La ficción que abría la mente y los nuevos malos

Los motivos que llevan a una persona a ser más o menos abierta son fáciles de intuir y complicados de determinar.

Leyendo artículos y publicaciones sobre estudios del tema, suelo encontrar elementos que pueden influir. Más allá de los que serían poco menos que ir a lo fácil, como la educación y la genética, podemos encontrar indicios de que la empatía o el haber vivido experiencias muy distintas o con otras culturas serían factores de incidencia demostrable.

En otro orden de cosas (y de estudios, de hecho), a lo largo del tiempo he encontrado diferentes publicaciones en las que se alude a que, a la hora de consumir ficción, el cerebro integra la información consumida como vivencia, en especial si se produce la suspensión de incredulidad.

De ser ambas corrientes de estudio correctas, la conclusión silogística es fácilmente alcanzable: el consumo de ficción tiene influencia en la apertura mental.

¿Fin del post? Bueno, la conclusión es de por sí interesante. Sin embargo, quiero ir más allá ofreciendo algo nuevo que a alguien con mis intereses por la apertura mental y la escritura de ficción le parece muy interesante: ¿el nuevo cambio en los roles de protagonista y antagonista están afectando a que la ficción ya no abra la mente del mismo modo?

La ficción que abría

Supongo que a muy pocos de los lectores de este post sorprenderá que, a lo largo del tiempo, publicaciones científicas o de divulgación hayan encontrado evidencias sobre la relación entre ficción, empatía y apertura mental. Según algunos investigadores del cerebro, la lectura de ficción y la suspensión de incredulidad llevan a parte del cerebro a sentir que está experimentando la historia en sus propias carnes. Esto genera, según lo visto arriba:

  • Una mayor capacidad de apertura mental.
  • Una mayor empatía con el estereotipo de personas cercanas en características a ciertos personajes con los que compartimos historia.

Leía ayer una frase de don Miguel de Unamuno que decía «Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Yo lo traduciría por «Cuanto menos se vive, más daño hace lo que se vive».

Si bien puede parecer exagerado, creo que a nadie escapa que cuanto más cerrado es el entorno de una persona en cuanto a experiencias nuevas y gente diferente más tiende hacia fenómenos clasistas y prejuiciosos como la discriminación por motivos de raza. Del mismo modo, son comunes las demostraciones de que discriminación y la generalización se da mucho más en personas con menor cultura y menor movimiento en diferentes ambientes (por mucho que a todos se nos vengan a la cabeza gente despreciable del espectro contrario).

Esto, ya llevado al mundillo de la ficción, me conduce al enlace con un elemento que antiguamente se trataba de otro modo en los consumos de entretenimiento argumental.

Protagonistas y antagonistas

Los cuentos infantiles y nuestros inicios en la ficción nos llevan a la habitual concepción generalizada de que el personaje protagonista y «el bueno» son sinónimos. Evidentemente, la propia mención de esto ya nos hace saltar la alarma de que no es así siempre: algunas grandes historias han sido protagonizadas por personas que tienen poco de buenas.

A partir de aquí, diferenciemos pues a los buenos de los protagonistas y quedémonos con la dualidad típica del estilo de participantes en la ficción: protagonista, como el personaje central del discurrir de la obra, y antagonista, como personaje con intereses contrapuestos a los del protagonista.

Por poner un ejemplo que sirva de puente, protagonistas serían Caperucita, Batman, Sherlock, Katniss, Oliver Atom, Harry Potter. Y como antagonistas, el lobo, el Joker, Moriarty, Snow, Marc Lenders o Voldemort.

El protagonista malvado

Obviamente, si tiramos de los ejemplos más obvios de protagonismo y antagonismo, nos encontramos con la antes mencionada coincidencia de buenos y malos respectivamente. Sin embargo, durante mucho tiempo las historias han sido llevadas adelante por protagonistas malvados.

El problema para los ejemplos suele estar en que los antagonistas buenos no suelen ser tan recordados por la potencia argumental que el prota malo asume.

Por ejemplo, cuando pensamos en El padrino no es fácil que se nos vengan de primeras los antagonistas. Casos similares serían los de El perfume, El lobo de Wall Street o tantas otras historias en las que la naturaleza malvada del protagonista eclipsa a cualquier tipo de antagonista. ¿Quién conoce el nombre de la familia de los 101 dálmatas? Cruella de Vil acapara el recuerdo y con toda lógica.

Una frase muy común en el mundo de la ficción es la de que una historia vale lo que su malo. Los protagonistas malvados son pura demostración de esta lógica.

Lo que nos dio el protagonista malvado

Enlazando pues lo visto, los protagonistas malvados, los antagonistas que nos narraban o aquellas narraciones que nos daban el punto de vista del malo nos invitaban a la empatía con la gente que pensaba diferente a nosotros. Lo fácil que resulta vernos reflejados en protagonistas hacia que, al menos, nos viésemos conducidos a entender cómo pensaban y que podían tener sus razones para ellos lógicas, aunque no las compartiésemos.

Las verdaderas buenas historias de protagonista malvado o fuera de norma nos surtieron durante mucho tiempo del hacernos pensar en la coherencia de lo que desde la teoría se hace impensable. El padrino nos hizo entender qué puede conducir a personas con valores a volverse un delincuente; Breaking bad, qué motiva y conduce a un padre de familia al mundo de las drogas; Shame, qué puede haber detrás de una adicción silenciada por el asco que supone a la sociedad.

Por supuesto, en ningún caso digo que las conductas dejaran de resultarnos condenables. Lo que sí encontramos fue la posibilidad de aprender a pensar en que hay personas tras los hechos. Lo cual, en la sociedad de la instantaneidad, el estereotipo y las personas que no son personas, sino perfiles, nos venía muy muy bien.

Pero justamente, cuando más falta hacía, lo estamos perdiendo.

El malo actual

Si algo ha aprendido la ficción en los últimos tiempos es a dar características distintivas a los personajes.

Si bien en historias con muchos podemos vernos obligados a tirar de los arquetipos para no embotar la cabeza del espectador, la tendencia actual parece ser meter mucha miga en personajes secundarios o incluso terciarios, como extrañas peculiares adicciones, sexualidades, marcas pasadas. Tendencia que, por otro lado, está contradiciendo otro de los grandes principios de la ficción: no aportar datos superfluos que entorpezcan y no aporten a la historia.

En el caso de los malos en lo comercial, el camino a seguir parece estarse torciendo.

Por un lado, se están lanzando constantes reinterpretaciones de las historias clásicas por el lado del antagonista malvado, las características que se les imprimen reducen lo antes exagerado en el otro lado y lo orientan hacia el perfil del protagonista clásico, mientras a los buenos convertidos en antagonistas se les exageran las virtudes hasta hacerlos odiosos, imprimiéndoles al mismo tiempo defectos antes no presentes.

Por otro, más grave a mi ver, el perfil del malvado de nueva creación se está exagerando de forma extrema. Si bien en casos específicos, como la Villanelle de Killing Eve, el acierto es pleno, en los productos comerciales como la netflíxica You, se perciben claramente que las exageraciones no van en línea con el perfil del personaje, sino que buscan directamente la generación del rechazo del espectador con recursos que encaucen al lector hacia la interacción en redes por encima de la coherencia o el ejercicio de poner sobre la mesa una personalidad perturbada.

