescencia, sumado a las frustraciones de no haber podido comprarse lo que quisiesen durante ella, sumado a que jugar ya no está bajo pena de infierno han llevado a todo una explosión y desarrollo de la tendencia antaño conocida como Síndrome de Peter Pan, para dar lugar a términos adultescencia o kidult (kid+adult).

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Hablamos de adultos que, fuera de las características típicas de su categoría, se divierten con productos antaño destinados al público infantil, así como en casos como el de la citada adultescencia, llegan a tener comportamientos sociales típicos de la época teen, desde lo amoroso a la evasión de responsabilidades.

El principal problema en estos casos suele aparecer a la hora de determinar el límite entre lo patológico y la libertad de la nueva situación, ya que —tal y como ocurre en épocas posteriores a dictaduras— estamos viviendo una etapa de adaptación a las nuevas realidades, tendente a lo diametralmente opuesto a lo anterior hasta que el equilibrio acabe llegando décadas después.

Volviendo a jugar

Más allá de extremos, si algo queda claro es que los adultos de la nueva sociedad estamos volviendo a “aprender a jugar”.

Cuantos más cursos y actividades complementarias para formarme hago, más tengo claro que lo que la mayor parte de gente de a partir de treinta busca en los cursos de tiempo libre no es aprender alfarería, a tapizar un sofá o a pintar un bodegón: es divertirse. Competir riendo. Que les devuelvan ese algo que la falsa adultez clásica les robó en algún momento.

Jugar.

A lo largo de mi vida, el concepto de jugar me ha dado gran parte de lo que a día de hoy soy. Me ha permitido estar en forma, estudiar sin aburrirme, hallar entretenimiento en las cosas más cotidianas y sosas, incluso rendir más en el trabajo en base a jugar con el superarme a mí mismo.

En algún punto, a toda esta gente le quitaron esa posibilidad. A ellos, les dijeron que aprender era hincar los codos. Que ir al trabajo era partirse la espalda por cuatro desgraciados. Que salir a jugar se pronunciaba ir al gimnasio; ir a correr, hacer deporte. Que diversión era ver, escuchar, contemplar, y ya nunca más hacer.

Un día, a mí me dijeron que las personas nos hacemos mayores y que, llegado un punto, tenemos que crecer. Pero nunca, nunca jamás, me han dicho que crecer era dejar de jugar.

Más que nada porque no hay púlpito, dinero o presión social que sea capaz de arrancar del corazón de una persona grande lo que jugar significa.

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¿Hace cuánto que no juegas? ¿Vienes de la generación del no jugar? ¿No? ¿Piensas jugar cuando seas adulto? ¿¿¿Qué haces leyendo esto si no eres adulto???

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¡JUEGA!