Esto hace que nos sea muy complicado ponernos en su piel como lo hacíamos antes, generando daños a la suspensión de incredulidad y a la capacidad que las historias con protagonista malvado tenían para hacernos sentir algo en su mente. De esta gente rechazamos sentirnos parte, solo queremos asquearla, odiarla y comentarlo por ahí. Y eso es precisamente lo buscado.

Lamento la subjetividad del siguiente comentario, pero el nuevo perfil de protagonista malvado con el que nadie se identifica es una demostración de que a los espectadores nos tratan como borregos. Si hace años podíamos distinguir perfectamente lo oscuro del comportamiento de personas como los Corleone o el Patrick Bateman de American Psycho, ahora deberíamos ser de igual modo capaces de identificar en Villanelles, Cerseis o Joe Goldbergs a malos de nuestro tiempo sin tener que usar manual de instrucciones. Que caigan mejor o peor no nos priva de verlo, tal y como antes no lo hacía.

Conclusión: la apertura mental pierde un nuevo amigo

Recordando por utilidad la conclusión ya en el inicio de que la lectura y consumo de ficción aportaba directamente a la apertura mental y la empatía, la principal idea a extraer llegado este punto es que la reducción de consumo literario y la búsqueda de que los nuevos malos despierten unánime odio social en redes ataca directamente a las lógicas esperanzas que el exponencial consumo de ficción en las nuevas generaciones pudiese traducirse en una mayor apertura mental.

No voy a negar que creo que la apertura mental es mayor hoy que hace veinte años: no venimos del paraíso en ese aspecto ni mucho menos, así que no era tan difícil. Sin embargo, sí convendría plantearnos qué se está haciendo con la ficción. Si nos convienen más los planteamientos que hacen que no todos queramos ser del mismo equipo o realmente queremos seguir cayendo en ficciones de un único color que nos obliguen a sentir simpatía por los mismos y odiar a lo que es fácil odiar, cual autoritarismo de pensamiento.

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Como de costumbre, pregunto: ¿qué opinas de lo leído? ¿Te preocupa querer que al malo le salgan bien las cosas? ¿Ves a la ficción como una manera de intoxicar a la sociedad o de vacunarla? ¿Crees que la gente era más abierta antes? Comenta sin miedo, comparte, opina por ahí adelante, pero menciona también para que pueda verlo (@osgonso y esas cosas).

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Elitontismo

Mientras pensaba en cómo hacer el post, descubrí que aquello a lo que me disponía a criticar no tenía un término demasiado claro.

«Minoría selecta o rectora», dice la RAE de la élite. Sí, está bien. Y, por ello, ni qué decir tiene que élites hay en todos los aspectos de la vida: ni mucho menos todas excluyen a todos, ni mucho menos puedes escapar de ellas. Claro que existen las élites intelectuales, artísticas y de la sociedad, pero también existe la élite de la telebasura o la élite del marujeo de barrio, igualmente selectas y rectoras. Por existir, hasta yo podría considerar a mis amigos cercanos una élite: son un grupo selecto de personas con algo difícil de encontrar. Quizás sea que no sean elitistas.

Sí, diría que la crítica de este post podría ser precisamente a eso: no a la existencia de élites, sino a los elitismos tontos que a veces algunos se marcan.

Elitontismo: principios y comportamientos

De nuevo según la Real Academia Española, el elitismo sería la «Actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común». Ahora sí que no entiendo nada: si eso es el elitismo (yo le llamo divergencia), entonces es imperativo que —por su abundancia en nuestra sociedad— acuñemos un nuevo término para engoblar lo que yo veo. Pongamos… elitontismo.

Definiremos elitontismo como los comportamientos traducibles a la mirada por encima del hombro típica de los elitistas de m***** que se creen mejor que los demás por su pertenencia a tal élite.

El elitontismo suele acarrear comportamientos tales como:

Monologuismo. No confundir con el mongolismo. El elitonto tiende a hablar sin parar sobre sí mismo y sus intereses, en un constante speech sobre sus fantásticos atributos, prácticas y vida elitonta.

Falta de empatía y condescendencia. El elitista no empatiza: cómo va a hacerlo, si no escucha. Cuando lo hace, porque necesita recuperar saliva, recurre a la escucha activa-condescendiente: aquella en la que asiente con lástima, con independencia de lo bien que tú creas que te va.

Ambición apisonadora de crecer en su propio grupo. En las élites también hay élites, de ahí que en sus interacciones tiendan a una constante búsqueda de puntos débiles en los de menor nivel en la escala social para dejarlos quedar mal y con ello, pisar cabezas para subir puestos.

Rango de miradas de superioridad. Para poder pertenecer al elitontismo, hay que dominar al menos tres tipos de miradas básicas: la de «te estoy haciendo un favor solo con hablarte», la de «qué pena me da esta pobre gente inferior» y la de «qué bien sé fingir que valoro tu presencia». Hay a quien con dos le llega, pero bueno: esos son la élite de los elitontos.

La élite de verdad

Creo que todos nos hemos encontrado a lo largo de la vida con el mismo comentario, no sé si os sonará. Hay a quien se lo dijo un abuelo cuando tenía 10 años en el parque. Hay quien lo escuchó tres platos más allá en el bautizo de una prima segunda. Cuentan que unos pocos llegaron a vivirlo en sus propias carnes. En mi caso particular, uno de los dos o tres que recuerdo decía algo de este estilo:

«Tenía dinero como para no volver a trabajar en su vida, sin embargo, nunca le verías presumir de nada. Si tenía que remangarse, sin problema. Y no había un solo día en que no te dijese, como mínimo, “Buenos días”, aunque estuvieses perdido de viruta. Esa persona sí que era un rico de verdad

Yo más bien diría «esa persona sí que era de la élite de verdad».

¿Y lo es por el dinero? No.

¿Lo es por la educación? No, aunque podría.

¿Lo es por la humildad que se le supone, pese a que se gastase lo que le diese la gana? Tampoco, diría yo.

Esta persona (o cualquier otra de muy distinto ámbito) es para mí élite de verdad porque demuestra una unicidad, una excelencia, una (si lo quiere la RAE) «actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común», que poco o nada tiene que ver con el elitontismo que a día de hoy tiene de especial y diferente lo que un garbanzo en un cocido madrileño.

Consejos de alguien sin clase

Yo no tengo clase, ni más élite que esa actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común, pero si me permitís trasmitir el seguro escozor que alguno querrá ver en las siguientes líneas, dejadme lanzar un par o dos de consejos al aire, aun sabiendo que ninguno abrirá cabezas duras como cáscara de cigala:

– Aquellos que os creéis mejores que otros por tener más, sabed que lo importante es sentir más.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por el dinero (seguramente de mamá y papá), sabed que el dinero da la oportunidad, pero la oportunidad —igual que ellos— no dura siempre.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por haber visto más, por haber leído, por haber consumido más, sabed que lo importante no es lo visto, leído o consumido, sino lo cambiado y crecido a partir de ello.

– Aquellos que os creéis mejores que otros por conseguir más corazones, sabed que los de verdad laten fuera de la pantalla.

Para los demás, mi consejo es que no aceptéis menosprecios que no sea alas para volar más alto. Que no os quedéis con alas si lo que queréis son aletas. Que nadéis contracorriente si río arriba está vuestra sonrisa. Que recordéis que las de ellos en las pantallas ocultan imperfecciones que les tuercen el rostro ante sus grandes espejos. Que el espejo en el que debéis miraros debe admiraros, y no haceros temblar de envidia. Que la envidia no es lo mismo que la ambición, y que la ambición no implica pisar a otros, sino pisar fuerte, con voz propia, donde otros callan que se resbalan. Y, por último, que a veces es mejor callar. Pero no para que os amordacen, sino para escuchar a quienes escuchan.

Hablando, solo se refuerza lo que ya eres. Escuchando, se crece.

Porque si en mundo de ciegos el tuerto es el rey, en mundo sin oídos, quien escucha es la élite.

La importancia de llamarse Ernesto con mayúscula

Siempre me ha sorprendido la polémica y las modas que desata el lenguaje y la ortografía.

En un universo tan sin grises como el que estamos viviendo, cualquiera diría que la opinión sobre escribir correctamente tendría dos bandos claros: los que creen que siempre debe ser así y los que dan prioridad a que se entienda el mensaje con independencia de su corrección de escrita. Sin embargo, habitualmente nos encontramos con disputas de lo más tuiteras y multitudinarias en torno a decisiones de la Real Academia Española (RAE), como si se podía escribir “iros” por “idos”, o si había que acentuar cosas como los solos de solamente o los pronombres demostrativos. Duelos de tradición, modernidad y libertad de escritura que hacer correr ríos de tinta, que no de sangre. Qué bonito cuando los debates no provocan más daño que al blanco del papel y de la pantalla.

El origen de este post es, sin embargo, una curiosa situación vivida meses atrás que tocó especialmente mi fibra sensible ortográfica. Firme creyente de que, de los bandos generales, quienes están más en contacto con la constante lectura o escrita son quienes defienden más una ortografía que quien no lo hace no suele valorar tanto, me encontré en la situación de escuchar en un entorno pequeño cómo alguien, profesional de lo editorial, proclamaba que la ortografía era innecesaria y que estaba sobrevalorada, siendo un medio de control del acceso creativo.

Dado que esta persona en un ámbito de poder de opinión tomó la iniciativa de soltar semejante bomba hacia un trabajo que siempre dice adorar, me dispongo a replicar su postura en mi entorno de poder, este maravilloso salón de sillas vacías y cero comentarios. ¿Por qué es tan importante la ortografía para quienes leemos y escribimos mucho?

teclado predictivo

Es curioso cómo el lenguaje escrito por mensajería instantánea ha cambiado. Durante una época se scribia tal q asi y, sin embargo, en cuanto se encontró un medio en el que escribir bien, de forma rápida y cómoda (y criticada) se dejó atrás el jeroglífico.

Algunas profundidades del lenguaje

Una de las razones por las que escribo (sobre todo en cuanto a ficción se refiere) es por ser uno de esos románticos de nueva era que cree que la palabra crea realidad. Obviamente, la nueva realidad tiene niveles de más o menos complejidad según las profundidades del lenguaje. Por ejemplo:

– “Las Torres Gemelas sufrieron un atentado en 2001” sería una afirmación informativa. No diría que tiene mucha complejidad en cuanto a sentido creador, ya que de ser vox pópuli no es más que un recordatorio de una realidad que quien lo lee ya conoce.

– “Ahí va un cerdo volando” haría nacer en la mente del lector una idea nueva que seguramente nunca se haya planteado en la situación que vive en ese momento: la de estar sentado ante una pantalla e imaginarse al cerdo más allá de la ventana o en algún lugar al fondo de la sala. Seguramente funcione de modo similar a como lo haría descubrir aquel 11 de septiembre que las torres habían sido atacadas.

– Caso similar es el de los términos subjetivos. Si uno pone la palabra “amor” en un texto, en la mente del lector despiertan numerosas ideas según lo que en su vida haya experimentado en torno a ella. Por aquí estarían también casos como el de la metáfora elaborada y demás. Son procesos mentales en los que el receptor del mensaje tiene que implicarse para que le transmita, siendo habitual que la realidad que nazca en cada uno sea bastante distinta de la intención del emisor, creando realidad única en cada persona. Es por eso por lo que un mantra típico de los escritores de ficción es que una vez nuestro relato se publica dejamos de tener control sobre él: es el lector el que tiene que construir la realidad y esa será tan válida como la que nosotros imaginamos escribiéndolo.

– Y llegamos, por no complejizar más, al punto en que de verdad cobra importancia la ortografía en cuanto a creación de realidad se refiere: el juego ortográfico.

El juego ortográfico

scrabble

Una idea muy típica en quienes profundizamos en el lenguaje, la escritura y la literatura es que un salto de calidad en las obras se produce en el momento en que esta aparece más allá de lo que cuenta que pasa, llegando a tener presencia en la belleza del uso del lenguaje. La obra de calidad llegaría a tener unos juegos, unos guiños en la escrita que enriquecerían al lector y que harían no solo que fuese capaz de imaginarse las situaciones que presenta, sino que les sacarían la satisfacción de la propia lectura desde el lenguaje.

Pongamos un ejemplo. Uno de los juegos de lenguaje más carismáticos de uno de mis relatos más queridos es la utilización tras varios otros juegos de la expresión “estar solo solo”. El lector profano pensaría seguramente “Quería decir que está solo: ha repetido la palabra, error de calidad”. Sin embargo, el que ama el lenguaje seguramente vea algo más. Y es que la variedad de interpretaciones de “estar solo solo” abarca, entre otras, que la persona está sola de verdad, que lo único que tiene (solamente) es estar solo, que se siente solo y está a solas en el espacio que está, o también podría ser que lo único que le pasa en ese momento es que está solo. Y más.

Simple life

Llegamos entonces a la relación con lo inicial: ¿qué tiene de importante la ortografía para alguien que lee y escribe mucho? La posibilidad de ver lo que de verdad pone cuando lo que hay escrito dice más de lo que parece.

Ejemplo 1:

—Stas x la tard?

—No. Voi a trabajr.

—Vale anims.

Ejemplo 2:

—Estas x l tarde

—No estan en el pueblo

—No que si estas tu x la tard

—No voi a trabajar

—Pues kdamos

—No q voy a trabajar

Ejemplo 3:

—¿Estás por la tarde?

—No, voy a trabajar.

—Vale, anims.

Como podemos ver, en el primer caso, lo que parece ocurrir es que una persona le pregunta a otra si está por la tarde, esta le responde que trabaja y la otra le da ánimos. Aparentemente, se produce una perfecta interacción sin equívocos entre dos personas que no usan la ortografía.

En el ejemplo 2, vemos múltiples malentendidos por la falta de acentuación y puntuación: uno cree que se refiere a “quedar con estas por la tarde” y el otro no entiende que no puede quedar porque va a trabajar.

En el ejemplo 3, sin embargo y llegando adonde interesa, se produce de nuevo el completo entendimiento. Pero con algo más.

En el ejemplo 3, hay aparentemente un error de escritura, el “Anims”. Sin embargo, la persona está diciendo exactamente eso, “Anims”, usando el típico término catalán y para algunos culé, en un gesto claro de confianza y colegueo con la otra persona. Si el lector da por hecho que la otra persona suele escribir correctamente, leerá “Anims” y no “Ánimo”. ¿De veras alguien se cree que el lector del ejemplo 1, que no usa la ortografía va a entender “Anims” en algún momento? Ni de palo se va a fijar que de la eme a la o hay demasiado espacio de teclado como para haber querido escribir “ánimo”. Cualquiera entendería que esto lo que quiso escribir en la práctica totalidad de los casos.

Tanto el ejemplo 1 como el 2 lo son de pérdidas del sentido del mensaje por problemas en el código. Evidentemente, hablamos de un ejemplo simple y que obviamente no va a afectar en gran medida a la transmisión de la información. Pero es evidente que, para aquellos que usan juegos, chascarillos, detalles técnicos y demás elementos de alto lenguaje, el estilo adivinatorio que supone el traducir un código sin ortografía es tanto un incordio, como un nido de malentendidos, como una reducción de las posibilidades de intercambio de información. Una disminución de la capacidad comunicativa, de expresión y, en otro nivel, de crear realidad.

Conclusiones de quien ama la creación con el lenguaje

amor libro

La libertad de expresión es un derecho que, aunque limitado a veces por quienes dicen ser superabiertos, no pienso poner en duda en este post: que cada cual escriba como quiera y le vaya bien, que cada cual exponga sus opiniones sobre la importancia de la ortografía o no en su trabajo y vida personal y de ocio. Aquí simplemente he de decir que, con los años, el uso de unas normas generales con mis propias licencias para jugar y equivocarme con mi modo de escribir me ha hecho sentir muy rico en pensamiento y creación de ficción y realidad.

Para quien no lee más que información plana, sin profundidad, no va el consejo de final de párrafo, al menos directamente: espero que disfrute con lo que tiene e invierta en cosas que le hagan feliz el tiempo que le deja no profundizar. Para quien quiera sentir la libertad de poder entrever los límites de lo que puede o no construir su realidad humana y de pensamiento, mi consejo es que no menosprecie el hacer que se le entienda bien y el leer lo que realmente ponen las cosas sin pasar a común lo que no necesita traducción.

Una vez ahí, los solos podrán llevar acento o no, los estes serán demostrativos, orientes y personas y la vida será un poco más grande. O al menos más abierta en cuanto a no atrapar las palabras en lo que se espera que signifiquen.

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¿Y tú qué opinas? ¿Ves innecesario escribir correctamente si el otro “entiende”? ¿O tal vez lo que ves innecesario es escribir mal cuando de hacerlo bien siempre acabas interiorizando el cómo? Comenta, comparte ya que estás y dale like si te ha gustado. No cuesta dinero.

Tras la máscara de la bibliografía (La muerte del conocimiento personal no certificado III)

Quiero llegar al capítulo final, a La mordaza a lo divergente. De hecho, con esos “tres palitos” después de “certificado” iba a poner fin a la saga de post sobre cómo se está limitando la opinión no reflejada en una pantalla. Sin embargo, parece que —con este— dos escalones más han de llegar para poder dar un final útil, digerible y conciso.

Cuatro grandes fantasmas se ciernen sobre que se acepte la opinión de alguien. El primero es la facilidad de uso del buscador. El segundo, los medios de comunicación; todo un estandarte en lo de que la gente crea ciegamente lo que organizaciones con determinados intereses propios dicen y que ni tocaré por creer que el tema ha sido bastante tratado en otros posts y vida en general como para que todos sepamos de sobra que la objetividad no vive bien en las redacciones de televisión, prensa o radio. El interesante cuarto y futuro “palito uve”, los líderes y poderes de opinión. Hoy le llega el turno al conocimiento académico.

El saber de quien trabaja el saber

Tras milenios de titularidad por parte de los ancianos o las grandes bibliotecas, ¿a quiénes se le ha dado la etiqueta de guardianes del conocimiento y la sabiduría en los dos últimos siglos? Principalmente, a las universidades.

Si bien con la crisis económica ha perdido algo de idolatría con respecto a que “es lo que cualquiera que quiera éxito vital tiene que hacer”, se trata de un modelo que reúne (o reunía) el conocimiento mediante la acumulación de expertos de varias temáticas que forman (o formaban) a otros para que algunos lleguen (o llegasen) también a ser expertos.

Sin embargo, y aunque lo tomamos como algo de lo más normal, es bastante preocupante que muchísimos alumnos no tienen la sensación de salir bien formados de su etapa universitaria. De hecho, tantos o más tienen la sensación de no haber sido formados por expertos una vez esta se acaba.

Ya de por sí esto es bastante preocupante. Sin embargo, hay otras realidades más relacionadas con nuestro tema dentro. Como la producción de supuesto conocimiento.

TFM: trabajos sin fin de mejorar

Si bien antiguamente los estudios universitarios eran catedraciales ¿que no existe? ¿Catedráticos? Pero eso es el que habla, no el adjetivo. ¿Catedralicios? ¡Eso es relativo a las catedrales, no a la cátedra! ¡FUNDEU AYÚDAMEEEE!, el principal cambio en las últimas décadas se llevó ampliando las horas de práctica, la interacción con el profesor y la frecuencia de los trabajos. Los más carismáticos de estos últimos son, sin duda, los de fin de proyecto (grado, máster, etcétera): trabajos de enormes dimensiones que, a priori, deberían ser el reflejo de lo aprendido con los años. Ja.

La realidad es que, habitualmente, los trabajos de fin de proyecto son documentos de aparente investigación sobre un tema o situación específicos que, como es obvio:

– No tocan ni un cuarto de las temáticas recibidas como asignaturas.

– No buscan explotar en absoluto las virtudes adquiridas por el alumno, en base a coartar el trabajo introduciéndolo bajo unos moldes cuanto más estrechos mejor.

Moldes capitaneados por uno de los grandes términos de lo académico en la actualidad.

La bibliografía: sendero de confort

Si hay un principio claro que cualquier estudiante debe seguir de cara a un trabajo final de proyecto es que es un perfecto ignorante (como yo, cuña publicitaria sea).

El documento va a aportar solo dos pruebas de que quien hay detrás no es un robot durante decenas de páginas: la elección e interrelación de los contenidos y una hojita de conclusiones. El resto, son solo repeticiones de lo que otra gente ha dicho o descubierto, siendo en verdad el trabajo una especie de alabanza a lo que otros han escrito.

Además, el alumnado suele contar con un tutor normalmente especialista que se encarga de que no se salga del camino hacia el descubrimiento: que le indica a que se centre en lo específico elegido y, sobre todo, a que utilice muchas referencias —pudiendo ser de publicaciones académicas y no de webs—, que ofrezcan largas páginas de bibliografía al final del documento.

La demostración del conocimiento del alumno, su aportación a la perpetuación de lo académico, será pues una página de conclusiones que no solo no tienen por qué ser originales o útiles para ser valoradas, sino que de hecho tendrán en la originalidad un cierto riesgo. Página que, por supuesto, desaparecerá en el olvido en más del 90 por ciento de los casos apenas tiempo después, no siendo utilizada nunca en la práctica totalidad de ocasiones y sorprendiéndome a mí que el alumno llegase a enterarse en el caso de que alguien lo haga.

Pero entonces… ¿quién gana con este tipo de trabajos? ¡Pues quién va a ganar!

El elitismo académico

Disculpad que no tenga datos —aunque a final de post tampoco creo que os extrañe que no los tenga—, pero me atrevo a asegurar que de coger una bibliografía cualquiera de un trabajo de fin de proyecto, más del cincuenta por ciento de publicaciones referenciadas en la bibliografía pertenecerían a miembros del propio gremio universitario. De hecho, me atrevería a decir que ni un cinco por ciento pertenecería a publicaciones universitarias por debajo de la revista especializada o la tesis doctoral.

¿Tiene sentido útil? Sin duda: se presume que quienes hacen esos tipos de publicaciones son los verdaderos expertos y merecen atención. Pero si algo está claro es que los trabajos a nivel fin de proyecto nunca van a tirar con éxito por senderos fuera de lo ya tratado por el gremio.

—¿Y qué problema tiene esto? ¡Se supone que es lo más fundamentado, lo que más útil hace un trabajo.

—Ya, pero resulta que arriba hemos visto que los trabajos de fin de proyecto de los alumnos de a pie, en general, no se aprovechan. ¿Por qué entonces no les permitimos abrir áreas? ¿Por qué no les dejamos recopilar información sobre temas no ampliamente tratados por la comunidad universitaria y les dejamos avanzar por las consideraciones medias que encuentren para alcanzar conclusiones que van a ser igualmente poco utilizadas y de tan aparentemente poca validez práctica como las que se consiguen normalmente?

—Porque estaríamos formando seudoexpertos en temas en los que no hay apenas expertos.

—¿Y por qué no son expertos de verdad?

—Porque no tendrían rigor, no, valor académico, ya que no son académicos: son alumnos, aprendices de una materia. La opinión que tiene valor es la de quienes sí son académicos, quienes se forman con una tesis, los doctores, los profesores.

—Pero… ¿y qué hay de los expertos que dan clase? ¿Y los doctores honoris causa y estas cosas? No han hecho una tesis, ¿cómo están ahí?

Está claro que al defensor no le gusta que estén ahí, pero hay que decir lo que hay que decir:

—Bueno, porque han aportado cosas nuevas y relevantes. Porque su experiencia es importante en el sector. Porque han dado innovaciones. Porque han sido referentes.

—Ah, pero resulta que a quienes buscan hacer cosas nuevas les estás diciendo que el tema no está trabajado y no pueden meterse por ahí. A quienes quieren innovar en las temáticas, que no hay suficiente material académico. A quienes están verdaderamente interesados en crecer más en lo universitario les estás obligando a cernirse a las temáticas de tesis que gente con más poder ha fijado. ¿Y qué proyectos ha fijado la gente con poder? ¿Ha fijado proyectos suficientes como para satisfacer las curiosidades de cada uno de los alumnos interesados en crecer? ¿Ha fijado proyectos específicos del conocimiento particular que quiere el alumno explotar? No: ha fijado unos muy pocos proyectos superespecíficos sobre un tema no tratado y de relevancia no mayor a la que esos alumnos quisiesen tratar o proyectos que buscan satisfacer un interés común de muchos.

¿Y a qué nos lleva esto?

En primer lugar, a la realidad de que al ámbito académico le incomoda la generación de conocimiento no nacida del propio seno universitario o formativo, bien sea por el desprestigio que parece suponerles que gente que no se va a dedicar a ello aporte, bien porque el tratar en trabajos como los de fin de proyecto temas que ellos han tratado les infla más la popularidad de su trabajo y su aceptación dentro del propio ámbito universitario.

Y en segundo y más relevante para nuestra temática de la opinión silenciada, a que el pensamiento divergente —una opinión distinta formada a lo largo de los años a partir de la experiencia y la investigación y crecimiento individuales y privados que puede tener una persona— va a ser en muchos casos muy difícil de justificar con una bibliografía o un artículo académico. Ya no digamos en comparación con lo que puede costar encontrar uno sobre sus partes no relacionadas y de posible diferente comportamiento en solitario.

“Valideces”

Obviamente, lo académico va a tener toda la validez que se le quiera dar con merecimiento por todas las horas de trabajo que lleva consigo y, sin duda y en cuanto a opinión se refiere, el área científica tiene un seguro de vida que, entre tanta crítica, me gustaría ensalzar: habrá quien no tenga principios, pero creo que una enorme parte del conocimiento científico y experimental consigue unos grados de adecuación a la realidad altísimos e intachables que no merecen ser puestos en duda por opinadores ajenos como yo.

Por otro lado, difícilmente las publicaciones en cierto tipo de temas del ámbito social y humanístico, comportamiento humano y demás tendrán una precisión tan sólida en temas tan específicos como puedan ser los que en una conversación profunda llegan a aparecer, ya que los casos en los que se llega a tener un grado de divergencia entre dos personas tan grande son tan específicos (entorno, cultura, situación particular…) que lo más probable es que nunca se haya hecho un estudio con una precisión tan ajustada a ellos, siendo testados los relacionados —en muchos casos— en condiciones distintas a las que nos referimos en ese momento, más si cabe con el precoz avance de la sociedad y la incapacidad de realizar estudios sin demasiado sesgo cada tan cortos plazos por razones de falta de medios, presupuesto e interés.

Así pues (e insisto, fuera de lo científicamente demostrado), habría que pensar si compensa negarse a escuchar a alguien que piensa algo superespecífico que domina más que nosotros solo porque tenemos la posibilidad del “Lo ha dicho tal experto” o “tal estudio de la Universidad de Masaalcuadrado”.

La persona enfrente puede equivocarse, lo que dice puede no ser la verdad en una utopía de perfecta sabiduría y verdades absolutas en cuanto a opinión. Pero si estamos compartiendo tiempo y conversación con él, tiene todo el derecho a que su opinión tenga la validez de la nuestra sin tener que tirar de un universitario estudio social en condiciones distintas a las que estamos tratando. Si tanta importancia por encima de su opinión le damos, comprobémoslo en casa. No será por tiempo a solas con nuestros smartphones.

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Supongo que ya sabes lo que voy a decir: si te ha gustado, emegea, sigue, comparte y esas cosas. No tengo valor académico como para aparecer en un TFM, pero algo de qué hablar fijo que consigo.

Los atentados que no evitamos

El jueves, una furgoneta atravesaba las Ramblas de Barcelona haciendo eses, llevándose por delante a cuantos paseantes podía, matando hasta ahora a 13 inocentes y dejando heridas a 80 personas. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Hace unos años, yendo por la principal calle peatonal de mi ciudad, un hombre se estrellaba a unos 30 metros a mi espalda tras tirarse desde la ventana de su ático. La gente reaccionaba entonces de varias formas. Algunos huían despavoridos. Otros miraban, quietos y curiosos. Alguno intentaba actuar. Sin embargo, creo que nadie ignoró la situación.

Ante la tragedia, la gente nos parecemos bastante. Tal vez por lo que nos acerca a nuestros instintos menos racionales, en la muerte, en el miedo, actuamos de forma parecida.

De hecho, el ciclo de atención informativa en ataques terroristas suele ser muy similar.

gráfica proceso atentados.png

  • Siempre empezamos en el periodo cero, de calma. Hemos tenido atentados anteriormente, tenemos cicatrices de ellos. Sin embargo, permanecemos tranquilos y sin más amenaza que los riesgos de alerta 4 que de vez en cuando nos recuerdan los noticiarios.
  • Es entonces, en el punto 1, cuando se produce el atentado, cuyo número de personas interesadas aumenta de forma exponencial con las horas hasta alcanzar el punto 2, en que toda la atención mediática está focalizada en el acto terrorista.
  • Tras el primer día, de máxima atención, llega el acto multitudinario (punto 3), las declaraciones de quienes coincidieron con los asesinos y qué opinaban de ellos, para posteriormente irse centrando la situación en las consecuencias políticas y la detención de los relacionados aún en libertad (4). Durante las siguientes semanas, la atención de los medios y personas irá reduciendo su presencia hasta acabar, de nuevo, en el periodo 0, donde volveremos a estar tranquilos, recordando el atentado con pena cada cierto tiempo.

La respuesta de la sociedad ante el atentado

manifestaciones contra el terrorismo

La sociedad suele tener unos comportamientos comunes ante estas situaciones.

Los más televisivos son la manifestación y los actos de repulsa. Cuando algo así pasa, la gente suele salir a la calle, encabezada ante las cámaras por representantes políticos poco menos que agarrados de la mano en primera fila. Los minutos de silencio suelen ser también un habitual recurso.

Fuera de ello, está la crítica, en casa o la calle. Tiene múltiples versiones: la crítica al grupo terrorista, la crítica a todos los que tengan origen o religión compartida con el grupo terrorista, la crítica a los que no tenían una bola de cristal para ver que ese camión podía arrollar a un centenar de personas, la crítica a los países e instituciones que atacan a las zonas del grupo terrorista.

Si algo comparten todas estas acciones es la voluntad de que no se repita el acto. Sin embargo, ¿alguno de ellos tiene eficacia?

Que se me venga a la cabeza de primeras, solo la repercusión del asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA hace unos años supuso un verdadero cambio en la actitud de la sociedad. Y yo diría que ni siquiera diría fue por los excepcionales movimientos de esta, sino por lo desagradable del propio homicidio.

Pero, si toda la sociedad se une, ¿por qué las medidas sociales, las detenciones y demás no acaban con el terrorismo de este estilo?

“Los orígenes del mal”

Recordemos la gráfica.

gráfica proceso atentados

El momento de mayor impacto social es el 2, siendo el 3 y sucesivos perfectamente interesantes en cuanto a potencia social contra la lacra. Sin embargo… ¿en qué momento nace el atentado? ¿En qué momento se adoctrina a la gente para perpetrarlo, se planea, se gesta?

En el 0.

Cuando la gente pasa ampliamente del tema.

El principal problema de nuestra sociedad ante este tipo de casos es que hacemos la vista gorda ante los síntomas de terrorismo. Una vez se produce el atropello de cien personas, decimos que uno de sus culpables tenía unas ideas “algo radicales”. Que puso en su Twitter en 2015 que mataría a todos los infieles. O que nadie se lo podía esperar. Cuando en realidad lo estás viendo día sí y día también haciendo o diciendo cosas sospechosas. Viendo sin hacer nada.

Porque, si algo tenemos por costumbre, es pasar ante las pequeñas cosas. “No es nuestro problema”. Vamos por la calle, vemos a alguien tirar basura al suelo y no hacemos nada, “¿para qué?: no es mi problema”. Vemos el bullying, pero no decimos nada hasta que el chaval se deprime, se mata o mata a 12 compañeros y un profesor, “no quiero líos”. Escuchamos gritos cada noche dos pisos allí, un cadáver sale tres años después por la puerta con quince puñaladas y aún tenemos los santos cojones de decir que “se veía venir”.

Buena parte de los asesinos de Barcelona eran catalanes. Críados en Cataluña, compañeros de clase de españoles, vecinos, amigos y hermanos de barceloneses que no dudarían en participar en actos de repulsa contra estas masacres y que, sin embargo, pasan de los síntomas porque “no quieren problemas”. Que no me diga nadie que rodeados de gente intolerante con el terrorismo habrían cometido igual el atentado, porque estos monstruos son personas. Personas que conviven con otras personas que forman sus valores, sueños y deseos.

¿Puede alguien caer en una banda terrorista si todo su entorno le lava el cerebro con lo inhumano que resulta hacerlo? Sí. Pero muchos menos. Muchos muchos menos. Y muchos de esos muchos muchos menos serían detenidos antes de cometer atentados si los muchos muchos que los rodean no mirasen para otro lado ante las evidencias de que algo podría estar pasando.

Manifestémonos. Critiquemos terroristas con o sin corbata. Seamos irreverentes si eso hace que esta lacra sangre. Pero no nos lavemos las manos escurriendo la culpa ante nuestras obligaciones como ciudadanos. Un lugar que no tiene tolerancia con los indicios del terrorismo es un lugar en el que el terrorismo lo tiene crudo para nacer. Y el indicio no está en el color de piel o en la religión: el indicio está en las pequeñas cosas que cada día nos encontramos y ante las que miramos hacia otro lado.

Si queremos que ese otro lado no sean pantallas diciendo los muertos de nuestra permisividad, no consintamos que el odio violento nazca entre nosotros. Porque esta gente son personas de nuestra sociedad, y nuestra sociedad no es solo responsabilidad de políticos, profesores, cuerpos de seguridad y demás chivos expiatorios: la sociedad es nuestra madre, padre, hermano, hija y amiga. Y a ellos no les consentiríamos que matasen a otras familias.

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Comenta, comparte, opina, que es gratis. Hay mil cosas con las que ser tolerante: por los mundos rotos que podrían ser los nuestros, no dejemos pasar las pequeñas cosas que pueden acabar en vidas robadas.

13 reasons why: 13 razones por las que el bullying no desaparece

13 Reasons Why (Por trece razones) está destinada a ser una de las grandes series de la temporada en cuanto a público apoyada en un excepcional marketing, una buena propuesta y el tratamiento de un tema que no deja de estar de moda. ¿Pero cómo es posible que estas prácticas sigan imparables a estas alturas?

Hoy, en homenaje a su título, veremos 13 de las innumerables razones por las que el bullying se mantiene en la actualidad.

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1.      Por instinto

Uno de los principales motivadores de la marginación. Viniendo del género animal y no habiendo evolucionado nuestros instintos al ritmo de nuestra mente, no es de extrañar esa tendencia a eliminar a lo débil o diferente en aras de una selección natural que vuelva a la especie más sí misma. Como veíamos en Marginación tiempo atrás, a día de hoy este comportamiento debería estar obsoleto dada su nula eficacia.

2.      Por tradición

Como de costumbre en nuestra sociedad, cambiar lo previamente establecido es harto complicado. La presencia del acoso a lo diferente lleva con nosotros, literalmente, desde tiempos inmemoriales y cambiarlo no es fácil.

3.      Por la diferencia

Como decíamos en el primer punto, el instinto lleva a atacar lo diferente. El actual mundo de la variedad de entretenimiento inacabable y la supuesta libertad de ideas refuerza la muestra de diferentes tipos de personalidades, ocios, físicos, sexualidades y otros, aumentando el número de potenciales objetivos de marginación para los potenciales acosadores.

4.      Por falta de educación a la apertura mental

En relación con el punto anterior, la educación en apertura mental no ha progresado al nivel de lo que la sociedad actual exige, cuando es definitoria a la hora de evitar abusos. El respeto a las ideas y modos de vida distintos es clave a la hora de evitar la marginación.

5.      Por poder

De nuevo relacionado con el instinto, cometer injusticias es un precio muy típico a la hora de obtener poder que nos dé seguridad. La marginación a inferiores suele derivar en una consideración social de ser una persona poderosa, lo cual en etapas tempranas (y no tanto) invita a llevar a cabo estas prácticas. La jerarquía social parece ser también omnipresente en nuestro ADN, siendo este tipo de abusos una de las maneras típicas de marcado de clases, en estas etapas por encima incluso del dinero.

6.      Por los que abusan

Que el que abusa es principal causa del acoso cae de cajón. Detrás de él hay causas y causas, como una educación dada a ello o una necesidad de atención típica de situaciones domésticas complicadas. Sea por la causa que sea, en la figura del acosador nace el acoso.

7.      Por las víctimas

En muchos casos, hay una tolerancia al acoso por parte de quien lo sufre casi preocupante. Normalmente atenazados por el miedo a las represalias en caso de denunciarlo, la cantidad de situaciones de silencio ante los ataques es tan aterradora como definitoria a la hora de volverse imparable. No es de extrañar viendo posteriores puntos.

8.      Por los espectadores

Si bien en ocasiones el acoso se produce a espaldas de la gente, son muy poco frecuentes los casos en que no existen espectadores de la situación. ¿De qué le sirve a un acosador que busca poder social un hostigamiento que nadie puede ver? La situación habitual, sin embargo, es una mirada a otro lado, una risa incómoda o una palmadita en el hombro a la víctima que no llega a más. Esta clase de comportamientos refuerza la situación de indefensión del acosado, a la par que da impunidad a su agresor.

9.      Por escurrir el bulto

No es necesario ni ser espectador para percibir la presencia y al menos intentar prevenir algo.

Recuerdo que con unos dieciséis años, unos compañeros le comentaban a una profesora en plena clase que sentían un odio acérrimo hacia mi persona. Uno hasta llegó a añadir un llamativo comentario en el que indicaban que a un compañero le encantaría hacer filloas (plato típico de mi comunidad hecho principalmente de harina, leche y sangre) conmigo. La profesora, lejos de escandalizarse, sonrió y me preguntó que qué me parecía. Yo, jugando al 4 en línea con mi compañero de mesa, le dije algo así como que no prestaba atención a quienes dicen tonterías.

Si bien en mi caso la situación no pasaba de esas fanfarronerías, que una profesora de ESO escuche ese tipo de comentarios y no informe o, al menos, reaccione de algún modo, es digno para mí de expediente. Pero bueno, “son cosas de críos”, claro.

10.  Por falta de una autoridad útil

En el entorno estudiantil, la necesidad de orden por parte de una autoridad suele caer en profesores, normalmente en los más “coleguitas” con los alumnos, como en el caso anterior. Estos pueden derivarlo a una orientadora a dirección o tratarlo el mismo, pero si bien en muchos institutos o colegios tendremos a alguna persona preparada para llevar este tipo de casos, a día de hoy el número de centros sin personal especializado o con gente como mi profesora no brilla por su ausencia.

En el caso de acoso fuera de las aulas, entre gente de la misma zona o incluso en un entorno adulto y laboral, la indefensión se vuelve grotesca.

11.  Por falta de un sistema para combatirlo

El sistema de prevención y lucha contra el bullying y el acoso en general es bastante ineficaz. Si pensamos en gran parte de los casos vistos en las aulas (donde se supone que hay más control), la situación suele derivar en el silencio y mantenimiento, la expulsión del acosador por unos días o el cambio de centro de la víctima. A pocos debería escapar que cualquiera de estas soluciones roza el cinismo con la realidad de los participantes.

Pasan los años y parece que a nadie se le ocurran alternativas eficaces.

12.  Por el lavado de manos

Cada cierto tiempo, la muerte de una persona acosada en algún lugar del mundo aparece a mitad de noticiario en las pantallas de televisión, haciendo que montemos en cólera en el sofá y exijamos venganza. Sobre los acosadores suele caer todo el peso de la Ley —es decir, ser atacados por la sociedad un tiempo e ingresados en un centro de menores—, mientras la persona acosada yace en el cementerio con costuras en las muñecas. Al cabo de dos días o noticias según la persona, pasamos del tema.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien muere no ayuda más que a manos a la cabeza, considerar al fallecido como mártir y convertir a sus acosadores en chivos expiatorios de situaciones de las que pasamos cada dos por tres en nuestro día a día.

13.  Por la no conciencia del bullying real

Últimamente parece que el único que existe es el que se comete contra aquellos que se ven abocados al suicidio, usados como bandera y arma contra el acoso. Pero es que esa, aunque sea la más dura, no es la realidad más común.

Esa constante predilección por solo acordarse de que existe cuando alguien cae no ayuda, ya que hace que se reste importancia a quien lo sufre en pequeña escala por parte de cualquiera de sus participantes.

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Los datos indican que un 6 por ciento de estudiantes españoles aceptan sufrir acoso escolar, casi 9 por ciento en la OCDE. El 900 018 018 es el teléfono gratuito de atención de estos casos,

En definitiva, el bullying actual no solo está o debería estar de moda porque salga un nuevo producto pantallil que nos recuerde lo que nos encontramos con una frecuencia apabullante. Las razones para que siga ahí pese a los años y los avances no invitan a pensar en su desaparición. En cualquier caso, no debemos compadecernos de una enfermedad en apariencia incurable en el corto plazo, sino luchar tanto contra ella como contra sus síntomas, en forma de víctimas con o sin autolesiones.

Estén más avanzados o menos los medios, es nuestra responsabilidad el denunciar, el poner límites a estos comportamientos ya no por las personas acosadas, sino también por sus familias, por sus amigos, por la gente que en un futuro tendrá que convivir con sus daños. Y también por nosotros mismos, aunque solo sea para limpiarnos un poco unas conciencias que, en ocasiones, lucen tan negras como una enorme mancha de sangre en asfalto.

Hipócritas endiosados

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Una vez me dijeron que la tolerancia es lo básico para una sociedad en armonía.

Al parecer, en el mundo las personas éramos diferentes: no todos pensábamos lo mismo de todo. Nos comportábamos de formas variadas y aunque tuviésemos muchas cosas en común, siempre acabábamos encontrando alguna opinión divergente. A algunos nos gustaba leer, a otros nos gustaba la Play. A algunos nos gustaba la pizza barbacoa, a otros la marinera. Algunos preferíamos salir el sábado noche; otros, mantita y peli.

De aquellas, había quien se mofaba de otros cuando no se compartían los valores del resto. Se marginaba al que jugaba mal, a quien vestía diferente, a quien amaba a personas de su mismo sexo. Pero a aquellos que lo hacían, llegado a un punto, se les consideraba intolerantes, y eran puestos ante una autoridad moral que los ponía en su sitio, ya fuese los padres, los amigos, la opinión general o la propia con los años. Esta autoridad solía ejercerse de dos formas.

La más común era el castigo “porque eso no se hace”. Si rompías un jarrón, te castigaban y ya. Según ellos, no hacían falta explicaciones. Esta fórmula pasó llegado un punto a ser objeto de fuertes críticas. Al parecer, el ‘infractor’ tenía miedo de la reprimenda, el desprecio o los golpes, pero sabía que si podía evitar que quienes lo infligían se enterasen podía seguir pensando lo mismo acerca de cometer el ‘delito’, así como haciéndolo.

Para que esto no ocurriese, surgió el segundo método: a la gente había que hacerle entender que eso estaba mal. Generarle unos valores contra ese comportamiento. En muchos casos, este proceso era poco menos que natural con la edad y la adquisición de cultura: la mayor parte de chavales de quince años saben que no hay que romper los espejos de sus habitaciones sin necesidad de haberlo hecho y haber sido castigados antes. Sin embargo, buena parte de los casos —en especial de valores— suponían necesidades mayores.

En gran medida, la situación se basaba en poner en común las ideas de las dos personas con respecto a ese comportamiento para, a través del razonamiento, hacer entender al que hacía algo mal que eso era así. Si se convencía a la otra persona de la identidad negativa de su acto y se le hacía compartir valores con ‘los buenos’, la actitud era poco menos que erradicada y difícilmente repetida, salvo vicios adquiridos que —habitualmente— el individuo intentaba dejar atrás con mayor o menor éxito.

El principal inconveniente era, sin embargo, la dificultad de este proceso. Por ejemplo, si alguien hacía bullying, había que llevarlo a un especialista en el tema para que se le explicase por qué eso no iba bien, ya que echarle una bronca tremenda o sacarlo del colegio unos días no evitaba que se volviese a acosar fuera del ámbito de control de los educadores. El psicólogo o responsable tenía que llevar adelante un trabajo de enseñar y escuchar para hacer entender a esta persona dónde radicaba su error de comportamiento, siendo necesarias una metodología muy potente, una cierta apertura mental del acosador y una capacidad de transmisión de ideas óptima por parte del mentor.

De esta dificultad, general en buena parte de los casos de valores, nació gran parte del fracaso de este método con respecto a la supereficacia e instantaneidad del antiguo. Mientras el medio de autoridad estuviese presente, claro.

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El control por superioridad y la falta de esfuerzo típicas del castigo no están muy bien vistos por la sociedad sigloveintiunista. Las nuevas y formadas generaciones consideran el método de castigar como represivo, obsoleto y medieval; no es de extrañar si tenemos en cuenta que es un sistema basado en el miedo.

Esta visión ha vuelto bien extendida en las sociedades desarrolladas una fuerte tendencia a evitar el castigo. Si alguien hace algo mal, no se le riñe: se le explica por qué está mal y se le hace entender que no debe repetirlo.

El sistema, eso sí —y teniendo en cuenta que no hace tanto que salimos del brutal cinturón—, no acaba de estar del todo desarrollado. Si bien en algunas situaciones puntuales su ideal de ejecución se alcanza, en la mayor parte el chaval ya ve en la dificultad de proceso de aprendizaje un castigo, sabiendo desde el momento cuando su personaje de autoridad llega que lo que acaba de hacer no tiene que hacerlo y dificultando el saber si la posterior y para él ardua charla ha funcionado.

En otras, por ineficiencia del mentor o malas condiciones, el método también falla y el aprendiz recae una y otra vez. Típica escena en la que esperando en una consulta un chiquillo monta un follón importante, la persona a cargo no logra calmarlo con buenos modos y cuando se van se escucha a alguien decir que siempre están así y que si fuese su hijo ya vería. ¿Os suena?

La actual ineficacia de la técnica en buena parte casos hace que —en muchos— quienes la aplican renuncien a ella pasajeramente. Si no hay tiempo para explicaciones, se tira del arcaico “por una vez” (¿cuántas hemos olvidado?) y hala: ya podemos volver a la defensa de que el castigo no es una opción. Al fin y al cabo, “¡es que a veces me sacas de quicio”.

En ningún caso este comportamiento es tolerable para quienes defienden que así el que hace algo mal no aprende: ellos nunca lo harían. No pertenecen a esa sociedad enterrada en el olvido de la que todavía medio mundo y parte del otro se encuentra enfangada. “Nuestra generación (abierta, contemporánea, tecnológica, cultural) tiene unos valores mucho más avanzados que eso.”

Las cosas se solucionan hablando y razonando; los problemas son oportunidades para aprender. De las opiniones que no compartimos, aprendemos con escucha activa, y si alguien no opina como nosotros, defendemos nuestras ideas, pero respetando las diferentes. Adoptando cosas de ellas y, con suerte, dejándole algo de las nuestras.

Qué bonito es vivir en una sociedad con cultura. Conectada. Abierta de mente.

Qué fácil es llenarnos la boca con nuestra supuesta perfección.

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Viernes, siete de la tarde. Estás con los colegas y ves a dos gays besándose. Uno salta “Qué asco”. ¿Qué hace la mayor parte de los supuestos aperturistas de mente? Mirarlo como si fuese un despojo y llamarlo “homófobo de mierda”.

¿Es que acaso no es un homófobo de mierda? Sí lo es. ¿Es que acaso no merece eso? Seguro. ¿De veras pensamos que vamos a cambiar su actitud llamándoselo, mirándolo mal y haciéndolo sentir una basura? La llevamos clara.

Porque nosotros que todo lo sabemos parece que lo de que el castigo porque sí es malo solo nos la aplicamos cuando nos sale de la real gana.

“¡Es que a esta gente hay que tratarla así!”, dirá alguno, “No se merecen otro trato. ¡Verás cómo no lo vuelve a decir!”

Qué inteligente…: efectivamente, raramente le volverás a oír decir que dos personas del mismo sexo besándose dan asco. Enhorabuena, has eliminado de tu mundo a un “homófobo de mierda”. Ahora bien, si piensas que va a dejar de pensarlo o de expresarlo cuando tú no estés delante, tienes mucha fe en tu capacidad.

Al igual que con el castigo al niño porque sí, lo que estás consiguiendo es reprimir su comportamiento, ocultándolo para que no solo no lo deje atrás, sino que se adapte a sacarlo en circunstancias en las que no le penalice.

Con la gente sin carácter para afrontarlo. Con sus hijos, sobrinos y demás gente con la mentalidad aún por formar. Con otros homófobos.

“¡Pues a partir de ahora le daré un sermón a cada racista, machista, persona que no recicle que me tope!”. De nuevo, como con los niños: chapa que te crió hasta que dejan de escucharte y te dan la razón para luego hacer por detrás lo que quieren. Pero claro, una vez más tú no volverás a oírlo, y entonces habrá desaparecido. Claro.

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Entonces, ¿cuál es la solución? ¿No la hay?

Pues claro que sí la hay. Y es la misma que la óptima con los niños, gente, exactamente la misma: poner en común las ideas, ser empático y tolerante con las del otro para poder entender qué le mueve y así lograr hacerle entender lo que tú ves mal con la esperanza de que lo cambie.

Pero claro, es que no podemos soportar oír hablar a un homófobo. Pero claro, es que los racistas no escuchan. Pero claro, es que se nos salen los demonios oyendo escuchar a un machista. Porque no tienen razón. Porque ese tipo de pensamientos debería estar exterminado. Porque nuestra idea es la correcta y quien no la siga es un misógino, un imbécil, un retrógrado.

Y un pagano.

Porque somos dioses. Seres que —gracias a nuestra altísima cultura, nuestra tecnología y nuestro todo– sabemos dónde está el bien y el mal, y no necesitamos escuchar a nadie que piense distinto en los temas que nosotros decidamos, ya que no tienen derecho a pensar así. Pero no, no somos ni nos creemos mejores que ellos; y sí, somos abiertos y escuchamos las opiniones que no compartimos.

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Hipócritas endiosados.

¡Cuánto nos gusta adaptar los ideales que defendemos a nuestro provecho! ¡Cuánto apoyaros en la intolerancia consentida para lavarnos la conciencia cual si fuese lejía!

¿Pero sabéis una cosa? A base de lavados y lavados, la lejía estropea la ropa.

Así que —supuestos defensores del cambio a través del poner en común opiniones y ser tolerantes en la escucha, pero que luego sois incapaces de oír el razonamiento de un racista, de un empresario, de un anarquista, de un pepero, de un podemita, de un homófobo, de un madridista, de un culé, de un cani, de un pijo, de un sádico, de un asesino, de un policía, de una persona con ideas diferentes a los vuestras—, os vuelvo a dejar una definición

Es de Yahoo respuestas, tiene diez años y está fatalmente escrita.

Qué triste que sea más fiable que la que vuestros actos defienden.

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